miércoles, 1 de noviembre de 2017

TENDER TINDER

PARA ESMÉ, EN TINDER
Orlando Luis Pardo Lazo


        Instalé Tinder. Casi no tengo memoria libre en el móvil, pero me puse a borrar cosas importantes y recién lo instalé.

        Ahora me paso el día metido en la aplicación.

        Swipeando mujeres entre 40 y 50 millas a la redonda.

        Son un montón. Todas las mujeres de Missouri, Illinois, Indiana, Arkansas, Kentucky y Tennessee están en Tinder.

        A este ritmo, supongo que todas las mujeres de todos los estados de Estados Unidos igualmente lo estén.

        Tinder es la nueva globalización.

        Otra manera de estar ausentes. Es decir, de estar pero siempre en otra parte de donde realmente estamos.

        Yo les doy Like a todas. Me encantan. Cositas más ricas y angelicales. Espero que por esta conducta no me denuncien como depredador sexual.

        No otra vez, por favor.

        Si estamos en Tinder asumo sea para eso. Para depredarnos los unos a los otros. Para no tener que hacer nada antes de encontrarte con una desconocida en la barra de un bar.

        O entre las sábanas de tu cama o de su cama.

        Tinder es una tentación.

        Seguro que es una app rusa. Como Imo, que todos los cubanos la usan para llamar a Cuba en video.

        Pero después de décadas de vivir desnudos ante la Seguridad del Estado cubana, esos bolos con peste a grajo no nos van a meter miedo con sus spywares.

        Ni con sus Kaspersky para espiar a la vez a Crooked Hillary y a Deplorable Trump.

        En Tinder un tiempo atrás conocí a una muchacha. Hablamos unos días por chat. Después me dio su teléfono.

        Esmé me dijo que se llamaba Esmé, que estudiaba Escritura Creativa en la Washington University de Saint Louis, y que su familia era de un rancho en Ohio.

        Su ex-familia. Porque una ataque terrorista a la zona supuestamente segura de Bagdad la había dejado sin padres en el 2003, cuando ella estaba por cumplir trece años.

        Por supuesto, ni Salinger de estar vivo se hubiera creído ese cuentazo. Mejor así.

        Dejé que mi Esmé narrara lo que a ella le viniera en gana.

        Que narrara digitalmente lo que a ella le viniera en gana en general.

        Lluvia de escualidez por chat primero y por SMS después. También nos escribimos algunos correos. El mío es orlandoluispardolazo@gmail.com de toda la vida. El de ella, no menos predeciblemente, era withloveandsqualor@yahoo.com.

        Loquita anglófona de Bagdad, Ohio. Ojalá se hubiera convertido al islam.

        Así se nos iban las horas. Texteando sobre esto y aquello, y sobre la vida muy en general. No teníamos casi nada en común. Pero igual cuando nos despedíamos, yo siempre me quedaba con ganas de darle un abrazo.

        De olerle la piel y el pelo.

        De que me tratara con la inocencia con que una Esmé debe tratar a un gato.

        Y de dormirme entonces con mi cara hundida en su sexo. Sin lamerla. Sólo echarme a dormir allí.

        O, tal vez sí, babearme un poco y que su sexo me babeara de vuelta a mí. Mis mejillas, sus labios.

        Pero sólo por un rato. Sin pizca de excitación sexual. Apenas como un gesto de mutua ecuanimidad. Hasta que quedarnos dormidos los dos, los dos sin decir ni miau.

        Una noche, sin avisar, me llamó.

        Me dijo, en inglés:

        ―No me llamo Esmé. Y no me importa si tú te llamas Orlando.

        Silencio.

        Estática.

        Silencio.

        ―Nadie más en el mundo podría hacerlo. Ayúdame, no me dejes morirme sola en este hospital.

        Todo el tiempo en que no habíamos comunicado, ella estaba ingresada allí. En una mole de concreto art-decó, no muy lejos de mi casa. El Barnes Jewish Plaza, en la salida de Kings Highway hacia la Interestatal 64.

        Al mediodía siguiente fui a verla.

        Era blanca, casi albina. Pecosa, pelirroja. Los ojos de una verde antinatural.

        Tenía las téticas aún paradas. Buche doble de palomita.

        Se conservaba muy bien. Todo en ella rezumaba vitalidad.

        Pensé que su llamada de la medianoche anterior bien podía ser un chiste.

        Lo pensé, entre otras cosas, por pánico de morirme. Y porque al olvido de estar vivos siempre es conveniente pensarlo.

        Nunca le pregunté la edad. Calculo que serían unos cincuenta y pico largos. Pero no pasó mucho tiempo antes de darme cuenta de que Esmé muy pronto tendría una ausencia absoluta de edad.

        Así que ya daba lo mismo sumarle o restarle cualquier número imaginario de años.

        Esmé era ahora la raíz cuadrada de menos uno.

        Sus siete o nueve vidas de gata a imitación de Salinger se le acababan a cuentagotas. Literalmente, a cuentagotas. Con cada suero con que los médicos le entretenían el alma, para disuadirla de que emigrara sin avisar a nadie hasta Ohio, Iraq.

        Acaso con una escala técnica en Devon, Inglaterra, para engrasar las armas o pactar por fin el armisticio en el próximo mes de abril de 1944.

        Sonrió al verme. Me tomó de las manos. Hizo como si me halara hacia ella, pero no ejerció sobre mí el menor par de fuerzas de acción y reacción.

        La mecánica de Newton no se aplicaba en aquella sala del hospital Barnes Jewish Plaza.

        Esmé era ahora la ingravidez de una ecuación cuántica: Esmé es igual a mc2.

        Esmé, mi gata de Schrödinger con perfil falso en Tinder.

        Esmé, miau.

        Si lo ves, dile a Salinger que desde que yo estaba en Cuba lo amo.

No hay comentarios: