miércoles, 5 de julio de 2017

SI ESTO NO ES EL EXILIO



SI ESTO NO ES EL EXILIO
Orlando Luis Pardo Lazo



País desolado, país vaciado, país sin nada de qué alegrarse de corazón.

A donde quiera que llego, llega conmigo la desesperación. Soy yo, así lo siento, pero da igual: lo cierto es que la realidad se va desintegrando a mi paso. Así en La Habana como en Miami. Así en Reykjavík, Islandia, como en Saint Louis, Missouri. Donde ayer el 4 de Julio fue peor que un funeral.

En general, las noches nunca son fáciles para Orlando Luis. Uno puede beberse la soledad ancestral de este país, atorarse con su condición crónica de puertas adentro y jardines desérticos, desmayarse ante tanta impresencia material. Ante tanto no pertenecer, no ser. Pero, por supuesto, los días de fiesta serán siempre los peores dentro de lo peor.

Anoche me cogió la noche en la calle.

Después de un día no vacacional de discusiones ideológicas en la universidad de George Washington. No me topé con un solo norteamericano que estuviera feliz, ni en las aulas ni en las aceras ni por WhatsApp. Antes bien, muchos hacían público su descontento con esta fecha patria original. Es decir, con esta fecha apátrida original, porque ninguno parecía sentirse parte de la historia y mucho menos del futuro de esta nación. Y tienen razón: no lo son. Y ya es muy tarde para que ninguno lo sea. Son norteamericanos inerciales, residuales. Y sólo están esperando que el país se venga abajo de una reputa vez, con Trump y todo para la mierda.

No los critico. Yo sólo me asomo a este paisaje dantesco. Soy un testigo terminal. He venido desde Cuba completamente por gusto. No hice nada con venir desde el cenotafio de La Habana. Hemos perdido nuestro tiempo en tanto generación. Ni lenguaje tenemos ya. Y los Estados Unidos también han desaparecido del mapa, como cualquier atisbo de una Cuba sin Castro en nuestra imaginación.

Fuegos artificiales, sí. Y pobrísimos en el Forest Park de Saint Louis. Un espectáculo paupérrimo. Por lo menos de los años setenta, en los carnavales cerveceros del malecón. El tráfico cerrado por todas partes, asfixiante marejada de policías con ropa lumínica. Todos tan concentrados en su super-especializada misión, bajo los semáforos en luz roja intermitente. Todos haciendo señas a cada auto como si se tratara de un avión. Seguro son inmigrantes. O por los menos han de ser minoría. Se ven tan cómicos. Tan huecos. A mí me resulta conmovedor.

Ni los taxi Uber funcionaban a ratos en mi teléfono. Y después se aparecían de pronto con una tarifa como del 500%. La debacle. Las gentes caminaban en la calle como locas, como poseídos. En manadas. Vi pocas parejas. Era un efecto grupal. Una cosa atávica, precolombina. Una maldición de los muertos de antes y durante de la llegada de la civilización.

Pasó un medio hipster blanquito borracho y gritando obscenidades, hasta que se cayó contra un contén, en Waterman casi esquina a Skinker. Enseguida le cayeron encima varios negritos muy adolescentes. Entre ellos, muchachas con iPhones. Le quitaron algo al energúmeno, supongo que fuera el celular, o la cartera, y se mandaron escandalosamente a correr, alardeando algo en esa lingua franca afronorteamericana que es inaccesible para un “blanco supremacista” como lo soy yo (así me han dicho a mis espaldas en la universidad, como mismo mis amigos académicos me llaman en broma neocon). Así de chistosos son los norteamericanos.

Los carros se quedaban atascados por horas. A veces, un chofer delirante conseguía dar una vuelta en U y retirarse para el carajo del espectáculo. Las bocinas a tope de reguetón. Como ya saben dónde. Por supuesto, no había ningún espectáculo por ninguna parte. There’s nothing to see here, sir. Keep going, keep going. Y, en cualquier caso, ¿a dónde iban todos en primera instancia? ¿para qué todos habían salido sin ningún motivo de sus casas esta noche atroz?

Como un perro aterrado por el sinsentido sonoro y lumínico a mi alrededor, como una criatura caída de otro planeta llamado Hogar, con la mirada enmudecida de quien asiste al apocalipsis y el apocalipsis no es más que este escenario barato, vaciado, vecinal, donde nadie porta ni un solo centavo de alegría en su corazón, así, como medio ido, como mareado, logré por fin encontrar mi casa entre todas las casas del barrio. Arrasado, obnubilado, con la angustia coagulada entre los pómulos, la glotis y el esternón.

Se me habían quedado las llaves en la universidad. Tal vez las perdí en algún bus o taxi o en una de esas aulas donde decir “Estados Unidos de América” es decir “Fascismo Eterno Universal”. Igual mi madre ya me esperaba en el portal de la casa.

Dios mío.

Otra vez mi madre María, a sus 81 interminables años de capitalismo, socialismo, y capitalismo otra vez, entre otras palabras desproporcionadas y muy mal ajustadas a su dentadura de plástico. Otra vez mi madre María la loca, la miedosa, la corajuda. Mi intraducible madre María. María, mi madre inconmensurable.

Recordé la locura infantil de José Martí, en otra noche de lunes de pesadillas y de muertes recién matadas. En aquella Cuba colonial del siglo XIX que todavía Martí y yo arrastramos aquí. En versos:

No hay bala que no taladre
el portón, y la mujer
que llama me ha dado el ser.
Me viene a buscar mi madre.

Y después que nos besamos
Como dos locos, me dijo:
“Vamos pronto, vamos, hijo.
La niña está sola, ¡vamos!”

A la vuelta de un siglo XXI que no es más que un anagrama árido del siglo XIX, los dos tornamos a estar como al inicio del mundo, en las navidades prohibidas por Castro de diciembre de 1971.

Somos madre e hijo. Seguimos siendo lo mismo, pero lo mismo de irreconciliables. Compartimos la intimidad más intimidante del mundo. Ajenos, alienados, como esta nación que cumple años y carece hasta de hijos para recordárselo. Aquí todo es huérfano. Por eso mi madre y yo estamos ya listos para sentencia: así nos dormiremos antes de que acabe este 4 de Julio. “Como dos hermanitos”, escribiría César Vallejo.

Si esto no es el exilio, entonces ya nada lo es.


lunes, 3 de julio de 2017

La democracia en Cuba es solo para chilenos


Primarias en una Utopía sin primarias
Orlando Luis Pardo Lazo


Este domingo 2 de julio ha sido un día muy triste para los cubanos. Sentimos envidia, sentimos resentimiento, sentimos rencor. ¿La causa? Por supuesto, Chile.


En efecto, todo es por culpa de esa isla continental que corre desde el Ecuador hasta la Antártida. La espadita inglesa de Latinoamérica. El Chile cobarde de la democracia funcional en lugar de una Revolución. El Chile hipócrita del pluripartidismo y la supuesta separación de poderes. El Chile patético de la prensa libre. En fin, el Chile dictatorial que celebra unas elecciones primarias donde por fin pueden votar los chilenos de una punta a otra del planeta.


Y allá fueron los chilenos residentes en Cuba, cualquiera fuera su filiación ideológica (izquierda o izquierda), a votar como pioneros con pañoleta roja este domingo 2 de julio, como a escondidas en el corazón de La Habana. Porque ellos saben muy bien lo que hacen. Porque los chilenos en Cuba se hacen los decentes y eso, pero cada cual carga a su espalda con toda la culpa cómplice que le corresponde.


Los chilenos votantes hoy desde La Habana conocen de sobra que en Cuba estamos a casi 60 años de totalitarismo castrista (la mayoría de ellos lo son, castristas de corazón), que en Cuba estamos a casi 60 años de monopolio de un Partido Comunista que secuestró completamente a nuestra nación, que en Cuba estamos a casi 60 años de que ningún cubano pueda elegir a sus dirigentes, ni dentro ni fuera de la Isla.


Para colmo, la prensa oficial cubana (la única legal) no sólo no dio la noticia de estas elecciones chilenas en Cuba, sino que, cuando tímidamente se atrevió a insinuarlo, como fue el caso de la web castrista Cuba Debate, la página fue autocensurada de inmediato.


Pobre Cuba sin cubanos, pobres cubanos sin Cuba.


De ahí nuestra envidia, nuestro resentimiento, nuestro rencor para con el Chile votante en las primarias ahora y después en la presidenciales. De ahí el esputo que los cubanos sin Cuba le espetamos a cada chileno con Chile en plena cara:


“Desde 1959, en la Isla de tu Utopía vivimos un 11 de Septiembre perpetuo, cachai?"