viernes, 27 de octubre de 2017

Padura, perros, policía política



Padura: perros, política y piedad
Orlando Luis Pardo Lazo
  
Vivo en Lawton, el que alguna vez fuera un barrio enclavado en las afueras de La Habana —desde hace bastante ya integrado en la extensa pero más bien chata capital cubana—, tal como en Lawton vive Iván Cárdenas Maturell, el veterinario —y, por supuesto, escritor frustrado— que protagoniza El hombre que amaba a los perros [1], la novela de Leonardo Padura que echa por tierra de un plumazo —si bien un plumazo de 765 páginas— toda la narrativa naif y la épica edípica del comunismo mundial, mostrándolo monstruosamente tal como fue a nivel de sus propias entrañas: una sucesión incesante de crímenes contra la humanidad. O, si se prefiere, otra manifestación igual de mortífera del poder perverso de la idiotez ideológica, en especial cuando se constituye como contrapeso del capital.

El hombre que amaba a los perros es, pues, el libro negro de la utopía proletaria. Y es, también, un libro de los muertos, donde el muerto menos importante se llama acaso Liev Davídovich Bronstein, alias Trotsky. Porque para matar a ese muerto, tanto física como metafóricamente, hizo falta implementar un sistema social capaz de vaciar de contenido hasta el alma humana —no por gusto el tirano soviético Iósif Stalin creía que el escritor debía de ser un “ingeniero de almas”—, rellenando al alma humana, a su vez, de ese licor embriagante llamado el odio al otro. Es decir, el desprecio a la vida de los demás y, por inercia, a la vida propia.

Así que Leonardo Padura la ha tenido bien difícil con El hombre que amaba a los perros en tanto autor. Por sus manos de intelectual no violento ha debido pasar medio holocausto a manos de los comunistas, la misma “clase social” que fue la mejor aliada que alimentó —y armó— a la Revolución castrista desde muy temprano. Y nadie sale inocente de semejante ritual retórico. Porque ahora Padura es el hombre que sabe demasiado. Y el Estado totalitario que lo tolera en tanto intelectual, tecleando en su casita de Mantilla —no muy lejos de Lawton—, también sabe que Padura ya sabe unos cuantos secretos de más. Y, para colmo, saben, aunque no lo lean, que nuestro hombre en la distopía caribe hace público parte de ese secretismo a través de la fulminante irresponsabilidad de la ficción: ese género poderoso que ha sido catalogado como “la verdad de las mentiras”, así como “la historia privada de la nación”.

De manera que, por más que lo toleren, e incluso traten de coartarle la voz, El hombre que amaba a los perros sigue siendo un desafío al fidelismo entendido como fidelidad, lo que hace de Padura un ente imperdonable así en Lawton como en Mantilla. Y no hay nada que Padura pueda hacer ahora al respecto para revertir semejante fatwa sutil al punto del cinismo, pues saber en el socialismo es el peor de los pecados políticos. De hecho, saber es técnicamente el primer estadio de la traición. En la práctica populista, un pueblo se alfabetiza precisamente para impedir que nadie pueda saber nada por sí mismo, más allá de la sabiduría absoluta del Estado.

Volviendo a su novelística, es imposible ser un personaje de Padura y no ser un escritor frustrado (o en ciernes, que viene a significar lo mismo). El hombre que amaba a los perros no podía ser la excepción. El veterinario Iván Cárdenas Maturell lo es sin duda alguna: “Se me gastaron las ganas”, confiesa. (420) Y, acaso por el pavor de devenir una no-persona en la Isla de la Libertad, en aquella década climática de la censura estatal —mucho más que un Quinquenio Gris—, él ya “había optado por escribir el silencio”, pues “al menos con la boca cerrada podía sentirme en paz conmigo mismo y mantener acorralados mis miedos”. (534)   

Sólo que, a lo largo de su evolución dramatúrgica en El hombre que amaba a los perros, Iván de pronto ya no es del todo responsable ante su vocación o su bloqueo escritural, pues Padura lo obliga a ir descubriendo que ahora se trata de que cierta inconcebible historia lo había “perseguido porque ella necesitaba que alguien la escribiera. Y la muy hija de puta me había escogido a mí”. (663) A él, a Iván, a un común vecino de Lawton. Como tantos otros que hubieran preferido no tener voz, con tal de no verse forzados a perderla. Tal como el propio Padura vive al borde de perder la suya en la Isla. De ahí su coraje en tanto creador, como coraza para no dilapidar su talento en los eternamente “tiempos difíciles” de su generación.

Tal vez se trate de la tesis del escritor como un mero médium. ¿Y cuál sería aquella historia que pedía a gritos ser historiada? Pues una historia que vaciaría de sentido al resto de la historia —los restos de la historia— de lo que en Cuba habíamos creído vivir. Parece una exageración. Pero toda verdadera literatura lo es: una discriminación de los contenidos y una magnificación de las formas.

Es esta una historia que nos hará cómplices de inmediato, incluso como lectores, si es que aún los cubanos contamos con algún residuo de reserva moral. Es una especie de contrahistoria, que a Iván se le irá revelando dosificada por el perfeccionista Padura. Una subhistoria casi en clave de capítulos detectivescos que, a los efectos de la audiencia cautiva cubana, ha de irse descifrando crimen por crimen, junto a la inocencia perdida de un perdedor nato como lo es el buenazo de Iván. Al respecto, algún crítico literario debería de explicar alguna vez por qué todos los personajes protagónicos de Padura parecen tan buenos: entrañables “pedazos de pan” hechos de palabras que, tras la lectura, resultan imposibles de no extrañar en la vida real.

Podríamos resumir de manera peculiarmente provocadora las revelaciones que en 1977 comienza a recibir Iván, de primera mano del moribundo Jaime Ramón López —que acaso fuera el propio Ramón Mercader—, y podríamos mirar más allá de la maquinaria de muerte que hizo metástasis materialista en Cuba en 1959, para concluir que esta es, ante todo, la historia de un revolucionario frustrado que se dedicó con éxito a escribir —Trotsky, la víctima rusa— entrecruzada con la historia de un escritor frustrado que se dedicó con éxito a la Revolución —Ramón Mercader, su victimario español—: ambos con ínfulas cosmopolitas, al contrario de la biografía de Iván, varada a punto de naufragio en su Isla.

De hecho, la tarde del atentado mortal en contra de Trotsky, el 20 de agosto de 1940, se desdobla exquisitamente gracias a la escritura, pues Ramón Mercader —ahora encarnando a un tal Jacques Mornard— le pide a su ilustre condenado a muerte que, por favor, le revise un artículo revolucionario que se supone que él ha escrito y ahora aspira a publicar. Trotsky accede a servirle de editor, sin cobrarle ni un centavo por su tan comprometido tiempo. Y mientras “leía y, otra vez, tachaba, tachaba, tachaba con gestos bruscos y molestos”, finalmente le comenta entonces, sin voltearse hacia a su verdugo: “Esto es basura”. (643, 644)

Supongo que esta haya sido una crítica estrictamente literaria, aunque a la postre resultara su testamento intempestivo. Lo cierto es que justo “en ese instante Ramón Mercader sintió que su víctima le había dado la orden”. (644) Así que por fin le rajó el —venerado por millones y odiado por otros tantos— cráneo a Trotsky, sentado aún de espaldas a él, con el piolet implacable que Mercader portaba escondido en su gabardina, manchando de sangre las letras inflamatorias que, un instante antes, el revolucionario sin Revolución tachaba y tachaba, ignorante de que en realidad tachaba y tachaba su propia existencia de expatriado.

Esta conexión escritural devino entonces en alarido. Trotsky aulló como un perro herido, y su “grito de espanto y dolor removió los cimientos de la fortaleza inútil de la avenida Viena” (644). Su propio verdugo quedó impactado ante semejante volcán de violencia contraverbal, y así lo declaró en los interrogatorios policiales con el servicio secreto de la policía mexicana, un par de días después del atentado: “Saltó como si se hubiera vuelto loco, dio un grito como de loco, el sonido de su grito es una cosa que recordaré toda la vida”. Un grito formidable de fiera: “¡A...........a...........a..........ah.........! Pero muy fuerte”. (13)

En efecto, su premonición al parecer se cumplió, pues Ramón Mercader o Jaime Ramón López moriría en Cuba casi cuatro décadas después, sin olvidar y, de hecho, repitiendo aquella escena doméstica excepcional. Moriría Mercader a medio camino del anonimato, rabiando como un perro por lo atormentante de su enfermedad —¿un cáncer provocado por Moscú para eliminarlo a destiempo en tanto testigo?—, a la par que “gritaba como un loco por los dolores de cabeza, y cada vez que hacía un gesto se le podía partir un hueso”. (655)

Tal como él mismo se lo cuenta a Iván, en el último encuentro entre ambos en la Cuba socialista de finales de los años setenta, el grito pre-póstumo de Trotsky siempre retumbó, como una venganza brutal, dentro de la cabeza de quien lo asesinó a sueldo de la Utopía de los asalariados sobre la faz de La Tierra: “Creo que lo oyó hasta el final…” (328)

Ese grito corre ahora por toda Cuba como un fantasma, dentro y fuera de esta novela. Recorre y corroe a Cuba como un pelotón de puntos suspensivos, más que vocales y signos de admiración. Y el culpable de ese eco hueco se llama Leonardo Padura, autor de El hombre que amaba a los perros. Un libro innecesario, según los criterios obsoletamente comunistas del Estado cubano, una narrativa nociva que ha caído sin paracaídas en el autocomplaciente campo cultural cubano, como si fuese un objeto volátil sí identificado de otro planeta: el siglo XX que nos escamotearon entre la patria y la patraña, entre el pánico y los patriarcas.

Fue el propio Iósif Stalin, ogro fundamentalista que en El hombre que amaba a los perros recuerda a un gólem gratuito de Fidel Castro, quien dejó dicho que “la gratitud es una enfermedad que sufren los perros”. En principio, la política cultural del único partido político permitido en Cuba según la actual Constitución —el Partido Comunista de Cuba (PCC)—, podría resumirse con generosidad en esa frase. Pues los jerarcas del Ministerio de Cultura de la Isla esperan de los escritores cubanos —esos “ingenieros de almas” pagados por el presupuesto estatal— mucha más gratitud que la evidenciada por Leonardo Padura, sobre todo a la hora de entretejer sus temas y traumas —es decir, sus trampas—, siempre polémicos al borde mismo de la apostasía. De lo contrario, por más que ya estemos bien entrados en el siglo XXI, el Padrecito Estado otra vez podría tratar a dichos intelectuales ingratos como a perros, a los que entonces ningún lector cubano amará, dado que la hipocresía es la clave recurrente de nuestra idiosincrasia contemporánea.

El hombre que amaba a los perros, por último, y aunque a estas alturas parezca una reducción al absurdo, tampoco debiera de dejar de leerse como una convencionalísima canción de piedad por los desposeídos de la tierra. Por una parte, el comunismo, tal como emerge de estos comunistas perversos y patéticos, es la voluntad de vivir ejemplarmente dentro de un evangelio vil. Y así mismo se lo confiesa su madre cubana Caridad Mercader a su hijo Ramón —cuyo karma lo traería al cabo a morir a Cuba—: “No tengas piedad, porque nadie la tendrá contigo. Jamás. Y cuando estés jodido, no admitas la compasión: ¡nadie tiene que compadecerte!” (580)

Sin embargo, por otra parte uno siente que poco a poco Padura se apiada de todos estos cuerpos calcinados, algunos por la violencia y otros por la vejez. Es un sentimiento que invadió a Iván antes de su destino trágico en medio de las ruinas. Y que luego contagia por ósmosis testamentaria a su amigo Daniel Fonseca Ledesma. Y de ahí irradia al lector desde la mirada misericorde del autor. Todos con un pie ya puesto en la muerte y con el otro aún pataleando la noción de “qué coño hacer con la verdad, la confianza y la compasión”. (761)

El hombre que amaba a los perros, tras un maratón de páginas, demuestra ser también una novela sucinta de tan lapidaria. Su coda cubana y cosmopolita pudiera ser que, por suerte, todavía nos quedan los perros en este mundo. Y que, a través de los perros, con suerte, otros hombres, menos heridos por el horror de la historia tal vez —y ojalá que más temprano que tarde—, nos podamos entonces volver a amar. 



martes, 24 de octubre de 2017

De Padura y otras preguntas

O romance O homem que amava os cachorros, do escritor cubano Leonardo Padura, conta a história de três personagens: Trotski, Mercader e Iván. É ficção. Não há dúvidas quanto a isso. E cada um deles é romanceado em seu contexto de vida social, política, familiar, individual etc.: em linhas gerais, Trotski e a Revolução Russa; Mercader e a Guerra Civil Espanhola, por exemplo; Iván, inserido num contexto cubano caracterizado por frustrações, medos, ou por uma “utopia pervertida”, como o próprio personagem descreve. Porém os dois primeiros personagens não são totalmente inventados. Considerando essas peculiaridades, dentre os três personagens, é possível destacar um deles quanto ao impacto causado em sua leitura? Noutras palavras, é possível afirmar que (re)conhecer um determinado personagem, pela narrativa empreendida por Padura em que pesam questões sociais, políticas e individuais, causou mais impacto em detrimento dos outros dois? Por quê?


Los tres personajes son, en un sentido, un solo personaje. Así trabaja Leonardo Padura la arquitectura en triada de sus novelas: así él usa la alegoría y el montaje en paralelo (siempre anacrónico o desfasado de la realidad actual) para quitarse de encima una parte de su propia responsabilidad en tanto voz autorial. Así es su estrategia de sobrevivencia bajo la bota brutal del Estado totalitario cubano. Una estrategia efectiva que yo aplaudo, pero no comparto. 

En todo caso, puestos a seleccionar un personaje, yo seleccionaría al personaje implícito que es el público lector del siglo XX cubano: una audiencia cautiva, casi analfabeta, acostumbrada a ver el adoctrinamiento como algo cotidiano. En este sentido, las novelas de Padura sí son como una pedrada: un grito tardío, un bofetón que nos fuerza a empezar a despertar del idilio en que despilfarramos nuestra biografía. 

Siendo un autor infantilizadamente kitsch, Padura, paradójicamente, es a su vez el autor que más ha hecho por sacar a la literatura cubana de su infantilismo kitsch constitucional.




Pensar sobre a recepção dessa obra por alguns leitores intelectuais de lugares diversos da América Latina é objetivo propulsionado pelo que Diana Klinger afirma em seu estudo sobre autoficção: “[...] interessa aqui pensar no contexto da América Latina, onde nossa intervenção pretende contribuir para um pensamento sobre o presente”[1]. Acrescento um outro objetivo ao de Klinger: pensar o romance de Leonardo Padura pelo qual podemos nos deparar com uma perspectiva crítica sobre a sociedade cubana contemporânea (durante e pós revolução). Trata-se de uma “escrita de si”, ou de um olhar de dentro, cujas questões ideológicas merecem ser observadas, mas na sua relação dialética (conforme o método sugerido por Antonio Candido[2] que visa verificar no texto literário uma estruturação formal do extraliterário) com as questões estéticas para não incorrer no risco de uma leitura reducionista. Esse é um dos meus objetivos na análise-interpretação desse romance. Mesmo assim, pelo tom de criticidade a uma determinada sociedade real (ou seja, não imaginária), implementado no romance, gostaria de saber a sua opinião sobre a relação entre os elementos estéticos e o viés ideológico, pensando, inclusive, no autor em sua postura ética.
              


Lo primero es desterrar toda noción de fundamentalismo geográfico, tan peligrosa y perversa como el fundamentalismo político, racial, de géneros, o religioso. 

Leonardo Padura es más un ciudadano español que un ciudadano cubano. Gracias a España es que su obra literaria y periodística puede sobrevivir en Cuba. Gracias a España (y a su flamante pasaporte español) es que este autor puede viajar por todas partes del planeta y regresar a su propio país, algo que le es negado al resto de los cubanos, que dependen de la voluntad arbitraria del gobierno de La Habana para poder salir y entrar a Cuba (Padura también, por cierto). Gracias a España es que Leonardo Padura reside el 90% del tiempo fuera de Cuba, país donde él no posee ninguna fuente de ingreso, pues desde hace décadas él está desempleado en la Isla.

Lo segundo es no subordinar nunca la literatura a la realidad. La literatura crea a la realidad y no al revés, digan lo que digan los teóricos del marxismo cultural. 

Aunque el propio Padura lo ignore, su obra es una invención memorialística y emocional de Cuba: no una crónica, sino una condensación creativa de su realidad. Mario Conde en la vida real sería inverosímil: su reino está limitado a la ciudad letrada y, por supuesto, al alma secreta de su nación de lectores. 

De ahí la fuerza formidable de la ficción. De ahí el miedo hacia los escritores y la manipulación con que Fidel Castro siempre los trató, entre la zanahoria y el garrote, entre el premiecito y la prisión, para evitar que las “ficciones de autor” (un término de Ricardo Piglia) compitieran con la “ficción de Estado” que era el castrismo como tal. Una ficción que hoy, por cierto, está en plena descomposición, pues, muerto el Narrador en Jefe, Cuba se ha quedado sin fuerzas ficcionales para crear consenso y gobernabilidad. 

Padura, aunque lo niegue con pánico oportunista, es un actor más político hoy en Cuba que cualquier miembro del Consejo de Estado, el Consejo de Ministros, la Asamblea Nacional del Poder Popular, o el Comité Central del Partido Comunista de Cuba (el único legal).

El sesgo ideológico de Padura es sólo una máscara: la novela de su vida. Él es un hombre que no cree en el socialismo, pues conoce bien de toda la barbarie cometida por este sistema a nivel mundial (como todos los sistemas lo hacen), con la complicidad criminal de los Castros en Cuba. Pero Padura tiene que insistir patéticamente en que es un producto crítico “desde dentro” de la Revolución Cubana (el mercado se lo exige así: al capitalismo le encantan las dictaduras alternativas al statu quo). Incluso, Padura tiene que fingir cierta heterodoxia de izquierda, cuando en realidad su única experiencia existencial en Cuba es la de habitar en una nación sin esfera pública, sin sociedad civil, en un régimen monolítico-monárquico tanto por Ley como por Constitución, sin la menor noción de lo que es un espectro político funcional, la separación de poderes moderna, y mucho menos la diversidad multicultural. 

El intelectual cubano contemporáneo ya no es un ser subdesarrollado, sino un engendro contradesarrollado.

No se le pueden pedir peras a Padura. Nuestro hombre en Mantilla ha hecho muchísimo desde su trinchera novelística en medio del fin de la tiranía cubana. Y tenemos que dejarlo que maniobre ahora a su conveniencia para no quemar demasiadas naves al interior de la Isla, pues nadie está a salvo de la represión en la Cuba de Castro. Nadie está a salvo de los mecanismos anónimos de la muerte que aplica el Ministerio del Interior como tácticas de biopolítica estalinista: muerto el hombre, se acabó el problema del hombre. Padura lo sabe.



Quando do lançamento do romance na Argentina, e a partir de uma entrevista de Padura ao jornal La Nación, no ano de 2014, o politólogo e sociólogo Atílio A. Borón levantou uma questão em torno da entrevista, pelo fato de Padura omitir o Embargo Econômico dos EUA como causa do desencanto (las ilusiones perdidas) de uma geração cubana, da qual Leonardo Padura faz parte e que está amplamente representada em seu romance. Essa crítica provocou uma polêmica que envolveu outros intelectuais como, por exemplo, o cubano Guilhermo Rodriguez Rivera, professor do curso de Letras da Universidade de Havana. O dossiê sobre essa polêmica pode ser visto pelo site http://www.atilioboron.com.ar/2014/05/intelectuales-imperialismo-y-revolucion.html
Qual a sua posição frente a esse debate?


Atilio Borón es una persona de posiciones anti-democráticas, que justifica la represión cultural y política de la dictadura de los Castros: no sólo en contra de los intelectuales cubanos, sino también en contra de toda nuestra nación y exilio. 

El embargo norteamericano no es la causa de la mediocridad e ineficiencia de las llamadas empresas socialistas estatales en la Isla. El embargo norteamericano no es la causa de que el pueblo cubano emigre en masa hacia cualquier otra parte, con tal de poder disfrutar de los derechos ciudadanos que en la Isla le son negados desde 1959, empezando por el derecho de votar en elecciones multipartidistas y tener propiedad privada. El embargo norteamericano no es la causa de que el domingo 22 de julio de 2012, por poner sólo un ejemplo, el Ministerio del Interior cubano asesinara a los líderes opositores Oswaldo Payá y Harold Cepero en una carretera del oriente cubano, pretendiendo después disfrazar la escena como un accidente automovilístico (esa debería ser la novela de Padura, pero Mario Conde se resiste a investigar ciertos casos). El embargo norteamericano no es la causa de que los libros de Leonardo Padura no se reediten casi en Cuba, y que este autor, como tantos otros, sufra censura cínica por la falta de promoción y de distribución de su obra en su propio país (a la par que le imponen el Premio Nacional de Literatura para captarlo/coptarlo/coartarlo). 

Atilio Borón, como todos los ideólogos de la izquierda latinoamericana, son en parte cómplices de lo que ya es y será en el futuro inmediato el pueblo cubano, cuando desaparezca del todo la dictadura de los Castros: un pueblo profundamente de derechas, donde el socialismo es radicalmente impopular y considerado por la mayoría como un sistema retrógrado y reaccionario.

Cuba será un bastión inexpugnable del capitalismo continental. Y de su secuela de ganancias y groserías. Vivir para ver. Recuerda que te lo dije hoy.

Gracias.






[1] KLINGER, Diana. Escritas de si, escritas do outro: autoficção e etnografia na narrativa latino-americana contemporânea. Tese de doutorado apresentada ao Instituto de Letras da UERJ, em 2006. P. 19. Arquivo PDF.
[2] CANDIDO, Antonio. Literatura e sociedade. estudos de teoria e crítica literária. 8 ed. São Paulo: Nacional, 2000.

Isauro, la 1, y el supremacismo blanco

CAPÍTULO 11. 
Isauro, la 1, y el supremacismo blanco


        La ruta 1 era del paradero de Párraga. Iba hasta el muelle de Luz, creo. Y atravesaba Lawton de una manera muy rara. Cerca de la loma del Burro, bastante lejos de mi casa.

        Recuerdo cuando las 1 eran Leylands. Las ventanas tenían barrotes y había un cordelito con una campana. Igual que ahora lo tienen aquí.

        La ruta 1 en los Estados Unidos va desde Clayton hasta la estación de Central West End, haciendo un lazo en la Washington University de Saint Louis.

        Es una 1 que pasa justo por el frente de mi casa, en Waterman Boulevard. Años atrás, en Providence, Rhode Island, también viví un tiempo en otra Waterman Street.

        A falta de mar, Waterman.

        De noche, esta 1 la maneja un blanco traslúcido. Un hombre de otra época. De completo uniforme, tan azul como las venas que se asoman bajo su piel. Con un reloj analógico de guaguero colgando de la correspondiente cadena a imitación de la plata.

        Las manos de uñas cuidadísimas, de mujer. El cuello del uniforme almidonado, acaso por una mujer. Y una gorra de reglamento, tan respetable como risible en su rigidez.

        Ignoro su nombre. Yo lo llamo Isauro.

        Como el Isauro chofer que vivía en mi cuadra de Lawton.

        He debido venir inverosímilmente hasta el Mid-West norteamericano para reencontrarlo.

        Isauro era el esposo de Tati. Se murió en Cuba un día de entresemana, a las cinco de la tarde.

        Esto lo recuerdo por Tati, que decía siempre, sin importarle mis cinco o seis años:

        ―Cada día, a las cinco de la tarde, lo que quiero es que la tierra se abra y me trague.

        Y un día la tierra la complació.

        Su Isauro era igual que mi Isauro. Un blanco traslúcido, otro hombre de otra época anterior a las que les tocara en suerte o por desgracia vivir.

        Igual los dos de completo uniforme, un azul venoso. Y uñas delicadas, lenguaje delicioso, más el retintín de sus descomunales relojes de cuerda pendulándoles a la cadera, según los frenazos y baches de sus respectivas guaguas. Las 1.

        Hay noches en que pienso que el Isauro de Tati me ha venido a buscar hasta este barrio sin memoria en la ciudad segregada de Saint Louis.

        Hay noches en que sueño con él, con ellos. Los Isauros, isómeros de mi muerte mansamente Missouri.

        Aunque parezca imposible, los dos me contaron historias de conspiraciones y almas en penas. El primer Isauro, en cubano. En el aire límpido de aquella Cuba recién nacida de los años setenta. Y el segundo Isauro, en inglés. Citando canales de YouTube y emisoras de radio a las que él llama puntualmente después de la medianoche, para persuadir de su paranoia a un público mucho más populoso que yo.

        He tenido el privilegio que le fuera negado a Tati.

        Ver otra vez a su Isauro. O al menos imaginarlo en mi otro Isauro.

        Choferes de la 1. Blancos espectaculares. Una raza ciertamente superior, comparada consigo misma.

        Hombrazos calculo que con menos de setenta años. Pulcros, inteligentes, amorosos con sus mujeres, y quién sabe si hasta un poco adúlteros, como es debido, pero sin fallarle jamás a la casa.

        Muertos cada uno antes de su tiempo. Pero, a la vez, cada cual muerto justo a tiempo para evitarse a sí mismos la humillación de envejecer demasiado.

        Choferes sabios de la ruta 1, al volante de una vida sin renegar de su condición de mortales.

        Todo lo contrario de mí, que los recuerdo aquí y allá a ambos, pero a fuerza de ser precisamente una especie perversa de anti-Isauro.

        O, en el mejor de los casos, a fuerza de ser una estéril encarnación, mitad tempranera y mitad tardía, de la pobre Tati de los setenta cubanos.

        El exilio, aunque sea de mentiritas, es ser una Tati un día cualquiera de entresemana, asomada con azoro al borde de aquellas primeras cinco de la tarde.


        

domingo, 22 de octubre de 2017

Benditos barberos de la barbarie


Benditos barberos de la barbarie
Orlando Luis Pardo Lazo


Una cosa no pudo destruir el comunismo cubano: las barberías de barrio.

En mi barrio Lawton de las afueras de La Habana había básicamente dos (la memoria es así de injusta): la barbería de Eliodoro (cuyo nombre nunca supe si se escribía con H helénica), un caballero republicano siempre fino y solitario y muy contrarrevolucionario sin declararlo; y la barbería de una especie clásica de El Gordo y El Flaco cubanos: Madera y Miguel Ángel (aunque en realidad debería decir: Madera versus Miguel Ángel, pues siempre se estaban fajando sólo para enseguida reconciliarse).

Estoy hablando de los años setenta y ochenta cubanos, esa edad de oro donde tuve padres obreros, y vecinos del alma para toda la vida, y fui un hijo único, arrogante y feliz, que me preciaba de haber leído más que cualquier adulto a mi alrededor, y de conocer la ortografía de la palabra “Reykjavík”: ciudad fuera del mapa donde el cowboy Bobby Fischer derrotó a los hermanos soviéticos en ajedrez (para alegría artera de mi padre, ese otro gran gusano adorable).

Era la Cuba del actual castrismo nostálgico, donde poco importaban las decenas de miles de presos políticos, los expatriados de por vida, la violencia de Estado como pedagogía patria. Porque era, también, una edad pre-escolar, pre-púber, pre-política, donde yo no podía ser ni siquiera insolidario, pues esa palabrota aún no existía en mi vocubalario.

Cuba era entonces el mundo. Y el mundo era un lugar nuevo y verdadero. Hasta las estaciones del año eran distintivas y amables. Nadie moría nunca, de no ser estrictamente inevitable, por haberse equivocado en algo o por haber envejecido innecesariamente antes de yo nacer.

Los rostros de Lawton eran una extensión de mi psique. Y las fachadas, una extensión de mi cuerpo, que se suponía que no iba a crecer antes de tiempo (pero creció). Las dos barberías del barrio, por ejemplo, eran como templos eternos donde habitaba el aura de mi modernidad infantil, para nada infantilizada. Sé que nací adulto. Mi niñez vino mucho después, con la sexualidad y el exilio: es decir, ahora.

Madera y Miguel Ángel era bastante crueles en su diario juego de rol (nunca cogían vacaciones). No pocas veces los descubrí haciendo chistes machorros a la espalda de mi papá, y entonces yo fingía no entender nada de lo comentado, tal como el buenazo de mi padre tampoco se daba cuenta de la humillación. Sus navajas mutuas, alzadas al aire, eran un recordatorio del poder afilado que ostentaba aquel par simpar de nuestro El Gordo y El Flaco. Y eran, también, un déjà-vu de todas las tragedias entretelones que rebotaban en mi imaginación, pero que yo me resistía a creer (ya sin imaginación, todavía hoy me resisto).

Eliodoro, sin embargo, era otra cosa. Sobrevivió al holocausto de cánceres que chapeó bajito al resto de las barberías de La Habana. Y sobrevivió incluso a la Unión Soviética y al campo comunista mundial, aquel héroe tan hidalgo y señorial del post-proletariado cubano. Con su sillón fundido en Chicago, Illinois, Eliodoro se hizo cuentapropista y se dispuso a llegar cómodamente de pie hasta el año cero.

Y así fue. Llegó pelando y haciendo cucarachas hasta el mismísimo siglo XXI. Las venas se le salían por la piel. Sepia sobre azul. Las palabras se le salían por los ojos, de tanto mundo que había vivido sin moverse de su salón (nunca viajó fuera de Cuba, supongo que tampoco salió fuera de La Habana).

Ya no entendíamos nada, ni Eliodoro ni yo. Su nombre y el mío recuperaron en los años dos mil sus respectivas haches ausentes: Heliodoro, Horlando… No sé si llegó a ser un nonagenario. Tampoco estoy seguro de que el pobre príncipe manos-tijeras reconociera en mí a aquel niño-estrella de mediados de los setenta. Pero yo sí siempre reconocí en él a un semi-dios, a un titán intocado por las taras del totalitarismo cubano, a una encarnación del Bien y el sentido común sobre lo que entraña ser un ciudadano sin ciudadanía, y encima comentar como un especialista profano los periódicos a diario.

Sabía que esto iba a pasar. Tan pronto como salí al exilio, Eliodoro murió. Fui y viré de Reykjavík. Bobby Fischer yacía allí, abandonado hasta por su rabia legítimamente antinorteamericana. Eliodoro cayó al suelo por pura ingravidez inercial. Y nos enterró a ambos de un tijeretazo mal dado, ojalá que junto a alguna de las incontables escalinatas de Lawton, con aquellos horrendos bustos ancestrales donde nadie en su sano juicio reconocería a José Martí.

Eliodoro debe de haberme tocado el cráneo más de lo que ningún ser humano podría tocármelo: es probable que lo haya hecho crecer entre sus manos de mujer percudida con colonia barata. Eliodoro respiró de mi respiración, seguramente (yo aguantaba la mía para no respirar su aliento). Eliodoro arrancó de mí metros y metros de pelo: al principio, rubios y lacios, como de niña mimada; después, pardos y secos, como de cadáver sin género. Eliodoro y yo nos hemos quedado ahora sin compartir mis primeras pero copiosas canas. Es desolador deambular por el planeta sin él custodiando en la retaguardia a mi biografía.

Una cosa no pudo destruir el comunismo cubano: el cariño memorioso de sus deshabitantes.