domingo, 24 de diciembre de 2017

Covfefe de Capablanca


Joven, usted no ha cometido errores,
o el día en que le gané al campeón mundial
       

        Saint Louis tiene el mejor club de ajedrez de los Estados Unidos. Y probablemente del mundo.
        Muy cerca de mi casa, en la esquina más concurrida de Central West End. Una de las pocas donde puede fumarse de todo y beber alcohol en plena acera. Como en New Orleans.
        A la burdajá. USA for Africa. En el mejor espíritu anti-sajón.
        El club lo fundó un millonario conservador.
        Rex, republicano de pura cepa que, como no pudo lograr un alto ELO jugando ajedrez, al menos sí ayudó a que muchos pudieran mejorar el suyo.
        Incluido yo, que pierdo más tiempo a mover las piezas en el club que leyendo los mamotretos de izquierda con nos embuten el claustro latinoamericanista de mi universidad.
        La verdad es que avanzo poco. Quiero decir, en el ajedrez.
        Mi ELO nunca ha rebasado los 1600. O sea, nunca tendré un ELO para mostrarles con orgullo a mis nietos.
        En el club hay un retrato enorme de José Raúl Capablanca.
        Tengo la decencia de, cada vez que juego, ir hasta su marco de vidrio y pedirle sinceramente perdón. Debo ser vergüenza del genio cubano, pero qué le vamos a hacer.
        La extrema derecha es ansí.
        En el club conocí a Leinier Domínguez, el Gran Maestro de élite cubano, ahora medio quedado en Miami. 
        Conocí a Nazi Paikidze, que en 2016 fue campeona de los Estados Unidos siendo georgiana. Una muchacha valiente lo suficiente para encararse ella sola al régimen islamista de Irán, que en el nombre de Alá no dejan que las mujeres jueguen ajedrez, si no se tapan el cuerpo antes.
        De hecho, los fundamentalistas de Teherán no dejan que las mujeres sean mujeres, ni en público ni en privado, si no se tapan el cuerpo antes.
        Alá es ansí.
        Para eso están los Guardianes de la Revolución. Para guardar en la cárcel a los revolucionarios, donde las opciones entonces son radicalmente simples, según las alegres aleyas del Corán: tortura, conversión o pena de muerte.  
        Y conocí al prodigio precoz de Noruega, el implacable campeón mundial de la actualidad: Magnus Carlsen.
        Con ninguno de ellos me hice ni un selfie.
        Para los que dicen que soy un exhibicionista.
        Cuando más, un aplauso y un estrechón de manos. Ni siquiera un autógrafo.
        De vez en cuando un Like o un Retweet, pero esa es una tendencia global inevitable.
        El club escolástico de ajedrez de Saint Louis, Missouri, es un lugar limpio y bien iluminado, perfecto para suicidarse al estilo de Hemingway.
        Peón 4 Alfil Rey. Torre 7 Caballo Dama.
        Bala 1 Cráneo, la mejor manera de coronar.
        El club cuenta, además del regajero de Grandes Maestros, con unos personajes muy peculiares. Como toda red que uno lanza a la sociedad, se pesca de todo en el corazón del Mid-West.
        Gente noble, triste y solitaria. Que llevan dos o tres décadas intentando subir el ELO por encima de 2000. Por lo que ni siquiera son expertos nacionales.
        Gente de bien. La ropita raída. El olor de la piel, penetrante.
        Se ven que son pobres de solemnidad, pero proyectan una imagen de aristocracia. Una actitud de caballeros medievales, donde la dignidad suple con creces la humillación de sus diarias derrotas.
        Una debacle indetenible.
        Ken, Mario, Keith y otros chicos del montón.
        A todos los amo. Con todos he compartido comentarios, cabezazos, contrasentidos, y también un poco de mi comida y dinero.
        Perdedores de todos los países, uníos.
        Cada uno de ellos, y otros muchos (menos yo), mantienen viva la llama de la alegría en un mundo donde las piezas nunca las mueven ellos (ni tampoco yo).
        Son una lección de ese vitalismo natural que nunca logró contagiarme. Así en la Isla como en el Exilio.
        Sea el 4 de Julio. O sea en Halloween o en Christmas o por el fin de año. Ellos persisten de 10 a 10 en una mesa del club.
        Allí almuerzan, comen y cagan.
        Allí esperan un golpe de suerte para ganar alguno de los incontables campeonatos por los cuales se paga una cuota para jugar. Y no muy barata que digamos.
        Moviendo cada uno sus 16 piezas esperan ser descubiertos, aunque sea tarde, por algún cazatalentos amateur.
        Algo es mejor que nada.
        Alguien es mejor que nadie.
        Y, en la medida de lo posible, estudian los análisis de ajedrez de sus propias partidas, gracias a esas pequeñas computadoras en que se han convertido hoy incluso los modelos más humildes de teléfonos.
        Hace poco yo mismo, para no ir más lejos, jugando con mi móvil en el aula (me aburría en una clase sobre el plebiscito chileno), le gané al programa oficial del campeón del mundo.
        Tú también puedes retarlo, a Carlsen.
        Basta con bajar una aplicación que, como todas, primero es de prueba gratis y, después, cuanto ya estás enganchado, se convierte en un App de pago. Se llama Play Magnus.
        No sé ni cómo coño pasó, pero pasó. Tal vez porque empecé tirándoles los peones encima, como si fuera una especie de poseído.
        Fue una Apertura Bird.
        Yo, las Blancas. El programita de Magnus Carlsen, las Negras:
        1. f4          d5
        2. Cf3        Cf6
        3. e3         Ag4
        4. h3         Af3
        Primera sorpresa. No sabía que a las Negras le interesaba soltar así como así a ese Alfil.
        5. Df3       
        Lo comí con mi Dama sin pensarlo y seguí jugando contra el campeón mundial en mi móvil Samsung, un smartphone de los viejitos.  
        5.  …         Cbd7
        6. g4         e6
        7. g5         Ce4
        8. d3         Cd6
        9. e4         Cb5
        Cuatro jugadas de peones, uno detrás del otro. Para espantarle su caballo por medio tablero y ganar enseguida en espacio. No se ve bonito sobre el tablero pero, total, se suponía que más temprano que tarde el programa de campeón del mundo me iba a vapulear.
        10. Ae3      Ac5
        11. Ac5      Cc5
        12. Df2      Ca4
        Después de cambiarle su otro alfil, lo dejé al galope con sus dos caballos, y seguí tirándole encima a Magnus cada peón blanco que me encontraba.   
        13. b3       Cb6
        14. a4       Cd6
        15. Ag2      c6
        16. a5       Cd7
        17. h4       O-O
        18. Cc3      Te8
        Y decidí no enrocarme, como acababa de hacer Magnus, sino dejar a mi Rey parapetado en el centro, para poder colimar al suyo con mis dos torres en el flanco del Rey.
        19. Rd2     b5
        Y peones y más peones. Como diría Elpidio Valdés: “Corneta, toque usted a degüello”.
        20. b4       Dc7
        21. e5       Cf5
        22. d4       Tad8
        23. Ce2      Cf8
        24. Ah3      Ce7
        Y seguí empujando mis peones dentro de las trincheras de Magnus, cada vez más restringidas y boqueando por un poco de aire.
        25. c3        a6
        26. h5       Td7
        El análisis de computadora en este punto me da una ventaja de casi +2. Pero lo cierto es que aún no tenía ni idea de qué podía hacer para concretizar un plan ganador.
        27. Cc1      Tdd8
        Cuando Magnus empezó con su dale pá lante y su dale pá tras con la torre de la columna d, me creí que de verdad lo tenía arrinconado. Tal vez, como Chacumbele, él solito se iba a matar.
        28. Cd3     Da7
        Llegados hasta la quinta fila, ya no había más remedio que irrumpir en su enroque, pasara lo que pasara después.
        29. g6       hg
        30. hg       Cfg6
        31. f5        ef
        32. Af5      Cf5
        33. Df5      Te6
        34. Dh5     Rf8
        35. Nc5
        Y esto fue todo, queridos amiguitos, papaítos y abuelitos. La ventaja computacional es ahora de +8. Por muy Magnus App que fuera, el Negro ya está reventado. Como Cafunga. Se pudiera rendir aquí sin ningún complejo.
        35.  …       Tde8
        36. Taf1
        Estoy muy orgulloso de este remate. En lugar de comerle la Torre de e6 con mi Caballo, traje mi Torre Dama al frente de guerra. Total, igual me la podría comer después. Aunque en definitiva esa ganancia de calidad nunca pasó. No hizo falta.
        36.  …       Dc7
        37. Dg4     Rg8
        38. Dh3     Dc8
        Voy pá ti, papi. No te salva ni el médico chino. Ni el de los vikingos.
        39. Dh7+    Kf8
        40. Thg1    Re7
        No huyas, que ya es un poquito tarde para esa gracia.
        41. Tf7+
        ¡Toma, cobarde!
        41.  …       Rf7
        42. Tf1+    Re7
        43. Dg7+    Rd8
        44. Cb7+
        Y ahora me tienes que regalar la Dama. No inventes ni experimentes.
        44.  …       Db7
        45. Db7     T8d7
        Pero, ¿serás descarado? Jubo, otra vez con tus jueguitos de intentar atraparme ahora a mi Dama?
        46. Da6     Tc7
        47. Db6     T6d7
        Y dale Juana con su matraca.
        48. a6
        Y sólo en este punto, tras pensarlo como media hora, comiéndose por gusto mis baterías,Magnus App se rindió con un cartelito en pantalla al que no me dio tiempo de capturarlo para la posteridad.
        Blancas, 1. Negras, 0.
        Firmado: Orlando Luis Capaparda, vencedor virtual del campeón mundial. Domingo 19 de Noviembre de 2017, cumpleaños ciento no sé cuántos del niño genio de La Habana.

1 comentario:

Anónimo dijo...

la verdad, tomame a mal socio, que lo soy de juventud, de pre y hambre, de necesidad y juego al taco sin pelota, de pinga, no se entienden las cosas, asi no vamos a ningun lugar, muy abstracto y perdona la critica. yo te amo pero no puedo dejar que te pierdas en una literatura que a este punto, solo tu comprendes y haces sentido de ella. te odiaran por no entenderte, hice analisis con marisol y ya los dos nos hemos perdido en tu literatura de una complexion incomprendible, bajas el nivel y es posible que todos te amemos por ser sencillo y directo, pero asi, tan abstracto, tan lejos, ni modo. o bajas o no llegaras nunca y entonces te olvidaremos sin remedio. yo no puedo porque infancia obliga. pero no abuses, no podemos seguirte. no lo tomes a mal. yo te quiero, pero intento hacer que veas la realidad.

el hacha.