viernes, 11 de agosto de 2017

LET THEM HEAR: AMERICANS WERE DEAF BEFORE GOING TO CUBA





EL MUNDO SIEMPRE HA ESTADO SORDO RESPECTO A CUBA
Orlando Luis Pardo Lazo


La Cuba de Castro en el 2016 (probablemente mucho antes) comenzó a practicar en secreto con ondas de ultrasonido para espiar y, de paso, dejar casi sordos a funcionarios extranjeros de misión oficial en La Habana. Probablemente esto también se lo hagan a los inversores foráneos que se arriesgan a perder su dinero en la Isla. Y seguro también le aplican la misma técnica a los académicos cándidos o cómplices que aterrizan desde el Primer Mundo en Cuba, para hacer etnografía y/o arqueología (además de sus selfies estúpidos), como si de un parque temático de la Revolución se tratara.

Ahora todos los medios de prensa parecen asustarse en los Estados Unidos de América. Pero es apenas otra fake news: en realidad, a nadie le importa nada en un país cada vez más polarizado y resentido socialmente (y cansado de sus propias ganancias sin ningún sentido trascendente existencial).

Ahora cada partido político en EUA aprovecha para acusar a su oponente por la política reciente hacia la Cuba de Castro, cada cual explotando respectiva y retrospectivamente los beneficios y/o maleficios del embargo norteamericano hacia la Isla durante el último medio siglo.

Ahora, una vez más, los cubanos somos apenas una mera justificación para los intereses de Washington, D.C., donde los destinos de Cuba, como desde hace un par de siglos, se definen acaso apostando duro en un juego de azar, entre las mafias legales de los lobbies congresionales y los halcones del mercadeo global (más un toque de ideología socialista para darle cierto sabor humanista a semejante ajiaco).

Ahora, como siempre, los dólares lo determinan todo. Excepto, por supuesto, al despotismo de la dictadura cubana, que en pleno siglo XXI sigue comportándose obscena y obcecadamente como le da su gana, con o sin embargo comercial y financiero de los EUA hacia Cuba. Con o sin Obama el bueno en la Casa Mulata. Con o sin Trump el malo en la Casa Rubia. Con o sin Fidel Castro bajo el reinado represivo a la vez que reumático de su hermano Raúl.

Según Collin Laverty, presidente de una compañía de viajes en grupo a Cuba llamada Cuba Educational Travel, entre Estados Unidos y Cuba “las relaciones eran buenas cuando Obama estaba en su cargo,” por lo que “esto simplemente parece completamente fuera de contexto”. Es decir, ahora no era el mejor momento para dejar sordo a nadie.

Collin Laverty demuestra con esta frase, como la mayoría de los extranjeros (especialmente europeos y norteamericanos), una ignorancia insultante respecto al castrismo. Porque la verdad sigue siendo una infamia demasiado inverosímil para el mundo libre más allá del Malecón de La Habana: las relaciones de Cuba no son buenas ni siquiera con sus aliados, las relaciones de Cuba con el resto del mundo (especialmente Europa y América) dependen precisamente de afectar hasta destruir a las sociedades libres del mundo.

Mientras quede aunque sea un soplo del espíritu de los Castros en el poder en Cuba, Cuba será siempre como un cáncer sin cura que hace metástasis en cuanto país o persona se les acerca, sea con buenas o regulares o malas intenciones. Tal vez esto pueda interpretarse como chovinismo inverso, pero lo cierto es que Cuba sigue siendo el corazón de la debacle constitutiva de nuestro hemisferio. Como cierto es que, mientras quede castrismo con vida en Cuba, las Américas serán siempre una zona de guerra a favor de la violencia socialificadora instigada desde la Isla, y siempre en contra de las democracias decentes, las libertades fundamentales del individuo y el capital no criminal.

Collin Laverty, como la mayoría de los norteamericanos, se asombra de que en el 2016 el régimen cubano haya dejado casi sordos a varios diplomáticos de Estados Unidos y Canadá. Se azoran y también protestan como de costumbre los congresistas republicanos Marco Rubio e Ileana Ros-Lehtinen, así como parece sorprendida en su solemnidad la vocera del Departamento de Estado estadounidense Heather Nauert. Y muchos y muchos más en EUA se sumarán a este coro de lamentos pro-Obama y anti-Trump que devendrá en una sinfonía de bravuconerías anti-Obama y pro-Trump.

Al respecto, me da mucha pena propia el pueblo cubano, tan abandonado a su suerte de paria incivil entre la dictadura y la democracia más largas de la historia universal, entre la impunidad en la Isla y la indolencia del resto del mundo, entre la brutalidad de sus propios desgobernantes y lo bruto que son los gobernantes vecinos, desde Washington hasta Bruselas.

Al respecto, la Cuba de Castro no ha dejado sordo a nadie con un aparatico ultrasónico ultra secreto. Eso es pura anécdota olvidable tan pronto estalle la próxima guerra o sobrevenga el siguiente atentado terrorista en la Unión Europea o los Estados Unidos. La tragedia para los cubanos es otra, todavía hoy a rastras con una Cuba cuya soberanía ha sido secuestrada a perpetuidad por el castrismo. Lo terrible es que, fuera de Cuba, todos siempre han estado más que sordos ante la sordidez de la Cuba de Castro.

La sabiduría de los refranes de pueblo nunca falla: no hay peor sordo que el que no quiere oír.







miércoles, 9 de agosto de 2017

Lezama esta hoy mas muerto que nunca


(...)

En este sentido, su obra es un talismán para hacer talco a toda represión. En este sentido, por desgracia, su autor fue sólo un reprimido más: reprimido por el Estado totalitario cubano de los años 70s y reprimido por su propia pacatería biográfica. Al respecto, Joseíto padeció un monstruoso Complejo de Edipo terminal durante más de medio siglo, ocultando por amor-miedo a su progenitora todo lo que en realidad era él. Sólo por este caso clínico de una vida subvivida en la mentira, las madres cubanas deberían saber morir jóvenes o, al menos, abandonar a su suerte al producto de sus partos.

A los jóvenes escritores cubanos de hoy, por suerte, ya no les interesa leer nada de nada de José Lezama Lima. Lezama Lima es hoy un escritor no de un siglo, sino de una era pasada, paleohistórica. A los jóvenes escritores cubanos de hoy, por suerte, ya no les interesa leer nada de nada. Son mucho más sinceros (la mediocridad siempre lo es) y mucho más cubanos (la cobardía siempre lo es) que el pobre genio magnífico de Joseíto el de la calle Trocadero, a un costado del Prado de Centro Habana.

(...)
 

PORFA, LEE EN ESTE ENLACE MI COLUMNA COMPLETA EN CIBER-CUBA SOBRE EL LABERINTO ILIMITADO DE LEZAMA LIMA Y LA LENGUA DE LOS SIN PATRIA.

martes, 8 de agosto de 2017

¡Es mi cuerpo, idiota!

Sobre el feminicidio, el negricidio, el homosexualicidio y otros -cidios sin dios
Orlando Luis Pardo Lazo

No tengo una opinión al respecto. Tampoco quiero imponer ni que me impongan una opinión al respecto. No se trata de opiniones aquí. Se trata de actos.

En la especie humana, por el momento sigue siendo la mujer quien pare. Pero antes de parir, después de fertilizar sus gametos con los gametos de un hombre, la mujer porta en su propio cuerpo al otro cuerpo ajeno que ha de parir.

Sin instinto maternal, el embarazo es apenas un tipo de infección. Lo más parecido a una tumoración benigna, por ejemplo, pero de crecimiento atroz. Algo así como incubar a un Alien vivo en pleno vientre. En cualquier caso, una enfermedad de género que debe ser abortada a tiempo para evitar que, sobre los nueve meses, la misma degenere en su sintomatología peor: el parto de otro ejemplar perteneciente en principio a la especie humana.

No estoy siendo irónico. Sólo estoy siendo incisivo. El reclamo de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo no puede ser más legítimo. Nada ni nadie debiera obligarlas a ser portadoras de una carnosidad que, como cualquier sistema parásito, se alimenta insaciablemente de sus recursos vitales: sangre, oxígeno, energía, y un etcétera vital. Y si el precio a pagar es la extinción de la llamada humanidad, no me parece ni mucho menos un escándalo.

Al respecto, la pregunta pertinente a las mujeres es muy simple, por lo que la respuesta pertinente también debería de serlo: al decidir sobre su propio cuerpo, ¿no están también decidiendo sobre el cuerpo de la criatura desconocida que incuban?

Trátese de una ameba, una aguamala, un anfibio, un reptil, un pez o un boceto a medias de ser humano: ¿no se trata siempre de un cuerpo externo colocado en su interior? Entonces, haya ocurrido como haya ocurrido la fertilización, ¿no merece un momento mínimo de consideración ética la inocencia de ese otro cuerpo?, ¿no amerita ni un instante íntimo de misericordia, antes de aniquilar a semejante enemigo que sólo es culpable de su concepción?

No estoy siendo parcial en este tremebundo tema del aborto. En general, nunca tengo ningún tipo de posición a priori sobre nada ni nadie. En este sentido, yo mismo me considero una suerte de Alien a quien por casualidad lo dejaron nacer, en la Cuba revolucionaria de los abortos al por mayor. Tampoco estoy invocando ahora a ninguna religión en particular y mucho menos a un dios más o menos abstracto y general.

Todo lo contrario. Estoy apelando a la lógica de un razonamiento muy básico: si a la mujer, lo mismo que al hombre durante siglos, le asiste el derecho de matar al otro, ¿por qué no matarlo mencionando el acto de matar? ¿Cuál es la pena o el pudor o, aún peor, la pacatería? Es decir, ¿por qué mejor no matar matando? En pleno milenio de la emancipación, ¿por qué jugar de nuevo a las malas metáforas con connotaciones más o menos sociales? Por favor.

Maten, y estén orgullosos de matar. Maten a un matador o una matadora en ciernes. Mata a un espécimen de tu misma supuesta raza o de la raza de al lado. Mata a la continuación o a la refutación de tu supuesta orientación sexual. Mata a tiempo, antes de que lo que no mataste pueda matarte a ti. Es lo más natural de la vida. Ocurre incluso en muchas especies animales. Así que aquí no hay nada que lamentar. Excepto cuando matas con la retórica retorcida de no matar. Por favor.

Estoy plenamente consciente de la hipocresía ante el horror de todas las sociedades humanas, desde las más primitivas de antaño hasta las más altamente tecnificadas de hoy. La ideología es inútil al respecto, pues es casi una cuestión de instinto: sobrevive mejor quien mejor olvida. Y reitero aquí que no tengo una opinión al respecto, que no quiero imponer ni que me impongan una opinión al respecto, porque no se trata de opiniones sino de actos, siendo nombrar es el primero de todos los actos.

Puede que nuestra civilización esté ya en el umbral ecológico y demográfico de su irreversible colapso. Se nos agotan el tiempo y hasta la historia. Es por eso mismo que, al menos a nivel de lenguaje, es hora de que comencemos a nombrar (actuar) sin mediocridades. No hay destino más decadente que no saber siquiera lo que se ha vivido. Esa sí sería la más mentecata manera de matar. La más mierdera para con nosotros mismos.

Asume al otro aunque sea por una vez en tu vida, así sea para erradicarlo.

lunes, 7 de agosto de 2017

Memorias de un cubanito que no nació con el siglo


Memorias de un cubanito que no nació con el siglo
Orlando Luis Pardo Lazo

De niño, yo vivía en un planeta perfecto. Era, por supuesto, la Cuba comunista de los años 70s. Aquel pobre país sovietizado, con decenas de miles de prisioneros políticos de por vida y ya con un millón de cubanos condenados a un exilio sin retorno. Sin embargo, gracias al milagro del amor en familia, en aquella Cuba canalla yo siempre fui un niño muy libre y aún más feliz.

De manera que, en muchos sentidos, yo nunca fui un producto del castrismo, sino un cubano que habitaba más allá de nuestro presente precario. Y así, en medio de los años 70s del socialismo insular, yo a veces pertenecía a un futuro donde Fidel no era ni siquiera un recuerdo, y otras veces yo habitaba en un pasado perfecto donde la Revolución castrista no tenía ni el menor chance de triunfar.

En resumen, de niño yo era una especie de alien, un ocupante zombi caído en Cuba desde cualquier otra parte, con una mirada capaz de desconocerlo todo, con una curiosidad corrosiva y al mismo tiempo tan ingenua como la de un angelito. Me sabía, de hecho, inmortal, como todos lo eran a mi alrededor.

Mientras la nación real se desangraba entre el odio de Estado y la ideología de izquierda, a mis ocho o nueve años yo era capaz de enamorarme para toda la vida de una niña cubana de mi misma edad. Mientras la Revolución real reprimía e imponía su propaganda perversa, a mis ocho o nueve años en mi barrio yo soñaba feliz con la luz sin límites de un planeta imposible llamado la Libertad. Yo fui absolutamente un ser humano, aunque ahora me sea imposible demostrarlo.

Cuando crecí, si es que crecí, cuando por fin pude ser un adolescente en la Cuba de los ostentosos ochenta, siempre tuve la siguiente sensación al recorrer la única ciudad del universo que forma parte de mi espiritualidad, La Habana: es la sensación de que la ciudad estaba llena de síntomas, de señales dejadas por otros cubanos desaparecidos, de marcas anteriores a la dictadura para que los cubanos de la dictadura las pudiéramos algún día interpretar.

Por ejemplo, las enormes naves calladas que habían sido industrias solventes cuando el capitalismo. Por ejemplo, los monumentos a reyes remotos y presidentes de pronto anónimos. Por ejemplo, los edificios con un nombre propio remanente en sus fachadas: un nombre propio que no pertenecía a ninguno de sus actuales vecinos y que nadie en el barrio parecía reconocer. Por ejemplo, los vistosos anuncios comerciales que aún se leían bajo la pésima pintura de las nuevas instituciones revolucionarias. Por ejemplo, las esquinas donde proliferaban las ruinas de quincallas, fondas, ferreterías, kioscos y demás negocitos que hacía décadas no funcionaban o, peor, habían sido convertidos en Oficodas, Registros Militares, y Zonas de los Comités de Defensa de la Revolución. Y, por ejemplo, aquellos cuentos increíbles, contados con los ojitos llenos de un brillo brutal, con que las personas mayores evocaban antes de morir a otra época muerta, a otro espacio ahora estéril, a otra Cuba ya cadáver que yacía enterrada justo bajo nuestros pies, como una Pompeya perdida por la fuerza fascistoide de la Fidelidad.

Después crecí todavía más. Dejé de ser adolescente y dejé también de ser joven. Pero con la debacle de los años noventa las señales del naufragio siguieron allí, a la vista invisible de todos los habaneros, al alcance indolente de todos los cubanos sin Cuba, y no sólo los de mi generación. Como si ya nos hubiéramos ido antes de irnos. Como si no nos importara nada de nada. O como si nos importara, sí, pero como si nos importara un carajo aquella Habana no sólo hundida como la Atlántida, sino abandonada en nuestra desmemoria de ciudadanos sin ciudad.

Y después, por supuesto, como todo cubano con una Cuba cadalso en el corazón, yo también me fui. Nos fuimos, tú y yo. Con los años cero se nos hizo intolerable asistir al espectáculo de tanta y tanta depauperación, no necesariamente material sino descojonación de las almas. Perdimos el país del primer amor, del primer miedo, de la primera muerte, del primer miedo a la muerte y de la primera muerte del amor. Primero, dejamos de ser compatriotas. Después, dejamos de ser incluso contemporáneos. Nos fuimos no de Cuba, sino de nosotros mismos, en una carrera a ciegas en aras de una falacia foránea llamada “la felicidad está en otra parte”.

Como en el poema La ciudad de Constantino Cavafis, la vida que en Cuba perdimos los cubanos la hemos destruido en toda la Tierra. No hallamos a la postre ninguna otra tierra ni ningún otro mar. La libertad que debió de ir siempre apretada dentro de nuestro pecho, se nos evaporó. Devinimos fantasmas. Sombras nada más, entre tu vida en la mentira y la mentira de mi vida. Los desaparecidos cubanos ahora ya no son los otros, sino nosotros. Pertenecemos a un pasado que no terminará de pasar y, por eso mismo, tampoco nunca pasó.

Menos que aliens, menos que zombis, menos que ocupas: los cubanos vagamos como ceros humanos a la intemperie, esperando a la desesperada esa fecha fósil con que una lápida intraducible pondrá fin en el extranjero a nuestro errante error.