martes, 14 de noviembre de 2017

Dolores de mi nueva novela en Hypermedia

El asilo de Dolores

       
        Ayúdenme. No me dejen solos, hijos de puta.

        No se lo tomen tan a pecho.

        Es sólo una cita de Ricardo Piglia. Que primero fue una cita de Rodolfo Walsh. Argentinos muertos los dos, los dos por la misma causa.      

        Operación Masacre. Holocausto silencioso. Donde las dictaduras no son más que un fast-forward de nuestra muerte misericordiosa en un hospital.

        Yo tampoco gritaré “viva la patria”, como aquel conscripto, sino que grito y grito, pegado a mis persianas de alquiler, para ver si por fin algún cubano me oye:

        ―No me dejen solos, hijos de puta.

        Los hijos de puta son, por supuesto, ustedes.

        Los hijos de puta somos, por supuesto, todos nosotros.

        La casa desaparecida. La nación ausente. El pabellón de los locos. El asilo de los que nos pusimos viejitos pensando que el castrismo podía detener al tiempo.

        Como en el cuento “Epílogo” de Jorge Enrique Lage. Donde, ya lo he dicho, Fidel camina por las calles de una Habana congelada fuera del tiempo. Ahistórica, abiográfica, anacrónica. Un poder absoluto que es su condena. Y la nuestra.

        Porque sí envejecimos.

        Sí nos fuimos muriendo, en inocencia ignorante, pensando hasta el último suspiro que la vida no era verdad.

        El castrismo nos contagió sin remedio con sus delirios de inmortalidad. Con su don de trascendencia. Con su cualidad de cosa divina, más allá de las religiones y la Revolución.

        Sin Fidel, nunca más seremos eternos. Ni como pueblo ni como individuos.

        Con Fidel, podíamos entra y salir con confianza de las funerarias cubanas. Y, en plena capilla ardiente, cantar que nadie se iba a morir. Menos ahora.

        El castrismo fue una posposición de por vida de nuestra condición de mortales. Y el castrismo dependía de la residencia en La Tierra de un solo cuerpo. El de Fidel.

        Esto le descubrí muy temprano. De adolescente.
        Yo recién me había metido a friki y mi madre prácticamente me quería linchar.

        Era a mediados de los ochenta. Fidel tendría cuarenta o cuarenticinco años, mi edad actual. Ya sé que el dato no es exacto, pero se queda así. Fidel aparentaba, de hecho, mucho menos edad que la mía actual.

        Un campeón de cameos en cualquier fábrica o círculo infantil. Emisor de arengas improvisadas que él mismo anunciaba como “breves palabras” y terminaban durando horas.

        Mentira, mentira.

        Cuando Fidel hablaba el tiempo se detenía de verdad. No nos llamemos a engaño. Estamos solos y ya no tenemos a quién engañar.

        Jorgito Lage sabe muy bien por qué ha escrito lo que ha escrito en su cuento “Epílogo”. Pueden buscarlo en inglés en mi antología Cuba in Splinters, por si acaso no saben ni lo que digo.

        Aquí les dejo el enlace de todas formas, por si alguien todavía nos lee:


        Por algo Jorgito es el más político de los Lage. La única oveja política de la familia. Un narrador hípercondriaco que conoció en párrafo propio a Ricardo Piglia y Rodolfo Walsh.

        Hoy ya muertos los tres, frente a la pantalla monocromática de la televisión cubana. Una medianoche de viernes después de que Raúl Castro anunciara, entre fotos de los años cincuenta, que su hermano Fidel le había pedido que lo cremaran.

        Mientras mi madre, entre 1984 y 1986, me zafaba los pantalones entubados. Me robaba las cadenas con candados y cráneos de vaca, que eran mis atributos de guerrero roquero. Me escondía el agua oxigenada para que dejara de decolorarme el pelo (yo fui una rubia platino). Y me llevaba hasta la casa de Eliodoro, para que fuera el barbero de mi infancia quien me humillara.

        Pelado al moñito.

        Eliodoro tampoco gritó “viva la patria” cuando se lo llevaron, sino que gritó, sus uñas de mujer senil aferradas a las persianas de su barbería de Lawton:

        ―No me dejes solo, hijo de puta.

        Y en este caso el hijo de puta era, estrictamente, yo.

        No sé si me conocía o no me conocía. Llevaba todo el horror de Latinoamérica estancado en su mirada de medio mujeriego y medio maricón.

        Eliodoro de mi alma de niño. Casi un personaje de Edmundo de Amicis, mi corazón.

        Se lo llevaban en una ambulancia a cualquier hospital, pero Eliodoro me pedía con su espanto que yo lo ayudara a morirse en casa.

        Su casa, mi casa.

        Nuestra casa.

        Con su sillón de aceros y nácares ensamblado en Chicago, Illinois, la ciudad de los extranjeros y outsiders. Pésimo como barbero (hacía unas cucarachas del coño de su madre), insuperable como vecino noble del barrio.

        Lo vio todo. Lo vivió todo.

        Desde Machado. Pasando por Batista. Pero se quedó a medio camino de Castro.

        Después de todo, pienso que Eliodoro fue de los afortunados.       

       Tuvo la suerte de enfermarse casi hasta el final en su casa. De padecer un cáncer doméstico, casi familiar.

        Únicamente la ambulancia de aquella tarde lo traicionó, pero nuestro hombre de las brochas y las navajas no duró mucho más que su último viaje gratuito hasta el hospital.

        La Benéfica, creo. Ese matadero mucho más eficiente que el matadero de Lawton.

        Pobre Eliodoro de los cortes rectos, las patillas, y los chistecitos políticos mientras te afeitaba, untándote una pomadita blanca en cada cortada.

        Su barbería era una miniatura de la Biblioteca Nacional, con todos los periódicos de todos los días haciendo su aparición, puntuales.

        Nadie supo nunca de dónde los sacaba.

        Pobre Eliodoro de Radio Rebelde, sintonizando Aquí con Franco Carbón. Y la fanfarria de bandurrias de Radio Progreso, para que a nadie en Cuba se le fuera a dormir el brazo (¿miedo a un infarto?), ni tampoco pudiera nunca cesar el motor.

        Lo dicho por la Orquesta Aragón: el trabajo es gloria, la vida es amor.

        Pobre su petición que el roquero raquítico que era Orlando Luis Pardo Lazo no se atrevió a cumplir, dejándolo solo en su ruta hacia una muerte hospitalaria. Inhóspita.

        Pero, total, muchos otros eliodoros, antes y después de Eliodoro, terminarían mucho peor.

        A la mayoría sus propias familias los deportó al asilo de la avenida Dolores. Un palacete republicano infernal, regentado a golpes de cruz por las monjitas católicas, e higienizado a golpes de camilla por los funcionarios de Salud Pública y Servicios Necrológicos del Estado.

        Era a mediados de los ochenta. Fidel no tenía edad. Yo tampoco.

        Nadie se iba a morir. Menos entonces.

        Pero el adolescente que era Orlando Luis Pardo Lazo tuvo que llevarle un termo de sopa a Tiquitiqui, un negrito nonagenario asilado en contra de su voluntad en Dolores.

        Entre 10 y 11, creo. Para los conocedores de las calles del barrio. Que en esa zona de Lawton siempre se me confunden con 11 y 12. En fin, ya da igual.

        Mi mamá era familia de todo el mundo en La Habana. No voy a decir que era una santa. No era, es una santa.

        Lo vivió todo. No vio nada. Por suerte.

        Ni Machado. Ni Batista. Ni Castro.

        Y a todos los sobrevivió con su sonrisa de madre María antes del parto †, en el parto †, y después del parto †.

        Ningún castrismo consiguió matar su ilusión y su fe de futuro.

        Pero el friki reciente que yo era, por entonces ya sabía demasiado. Cargando con aquel termo desbordante con una sopa materna de fideos, comprados en la bodega del Chino, que quedaba en el cuchillo no de Zanja sino de Fonts y Rafael de Cárdenas.

        Cuando me doblé sobre Tiquitiqui para darle su sopa del día, el negrito ancestral me agarró por una mano. Al estilo de Eliodoro, la tarde de la ambulancia.

        Era puro hueso. Sin carne ni pulso ni circulación.

        Un objeto para nada relacionado con lo que yo creía hasta entonces que era el cuerpo humano. Pero Tiquitiqui no parecía ser tampoco un cadáver.

        Era como si fuera una cosa prieta inanimada, no muerta.

        Me dio asco.

        Parece que se me fue un gesto brusco y le viré encima parte de la sopa bullente. Pobre Tiquitiqui.

        Pero él no se inmutó. No se daba cuenta de nada. Excepto de no soltarme la mano.

        Ya no podía ni hablar. Estaba, simplemente, esperándome.

        Yo era la vida entonces. Por lo que Tiquitiqui tenía para mí un testimonio de urgencia, excepcional.

        El tiempo apremiaba. Y no sólo para él.

        Para ambos. Para ti también.

        Cuando por fin me atreví a mirarle a los ojos, Tiquitiqui me lo dijo todo con su mirada.

        Su mensaje era mucho más auténtico que el de cualquier Piglia, Walsh o Jorgito Lage. Su mensaje se oponía directamente al vitalismo revolucionario de Fidel Castro.

        Tiquitiqui me obligó a mirar su muerte de frente.

        A decidirme a esperarla o a no esperar entonces, cuando tenía catorce, quince o dieciséis años.

        Tiquitiqui me quería, asilado y todo por su familia para que se muriera como los elefantes de África.

        Me quería de verdad. Confiaba en mí desde nací. Y era brujo, como todos los negros cubanos lo son, sépanlo o no lo sepan.

        Tiquitiqui sabía cosas. No tenía ninguna necesidad de ser alfabetizado por ningún sistema social. Él estaba más allá de la sociedad y la historia.

        Un día le dijo a mi madre que yo iba a ser grande, muy grande. Y no le explicó nada más.

        Mi madre sintió miedo. Sintió espanto. Y corrió a ponerme un azabache contra el mal de ojo.

        El alfiler me pinchó y yo tuve una especie de parálisis. Pero no era mal de ojo en absoluto. Tiquitiqui ejercía exclusivamente el bien de ojo.

        No voy a decir que es un santo. No es necesaria esa redundancia.

        Allí estábamos, el negro nonagenario y el blanquito todavía sin su primera eyaculación. Con la muerte como invitada en nombre de la verdad.

        Tiquitiqui no me llamó “hijo de puta” con la mirada. El vocabulario absoluto de sus ojos mucho menos mencionó la palabra “patria”.

        Tiquitiqui me estaba me pidiendo otra cosa.

        Que yo mirara. Que no me pusiera a matar el tiempo con miedos y sopas y memorias y Estados. Y que lo mirara.


        Tiquitiqui, un negro decimonónico cubano, residente de una casita de madera donde Beales comparte acera con las calles E y Novena, me estaba enseñando, sin necesidad de lenguaje, a retar la muerte con la mirada.

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