viernes, 28 de julio de 2017

N



N.
Orlando Luis Pardo Lazo


Donde otros veían ideales, él sólo veía lo humano, lo demasiado humano. Tuvo el coraje de creer en nosotros, mortales sin moral, y de asumir hasta sus últimas consecuencias no la muerte sino el asesinato de Dios por nuestras propias manos. Miró cara a cara al vacío, sin miedos ni metáforas, masticando la ausencia absoluta dejada en nuestra alma por la fuga de toda fe. 

No voy a decir su nombre. Tampoco hace falta. Los nombres son sólo sonidos huecos en un abismo sin eco. Basta con saber que él era un titán, un atlas, un todoterreno. Por eso dejó las cátedras y se fue a las montañas. Aunque también fue un inválido en plena juventud: un tarado físico cuya mente era indomable. El enfermo más sano del universo. Un sol inestable, como todo lo real. Sincero y solitario como nadie en su época, en ninguna época. Un quantum viviente de libertad. De ahí el pánico y desprecio con que la raza humana lo humilló. De ahí, también su fragilidad.

El lenguaje pasó como una cosa muy extraña por su cabeza. La verdad se volatilizaba en él de sólo buscarla. La verdad estaba y venía del futuro, y era efímera y definitiva. Y bella, demasiado bella. Nos habían brutalmente engañado. O incluso menos que eso. Pero por fin alguien como él se daba cuenta. Y no sólo se daba cuenta, sino que encima nos hacía darnos cuenta. Nos propuso dejar atrás todo atisbo patético de humanidad. Nos invitó a ser parte de una especie de sobrehumanidad.

Se dio cuenta de lo insidioso e insulso que es inmanente a cualquier idea. Sintió que la inercia de las palabras nos va robando la vida verdadera, y de que esa tragedia puede ser irreversible si no despertamos a tiempo. Se dio cuenta, también, de la gran estafa teatral de la historia humana, de la historieta de los humanos que nunca debimos de haber nacido. Pero que ya estamos aquí. Y esa náusea lo arrastró a cortar con todo, con todos. No toleraba el simulacro de los profetas, el entusiasmo de los energúmenos, la representación de los retóricos. Se volvió un fenómeno vital, poderoso y perdido. Una cosa humanamente corporal. Presencia de lo presente.

No sé por qué ahora mismo sigo pensando en él. A una escala más reducida, el pueblo cubano en el siglo XXI me recuerda exactamente la antítesis de él. Un pueblo perverso, débil, enfermo, pío, patético, colectivista, sin voluntad individual. Un pueblo con vocación de subhumanidad, incapaces de ser bestias ni de ser humanos. Cuba como sinónimo de sistema, de sometimiento, de sumisión. 

Los cubanos como una isla cuerda, cuerdísima, en un matrimonio miserable entre la ideología y el islam. En un manicomio miserable de donde el primero de los cubanos aún no se atreve a escapar.

Remesas y remierdas




Pagamos y repagamos al puto país, pero no tenemos el menor derecho a quejarnos de no poder participar en la vida de ese mismo país, no tenemos derecho ni a llorar cuando la dictadura nos pisa los callos o nos trata como lo que somos, unos parias perfectos, perversos. 

No podemos ni votar en las elecciones en Cuba, donde sólo un partido político es legal. 

No podemos viajar sin miedo ni tampoco residir permanentemente en nuestro propio país (en los consulados y embajadas de Cuba los cubanos somos peor que la mierda). 

No podemos casarnos en Cuba con quien nos dé la realísima gana, del sexo que sea. 

No podemos poseer las propiedades que con nuestro dinero compramos desde el exterior. 

No podemos invertir ni un centavo asqueroso partido por la mitad. 

Ni siquiera nos atrevemos a entrar un librito más o menos polémico por la aduana del Aeropuerto José Martí. 

Y encima de todo, tenemos que sonreír y dar gracias por ser un pueblo  sometido a semejante apartheid.




jueves, 27 de julio de 2017

Nunca es 26


 

El 26 de Julio de 1953, los cubanos aprovechamos esa oportunidad para escapar de la demacrada democracia continental y caer de culo en la tentación totalitaria global. Crecimos a ras del alba. Amanecimos. Fidel nos hizo, pues, personas contemporáneas. Nuestro dictador vitalicio nos sacó del mapita mediocre de Occidente y nos sembró vitalmente de cabeza en la órbita soviética del Estado como Extremaunción. Fidel nos crucificó y nos resucitó no al tercer día, sino de cara al Tercer Milenio. Por eso ya nunca más fuimos cubanos. Por eso desde entonces los cubanos somos otros cubanos. Por eso no nos reconocemos en ninguna parte.



 

domingo, 23 de julio de 2017

Casi Casey

Calvert Casey: ·Memorias de una isla·

 

Uno de los mejores libros cubanos y, uno también, de los menos reproducidos íntegramente. Aquí les va Memorias de una isla, el extraordinario libro de la ‘mudita’ Casey con una nota de presentación del ínclito OLPL: “Que Casey siga siendo para siempre en la Cuba de Castro no “como un”, sino un enfermo moral y político, un monstruo sexual, antisocial, antirrevolucionario, a quien haya que aislar, relegarlo al exilio interior, y acaso condenarlo a forzosos trabajos agrarios en los campos de reeducación.” Enjoooooyt  (Ojo: el diseño del libro es de Chago. ¡Coquito en pote!)


Casi Casey
Orlando Luis Pardo Lazo

 A la postre, la literatura devino para él una “pasión inútil”, otra manera de tart-t-tamudear en cubano. Se apellido era Casey. Es decir, casi se apedillaba Casi. Y hoy está muerto, por supuesto, mucho más muerto que nunca. Pues lo acaban de resucitar por todos los medios imaginables desde La Habana, esa maldición del materialismo.

Fernando Palenzuela llamó a su época como “cada vez más sombría” y a su soledad como “insuperable”. Y no era para menos. Hacía apenas un año que Calvert Casey se había matado en Roma. En pleno apogeo de la primavera, como correspondía. Porque el olor de una piña ausente, también, puede detener a un pájaro en el aire. No digo yo en el exilio.

A Casey, Cuba no le curó su “sensación de apocalipsis inminente con la que (algunos días) parece que hemos aprendido a vivir”. A Casey, Cuba lo descojonó.

Murió en 1969, con su eros irredento y reprimido, reconociendo a La Habana en Roma (“como si La Habana tuviera 2,000 años de fundada”), en Génova (“una extraña  ciudad, como La Habana pero tenebrosa”), en Nápoles (“como La Habana, pero con algo malévolo y abyecto”). En todas partes menos en La Habana, en una “especie de oratorio desesperado”.

Pobre Calvert mío, perdido entre estos bosques. Y nada puedo hacer para ayudarlo. Se equivoca Cabrera Infante al decir “no pobre Calvert: pobres los que no lo conocieron”. Se equivoca y lo desconoce, habiéndolo conocido. Pobre Calvert nuestro. Pobres los que te conocieron. Y nada podemos hacer para ayudarnos.  

Casey fue uno de los primeros desaparecidos cubanos en tiempo de Revolución. Él mismo intentó desaparecerse, tan civil como era. La realidad a su alrededor era estrictamente militar: esa es la clave que los realismos mágicos siempre nos han escamoteado, empezando por nuestro Cardenal Carpentier.

Tal era así que sus amigos ya casi se habían “acostumbrado a estas desapariciones constantes mías, que en los últimos tiempos se han hecho obsesivas, y que muchas veces, en un país estremecido por los cambios sociales, tienen extrañas consecuencias que algún día (?) asumirán forma literaria”.

He aquí, ahora, la forma literaria hecha isla. Anuncio de la locura, de la disolución: asumir la “forma literaria” como “el único rastro de nuestras vidas antes de perderse en el vacío”. He aquí, también, intacto y triunfal, ese vacío memorioso. Inmemorial. Memorias de una Isla. Nada más pronunciarlo uno siente deseos de llorar, de detenerse en el aire. Pájaros del exilio, aves rara vez migratorias. Criaturas de Cuba.

La enciclopedia fascista digital cubana, EcuRed, hoy lo llama un “escritor de culto por la fuerza con la que expresó en sus obras su afirmación del derecho a una vida propia, fuera de los modelos sociales estereotipados”. Mientras yo me cago descaradamente en el corazón de la madre de quien redactó su entrada a sueldo del Estado cubano, como hubiera podido asesinar con mis propias manos a quienes redactaron el mojón fascista del primer Diccionario de la literatura cubana, que en aquella Cuba analógica lo excluyó.

José de la Colina ha confesado que Casey se sentía en la Cuba de Castro como “un enfermo moral y político, un monstruo sexual, antisocial, antirrevolucionario, a quien había que aislar, relegarlo al exilio interior, acaso condenarlo a forzosos trabajos agrarios en los campos de ‘reeducación’?”

El mejor homenaje es, pues, no desmentirlo.

Que Casey siga siendo para siempre en la Cuba de Castro no “como un”, sino un enfermo moral y político, un monstruo sexual, antisocial, antirrevolucionario, a quien haya que aislar, relegarlo al exilio interior, y acaso condenarlo a forzosos trabajos agrarios en los campos de reeducación.

Calvert Casey fue enterrado en un cementerio de las afueras no de Roma, sino de la Revolución. Le pusieron este epitafio temporal (todo porque al morir se le quedó abierto un libro de Henry James subrayado en “He was a man too fragile to live in this world”):

He was gentle
He was weak
He was destroyed

Mejor le hubieran inscrito el reporte de la policía italiana:

Yacía en la cama
En una posición
Que parecía natural

Adiós, niño gago de Baltimore. Adiós, bilingüismo sin lengua madre. Adiós, mudita maravillosa. Marquesa de magacines y obrero de barbitúricos, a quien el Hombre Nuevo en la Isla le había retirado su pasaporte cubano. No vuelvas nunca, aunque te parezca que es ya demasiado tarde para seguir por ahí. El afuera no tiene adentro. No hay nada que hayamos dejado allá atrás, en la Cuba cadalso.

Y en esto sí no se equivocó Guillermo Cabrera Infante: “todos los que conocieron a Calvert creían que lo habían conocido demasiado tarde”. Trató, eso sí, de matarse morbosamente en sincronía de siglos con el suicidio de José Martí. Pero la eficacia de la farmacopea europea le hizo una mala trastada. En consecuencia, murió coherentemente como lo que él es: un adelantado.