domingo, 12 de noviembre de 2017

FRAGMENTO DE MI NUEVA NOVELA INÉDITA





El exilio tiene sus ventajas.

        En el exilio se pueden leer tranquilamente todas las grandes novelas cubanas, que no son muchas, por cierto. Cuanto más, dos o tres.

        Y se pueden leer todas tranquilamente, varias veces, en varios idiomas. Una por una o todas a la misma vez. Da igual.

        El exilio es el lugar donde todo nos da rigurosamente igual. Un paraíso para los amantes de la relatividad.

        Abro la traducción de Gregory Rabassa.

        Leo en voz alta, acabado de despertar, con el libro en alto como si fuera un rosario de oraciones, mientras me asomo en paz póstuma al desierto que a su vez me azora a través de la única ventana de mi alquiler.

        Baldovina’s hand separated the edges of the mosquito netting and felt around, squeezing softly as if a sponge were there and not a five-year-old boy.

        Qué maravilla, ¿no?

        Empezar los días del mundo así, leyendo a Lezama Lima como si fuera The New York Times o el Granma.

        Relatos maravillosos de una época ida, el justo tiempo humano que nos tocó sobrevivir. Narrativas incomprensibles sin las que ya no sabríamos ni querríamos seguir aquí. En la Cuba ausente.

        La Habana, 16 de febrero de 1966.

        Ediciones contemporáneos. Con minúsculas, qué detalle de avance.

        4000 ejemplares únicos, autografiables.

        Impresos los 4000 por la UNEAC. En el taller 206-04 “Mario Reguera Gómez”, de la E.C.A.G., sito en Benjumeda No. 407.

        Se ha respetado la puntuación del original.

        Seguramente, también, las erratas. En una edición príncipe, todo debiera leerse como canon instantáneo.

        Una gran novela. Una novela grande.

        En ambos casos, escrita por un pájaro blanco.

        Una novela blanca que empieza con una negra doblada sobre la portañuela con sarampión de su autor bebé.

        Paradiso de la pedofilia. Del trapiche a la fellatio. Del señorito Lezama Lima al sueño lácteo que nos desvela la infancia. De la medianoche infinita a la pequeña muerte de los escarabajos que escapan. De lo monstruoso a lo militar. De su madre muerta a mi madre que nunca murió.

        No se le puede pedir más a un primer párrafo.

        En general, no se le puede pedir más a ningún párrafo.

        Lezama Lima y yo. Niños con la pinguitas enhiestas, por la frialdad de orgasmo que nos impone la mano de una mujer desgreñada.

        Una azafata. Ojalá que también una esclava.

        También, ama de llaves. La custodia culpable de su propia inocencia. Cosas de hembras analfabetas, viejas brujas benditas que guardaban con celo el alcohol y la estopa con que nos bautizaron en el nombre de Onán.

        La incorrecta gelatina de venirse a los cinco años, aparición fantasmal y rosada, jadeo de asma orgiástica y pomaditas importadas, balbuceando chinerías cubanas entre el terror de las antorchas y los resplandores rabiosos del lenguaje.  

        Escribiendo como los ángeles. Yo y Lezama Lima.

        She unfastened the flap of his nightshirt and looked at his thighs. Abrió también la portañuela del ropón de dormir, y vio los muslos.

        Baldovina de los cojones católicos a ras de una República en ciernes, días después de la Revolución que José Martí se empeñó en hacer contra España.

        Consummatum est.

        Catalanes del recontracoño de sus madres. Don Marianos mentirosos y Doña Leonores lúgubres. Traidores todos a la Corona de Madrid y asesinos de Dios a sueldo de Moscú, tres tristes décadas después del parto †, en el parto †, y antes del parto †.

        Cubansummatum est.

        His small testicles full of welts growing larger, and as she moved her hands down she felt his cold and trembling legs. Los pequeños testículos llenos de ronchas que se iban agrandando, y al extender más aún las manos notó las piernas frías y temblorosas.

        Dicen que Lezama Lima publicó este libro de manera ilegal, abusando del poder de su carguito como jefe de redacción en la UNEAC. Una “botella”, para que fuera tirando el gordo y no se nos muriera de hambre.

        Librero con patas, le decían en el barrio. Una zona roja de putas y policías. Que después de la otra Revolución devino simplemente una zona de putas rojas y rojos policías.

        Por esa ilegalidad, el Estado cubano tuvo que recoger de librerías la casi totalidad de los 4000 ejemplares. Era lo justo con los demás autores.

        Esa pléyade de plebeyos que no tenían mano, sino máquina de escribir. Y cuya educación guajira o proletaria les había impedido las páginas de la Enciclopedia Británica, las obras de Felipe Trigo, y hasta las novelas de espionaje de la Primera Guerra mundial, cuando los espías tenían que traspasar los límites de la prostitución.

        ¿Se dan cuenta?

        Todavía debería de ser ilegal su publicación.

        Ningún país se merece ese paraíso.

        Parado, con la pinga parada por los deseos de orinar, sigo leyendo en voz alta, acabado de despertar, con el libro en alto como si fuera un rosario de ronchas, mientras el desierto se asoma asmático al Orlando Luis que yo era, azorado del amanecer que se cuela de culo por la única ventana abrible de mi alquiler.

        El muy condenado, comentó desesperada Baldovina, no quiere llorar. The little devil, Gregory Rabassa muttered in desperation, he refuses to cry.

        Me gustaría oírle llorar para saber que vive.

        Una gota de esperma grandulona solidificándose sobre mi pecho. A thick drop of Sperm-oil, hielo hirviente. Incesante fricción. Jadeo.

        Gregory Rabassa tradujo cuanto le vino en gana. Y cómo le vino en gana.

        Era un hombre libre. The Boom Man in America. Hallowed be thy name.

        Un zar académico, un descubridor de poéticas exóticas y fuentes de la eterna belleza. Un orientalista del sur. Un cazador de cimarrones latinoamericanos, hipócritas ávidos de ser expuestos en la lingua franca de la belleza.

        The herald of a king who has won a battle near a castle without the inhabitants being aware of it.

        Técnicamente, un negrero literario. Bendito oficio.

        Prueba de la superioridad de la Retórica sobre la Raza.

        Ya murió, el gran Gregory Rabassa. Como todos.

        Hace muy poco, de hecho. A los 94 años. Un lunes, el 13 junio de 2016.

        Puede haberlo conocido, de haberlo intentado. Pero preferí dejarlo pasar, en nuestra mutua póstuma paz, como quien despide de improviso a un rey que ha librado una batalla cerca del castillo sin que se enterasen sus moradores.

        Era hijo de un cubano, por cierto.

        No sé por qué en Cuba siempre me lo imaginaba como el hijo bastardo de Oppiano Licario.

        Tal vez porque Gregory fue criptógrafo durante la Segunda Guerra Mundial, aunque esto aparentemente no tenga nada que ver.     

        Tal vez porque nunca olvido la escena de Paradiso donde aparece la muerte de la mano de Oppiano, quien a su vez ya murió, como todos, en el capítulo 14 si no recuerdo mal: del humo del sueño, sin transición al humo del sueño eterno, esa mala metáfora.

        Yo sabía que usted vendría esta noche última. I knew that you’d come this last night.

        No es lo mismo “esta noche última” que “this last night”. Pero tampoco puede hacerse nada para evitarlo. Traducir es ansí.

        En el pabellón de al lado hay un cubano. Hablé esta mañana con él, quisiera hablarle de nuevo. A Cuban in the next ward. Oppiano Licario.

        Las ventajas adicionales del exilio cubano.

        Siempre aparece uno en el pabellón de al lado, a la hora de morirnos a cuentagotas en un hospital foráneo.

        Soledad sin extremaunción. La muerte es darnos cuenta de que no hay nadie.

        Por eso las lágrimas llenaban el rostro del coronel, padre del Lezama Lima de cinco años.

        Como las lágrimas llenaban el rostro de Fernández, disimuladas con pudor como si fueran sudor de padre, en un poema de Retamar.

        Los padres no lloran delante de sus hijos sin padres.    

       Apréndete bien esta lección de lectura, porque te va a hacer falta en la práctica. Puede incluso que más de una vez.

        Nadie se muere de primera y pata. Casi siempre hay varios ensayos.

        En Lawton, a la luz del alma, al lado de mi casa quedaba la casa de otros Rabassas. O tal vez los mismos Rabassas del padre de Gregory, que a partir de ahora se llamará Oppiano Rabassa y nos ha conocido a todos en un mal momento, que no rebasaremos, because the breathing was a death rattle now.

        Una isla es eso: cubanos y más cubanos, dándose cabezazos in the next ward.

        Rabassas de la Revolución.

        Gente buena como ninguna. Beales #100, interior (altos).

        Fefa y Rabassa, los padres.

        Gilberto, Rey y Taymí, los hijos sin padres.

        Puede que se me esté olvidando alguien. Puede que mi traducción de sus ortografías no sea la más exacta. Mejor así.

        La memoria es un músculo que es más saludable tenerlo atrofiado. Un órgano que si se practica demasiado, nos mata.

        Total.

        El padre de la familia Rialta Rabassa trabajaba de matarife en el matadero de Lawton. Apuñalaba vacas antes del alba. Les partía en dos el corazón, con la benevolencia de un solo tajazo.

        Sin dolor.

        Nunca fue un verdugo, excepto con las personas que más amó.

        Porque Fefa tuvo que sobrevivirlo como 30 años. Toda una nueva vida sin su Rabassa, todavía mujer fiel y enamorada.

        La tragedia de no morirse juntos. El insulto de envejecer a solas. Buscando y buscando, sin encontrar ni traza de los jóvenes que más amamos.

        Estoy entrando en una soledad, por primera vez en mi vida, que sé es la de la muerte. Quisiera tener alguien a mi lado.

        Sic. Sin traducción.

        En este sentido, Tati tuvo una actitud fue ejemplar. Se murió a las pocas semanas de morirse su Isauro.

        La eternidad la empezaron temprano, imponiéndole un tiempo humano al destiempo de Dios.

        Cierro la traducción de Gregory Rabassa. Copyright de Ediciones Era, 1968.

        El muy cabrón ni siquiera usó la edición cubana.

        Es muy tarde ya. Se nos ha hecho demasiado temprano.

        No vale la pena seguir con este jueguito de hacernos los cubanos.

        Baldovina se nos aparece ahora a todos.

        Leve. Desaparecida.

        Atravesando una selva oscura. Fragmentaria.

        Baldovina, la partícula tan pequeña que había que reforzarla. Descarnada, seca, llorosa. Negra desgreñada que descorre la primera línea de la gran novela de los blancos cubanos grandes.

        Esta novela, y tú lo sabes.

        Parecía una disciplinante del siglo XXI.

        Looked like a XXI-century flagellant.


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