martes, 26 de septiembre de 2017

Soledad es Libertad


La gran soledad de los cubanos en democracia
Orlando Luis Pardo Lazo


Los cubanos venimos de un totalitarismo modelo. Un régimen que logró el sueño del socialismo original, siglos atrás: la Utopía en una Isla sobre la Tierra, el ghetto grosero como emancipación, disfrazando así la falta de libertad del hombre como si fuera un exceso de felicidad, una virtud universal que no admite crítica ni siquiera relativización.



De ahí venimos los cubanos: eso somos, esa es nuestra tara. Tranquilos todos todavía, por favor. Permítanme explicarles. Primero, aceptemos que el tedio de todo ese “daño antropológico” nos corroe la vida: un concepto académico que, traducido al lenguaje de la verdad, que es el argot sentimental de la calle, significa un “daño del carajo en el corazón”. Y también en nuestra alma de mortales, ese pobre pajarito político que ha sido secuestrado por un poder excéntrico, extraño, extranjero, llamado totalitarismo cubano.



La nación cubana no es ni remotamente una dictadura. Decir eso ha sido uno de nuestros peores disparates y debilidades. La nación cubana está simplemente ocupada. Sin dejar ni un solo espacio libre al margen de semejante ocupación.



El castrismo es la abolición de la soberanía nacional a favor de un hombre, un partido, una ideología, un lenguaje, una cosmovisión. Por eso el castrismo no puede generar nunca una alternativa desde sí mismo. Por eso es inimitable. Y por eso, también, está condenado un día a hacer implosión, a desvanecerse tan rápido como apareció, sin dejar legado ni memoria. Pero dejando, eso sí, a varias generaciones de seres humanos desconocidos incluso para sí mismos. En este sentido, el castrismo es una máquina de desaparición, de hacer invisibles a los cubanos, así en la Isla como en el Exilio (esa otra isla que se piensa cosmopolita, pero que igual habita en una gran cárcel).



Los cubanos que salieron de Cuba traen consigo un rayito de luz totalitaria en su mirada. Pobres, pobres contemporáneos atrapados entre palabra y palabra. Es como si nadie antes les hubiera hablado tan claro a los cubanos. Escúchame, no tiene sentido negarlo: somos eso, esa es nuestra tragedia sin siquiera un destino trágico, pues tampoco nos hemos rebelado contra la Historia ni Dios. Antes bien, el castigo de las víctimas del totalitarismo cubano sería en todo caso deambular día a día en Democracia.



En efecto, como tan conmovedoramente lo explica Allan Bloom en su libro The Closing of the American Mind (1987), un libro que las universidades de Estados Unidos llevan 30 años intentando censurar, el hombre en democracia está más que solo: el individuo y sus sentidos, el individuo y su razón, el individuo y su conciencia, el individuo y su moral, el individuo y su responsabilidad, el individuo y su experiencia. No hay vida fuera de ti. Date cuenta a tiempo. Ya sé. De ahí viene ese pánico que nos ataca a los cubanos ante el terror de tener que ser libres de verdad. Estamos atacados. De ahí que también ataquemos. Es una histeria neurótica que nos lleva a implorar, casi heroicamente, estar iluminados por al menos un rayito de la luz de Papá Estado. Como pueblo, lo único que no toleramos es precisamente dejar de ser pueblo. Vivimos y morimos sólo para participar de ese mito gremial también conocido como el “efecto ganado”. Volver al redil.



Es decir, mientras más libres, más ansiedad nos trae la carencia crónica de una especie de castrismo nostálgico. Castrismo sufí, lo llamarían los persas. Castrismo hüzün lo llamarían los turcos. Castrismo coagulado en el corazón, lo llamaríamos nosotros. Es esa marca de fuego llamada despóticamente “identidad”. Esa búsqueda de un sentido en medio del caos cósmico. Y, por supuesto, es tener una justificación para seguir vivos o caer muertos de pronto. Puedes o no creerlo, pero el castrismo de los cubanos ha devenido mediocridad existencial: a falta de biografía, rellenamos entonces, muchas veces sin saberlo, ese abismo atroz con un exceso de Estado.



Todo lo anterior es para poderles decir en paz solamente esto: la cubanía es una cosa exclusivamente de izquierda, de nuestra naturaleza innatamente fascista. No nos asustemos. Lo primero es aceptar con ecuanimidad que nuestro caso nunca ha tenido solución, porque es desde esa izquierda inconsciente que lo hemos estado intentando remediar o erradicar. A los cubanos nos falta, pues, un pensamiento emancipador de derecha. Una derecha decente, débil, descentrada en el uno y sin ningún credo de masas: casi que una derecha antidemocrática para así poder por fin acceder a un atisbo de la democracia. Una derecha capaz de restaurar en Cuba la barbarie y la belleza de esa profunda soledad que son los seres humanos.



Discúlpenme, por favor. Sé que todos ustedes son cubanos y están haciendo su mejor esfuerzo según cada cual. Eso es lindo. Pero sé también que necesitan ayuda. No pueden seguir siendo únicamente iluminados desde lo siniestro de lo social. Alguien tenía que decirles que sin soledad jamás llegaremos a nosotros mismos. El totalitarismo es la tentación de pasar todo el tiempo acompañados. Como en la escuela, la fábrica, la casa, el hospital, el estadio, el teatro, la cárcel, el cementerio, y aún después el paraíso, el purgatorio o el infierno a perpetuidad.



No tengas miedo, coño, cubano. No existe ningún peligro de que te quedes solo. Es tan simple como darte cuenta de que desde siempre lo hemos estado: solos. Sé tú hoy y el castrismo no llega ni a mañana por la mañana. 


Cubansummatum est!