viernes, 17 de noviembre de 2017

MORIR LEJOS SIEMPRE DE CUBA



Morir lejos de Cuba. Morir, lejos, en Cuba.
Orlando Luis Pardo Lazo

No voy a mencionar nombres. Es un tema humanamente muy delicado.

La política poblacional de la Revolución Cubana siempre fue, incluso antes del triunfo de 1959, biopolítica. Es decir: ejercer un control absoluto y arbitrario sobre los cuerpos de todos y cada uno de los cubanos, tanto dentro como fuera de la geografía nacional.

El Estado cubano ―y esto nuestro pueblo parece aceptarlo ya, como si fuera lo más natural del mundo― decide por sí mismo, incluso al margen de sus propias leyes, quién queda libre y quién va a la cárcel, quién se queda en la cárcel y quién sale al exilio, quién se queda de por vida en el exilio y quién regresa de visita a la patria. Y, sobre todo, quién se queda vivo y a quién le quedan apenas unos días para convertirse en cadáver: falsos accidentes de tránsito (como a Oswaldo Payá y Harold Cepero en julio de 2012, asesinato clínico (como a Laura Pollán en octubre de 2011), tratamiento inhumano durante una huelga de hambre (como a Orlando Zapata Tamayo en febrero de 2010), y un escalofriante etcétera.

La biopolítica de la Revolución cubana es, en última instancia, necropolítica. Léase: la cuestión es controlar los cadáveres futuros de todos y cada uno de los cubanos en el planeta.

Dije que no iba a mencionar nombres y no los voy a mencionar. Payá, Cepero, Pollán y Zapata Tamayo no son los mártires del comunismo de los que quiero hablar aquí. Estoy reflexionando ahora sobre la muerte de los cubanos y sus seres queridos, en la distancia despótica que nos impone masivamente, a 13 o 14 millones de nacionales, el socialismo insular. Un régimen de izquierda radical que nos ha secuestrado incluso nuestra ciudadanía cubana. Por lo tanto, de quien realmente estoy hablando ahora es de ti. Perdóname, por favor.

Todos los días hay un nuevo caso. Algunos llegan a la prensa y se crea un escándalo efímero. Y pare de contar. Pero la mayoría, no: la desgracia pasa desapercibida, doblemente trágica en su condición de anonimato y por la sensación de vulnerabilidad. No somos nada y no podemos hacer nada. Los cubanos ya no vivimos y morimos en las manos de Dios ―como se decía antes en nuestra tradición cristiana―, sino que sobrevivimos y sobremorimos en la maldad materialista de la Plaza de la Revolución de La Habana.

A los efectos de este apartheid migratorio del Ministerio del Interior cubano, no importan para nada nuestros familiares enfermos de muerte, ni nuestros hijos separados de sus padres (nosotros) a la espera de un humillante permiso de rehenes para viajar, ni nuestros padres envejecidos hasta la senilidad sin reencontrarse jamás con sus hijos (nosotros).

Durante décadas, muy poco han podido ayudar al respecto la Cruz Roja Internacional y las Comisiones de Derechos Humanos, sean de Naciones Unidas o de organizaciones no gubernamentales. El castrismo sencillamente no entiende con nada ni con nadie, cuando de consolidar su poder omnipotente se trata. Y este principio feudal es inviolable para la integridad de la dictadura “más democrática el mundo”: a Cuba entra quien ellos quieran y sólo mientras ellos lo quieran, y de Cuba sale quien ellos dejen y sólo cuando ellos lo dejen.

Punto y aparte. Punto y apártate. Porque casi nadie en la comunidad internacional se solidariza en contra de la segregación del pueblo cubano. Y así ha sido desde inicios de 1959 hasta finales del 2017: seis decadentes décadas de despotismo estatal con insultante impunidad.

Tampoco quiero rememorar anécdotas dolorosas al punto de lo morboso. Pero tú sabes muy bien de lo que estoy hablando. La falta de libertad de los cubanos, viajen o no viajen a la “Isla de la Libertad”, se manifiesta al máximo en esta crueldad sobre la familia cubana: nunca estamos seguros de volver a ver a quienes más amamos, nunca estaremos seguros de que el Estado cubano nos perdonará por no haberlo amarlo en tanto Estado totalitario.

Es un holocausto del alma. Un genocidio sentimental. Una nación fallida, tanto en la patria como en su diáspora a perpetuidad. Y por eso nos hemos ido convirtiendo en un pueblo cínico, acobardado, e increíblemente resentido pero en contra de nosotros mismos. Nunca en contra de los culpables que nos hicieron y nos hacen el daño.

Así, nos odiamos entre cubanos porque no pudimos amarnos bien entre cubanos: nos robaron hasta la noción de familia, a cambio de los aplausos amorfos de la propaganda política y una fe abstracta en la Fidelidad. Así, la cogemos en contra de nuestros propios compatriotas porque la Revolución Cubana nos descojonó el corazón. Se nos murió y se nos sigue muriendo el amor, en una distancia que los cubanos para colmo nos negamos a nombrar como lo que realmente es: la indecencia de haber habitado en dos siglos, y los dos bajo una misma dictadura.

Morimos lejos de Cuba. Morimos, lejos, en Cuba. Porque la dictadura cubana no deja desamparado a nadie: nos acompaña desde la cuna hasta el cadalso.

No hay comentarios: