miércoles, 27 de diciembre de 2017

La noche de una Cuba Mulloy


CINE

Todas las noches, la noche

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Imagen de 'Una noche', de Lucy Mulloy.
Pueblo ya sin Dios y sin Estado, tras las incesantes muertes mediáticas de Fidel Castro, como en un aula-jaula que se hubiera quedado sin su déspota profesor, nuestra sociedad está abocada a desquiciarse de la noche a la mañana. Incluso en una sola noche, sin necesidad de esperar a la mañana, nuestras viditas pueden experimentar las mil y novecientas cincuentinueve anécdotas y no extraer de ellas ni un solo significado.
En efecto, Cuba comienza a parecerse a un tele-play, revolucioncita temática de clase Z. Serie sin captions. Pasto para producciones foráneas. Escenario donde todos los personajes son extras: hojitas de un guión flotante en el viento de la insoportable insulsez insular.
Nada es viejo bajo el mismo sol post-socialista. Lineamientos del Eclesiastés. Neohabla, neohistoria, Neo. Cuba no es el tedio de una cinta fílmica de Moebius sin adentro ni afuera, sino una aventura vacía al mejor estilo The Marxtrix, donde el poder despótico no se ve pero se presiente. Y donde lo único que aún brilla en medio de la barbarie son las gafas del General Presidente, cuya claqueta controla no el cambio fraude sino un fraude incambiable. Ad islinitum.
Mucho de esta velocidad televisiva se incluye de copy-and-paste en el filme neoyorkino Una noche, de la realizadora Lucy Mulloy, una película made in Manhattabana que hasta sus actores confundieron con un reality-show, al usarla como catapulta para escapar de las catacumbas castristas de nuestra Norcorea del Caribe.
Aquí en el principio y al final es el verbo: la acción, la persecución que no persigue otra cosa que ganarle a la muerte algunos minutos de rodaje, cut to the Che. Poética del video-clip, de lo efectista efímero, de la superficie que casi siempre es un síntoma mucho más sincero que la llamada profundidad.
Corre-corre de secuencias trucadas, ira y apuro, por momentos con dejos de fake documental policiaco. Las palabras como patadas. El lenguaje libre, loco y locuaz, como le corresponde a un reparto profesionalmente amateur. Y, de fondo, además de la música redundantemente cubana, ni siquiera es necesario poner en off aquel desplante de Desnoes de que nuestra capital "parece una Tegucigalpa". Y es que no lo parece a estas alturas de la historieta. La ironía de Memorias del subdesarrollo contra las ilusiones de izquierda, a la vuelta de medio siglo de totalitarismo, es ya un background inevitable, que ocupa de manera espontánea incluso la peor de las fotografías turísticas de la propaganda oficial.
Una noche no es un mal story-board para cuando Lucy Mulloy vuelva a La Habana una noche, no sólo para recrear sino a crear la tragedia. Necesitamos eso, una cultura sin culpas capitalistas de resultar a la postre "injusta" con el pueblo cubano. O "inapropiada" ante el altar de la academia norteamericana (sin Revolución no habría tesis de PhD ni copyright por concepto de libros de texto). Me temo que nos urge una filmografía reaccionaria. De derecha indecente. Neocon. Películas dispuestas a precipitar la debacle no desde el arte, sino desde el desastre.
Lo otro sería otro medio siglo de kitsch.
Cubansummatum est!

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