martes, 28 de noviembre de 2017

Intocados por el totalitarismo


A los mártires del Raúl Cepero Bonilla
Orlando Luis Pardo Lazo

       
        La noche en invierno cae de golpe. Como un trancazo.

        Sobre todo cuando empieza diciembre y se acerca otra vez mi cumpleaños, como ahora.

        En el exilio, esa es la hora más terrible de sobrevivir.

        Una hora frontera entre la luz que ciega y las sombras que iluminan. Es la hora en que en Cuba yo regresaba de la escuela.

        Del Pre. Así a secas.

        El Pre, una sílaba que no necesita tanta explicación.

        Los cubanos saben.

        Caía la noche temprano y sólo nuestros uniformes vírgenes brillaban.

        Éramos como extraterrestres, cubanos caídos de otra galaxia.

        Todo el resto del mundo metido de cabeza en sus casas. Cocinando, deteriorándose. Envilecidos por la falta de coraje, amor y belleza. Enfermos sin solución.

        Y nosotros saliendo del Pre a la caída de la tarde. O la caída de la noche. Da igual. Cada día más jóvenes y más llenos de libertad y deseos.

        Cubanos libres.

        Cubanos recién llegados del futuro.

        Intocados por el totalitarismo.

        De ellos (es decir, de nosotros), sólo yo sabía que nunca me iba a olvidar de aquellas escenas. La belleza me goteaba por los poros y me obligaba a ser siempre un solitario.

        Era tan hermoso estar vivo que uno sentía que aquello no podía durar para siempre. La belleza como anunciación de la muerte.

        Me era imposible estar del todo presente allí. Porque desde el inicio yo sabía que estábamos viviendo en una memoria inolvidable, de esas que serían después recordadas exclusivamente por mí.

        ¡Estaba vivo de remate y ni siquiera tenía a quién confesárselo!

        No tenía a quién decirle que estábamos aquí y ahora (es decir, allí y entonces) sin que la escena se nos desapareciera para nunca volver. Se nos diluyera en las palabras del Orlando Luis ya delirante a sus quince o dieciséis años.

        Desde sus cinco o seis años, quizá.

        Estas noches tempranas de diciembre siento el mismo olor a oscuridad, el mismo aroma a La Habana de invierno, la misma humedad de la saliva que se asomaba a los labios de las adolescentes al sonreír.

        Yo nunca pude del todo serlo, un adolescente.

        Hablábamos y hablábamos, pero nunca nos decíamos nada.

        ¿Para qué decir? Si todo era tan fácil como tragar agua. O dejarla escaparse entre los dedos desnudos y las faldas mostazas de los uniformes.

        Daban deseos de correr y bailar todo el resto de la noche y toda la madrugada.

        Y deseos de no crecer.

        Y de nunca prestarle atención al lenguaje adulto y odioso de los demás.

        Estábamos o éramos. Da igual. ¿A qué más aspirábamos?

        A esa hora, los jazmines comenzaban a oler.

        La noche en invierno abría sus constelaciones de golpe. Los astros, por supuesto, también reían. Como en una vieja canción de Fito, que entonces era de estreno.

        Se acercaban diciembre diez y mi cumpleaños, como ahora.

        En el exilio, esta es una hora escalofriante.


        La hora de volver como mansas palomas, vivos y muertos, al grupo que salía en un estado de casi inconsciencia de nuestro Pre.

1 comentario:

Anónimo dijo...

y donde esta marisol en esta historia?

el hacha.