lunes, 27 de noviembre de 2017

DIAS DE ELLAS

 DÍAS DE ELLAS
Orlando Luis Pardo Lazo


         El día era magnífico. La luz, espléndida. Valía la pena salir a ser cazado o, llegado el caso, a cazar. La gente de Europa lucía libre. Aunque lo más probable es que todos y cada uno de los europeos a mi alrededor odiaran aquella idea: la idea de que yo los estaba imaginando como seres libres por puro instinto de comparación. Cuba es un patrón de referencia universal.

         Estaban locos, por supuesto. Estaban tristes, como yo. Estábamos solos. Y así ya no podíamos continuar. Nos iba haciendo falta una guerra, otra guerra. Esta vez a cara descubierta, sin diplomacia ni dilación. Matar por matar. Nada es tan vital como el sinsentido de la violencia. Nada es más significativo que la muerte por la muerte en sí.

         Pero Bruselas era una ciudad que simulaba resistirse a la matanza. El paisaje urbano se decoraba con burkas y saludos políglotas. También por un ejército de camiones color camuflaje. Tropas especiales. Hombres fornidos, mudos. Los blancos de la victoria. Los blancos de la paz. Los blancos del canto de cisne de una democracia blanca, blanqueada.

         Comenzó a lloviznar en Bélgica. El tiempo se me hizo lento. Cuba no existía a esa hora y yo tenía mucho miedo en mi corazón. O yo no existía a esa hora y era Cuba quien tenía mucho miedo, pero ningún corazón. Las gotas eran gruesas. Las nubes, muy bajas. El aire olía a ozono, a oxígeno electrocutado. Una atmósfera cargada. Mientras tanto, yo 
cambiaba de mujeres como cambiaba de tram. De mujer en mujer y de tram en tram por las calles de ciudades que casi no sabía nombrar, como casi no sabía nombrar a las mujeres que decidían amarme. En ambos casos, actuando con la cabeza vacía. Por inercia. Por ineptitud. Por ira. Me vaciaba tanta diversidad. Me daba náuseas que todo fuera tan fácil y tan real. Yo no debía de estar ahora y aquí. Pero lo estaba.

         El mundo se mimetizaba como un par de patas abiertas de par en par. El mundo era una alcancía insaciable, cambiando de moneda entre tram y tram. Ya ni siquiera quedan fronteras. El espacio ha desaparecido. Bostecé. Tenía ganas de tener ganas de llorar. Supuse que debía de ser viernes, porque últimamente todos los días lo son.

         Cuando ya no pude más del mareo, entré a la Taverne Victória. Una pizzería de portugueses, en la parada de Bailli. Una mezcolanza radical de colores y olores. Sílabas y salsas exóticas. Música mala y mesitas con manteles de un euro. Yo era un tipo feliz. Me estaba muriendo y todavía no me cansaba de ser feliz. La estupidez es un estado de permanencia perpetua. Una manera de estar por estar, no estando.

         Entré y elegí la esquina más alejada. Fui y me senté. La taverne estaba casi vacía. Se acababa la tarde. Era una de esas horas perdidas del mundo. Saqué medio cuerpo por la ventana y me puse piadosamente a contar las mujeres tapadas que pasaban por la acera en ambos sentidos, en una danza de la decencia que subía y bajaba de la mano de dios mismo, a lo largo y estrecho de la Rue Lesbroussart.

         Me sentí profeta. Me sentí en una época bíblica. Entendí que nunca en la vida los cubanos íbamos a regresar. Toda fuga es un acto de fe. Un salto adelante. Toda fe es fósil, por supuesto. Habana, Habana, ¿por qué nos has abandonado? Y reí. Cuacuacuá. Reí solo. Como ríen los locos de verdad, los tristes de verdad, los profetas de verdad.

         La llovizna era ahora más fina. Aguaceros imaginarios. Los autos lucían más pequeños que de costumbre en Europa y corrían en paralelo sobre los rieles del tram número 81. Carritos de juguete. Daban ganas de salir corriendo y tirarse de cabeza delante del próximo tram. Por el momento, las frutas reverdecían bajo los toldos de enfrente. Joly-Frais, decía en letronas blancas sobre la tela roja. Se acercaba la noche. Comenzaba la fiesta de los neones.

         Pasó una ambulancia. Pasó una pareja de occidentales y sentí infinita lástima, pena por cada uno de ellos por separado. Detrás, venía una adolescente que parecía persa y no árabe. Tal vez estudiante, tal vez empleada. En cualquier caso, un cuerpo hembra flotando dentro de su uniforme sepia impecable. Saya a la rodilla, blusa de mangas largas. Libre. Verdadera. Presente. Tapada con un tul, pero no demasiado.

         Era el rostro más hermoso que yo hubiera visto en todo el reino de Bélgica. El rostro más humano de medio planeta. Me enamoré. Y no le dije nada, a nadie. Hacía meses que no tenía a quien contarle nada. Desde que salí de Cuba, hablar con cualquiera es perder el tiempo. De un salto, me puse de pie. Había pedido unas pastas baratas, a la bolognesa. No quise esperarlas. Le solté un billete de diez euros a la señora junto a la caja contadora y me fui. Detrás de ella.

         La vi doblar por la Avenida Louise y doblé tras ella. Pretendí naturalidad. Lo cierto es que la estaba siguiendo. Y no me importaba. Porque me importaba. Quería saber a dónde van a parar las adolescentes persas en las noches de viernes. Si tienen un hogar o un hospicio en Europa. Si se apuran o si se demoran en su retirada. Si prefieren ir por las calles comerciales o si se atreven a cruzar por algún parque o plaza apartada. Si miran hacia atrás. Si me ven. Si mira hacia atrás nuevamente. Si nuevamente me ve. Ella, a mí. En esta, nuestra súbita relación al azar.

         A mitad de una de esas calles impronunciables se detuvo por fin. Se escurrió dentro de la caseta del tram. Yo también. Estábamos humedecidos por la llovizna. Ambos. No se secó. Yo tampoco. Sacó de su mochila algo que debía ser una tarjeta magnética. O un detonador a distancia, nunca se sabe quién es quién con la cabeza tapada. O un spray contra acosadores, como yo. Me mantuve a distancia. Pero no le quité los ojos de encima. No te los quité. Estaba ejerciendo así mi pleno derecho de mirarte, de mirarla. A estas alturas de la historia, mirar era lo único que me quedaba.

         Cuando se montó en el tram número 94, no me atreví a continuar. Tenía demasiadas ganas de hablarle. Tenía demasiadas ganas de darle un abrazo. Tenía demasiadas ganas de que ella y sólo ella, como tantas, me amara para siempre en el mundo, pero sólo hasta un minuto antes del próximo amanecer.

         Miré la hora en mi celular islandés. Todavía tenía la hora de Vodafone Reykjavík. Decidí ir. Tampoco perdía nada. Y fui.

         Era, literalmente, una cuartería. Una de esas mansiones que la Revolución segmentó en mil y una estancias. Pesebres del proletariado. Esquirlas de una grandeza familiar venida ahora a menos, a nada. Acaso venida a más, a muchos, a los incontables inquilinos enclaustrados en cada habitación sin baño. Tugurios habaneros donde la vieja burguesía había sido vengada y bien vengada por una barbarie de burdel, pero anorgásmica. El espacio colectivizado es justo eso: una carencia de crónica de deseo.

         Me faltaba el aire. Demasiadas escaleras. Demasiadas carreras. Demasiado tarde para respirar con normalidad. Subí y subí. Sin darme cuenta, terminé en la azotea, entre antenas parabólicas y tendederas con trapos y ropa interior. Olía a nidos, a plumas, a cagadas. La vida en pleno apogeo sobre el horizonte cubano. La vista era en verdad magnífica. La verdad siempre lo es. La luna, espectacular. Las nubes, rojizas. Los chorros de hemoglobina son el verdadero motor de la historia. Marx fundó la hematología dialéctica.

         Pensé en Zoe. Pensé en mí. En nuestra infancia más caníbal que cubana. Pensé en las aulitas públicas que compartimos, de municipio en municipio. Pensé en los flamboyanes tan y tan rojos de nuestro barrio. Y en la azotea llena de palomares de su edificio. Este mismo edificio, ahora que Zoe se había ido a esconder a París.

         ―Quítate los zapatos ―me dijo una vez.

         ―¿Tú estás loca?

         ―Sí.

         ―Quítate los zapatos ―repitió.

         ―Tú estás loca.

         En aquella ocasión, nos sentamos al borde del alero. Este mismo alero. Abajo, otra Habana parecía otra postal. Perfecta. Póstuma. Pudriéndose a pedazos por aquí y por allá. Eran los ochenta del horror. Estábamos a punto de algo y ningún cubano sabía de qué. Tampoco Zoe. Ni yo. Me los quité, los zapatos y las medias. Por entonces yo hubiera hecho cualquier cosa por ella, como hoy. Zoe, mi amor.

         ―Dámelos ―me pidió.

         Se los di. Las medias y los zapatos.

         No me dijo más nada. Desde niña, ella siempre prefería los actos. El vértigo de la acción. Abrió su mochila y comenzó a sacar unas piedras muy raras. Redondas, con poros profundos, como túneles. Me dijo que se las había robado de no sé qué Parque Nacional, en la punta de Pinar del Río o por ahí. Piedras volcánicas. Como si en Cuba alguna vez hubiera habido un volcán. Eldfjall, es la palabra en islandés para decir eso mismo: volcán. Eld, fuego. Fjall, montaña. Montaña de fuego: nuestra pobreza de lenguaje no nos permite ir mucho más allá. Los rellenó de piedras. Las medias y los zapatos. También los zapatos y las medias. Todo recuerdo es reversible.

         ―¿Ves? ―me dijo.

         ―¿Ver qué? ―le dije.

         ―Ahora tienes peso.

         ―¿Y qué?

         ―Que sin peso no se puede volar ―me dijo.

         ―Que si no vuelas, una noche de estas te vas a matar ―me dijo.

         ―Que si te mueres, ¿entonces cómo te voy a olvidar? ―me dijo.

         Nos besamos. No me morí. Al menos, no entonces. Pero igual al poco tiempo nos olvidamos. Los dos. Besándonos y borrándonos. Las lenguas saladas. Sus dientecitos de higiene tercermundista. Su glotis hoy tan profesional, traduciendo documentos de Estado entre Bruselas y Nueva York, entre Estrasburgo y Ginebra, entre París y La Habana.

         Las gargantas unidas. Aliento a parmesano y carne picantona con salsa de origen desconocido. Carbohidratos supurantes de saliva. Tenía ganas de ponerla de espaldas y entrarle. Al duro. Sin preguntarle. Hasta el fondo. A lo bestia. Hacerla mía. Y partirme de llanto dentro de ella. Ríos de lágrimas, hasta el ridículo.

         A lo mejor son los ríos, no ella. Porque los ríos, desde que yo estaba en Cuba, siempre me hacen llorar. Y la majestuosidad del río Hudson no iba a ser la excepción, escurriéndose como una maldición muda bajo el puente George Washington. O a lo mejor sí era ella al final, no los ríos. Porque su nombre en lengua nativa norteamericana quería decir Lágrima, o al menos eso me dijo, un instante después de conocernos en un cafecito del Village.

         Por supuesto, ni ella ni yo ni creíamos en la existencia de ninguna lengua nativa, mucho menos norteamericana. Creíamos, cuando más, en los diccionarios. Y en los crucigramas. Y en los encuentros de último minuto en los aeropuertos. Y en Nueva York, por supuesto. Cómo no creer en la Gran Manzana, siempre a medio despertar y siempre a medio caer dormida. Rendida.

         Como también creíamos de manera natural en el cowboy solitario de Brooklyn, Bobby Fisher. Como mismo Bobby Fischer creía de manera brutal en las buenas jugadas, no en la sicología soviética ni en la brujería cubana ni en ninguna de esas naderías por el estilo. Alfil negro en d6 que se come al peón blanco en h2, por ejemplo. Una jugada de diagonales inesperadas, repetida dos veces por Bobby en dos partidas muy diferentes. Para demostrar de una vez por todas quién era quién en el reino del ajedrez, desde aquel verano de 1972 hasta el primer lunes o martes de la eternidad.

         Lágrima siempre salía con Peón 4 Rey. Una apertura a lo macho. A lo español. Y yo le respondía invariablemente con Peón 4 Alfil Dama. Una vez siciliano, hagas lo que hagas en la vida y vayas a donde vayas a parar, siempre terminarás defendiéndote a la Siciliana. El ajedrez era así nuestra trampa. Una red que nos reunía cada vez que yo pasaba por Nueva York. Hasta allá iba cada dos o tres meses a lo máximo, puntualmente a hablar de política. A denigrar a la gente de mi país. A vomitar mi venganza contra la tiranía de la felicidad que no me dejaba regresar a la Isla infame e infinita donde nací.

         Lágrima tampoco quería que yo regresara. Ella no quería que me metieran preso o me cayeran a golpes, como a tantos. O que me mataran o me volvieran loco. Y entonces tener que venir muy sola hasta aquí, ante el altar del puente George Washington, sobre el Hudson, a llorar sus lágrimas nativas norteamericanas antes de que, una noche cualquiera del mundo, Lágrima se suicidase de amor por mí. Me tenía medio amenazado con ese chantaje emocional. Yo había dejado de ser un exiliado para convertirme ahora, entre las piernas de Lágrima, en un homicida en potencia.

         Me daba igual. O no tanto. Porque nadie hacía el amor como lo hacía Lágrima. Ella estaba, por supuesto, muy mal de su cabecita. Loca de atar, como toda mujer después de cumplir cierta edad. Pero loca de atar y todo, me amaba como nadie sobre la cama. O de pie. O de cabeza. O en el aire. Hasta retorcerme las vísceras en su apartamentico de Washington Heights.

         Yo cogía el metro amarillo hasta su parada de Columbia Heights, la de las escaleras eléctricas descomunales, y caminaba entonces hasta toparme con la mismísima embajada cubana, en la calle 16 del North West. Ella vivía justo detrás. Tan cerquita, que desde su balcón se oían los cuchicheos de los agentes secretos en la embajada cubana. Era excitante hacernos el amor espiándolos, aunque ni Tayki ni yo entendiéramos absolutamente nada del código en clave de Castro con que mis compatriotas se comunicaban.

         Tenía unos dedos perfectos para cierto tipo de maniobras. Extirpar tumores, por ejemplo. El cerebro expuesto al acero estéril de su bisturí. Los algodones tiñéndose de rojo sangre. El olor de la memoria ya a punto de convertirse en el cadáver de un millonario o un ex-congresista, por ejemplo. Y las manos de Tayki tan precisas como las de un robot. Tal cómo extraía de muy dentro a mí los grumos más recónditos de mi biología. Los más animales. Mientras la noche se nos hacía muy corta desde su pent-house de élite en Washington, D.C.

         Yo estaba, por supuesto, muy mal de mi cabecita. Orate de remate. Entre la depresión y el delirio. Como todo hombre después de cumplir cualquier edad. Pero orate de remate y todo, igual me consolaba un poco dormirme entre sus senos de cirujana profesional. Hasta que su móvil de emergencia sonaba y Tayki tenía que vestirse a la carrera, sin tiempo para ponerse la ropa interior, y salía volando hacia uno de esos hospitales de la capital de la Unión, donde el próximo paciente imperial ya la esperaba, anestesiado, para que Tayki le abriera los huesos del cráneo con una delicadeza bestial. Con aquellos dedos tan perfectos que ella tenía, y con los cuales ejecutaba todo tipo de maniobras dentro de los órganos más delicados de la humanidad. Tayki siempre extirpando lo que sobraba. Tayki posponiendo la muerte por el puro placer de contradecir por un rato a Dios. Tayki, deidad de una modernidad sin exilios.

         Me gustaba hacérselo tan pronto como regresaba de sus larguísimas intervenciones quirúrgicas. Entonces ella siempre olía a fluido interior ajeno, a linfa sin límites. Penetrar a Tayki adquiría de pronto cierto viso siniestro de profanación, de adulterio invertido, de trauma en tierra arrasada. Yo entraba en ella como mismo Tayki entraba a las entrañas de un desconocido acostado bajo las luminarias de una corporación clínica. Un desconocido, unos desconocidos. Eso seguíamos siendo Tayki y yo, extraños excitados en la capital de unos Estados Unidos ahora con la plusvalía de la novísima embajada cubana.

         Como desconocido serían siempre los mares de Islandia. Y desconocida la bahía de humo de Reykjavík, el único recoveco en toda la isla que nunca había sido devorado por los campos de lava. Nos mirábamos en silencio y no nos creíamos nada. Yo le cogía la mano, fría incluso en verano, sin sangre, y nos íbamos en un Flybus hasta Selfoss. Allí nos arrodillábamos ante la tumba de Bobby Fischer. Para nosotros, él era como un oráculo. Edda jugaba pésimamente mal. De hecho, el ajedrez la aburría desde su infancia, con su padre primero Gran Maestro y después suicida.

         Pero el mito de aquel muerto rabioso la fascinaba, Bobby the best. Y le daba también mucha lástima. De manera que, en pleno cementerio de miniatura, Edda y yo nos poníamos a rezar, mitad patéticos y mitad parodia, sintiendo de paso un cosquilleo entre nuestras piernas, por el puro deseo de desnudarnos delante de los huesos de aquel cadáver campeón desde 1972 hasta la eternidad.

         Edda mucho más que yo, por supuesto, que siempre estaba un poco abatido. Cuando ella incorporaba, terminado nuestro ritual, siempre me parecía notar que la hierba bajo el peso de su entrepierna había quedado mojada. Edda llovía. Edda lava. El apellido de Edda debía de ser Eldfjall.

         A veces llevábamos al cementerio de Selfoss la guitarra que había sido de su papá, hippie además de Gran Maestro de ajedrez y suicida de icebergs en Akureyri. Y entonces nos pasábamos la tarde cantando canciones en islandés, excepto aquella balada country en norteamericano:

         When New York City summer sweats
         And the boys are rolling their cigarettes
         The girls are singing into their phones
         But Bobby Fischer is all alone.

         En cualquier caso, entre el nórdico y el anglosajón, era muy sensual comunicarse en un lenguaje ignoto con Edda, amantes al azar en aquellos parajes tan remotos de Cuba. El español era para mí en Islandia una lengua muerta. Como Bobby Fischer enterrado medio metro bajo nuestras pieles y pies.

         Is he in London or is he in Spain?
         As he cut off his hair
         He changed his last name.
         Is he under that rock or behind that tree?
         Oh Bobby Bobby, where can you be?

         Un día Edda me dijo en islandés:

         ―Islandia es un país falso. Quiero irme a Cuba contigo. Quiero conocer la vida de verdad.

         Pensé que no la había entendido bien. Después pensé que ya no había nada más que entender, ni bien ni mal.

         ―Eso me encantaría ―le dije―. Espérame un momentico aquí.

         Fui hasta el supermercado Bónus que quedada en la esquina. Me compré una malta, el único alimento que mi garganta reconocía en esa altísima latitud llamada Reykjavík. Me la bebí de un solo palo. Sin respirar, sin respiración. Parado junto a la cajera del Bónus, que me miraba con cara de llamar a la policía. Gluglugluglú.

         Enseguida me sentí más calmado. Como en casa por última vez. La patria comienza por el esófago. Como las maltas y los milagros de la multiplicación. Como un país falso y otra vida en la verdad. Saqué mi móvil de Vodafone, cajita mágica de las desapariciones vikingas, y disqué el número de la compañía de taxis. Edda, como el cielo, bien podía esperar. Espérame a ras de los mares de Islandia, amor. Flotando entre los cetáceos o asfixiada de humo helado en la bahía de Reykjavík. Espérame entre la colección de cráneos trepanados por Tayki mi amor a pacientes con una cifra desconocida de seguro social.

         Las tardes de Washington, D.C. me encantaban. Desde Columbia Heights muchas veces me escapaba horas y horas hasta el Smithsonian National Zoo, caminando. No era lejos. Toda vez fuera de Cuba, ya nada quedaba lejos de nada. Pero, a la vez, Cuba es una fuente funesta de cercanía. Es imposible alejarse de lo cubano. Solamente por eso me odio. Y la odio. Las odio.

         Una vez Tayki tuvo que volar hasta Tokio, para dar unas clases sobre cómo abrir y cerrar las cabezas de sus compatriotas. Estaríamos una semana entera sin vernos. Era un verano abusivo, que en D.C. es como decir agónico. Mil veces peor que en Cuba. Cada día los días se iban haciendo más y más largos bajo el sol insolidario del capitalismo, demasiados largos para mantener la cordura. Y cada día yo extrañaba y extrañaba más, no a Cuba sino a la ausencia de Cuba. Es decir, extrañaba no poder ser extranjero.

         Y así fue que se me ocurrió. Una idea disparatada. Como todas, cuando son ideas y no una mera imitación de otra idea, que a su vez seguro es sólo imitación de otra idea que imita a otra idea, y así y así en una cadena de idioteces que lo mismo puede llegar hasta el infinito que hasta el pecado original. El hombre se resiste heroicamente a habitar en la verdad. Solamente por eso los amo. Me amo.

         Decidí hacerlo sin pensarlo una segunda vez. Se me ocurrió quedarme en el zoológico toda la noche. The United Zoos of America. Me pareció una idea linda, provocadora. Me pareció un gesto liberador, esa palabra. Pasar toda la noche oyendo los bramidos y aleteos de una fauna cautiva, cautivante. Pasar toda la noche impregnándome de la tristeza enjaulada de los osos, elefantes y lobos. Sin público. Los animales y yo. A solas en la capital de un país enemigo desde mi infancia de Isla. A solas con ese enemigo a muerte de mí mismo en que me estaba convirtiendo ese verano yo.

         A la mañana siguiente, el zoológico amaneció rodeado de policías. Pensé que se había escapado un asesino en serie. Pensé que yo había matado en serie a un número de mujeres y ni siquiera lo recordaba. Muertes amnésicas. Decidí entregarme. Pedir perdón. Aceptar la silla eléctrica en paz, con tal de no tener que seguir haciendo el amor con víctimas.

         Pero no había sido yo esta vez. No, todavía. Fue Oli, el bobcat del zoológico. Se había escapado esa misma madrugada, pero en sentido contrario al mío. Oli había había decidido no pasar más noches tras las rejas allí. Seguro tenía las mismas ganas de desaparecer que yo. Y la misma impotencia de no poder hacerlo, en un mundo donde imperan las políticas y la policía.

         A esa hora, ya la traían de vuelta los uniformados. Redes, flashes, altoparlantes. La habían capturado poco antes del amanecer, por la zona de las embajadas, los oí comentar en tono festivo. Tuve entonces la certeza de que el embajador de Cuba era el miserable que había hecho la delación, un mulato con bigote amargo y músculos de matón. Ahora toda aquella parafernalia de veterinarios y prensa libre elucubraban las primeras teorías sobre cómo Oli logró fugarse. Oli, la bobtaiky. Oli, la boblágrima.

         Nadie reparó en mí. Me había convertido en un cubano invisible. Como todos. Decidí regresar a New York, directamente en un Megabus, sin pasar ni a recoger mis cosas por el pent-house de Tayki. Desde Washington Heights, Nueva York me reclamaba en mayúsculas por SMS, Whassap, Hangouts y el resto de las aplicaciones. A lágrima viva. A golpes de efectos y amenazas suicidas más o menos sobreactuadas al borde del Hudson, Hudson, burning bright in the rivers of the night…

         El ómnibus se rompió a la altura de Philadelphia. No hay ciudad más triste en toda la Unión. Cada calle define a un ghetto. Cada ghetto es como un crucigrama sin solución, un diccionario de una y sólo una entrada. Neolengua del apartheid, como en Cuba y el argot grosero de los Castros. Monolingüismo es mongolismo. Por eso los cubanos somos un pueblo atrasado.

         Megabus se puso nerviosa con las protestas de los pasajeros. Algunos llamaron a sus abogados. Yo no tenía a quien llamar. Yo no quería llamar más a nadie. Y terminamos todos, por esa noche, hospedados en un hotel bastante lujoso. Era muy tarde, y el siguiente ómnibus no vendría hasta el amanecer. Reparé en los posters que colgaban por todo el lobby del hotel. En un par de días se inauguraba allí mismo el Campeonato Mundial Abierto de Ajedrez. Por trescientos dólares todavía era posible registrarse.

         Decidí quedarme. Rebusqué en mi cartera. Imperio del cash. Las tarjetas para mí no eran ni remotamente una opción. No tenía ni papeles en los USA, sólo mi pasaporte cubano: un documento obsoleto, pero amenazante. Entre mujer y mujer, yo soñaba siempre la pesadilla post-coito de una deportación. En la Isla me estaban esperando para ayudarme gentilmente a despertar. Pero indocumentado y todo, yo seguía conferenciando, y cobrando honorarios y donaciones de una punta a otra de los 51 estados, Cuba incluida. Pagué los 300 para jugar. Además, tenía que hacerme miembro por un año de la Asociación Norteamericana de Ajedrez. Pagué 100 más. Me quedé sólo con el menudo del día a día. Tampoco necesitaba mucho más. Ya aparecería alguna nueva mujer con su monedero amable para mi noche a noche.

         Estaba eufórico. Me descubrí sonriendo por primera vez desde que salí de la Isla. Había caído otra vez en la trampa de los mediocres. Creerme un genio. Reír. Reír solo, ante la indolencia o la lástima del chofer y el resto de los pasajeros del Megabus, cuando les anuncié: “sigan ustedes, sean libres si pueden, yo ya lo soy”. Como libres somos los locos, los tristes, los desaparecidos sin esperanza de una reaparición. Mucho menos una repatriación.

         Lloviznaba en todos los ghettos. Centro Habana se hacía un charco intransitable enseguida. Las mansiones de arquitectura prerrevolucionaria se derrumbaban al estilo de un dominó despótico, fichas de la fidelidad fósil, cayendo sin causa bajo el peso del moho y un materialismo sin ilusión. Nos hundíamos. Nos hundimos.

         Donde quiera que queden cubanos, allí estarán el luto y el carnaval. La lujuria y la carne, la locura y la complicidad. Zoe, mi desamor. Me había dejado un papelito pegado con imán en el chasis oxidado de su refrigerador. Gramática magnética.

         ―Te lo dije ―empezaba su nota, con aquella letrica de preuniversitaria cubana, incapaz de la menor imaginación a la hora de despedirse.

         ―¿Me dijiste qué? ―pensé― ¿Qué me vas y qué no me vas a decir?

         Tampoco seguí leyendo. No necesitaba oír su retahíla de metáforas malas. No era en absoluto por miedo a dejarla irse. En todo caso, sería por el miedo de lo prosaico que resulta toda repetición. Tan sin estilo, tan totalitarismo de efemérides y aniversarios. Tan poesía cubana. Tanta y tanta irrenunciable comemierdad.

         Eché su papelito en la taza del baño, con imán y todo. Oriné. Descargué varias veces. Escatología del agua como bautismo de muerte. Muérete, amor. Preferí desechar su letra y desleír su lengua salada muchas épocas atrás, cuando Zoe y yo aún estábamos vivos. Tanteando con la mía sus dientecitos de higiene precaria. Antes de que se graduara de traductora estatal y sus refrigeradores coleccionaran entonces de la retórica rota de otros cuerpos extraños entre Bruselas y Nueva York, entre Estrasburgo y Ginebra, entre París y La Habana por mil y unésima vez. Por mil y mujerésima vez.

         Dobló por la Avenida Louise y yo le doblé detrás, casi pisando la dignidad de dios de sus trapos persas. Pretendí naturalidad. Del acoso a lo acostumbrado. No la estaba siguiendo. Me estaba siguiendo a mí. Quería saber hasta dónde puede uno llegar con la cabeza vacía y el cuerpo dando bandazos de tram en tram.

         Pero esa noche de viernes todo parecía transcurrir con inusitada normalidad. 

         El universo había encontrado su eje de equilibrio inestable. Estábamos los que estábamos en el mundo y nadie más. Bruselas recuperaba su halo de ciudad embrujada. La gente de Europa lucía libre. Aunque todos y cada uno de los europeos odiaran que yo los imaginase en libertad. Igual la luz era espléndida. La noche, magnífica. Valía la pena salir a ser cazado o, llegado el caso, a cazar.

         No estábamos locos, para nada. Ni tristes, como hubiera creído yo. Ni tan solos, como hubiera querido yo. Podíamos por fin ahora continuar. Nos iba haciendo falta otra guerra, por supuesto, pero las grandes guerras necesitan muchas escenas mínimas de paz, antes de que el mundo se dé cuenta de que otra guerra nos está haciendo falta.

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