viernes, 10 de febrero de 2017

INMIGRANTES CON PISTOLAS




¿Los medios de prensa internacionales y académicos del mundo libre alguna vez se habrán preguntado cuántos inmigrantes legales recibe la Cuba de Castro? ¿Y de cuántos inmigrantes ilegales se apiada cada año nuestra magnánima Revolución? ¿Qué le hace el gobierno comunista de la Isla a los haitianos que naufragan cerca de las costas de Oriente? ¿Y con qué facilidad un extranjero puede convertirse en residente temporal o permanente en Cuba? Y, una última preguntica al pobre progresista primermundista: ¿cuántas ciudadanías cubanas a extranjeros se han concedido desde el jueves 1ro de enero de 1959?

Miren, norteamericanos demócratas, mejor no coman tanta mierda con la inmigración.

Los cubanos tampoco somos anormales. Sabemos muy bien que a la metralla migrante del mundo hay que mantenerla muy a raya. Especialmente si vienen de países asolados por la violencia y por vicios de toda laya y ralea, como es el caso del Caribe y Centro América.

Cuba es como los países musulmanes del Medio Oriente, que no reciben ni a un solo musulmán refugiado. Cuba está rodeada y requete-rodeada, desde hace ya demasiadas décadas, por un muro del tamaño del falolito que preside la Plaza de la Revolución.

Y a los que menos se les deja entrar es a los propios cubanos, los que tenemos que ser sumisos como siervos, y lloramos para pagar nuestras habilitaciones de pasaportes y permisos de entrada y demás tatuajes de un totalitarismo en fase eternamente terminal.

Miren, norteamericanos de izquierda, mejor métanse la inmigración por el mismísimo culo.

Los cubanos estamos entrenados para vivir en un país monocultural, monolingüe, monopersonalista, monopartido, monoprensa, y monocastrista. A nosotros nadie nos va a joder con el cuentecito ese de la tolerancia hipócrita que ahora claman en Yanquilandia para los hijos de Alá, mientras que aplauden que a los hijos de Marx en Cuba el régimen nos haya descuartizado en cuerpo y alma y familia.

Un país es un país en tanto no cambien las proporciones y creencias de su población. Por eso la dictadura castrista es eterna. Porque no deja que la gente cambie ni en una quinllónesima parte. Sin embargo, a Estados Unidos ya lo han hecho mutar masivamente de manera retrógrada. La democracia más desarrollada del mundo ha devenido así un país medio paralizado, polarizado, patético, multi-incultural, dependiente del Estado hasta la vagancia, y, lo peor, saturado de cuerpos deformes y caras muy feas.

No quiero extenderme mucho en este tema. Con lo que les he dicho ya pueden tildarme de derecha fascista. Me da igual. La izquierda es especialista en el brete de los nombretes. Me voy y los dejo con la pregunta en la boca:

¿Los medios de prensa internacionales y académicos del mundo libre alguna vez se habrán preguntado cuántos inmigrantes legales llegan la Cuba de Castro? ¿Y a cuántos inmigrantes ilegales acoge cada año nuestra magnánima Revolución? ¿Qué le hace el gobierno comunista de la Isla a los haitianos que recalan en las costas de Oriente? ¿Y con qué facilidad un extranjero puede convertirse en residente temporal o permanente en Cuba y cuántas ciudadanías cubanas se han concedido a ciudadanos extranjeros desde el jueves 1ro de enero de 1959?

Troncos de comemierdas es lo que son.






jueves, 9 de febrero de 2017

Doroteas en su bateas



Mi vida es una vida entre choferes de bus. Guagüeros. Así fue en Cuba durante los últimos años de censura, acoso, chantaje, represión y amigos presos, exiliados o muertos, todo para que Fidel pudiera hacerse polvito en paz.

Recuerdo ahora especialmente a Peralta, el anciano sin edad de la ruta 23, ese ícono literario del paradero de Lawton, que va hasta El Vedado y regresa por la misma vía secreta, desde que Guillermo Cabrera Infante la inmortalizó en una Habana para infantes difuntos.

Aquí, en las calles desconocidas para siempre de Saint Louis, Missouri, en una ciudad a donde nunca acabaré de llegar, ya tengo a otro fiel cómplice conductor en las guaguas de medianoche. Un paranoico, como yo. Un loquito lúcido de conspiraciones criminales. Blanco como la leche. Con su uniforme pulcro de chofer. Casi creepy. Y con una necesidad impostergable de contarme su vida del pí al pá: es decir, de parada en parada. Como si intuyera que yo soy un escritor de excepción. Como si me implorara que yo le diera forma súbita a su biografía de obrero que votó por Trump, confiando en él (y en mí) para así por fin salir de su anonimato. Como mismo aún le debo a Peralta la mejor crónica urbana de su ruta 23 fantasma.

Mi nuevo confidente de la ruta 16 se sabe al dedillo los asesinatos más atroces cometidos con el contubernio del gobierno de los USA. La mayoría fueron crímenes de los años sesenta, esa década suicida. La mayoría asociados a los asesinatos de John F. Kennedy y su amante Marilyn Monroe. En aquella época la costumbre de los blancos no era tanto matar negros en las calles (aunque también), sino matar a otros blancos de manera secreta y espectacular.

Mi chofer whistle-blower me susurra el caso de Dorothy Kilgallen. Cuando él era un niño (y esto hasta hoy era el secreto mejor guardado en todos los paraderos del transporte público planetario), a mi chofer le gustaba sentarse en familia a ver el show televisivo de What’s My Line? Allí estaba siempre su panelista y reportera Dorothy Kilgallen, de la que el niño-chofer estaba peligrosamente enamorado hasta el día de hoy.

En un momento en que nuestro héroe del silencio se quedó solo frente a la pantalla en blanco y negro del televisor (sus padres fueron a la cocina a preparar un snack familiar), él oyó como Dorothy declaró en vivo ante las cámaras y micrófonos: yo sé quiénes mataron a mi amiga Marilyn y a su amante J.F.K.

Más allá de la inversión de la jerarquía de poder, mi chofer infante se quedó frío. Me dice que comenzó a temblar. Para cuando sus padres regresaron de la cocina, mi infante chofer lloraba a moco tendido sin que se atreviera a contarle a nadie por qué. Pero esta noche él me lo ha contado a mí. Y ahora yo se lo estoy soplando a ustedes en español.

El niño que él era en el otoño de 1965 entendió que con esa confesión fuera de guión, a su Dorothy de las maravillas también la iban a asesinar. Y así fue. El 8 de noviembre ya estaba muerta. Apareció como aparecían las mujeres muertas de entonces, intoxicada por una sobredosis de barbitúricos y alcohol. Y cualquiera que tenga YouTube podrá comprobar cómo del FBI para arriba todo el mundo le tenía un ojo de muerte echado a este reportera radical, que incluso recién había filtrado a la prensa informaciones top-confidenciales de la Comisión Warren.

Toco la campanita de la guagua y ya me tengo que quedar. Llegamos a la parada de la esquina de mi casa. Mi amigo frena, abre la puerta del bus, y me mira con una tristeza en inglés que es mi misma tristeza en español. Estamos muy solos en medio de un mar de muertos tan anónimos como él y yo. Estamos jadeando memorias eméritas, eméticas. Vomitando verdades de pacotilla que a ningún estudiante de mi universidad ni a ningún pasajero de nuestra ruta podrían importarla ya nada. Somos dos espectros que se reconocen y se desean mutuamente good-night.

Y así. Cada noche un crimen de antaño. Mi chofer de supremacía blanca y yo, un negro encimarronado de un castrismo sin Castros en una fase terminal que nunca terminará. Parecemos dos cubanos en una nave espacial. La campanita es una reminiscencia de algún efecto especial. Pobrecitos mi chofer medio chocho y yo. Pobrecitas las dorothys y marilynes matadas de década en década por los norteamericanos. Pobrecita Cuba que creía que fuera de Cuba la vida era un don y es la misma debacle.

martes, 7 de febrero de 2017

DAMAGE



El daño soy tú
Orlando Luis Pardo Lazo


Daño. Nada de trauma. Daño.

Estoy dañado. Los cubanos estamos dañados.

Si “honrar, honra”, como decía Martí, entonces “dañar, daña”. Y los cubanos hemos hecho mucho daño, a los cubanos y a los no cubanos. Es así. Nada de trauma. La triste realidad, como diría un bolero o un poema de los peores. Ese es nuestro maletín, nuestra carga de karma de cara al siglo XX que nunca se nos va a acabar de acabar, y también de cara al siglo XXI en el que ninguno de nosotros podrá ser del todo libre ni del todo feliz.

Cataplum. Catacumba. Calabaza, calabaza, cada uno con su cadalso. Catacuba.

Hoy me dijo un viejito en un mall de Saint Louis, Missouri: “I’m sorry, I’m just talking to myself”.

Me pidió perdón por estar hablando consigo mismo. Yo me había quedado mirándolo entre la intriga y la incredulidad, arrastrando su carrito de mandados entre las estanterías repletas. Él levantó sus ojos azul cielo cansado y me dijo eso, tan diplomáticamente, tan a la americana de los tiempos de antes: “Lo siento, sólo estoy hablando conmigo mismo”.

Yo sonreí y seguí mi rumbo, cubano sin Cuba con unos pocos dólares en mi tarjeta del estipendio estudiantil. Débito, debo. Universitario tardío. Escritor con anteojeras. Miope reincidente. Loco, locuaz.

Yo, bajo la soledad anglófona de un estado segregado de los Estados Unidos de América, país de personas muy pobres, a donde hace ya cuatro años que llegué, el 5 de marzo de 2013, recorriendo sus carreteras sin concierto ni casa, de conferencia en conferencia, cobrando en cama y comida, clamando en el vacío por la libertad imaginaria de un pueblo inimaginable que ni siquiera habla el mismo idioma que yo: el pueblo cubano.

Durante muchos meses lloraba puntualmente todas las noches. Todas las noches de dios de un habitante de La Habana que no cree en dios. Lloraba solo, sentado. Sintiendo. Presintiendo. Después se me fue pasando. Jamás me adapté a sobrevivir fuera de mi país. Tampoco me importa. Jamás me adaptaré a sobremorir fuera de mi país.

Si dejé de llorar en las madrugadas de Norteamérica fue sólo porque puse una piedra descomunal en mi corazón. Lo tapié, lo tapé, lo lapidé. Púdrete, corazón de melón. Una piedra que acaso ahora se parezca al cambolo cósmico donde clausuraron al esqueleto incinerado del comandante en jefe Fidel. Al ladito del Apóstol de la Revolución, que como todas las revoluciones es una sola y es criminal.

Me da cierta alegría alevosa saber que al menos la memoria de Martí y la de Castro quedarán untadas junticas de la misma pestilencia patria. Lo más grande con lo más bajo. Eso es también parte esencial del daño, su promiscuidad de pura materia. Patria es mojonidad.

El Exilio fue primero. La Nación se inventó después, desde fuera de nuestra geografía más bien churrupienta. Fue un error estratégico. Se acerca acaso otra época. Pero ahora carecemos de imaginación. Ya no hay cojones para volver a ser exiliados. Mucho menos para desinventarnos una noción de nación menos sofocante y soez. No contamos con ningún Martí como no sea yo. Contamos, eso sí, con una cantinela de Castros incesantes, la mayoría incluso en contra de Castro. Ya saben cómo se llama el síntoma de esa enfermedad endémica: daño.

Han pasado 17 años desde el año 2000, un año que desde nuestra infancia se parecía mucho al futuro. Ya sabemos que fue sólo una farsa, un fósil. Que la historia es hoy. Que moriremos no en paz, sino en Castro. Y que ni siquiera a nuestros propios hijos y nietos desconocidos le pediremos perdón: I’m sorry, we were just talking to ourselves. Lo siento, sólo estábamos hablando con nosotros mismos.

Es febrero y hace soledad. Los Estados Unidos de América son una gran perdedera de tiempo. Aquí nos hicimos profesionales. Aquí nos hicimos de una vida. Aquí nos desaparecimos, muchísimo antes que los dinosaurios de verde oliva de aquella isla íntima e intimidante que uno a una dejamos atrás. Adiós, amor atroz, fue bonito mientras duró.

Hola, palabra sin permiso, sin despotismo, sin depresión. Dame la mano y ya no te vayas más. Es febrero y hace un silencio ensordecedor. Necesitamos de una vocecita que se verdad, que sea ahora, que sea presencia del yo y no espectáculo. Dime si me escuchas. Dime si estás ahí. Si vale o no la pena que yo te quite noche a noche el cambolo que oprime tu garganta y tu corazón, y que empecemos entonces de nuevo a llorar la lluvia de los cubanos libres de Cuba bajo la misma madrugada de una Norteamérica diurna, desconocida, diaria.

lunes, 6 de febrero de 2017

DING DONG, HACHA, DING DONG





Los negros de Saint Louis cogen la 16.

Van churrosos,
tiznados de piel y espíritu.
Soul sin alma.
La mandíbula desencajada como un aura caída,
puñal de huesos con caries
clavado en pleno esternón.

Llevan biblias y botellas de agua
en sus escondites de la 16.
Jabitas plásticas
y
una cantidad de Saint Louis Dispatches
que en ni en mil vidas podrían leer.
Ni sus hijos.
Ni nietos.

La analfabeticidad es su legado.
Ya han tenido un presidente negro
y, total, nada.
Ahora ya nadie les puede venir a hacer un cuento
de la discriminación,
la desesperanza
y demás blablabás.

Yo también cojo la 16 cada noche.
Soy un negro de Saint Louis recién llegado de Cuba,
esa África de mentiritas
a ras del totalitarismo caribe.

Yo también vengo huyuyo de blancos.
Asqueado de sus mierdas blancas materialistas,
de su blancuzca dialéctica tan despótica,
de esas sonrisas blanquérrimas de la barbarie,
de su prensa blanqueada,
de su semen octogenario de blancos benevolentes
bailando al son de esos látigos blanquísimos
contra toda idea de la injusticia social
y
otras blanquideces por el estilo.

Yo también soy un damné de la terre, coño,
aunque tenga pinta de colonizador.
De pie,
decrépito,
de pinga.
Ya hemos tenido un presidente negro
a mitad del siglo pasado
y, total, nada.

Los blancos siempre retornamos al lugar del crimen.
Mira mi mano.
Halando la cadenita de la campanita
para pronunciar el avemaría del next stop requested
en el pasillo lumpen-proletario de la 16.

Ningún negro en Cuba ha escrito jamás así.
Estoy escapado.
Soy un escapado.
Mi palenque cabe en una maletica de carry-on.

A las diez de la noche de este otoño missurra del 2016
aquí todos somos radicalmente antiblancos.
Antipatria,
antipáticos,
antipatéticos.
Los despachados de Saint Louis
que en ni en mil vidas tú podrías leer.
Ni tus hijos.
Ni nietos.
La analfabeticidad es nuestro legado
en esta Postal Cuba 63130.

De ahí el silencio, esa saliva espesa.
Melaza marxista,
sacarosa de los sobrevivientes
recién llegados de la cara oculta del Telón de Azúcar.

Teatro con peste a grajo.
Luna de vidrio en las miradas,
lana de bodrio en el tictac de la alcancía.
Dos dólares son toda una fortuna
para el seguro social.

Glotis coaguladas por ese goteo agónico
que los negros en la 16 no necesitamos comentar
on our way home.
En el paradero de esta ruta
termina también nuestro lenguaje.

Ding dong, ding dong,
dice la campanita mecánica
desde el Delmar Loop hasta el hospital,
desde los bares de cerveza draft
hasta un boceto de bosque,
desde el club de ajedrez hasta una universidad en jaque,
entre otras deliciosas delicadezas del desarrollo.

Ding dong, cojones, ding dong:
abre, asere, que me quedo en la próxima.
Abre atrás, que me bajo, brother:
para esta puta guagua de una vez.

Mira mi mano,
halando la cadenita de la campanita
con que los esclavos maldecimos a esta tierra,
aunque tengamos pinta de colonizador.

Dentro de la 16 es lo mismo que en Cuba:
aquí nadie osa levantar la vista de sus zapatos
con cada next stop requested
de camino a casa.
Aquí vamos amables y amargados
de cabeza hacia nuestro hangar.
La madre del que mencione el monosílabo
home.
Mojón de medianoche o casi.

El chofer
es el único de nosotros que atesora un salario.
El chofer
es el único entre nosotros con fe evangelista o islámica.
El chofer
es el único en esta nao que aún cree en la próxima parada
que uno a uno le vamos solicitando.

Ding.
Dong.

Ding.
Dong.

Ding.
Dong.