sábado, 6 de mayo de 2017

NO AL DIALOGO EN VENEZUELA




 
DIÁLOGO, ¿PARA QUÉ?
Orlando Luis Pardo Lazo

En mi país hace más de medio siglo que el gobierno no dialoga con nadie. La Revolución Cubana no reconoce a ningún otro interlocutor que no sea ella misma, encarnada en la figura de su Máximo Líder, el hoy ya cadáver lapidado Fidel.

Fusilamientos, condenas a 30 años, exilio perpetuo. Quien quiso dialogar en Cuba terminó en una de estas tres categorías del totalitarismo tropical.

Incluso hoy, en pleno siglo XXI, con una disidencia digital que ha ocupado algunos precarios espacios de expresión a costa de mucho sacrificio, la gerontocracia cubana ha de morirse en el poder sin haber cruzado palabra con nadie, excepto con su propio clan: la llamada generación “histórica”.

El diálogo con los comunistas, así se las den de respetar elecciones y otras hipocresías, es siempre una decepción o una trampa. Los comunistas no tienen nada que decir, esa no es su misión internacional. Ellos sólo cumplen órdenes de un partido político que encarna el Dogma en sí. Son soldados con ropajes de actor civil. Los comunistas no hablan ni siquiera con los comunistas. En más de un sentido, ningún comunista es un ser humano. De ahí que los partidos comunistas no debieran ser permitidos en ninguna democracia que se respete y que un mínimo tenga instinto de conservación.

La idea del comunismo es tomar el poder a cualquier precio y ya no soltarlo de manera pacífica nunca más. Hay una etapa en que los comunistas simplemente aniquilan a sus adversarios. Y hay otra etapa en que es pertinente engatusar al oponente con la mascarada de un diálogo. Para ganar tiempo y luego poderlo aniquilar en paz. Es una guerra a muerte, da igual si lo asumes así o no.

Es por esto que los partidos comunistas fueron ilegales tanto tiempo en tantos países, una ley más que lógica que hoy debe volverse a implementar en Europa y América Latina. Pero ocurre que hoy las democracias viven acomplejadas por ser democracias, y ya apenas tienen demócratas que las defiendan, tanto en el Primer Mundo como en las naciones subdesarrolladas. Hoy las democracias sólo quieren suicidarse. Y los comunistas serán los verdugos que con gusto las suicidarán. Ya está pasando en varios países de nuestro hemisferio.

De manera que los comunistas en Latinoamérica, por ejemplo, aunque no se llamen siempre abiertamente así, ahora minan poco a poco nuestros sistemas sociales, y el continente entero tiende a ser un bloque violador de los derechos elementales del ciudadano. Cada caudillo ostenta con legitimidad su banda presidencial de por vida, siempre con una estrellita roja en el logo de sus respectivos partidos. Democracia despótica que cabalga con el voto popular. Democracia demacrada y criminal de la que nunca el pueblo se podrá liberar. Comunismo disfrazado de populismo.

En lo personal, no creo que un partido de inspiración violenta y de una retórica intolerante deba participar del juego democrático en ninguna época. En Cuba, tras 50 años de secuestro de la vida política por parte del Partido Comunista, es obvio que ninguna transición será democrática sin antes desintegrar al PCC. Y sin ilegalizarlo durante un plazo acaso similar al despotismo de medio siglo de los comunistas cubanos, tipos ignorantes hasta lo insultante que, del desprecio por el diálogo, pasaron enseguida al desprecio por la decencia. Tampoco los comunistas cubanos son persona humana. Y lo digo con el dolor de tener familiares con esa militancia mortal.

El diálogo de la oposición venezolana con su dictador a sueldo de La Habana no tendría el menor sentido: sería una traición al país que Cuba les está robando hace años. Una oposición que no tenga otra opción que sentarse en la misma mesa dictatorial de los verdugos de Venezuela, es una oposición anti-democrática que sólo aspira a ayudar al régimen cubano-chavista a detener las protestas populares, a criminalizar a sus líderes y asesinarlos (como parece que han asesinado ya a Leopoldo López), y a la postre a perpetuarse en el poder, como en Cuba, hasta más allá de la muerte de sus líderes originales.

Los gobernantes que han usurpado a Venezuela saben muy bien lo que hacen. Aspiran a “dialogar” descaradamente por enésima vez. El comunismo es maestro de la mentira y la máscara (y las masacres). Ya pronto no tendrán que molestarse en Caracas por hacer estos despliegues desesperados, porque ya pronto habrán aniquilado a toda la oposición remanente real. Y entonces La Habana podrá respirar por fin en paz. Los nuevos Castros podrán ser los líderes latinoamericanos por excelencia del siglo XXI. No tendrán a nadie que se les oponga, como en Cuba desde hace seis décadas. Venezuela se está jugando su vida hoy. Ahora. Todos los latinoamericanos libres nos estamos jugando la vida con Venezuela hoy. Ahora.


viernes, 5 de mayo de 2017

Venezuela, una verdad entre la virtud y la venganza





Venezuela, una verdad entre la virtud y la venganza
Orlando Luis Pardo Lazo



El pueblo cubano quedará en la historia como el pueblo que más hizo por la desintegración latinoamericana. Disfrazado de odio ideológico al capital, hincamos hasta la médula el odio fratricida en nuestro continente. Esa culpa cubre hoy a varias generaciones dañadas antropológicamente de manera irreversible. No hay perdón capaz de librarnos de esa responsabilidad criminal.

Desde enero de 1959, una Revolución de carácter burgués y pro-democrático, con marcados tintes de terrorismo urbano y cierto protestantismo a la cubana, fue reencauzada por Fidel Castro como un proceso agrario y anti-imperialista, en definitiva trocado en dictadura en contra del proletariado y en alianza a ultranza con Moscú, en el contexto de la Guerra Fría.

Los Estados Unidos nada hicieron para evitar la radicalización artificial de la Revolución. Antes bien, con mucho de arrogancia y un toque de ignorancia, propiciaron el victimismo con que los cubanos justificamos un régimen de injusticia e impunidad.

Así, el castrismo costó miles y miles de vidas no sólo a sus opositores (muchos de ellos armados), sino también a los revolucionarios cubanos, la mayoría ejecutados casi extrajudicialmente –a muchos se les juzgaba después de fusilados– tan pronto como manifestaran el menor síntoma de disentir ante el discurso totalitario oficial.

La sociedad cubana se desquició en unos meses. No quedó prensa alguna. Ni religión confesable en público. Ni educación independiente a la impuesta por el Estado. Tampoco salud personalizada. Ni marcas comerciales. Ni “derechos humanos”, un término que todavía hoy suena a insulto dentro de Cuba. Se abolió todo cambio de dinero internacional. No pudimos salir ni entrar del país. Ni llamarnos por teléfono, o recibir una carta sin ser despedidos de nuestros trabajos.

Los que pudieron huir, huyeron. Todavía estamos huyendo. Nos desaparecimos en tanto nación. Ese es nuestro permanente plebiscito ante un gobierno que no escuchó jamás a su propio pueblo: la fuga como reacción a una fidelidad asfixiante. Los que quedaron dentro de la Isla, callaron o fueron a la cárcel con condenas más largas –y con torturas más crueles– que la que convirtió en icono mundial a Nelson Mandela, por ejemplo.

Los cubanos no castristas nunca fuimos iconos de nada. Éramos simplemente “gusanos”, “apátridas”, “escoria”, los “lumpen” del “primer territorio libre de América”. Especialmente en la academia norteamericana, donde el castrismo desde el inicio ha sido lo “políticamente correcto”, los más grandes intelectuales cubanos, como el exiliado y a la postre suicida Reinaldo Arenas, no tuvieron acogida alguna. La izquierda internacional escupe sobre los cubanos sin Castro: para ellos no somos ni siquiera inmigrantes.

Enseguida la Cuba comunista le impuso la muerte a Asia, a África, a América. Intentamos incendiar 1959 Vietnams en el planeta entero, de ser posible con misiles nucleares instalados en Cuba de espaldas del pueblo cubano, en octubre de 1962. Invadimos naciones soberanas, como Venezuela, y traumatizamos para siempre las frágiles democracias del hemisferio, en aras de una toma violenta del poder, en alzamientos que implicaran el cadalso de los enemigos del castrismo. El marxismo es, ante todo, una justificación para matar con impunidad filosófica.

A la vuelta del tiempo, cuando fue evidente nuestro fracaso con la caída del campo socialista global, usamos el dinero de otras potencias genocidas –como Libia, Corea del Norte e Irán– para fomentar "democráticamente" en Latinoamérica a los socialismos asesinos del siglo XXI. Así, le tocó por fin su turno a Venezuela, en el corredor castrista de la muerte muchas décadas atrás.

El pueblo venezolano dormía, como tantos en la región. Además, se trataba de una nación que evolucionaba en su incesante clamor por un sistema social más justo y por menos demagogia política, esa tara que arrastramos en Latinoamérica desde que la Independencia nos legó su ristra retrógrada de caudillismo.

Los cubanos libres, en Cuba y en el exilio, desconfiamos del gorila militarote Hugo Chávez incluso desde antes de su elección. Nunca creímos en su sonrisita cínica. Ni siquiera confiamos en ninguna de sus reelecciones, mientras Venezuela entera dormía. Los cubanos sabíamos muy bien que la mano matarife de Castro nunca falla. Pero el mundo nos tildó entonces de reaccionarios, de “batistianos” (medio siglo después de Batista), y de “asalariados de Washington” (como, en efecto, muchos no tuvimos más remedio que hacer, por carecer de patria a perpetuidad). Y, aún peor, se nos escupió en la cara el estigma de ser los traidores ingratos a la causa universal de la Revolución. En Venezuela todo el mundo parecía ser de izquierdas. Así, los cubanos libres no fuimos escuchados y no tuvimos más remedio que esperar a que pasara lo peor. Esperar hasta el día de hoy.

Ahora Venezuela en plena calle “ha dicho basta y ha echado a andar”, para escarnio de Ernesto Ché Guevara, Salvador Allende, y otras víctimas del castrismo aún no reconocidas como tales. En Venezuela estalla una marea popular que no es política, sino de resistencia fundacional. La oposición venezolana no pinta nada en este escenario. Son los estudiantes, las amas de casa, los retirados, la gente humilde de verdad es la que rechaza con todo su corazón al comunismo, el crimen, y a los crímenes del comunismo. Allí donde fallaron los dictadores y los demócratas, el pueblo venezolano captó que estaba ante su última oportunidad. Las alternativas del chavismo se fueron haciendo obvias para los venezolanos con una década de retraso: castrismo a perpetuidad o castrismo a perpetuidad. De ese mal monolítico ya no saldrán, si no se salen ahora. Venezuela valiente, tú puedes! (Los cubanos no pudimos, te pido perdón por eso.)

Los venezolanos son gente linda y libre, como éramos antes de Castro los cubanos. Es ahora que han de romper las cadenas de su secuestro constitucional. El castrismo nunca estuvo tan en peligro de comenzar, por fin, a caer, mientras se van muriendo los Castros octogenarios en un poder despótico que nunca se atrevieron a arriesgar en las urnas. Todo tirano es, ante todo, un cobarde.


Es ahora o ahora tu libertad, Venezuela aún viva de milagro. Es ahora o ahora este trance terrible donde hasta la venganza parece virtud. A la calle. A la vida en la verdad. A ser el primer país de Latinoamérica por donde el castrismo cubano comenzó, por fin, a perder.

Gracias, Venezuela bonita, mi corazón.

 




jueves, 4 de mayo de 2017

De nunca máses





No quiero ver nunca más la funeraria de Luyanó. Nunca más la avenida de Luyanó, serpenteante, siniestra bajo el sol de plomo fundido durante el día, sobrecogedora bajo la luna ciega de las madrugadas cubanas.

No quiero ver nunca más una esquina. En el exilio no existen las esquinas, por suerte. Nunca más Toyo o Tejas. Nunca más La Víbora ni El Mónaco. Nunca más la rotonda de la Shell o de Cojímar. En las esquinas cubanas hasta la memoria se dobla, retorciendo el tiempo de nuestras vidas. En el exilio no existe el tiempo, por suerte, ni nuestras vidas.

Nunca más quiero verme entre las ruinas de una ciudad llamada antes La Habana, deshabitada ahora por cualquier cosa menos por habaneros. Porque nadie conoce ya a La Habana, donde no saben ni siquiera que sobreviven. Los cubanos ya sólo la usurpan, la insultan. Pero nadie es de allí. Tampoco nadie aspira a morirse allí. En el exilio, por suerte, no hay Habana. Sólo muerte.

No quiero ver nunca más a las personas queridas. A los muertos que se me murieron y yo nunca los acabé de morir allí. Tati y su Isauro. Tita y su Abel. Clara y Valladares. Berta y Osmín. Las dos Margot. Santos, Gilberto. Manolito y Ulises, mi Ulises del alma. En el exilio ustedes no son ni fantasmas. Eso alivia. En el exilio el fantasma ahora soy yo.

Nunca más quiero verme rodeado de cubanos en Cuba. Era triste, muy triste. Ustedes ni se imaginan. No me enloquecí de milagro. Es decir, hubiera sido un milagro no enloquecer. Salí tarde. Salí atontado. Salí hecho trizas. No vine. No estoy aquí.

No quiero verme nunca más parado en una parada. Los oídos zumbando. A punto de desmayarme. Resistiendo sólo para no hacer el ridículo. Sin nada que hacer, excepto esperar una guagua que no venía y si venía, no me llevaba a ninguna parte. Así estuve casi veinte años. Así perdí la mitad de la vida que no alcanzaré a vivir. Me demoré como un idiota. Cada cual se demora como lo que cada cual es.

Nunca más quiero verme sentado delante de un plato de comida ante el televisor. Nunca más quiero oír las ollas silbando al unísono desde la siete de la mañana. ¿Por qué cocinaban tanto? ¿Qué es lo que cocinaban tanto? ¿Por qué en Cuba cocinábamos a toda hora, sin nada que comer, desde que repuntaba el sol hasta casi la medianoche, para dejar en remojo la comida ausente del próximo día?

No quiero verme hablando en cubano como si los cubanos me comprendieran. Esa mentira me mató el alma. No me comprenden. Los cubanos no me comprenden. Yo no quiero hacerme comprender por los cubanos.

No quiero verme en un hospital gratuito. Las enfermeras como niñas, los médicos como mentecatos, los camillistas como canallas. El síndrome del aula eterna, el caricaturesco trauma de la eterna pañoleta anudada a tu cuello, aunque tengas 80 años, esa tela de nylon sofocante, esa tara. Cuba no está ni remotamente en su prehistoria. Cuba está en una edad preescolar.

No quiero verme pidiendo trabajo para no cobrar un salario. No es una crítica económica. En el exilio tengo menos dinero que en Cuba. Es una crítica de corte filosofal. He vivido como una larva, sin trabajar, sin pertenecer. Sociópata de remate en medio de un socialismo ausente, donde lo único que le está prohibido al ser humano es precisamente socializar. En Cuba no hay sociedad. Cuba en ese sentido es indistinguible del más irreversible de los exilios.

No quiero que mis ojos que ya se están cansando vuelvan a ver a Lawton. Debe de estar irreconocible. No quiero que mis ojos que ya están más que cansados vuelvan a ver a Regla, Guanabacoa, las playas invernales de aquella infancia que ahora es como si hubiera sido de otro. No quiero que mis ojos que no están vuelvan a darse cuenta de que todo sigue estando. No, por favor. Ningún hijo de dios merece morir dos veces en vida. Ningún hijo de hombre merece matar dos veces a dios.

Nunca más es nunca más. Nunca más nunca estuvo tan cerca como ahora de mí.