sábado, 8 de abril de 2017

Cumple-98 de mi papá



would you like to live in Alaska?,
my father used to say.
if you never go to Alaska, son,
death will surprise you incomplete.

mysterious words
pronounced in the late 70s of an island
under the shrieking socialist sun of
La Habana.

words not in English
nor in Spanish, of course,
but in a Cuban jargon with no external reference at all:
a dead tongue that in my childhood
sounded
like a curse.

I was 9 or 10,
maybe no age back then.
and I looked as frightened as today.
but I had my father
who was also my grandpa
although he talked of death and Alaska
and other incomprehensible
fates.

he was 52 when I was born
in the early 70s of an island
under the sunny socialist shrieks of
La Habana.

besides the transparency of his Sicilian eyes,
I inherited two humble homelands
from my dad:
chess
and
English,
two labyrinths difficult to distinguish
in the magic of his bookshelf.

we lived in Lawton
a delicate neighborhood
in the outskirts of La Habana
now turned into a delicate wasteland
in the outskirts of La Revolución.

my father
so lucid
so losing
under the spell of the official speech,
swallowing the pills allowed
to overcome his nightmares of Alaska
and
death.

my father so much my
grandfather.

he retired when I was still a kid.
here and there he insisted
with his northern mania,
calling me sometimes “son”
and sometimes
“grandson.”

he hated life under Fidel.
that, we all knew.
my father,
so shrewd.

he had faith in surviving our
Commander in Chief.
but August is the cruelest month.
and on the very birthday of Castro
my father was generous enough
to pass away,
granting victory to his former
Jesuit classmate.

it was Sunday, of course.
later,
an amateur autopsy revealed nothing.
just the conventional cancer.
a merciful metastasis
that put him to sleep with no pain.

never went to a doctor.
never suspected a thing.
just some vomits, for a few weeks,
like coffee grains.
and the transparency of his Sicilian eyes
became so opaque.

forget about life in Alaska, son,
were almost his last words:
there’s not such a place on Earth.

his name was Dionisio Manuel Pardo Fernández
(almost a 19th century name).

it has taken me years and years
to understand
that I’ll never pronounce such a long and musical line
again.
no need to walk him to the bath
out of his sacred chamber
where decades of American magazines
remained.

his reading resistance resembled
the delusions of his utterly underlined volume of
Don Quixote de La Habana.

I’m sorry, grandpa.
a deal is a deal, dad.

not only was there indeed such a place on Earth
called Alaska,
but I came here to challenge you
to display your chessboard
over those archaic English dictionaries
bought in Communist Cuba for a couple of
pesos.

1. Pawn King-Four.

I know how you will defend.
once Sicilian, always Sicilian.
the terminal transparency of your eyes
makes more than obvious that black square
occupied by you for the ages.

1.       (…)              Pawn Queen-Bishop-Four.

martes, 4 de abril de 2017

Pon tu pensamiento en mi





Soñar Cuba nos cuesta un mundo

Orlando Luis Pardo Lazo



Son días de muerte, en los que uno se queda noqueado a mitad de tarde. El cerebro se nos desconecta. El exilio nos dice de pronto: oye, cubano, estoy aquí. Y uno cae como muerto sobre la siesta de la cama. Boqueando por aire, por ánimo, por alma. Como muerto, no. Muerto como tal.



Excepto por los sueños, esa bendita maldición.



Esta tarde llovía con ganas en la primavera sucia de Saint Louis. Tronó. Hacía siglos que no oía tronar así, como en Cuba. Y yo me babeaba como un cadáver reciente sobre mi canapé, en uno de esos estudios que la universidad le da a sus estudiantes graduados para que ahorren dos quilos y piensen claustrofóbicamente en sus tesis de Ph.D.



University City, en San (Orlando) Louis, estado segregadísimo de Missouri.



No sé bien lo que soñé, pero sé que era con Cuba. No debo de haberme dormido demasiado. Cuando más, media hora. Pero además del olor de la lluvia, gruesa y polvorienta, como los aguaceros de La Habana, con toquecito recónditamente invernal, me despertó la mezcla con otro olor. Un olor a mi casa, allá en Lawton, a madera mojada con un retintín de frijoles negros.



Sí, de frijoles negros. Un aroma de infancia entrando por mi ventana junto con el bullicio extranjero de la lluvia. Lo fui oliendo dormido. Muerto, primero. Después, despertando.



Sentí una alegría de niño no huérfano. Una felicidad ancestral, pura, incontaminada de mundo y desamor y maldad (no de los otros, sino mi mundo, mi desamor, mi maldad). Y entonces me cayó encima en el sueño una tristeza del recontracoño de su madre. Como morirse de nuevo, estando ya muerto. Una opresión de piedra en el corazón. Pensé que era un infarto. Pensé que me iban a encontrar cadáver dentro de una semana. Solo. Aislado. Desconsolado. Pero no.



Lo que pasó fue que me desperté llorando. Llorando a lágrima viva, con gotas tan gruesas como las del aguacero. Y no entendía todavía por qué. Hasta que recordé los olores del sueño. Y sí. No eran un efecto secundario de mi imaginación. Tampoco era ningún daño colateral en mi mente, por ser un cubano sin otros cubanos a mi alrededor. Era físico. Era una cosa material. Podía olerlas todavía, según me despabilaba. En efecto, por encima del olor maternal de la lluvia, como en Cuba, había moléculas de frijoles negros en mi habitación.



Santo cielo. Alguno de mis vecinos en el edificio debía de estarlos cocinando. No se oía el ulular de las ollas de presión, porque ese artefacto no se usa en las cocinas de los Estados Unidos, pero era obvio que alguien muy cerca le estaba dando candela a un cazuelón de frijoles negros. Y con los mismos condimentos con que yo crecí, a golpe de arroz con frijoles, en un reparto hoy hecho talco de La Habana eterna: el Lawton nuestro que estás en el cieno…



La tristeza no se me quitaba ni después de ducharme. Todo mi apartamento olía a aquel olor. Casi podía masticarlo. Qué abusadores son estos americanos. O tal vez fueran inmigrantes los que me torturaban. Con gusto hubiera tocado puerta por puerta hasta averiguar quién era quien cocinaba así. Con gusto me le hubiera echado al cuello llorando a quien me respondiera: soy yo. Con gusto le hubiera pedido: no cocines más esa mierda que me revuelve la vida o, por lo menos, déjame vivir contigo hasta la eternidad.



Los cubanos estamos muy mal. Así de locos. Así de sentimentales. La nostalgia comienza por la barriga. Nos ha matado no tanto este exilio ya irreversible, inexistente, como su funeraria falta de sabor. Su insustancialidad. Su radical estado de negra desfrijolización.



Me calmé. Me senté frente a la computadora. Pensé en mí. Pensé en ti. Pensé en nosotros. En todas las siestas y seis de la tarde que hemos pasado tan juntos, acaso sin darnos cuenta. Sin prestarle atención a lo inatendible, a lo cotidiano que nos hizo humanos y cuya ausencia luego nos desapareció.



Porque eso somos los cubanos de Cuba sin Cuba, bajo el tictac de la lluvia ajena y las volutas aromáticas de esas frijoladas que hemos perdido en la Isla, y de paso en todo el planeta. No nos llamemos más a engaño, por favor. Es mentira aquel refrán más o menos reaccionario de que “más se perdió en Cuba”. Caballeros: en Cuba no se le ha perdido nada a nadie. Pero los cubanos de Cuba sin Cuba sí que seguimos siendo todos unos desaparecidos.



No te me desaparezcas tú. Pon tu pensamiento en mí. Mira que se me han quedado coaguladas entre pecho y pecho un par de cositas que te quería y aún no te he sabido decir.