sábado, 4 de noviembre de 2017

La casa de los gordos

La casa de los gordos
Orlando Luis Pardo Lazo

Mi padre copió en un cuaderno mis primeras palabras. Me jodió completo con ese gesto intelectual.

Era tan temprano. Finales de 1971 o inicios de 1972.

Justo cuando me bautizaron. En el convento de Lawton, una mole gris que se empina, ruinosa, entre las escalinatas de las calles 11 y 10. En ese orden.

Las monjas, expulsadas. Los pioneritos, presentes. Los fetos que dicen que aparecían bajo las losetas de los baños. Bajo los grafitis de penes como espadas de Voltus V y vaginonas abiertas como páginas.

Fidel convirtió la mayor parte de la iglesia en una escuela. Primaria y secundaria.
La Iglesia de la Camilo, la llamábamos.
Por Camilo Cienfuegos, claro, el héroe de Lawtonguajay. Con su barba de fornicador de barrio y su sombrero alón, que tan bien encajaba en los octosílabos obtusos del socialismo.

Titi, pollo.

Pupú, carro.

Mi padre y su manía grafómana.

Papu, zapato.

Aba, agua.

La escribidera de aquellos sonidos, que por entonces no significaban nada, sería lo que luego me haría escritor.

Cacán, Pascual.

Nerru, negro.

Nerru como Miguel, el brujo de al lado. Con sus toques de santos y sus sacrificios sangrientos. Justo en el cuchillo donde se cortan las calles de Fonts y Beales, que un poco antes simulaban ser paralelas sólo para cruzar de la mano la Avenida Porvenir.

Todavía conservo las notas de mi padre. O, debo decir, las mías.

La caligrafía de Dionisio Manuel Pardo Fernández es el inicio verdadero de esta novela. Una historia homónima que se llama mi vida.

Es increíble como cualquier tiempo gramatical se me parece más y más al pasado. Pero es lógico. Desde hace por lo menos dos décadas los cubanos tenemos la sensación de que ya todo pasó.

De que ya todo nos pasó.

Ha sido una década doble en realidad.

Irreal. Decrépita, desquiciada.

Al siglo XXI nunca lo inauguramos del todo. Quedo trunco, allá. A mediados de 1989. No se hagan los que no saben. O, mejor, en algún punto impreciso de 1991. Castrismo a la capicúa.

Isla y asilo son palíndromos potenciales.

Escribo esto en el invierno de 2017 y es obvio que seguimos en una especie de sobrevida. Podemos correr ahora como gallinas decapitadas, pero el siglo XX no se irá a ninguna parte hasta que los cubanos no le demos su despedida debida.

Sin prisa. Sin presión.

Apáticos, aparatosos.

Tétricos, teatretros.

Así hemos sido y así seremos siempre los cubanos.

Puro despilfarro pero, paradójicamente, un pueblo en cámara lenta. Que no sabe ni decirse a sí mismo adiós.

De ahí nuestra fascinación fascista con todo lo que huela a velocidad, a energía cinética acelerada, a quemar algunas naves y todas las etapas.

Burlarse de los que saben. Retrasar a los que resaltan.

Degradar toda grandeza. Un pueblo de parejeros y empalizadas.

De ahí nuestra vocación de lanzarnos al vacío. Nuestra fobia de quedarnos en casa y nuestra compulsión de calle.

El caudillismo que nos corroe como si fuera carcoma.

Nuestra pulsión neurótica de empezar de cero sin saber definir siquiera el concepto de cero.

O sí. Lo sabemos de sobra a la vuelta de casi sesenta años.

Empezar de cero significa empezar de nuevo la Revolución.

El horror como hado. La historia como hechizo.

No fue Fidel. Fuimos nosotros.

Miles de fusilados. Miles y miles de presos políticos. Miles y miles y miles de exiliados. Mientras mi madre me llevaba a comprar ropa que le sirviera a mi padre. En La Casa de los Gordos, sita en Belascoaín entre quién recuerda ahora qué y qué.

La amnesia como bendición.

No sabemos lo que pasó. Lo que nos pasó.

Por eso siempre andamos inventando y yéndonos por las ramas.

En la ropa de mi padre cabía yo quince veces. No era gordo, pero tenía una panza descomunal. De mujer embarazada. 

Así se lo gritaban a veces por la calle.

La cubanía es eso. La imposibilidad de estar a solas con uno mismo. En este sentido, la tiranía ha sido apenas una exageración.

―Vaya, gordo, ¿son trillizos, cuándo los pares?

Yo fingía no entender lo que le gritaban a mi padre.

Él fingía no notar que yo lo entendía todo, probablemente desde que él mismo comenzó a transcribir mis palabras.

Ami, madre.

Apa, padre.

Lala, Georgina Valladares. La vecina del frente, que por más que engordó poco a poco, siempre lucía fragante.

Ati, Tati. Y ya ustedes saben todo lo que tenían que saber de Tati y la muerte de Isauro a las cinco de la tarde.

―Tierra, ábrete y trágame.

Hasta que un día la tierra se compadeció con Tati.

Permítanme repetirlo.

Miles de muertos por el placer de matarlos. Miles y miles de presos políticos en una Isla donde los políticos desaparecieron como dinosaurios. Miles y miles y miles de recién nacidos en un exilio que tiene el corazón en Cuba y la mente puesta en ninguna parte.

Una nación zombi que se deshacía mientras mi madre, tan oronda, me sacaba a pasear por Centro Habana.

María Lazo Martínez, hoy octogenaria, tenía el sentido común de concentrarse en lo verdaderamente importante para que mi casa fuera una casa. Y por eso llevaba a su hijo único a comprar pantalones, camisas de cuadros, y calzoncillos de patas largas que encajaran en la cintura amniótica de mi padre.

Tú y yo sabemos que ese hogar es para siempre irrecuperable.

Así y todo, no nos podemos quejar. El exilio es como ganarse el premio gordo de la lotería. Compramos tiempo y espacio a cambio de renunciar a nuestra biografía.

Fidel como Fausto.

El marxismo como un manual para Mefistófeles.

Nos echamos margaritas a nosotros mismos.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Necrológica


Capítulo 18. Funeraria Facebook

Orlando Luis Pardo Lazo

       
        Ya tengo más amigos muertos que no muertos.

        Por eso casi nunca lo cargo.

        No duele, ni nada. No se trata de eso. Pero abrir mi página de Facebook me provoca una sensación muy extraña.

        Aquí les dejo el enlace, como testimonio de no sé qué:


        Es la sensación de que ya no hay nadie.

        Muros y muros emaciados. Perfiles apátridas. Fotos con etiquetas que nunca etiquetaron a nadie.

        Mi mouse los recorre en silencio.
        Pabellones nocturnos. Claustros digitales de mármol.

        Likes y Shares de cuando la vida incluía a Cuba y a los cubanos. El historial se nos ha ido convirtiendo en un prehistorial.

        Timelines sin línea del tiempo.

        Comentarios como lápidas.

        Memes mortuorios.

        Cubansummatum est.

        Se fueron a otra parte los exiliados. Siempre me hacen la misma gracia. Del clarín escuchad el silencio. A las almas, violentos, corred.

        De hecho, es como si nunca hubieran estado aquí. La carencia de paisaje geográfico no nos permite a los cubanos habitar en ningún otro páramo.

        Llámese web o telaraña. Llámese ballena o basura blanca.

        Digamos que me llamo Orlando Luis.

        Abrir Facebook es como caminar por un campo minado. Nuestra mala memoria siempre está a punto de hacer implosión.    

       Alzheimer es el nuevo héroe. La intemporalidad de la que hablaron dos o tres  escritores malditos. Malditos norteamericanos.

        Servicios necrológicos para una ciudadanía virtual. Campañas de crowdfunding para un velorio de masas.

        El muerto que lo ponga otro.

        Amanece en Saint Louis, Missouri. Estado de fascismo Anti-Fa y apartheid Do-Re-Mi-Fa.

        Abro mi página y publico este post.

        Solipsismo Sol-La-Si-Do.

        Lo anuncio como un capítulo del nuevo libro que antes de fin de año me publicará Hypermedia.

        Una editorial fantasma que sólo los cubanos no leen.

        Ya tiene título y todo. Que la patria os covfefe orgullosa. Es lo único que tiene por el momento. Título y todo.

        Me basta con unas cien páginas. No dejaré títere con cabeza.

        Será un cuaderno epitafio. Bitácora de la barbarie y la bellaquería.

        Música del Titanic. Para aquellos cubanos que aún creían en la cubanía.

        Será el libro del trumpismo cubano. Para horror de mis antiguos amigos de izquierda.

        Será el libro de la derecha intelectual cubana, esa ausencia ancestral que debió de llamarse decencia y terminó siendo decrepitud.

        Será, también, o al menos así lo intuyo, el libro del sionismo cubano.

        Necesitábamos tanto a un sionismo.

        Pero al exilio cubano esa urgencia, desde el mismo primero de enero de 1959, parece que se le olvidó.

        No hicimos nada para encontrar otra tierra prometida. Para inventarla, para imponérnosla.

        A falta de Isla, imaginación.

        Y eso es precisamente lo que no tenemos. La imaginación de los cubanos era verde oliva y se la comió un barbudo.

        Muerto Fidel, se acabó la Revolución.

        Y, sin Revolución, Facebook funciona apenas como un cenotafio.

        Cementerio sin muertos. Cremaciones al por mayor.

        Polvo seremos, mas polvo desmemoriado.

        Big Habana Inmemorial Park.

        No dejaremos ni un huesito sano para los arqueólogos. Ni una tibia ni un peroné como testigos del totalitarismo insular.

        Caballeros, que aquí no ha pasado nada.

        Menos que cero. Olvidar incluso al olvido.

        Estoy seriamente considerando la imposibilidad de no volverme a loguear.

        Discúlpenme. Tampoco es culpa de nadie.


        Una vida en falso lo menos que se merece es una muerte falsa como colofón.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

TENDER TINDER

PARA ESMÉ, EN TINDER
Orlando Luis Pardo Lazo


        Instalé Tinder. Casi no tengo memoria libre en el móvil, pero me puse a borrar cosas importantes y recién lo instalé.

        Ahora me paso el día metido en la aplicación.

        Swipeando mujeres entre 40 y 50 millas a la redonda.

        Son un montón. Todas las mujeres de Missouri, Illinois, Indiana, Arkansas, Kentucky y Tennessee están en Tinder.

        A este ritmo, supongo que todas las mujeres de todos los estados de Estados Unidos igualmente lo estén.

        Tinder es la nueva globalización.

        Otra manera de estar ausentes. Es decir, de estar pero siempre en otra parte de donde realmente estamos.

        Yo les doy Like a todas. Me encantan. Cositas más ricas y angelicales. Espero que por esta conducta no me denuncien como depredador sexual.

        No otra vez, por favor.

        Si estamos en Tinder asumo sea para eso. Para depredarnos los unos a los otros. Para no tener que hacer nada antes de encontrarte con una desconocida en la barra de un bar.

        O entre las sábanas de tu cama o de su cama.

        Tinder es una tentación.

        Seguro que es una app rusa. Como Imo, que todos los cubanos la usan para llamar a Cuba en video.

        Pero después de décadas de vivir desnudos ante la Seguridad del Estado cubana, esos bolos con peste a grajo no nos van a meter miedo con sus spywares.

        Ni con sus Kaspersky para espiar a la vez a Crooked Hillary y a Deplorable Trump.

        En Tinder un tiempo atrás conocí a una muchacha. Hablamos unos días por chat. Después me dio su teléfono.

        Esmé me dijo que se llamaba Esmé, que estudiaba Escritura Creativa en la Washington University de Saint Louis, y que su familia era de un rancho en Ohio.

        Su ex-familia. Porque una ataque terrorista a la zona supuestamente segura de Bagdad la había dejado sin padres en el 2003, cuando ella estaba por cumplir trece años.

        Por supuesto, ni Salinger de estar vivo se hubiera creído ese cuentazo. Mejor así.

        Dejé que mi Esmé narrara lo que a ella le viniera en gana.

        Que narrara digitalmente lo que a ella le viniera en gana en general.

        Lluvia de escualidez por chat primero y por SMS después. También nos escribimos algunos correos. El mío es orlandoluispardolazo@gmail.com de toda la vida. El de ella, no menos predeciblemente, era withloveandsqualor@yahoo.com.

        Loquita anglófona de Bagdad, Ohio. Ojalá se hubiera convertido al islam.

        Así se nos iban las horas. Texteando sobre esto y aquello, y sobre la vida muy en general. No teníamos casi nada en común. Pero igual cuando nos despedíamos, yo siempre me quedaba con ganas de darle un abrazo.

        De olerle la piel y el pelo.

        De que me tratara con la inocencia con que una Esmé debe tratar a un gato.

        Y de dormirme entonces con mi cara hundida en su sexo. Sin lamerla. Sólo echarme a dormir allí.

        O, tal vez sí, babearme un poco y que su sexo me babeara de vuelta a mí. Mis mejillas, sus labios.

        Pero sólo por un rato. Sin pizca de excitación sexual. Apenas como un gesto de mutua ecuanimidad. Hasta que quedarnos dormidos los dos, los dos sin decir ni miau.

        Una noche, sin avisar, me llamó.

        Me dijo, en inglés:

        ―No me llamo Esmé. Y no me importa si tú te llamas Orlando.

        Silencio.

        Estática.

        Silencio.

        ―Nadie más en el mundo podría hacerlo. Ayúdame, no me dejes morirme sola en este hospital.

        Todo el tiempo en que no habíamos comunicado, ella estaba ingresada allí. En una mole de concreto art-decó, no muy lejos de mi casa. El Barnes Jewish Plaza, en la salida de Kings Highway hacia la Interestatal 64.

        Al mediodía siguiente fui a verla.

        Era blanca, casi albina. Pecosa, pelirroja. Los ojos de una verde antinatural.

        Tenía las téticas aún paradas. Buche doble de palomita.

        Se conservaba muy bien. Todo en ella rezumaba vitalidad.

        Pensé que su llamada de la medianoche anterior bien podía ser un chiste.

        Lo pensé, entre otras cosas, por pánico de morirme. Y porque al olvido de estar vivos siempre es conveniente pensarlo.

        Nunca le pregunté la edad. Calculo que serían unos cincuenta y pico largos. Pero no pasó mucho tiempo antes de darme cuenta de que Esmé muy pronto tendría una ausencia absoluta de edad.

        Así que ya daba lo mismo sumarle o restarle cualquier número imaginario de años.

        Esmé era ahora la raíz cuadrada de menos uno.

        Sus siete o nueve vidas de gata a imitación de Salinger se le acababan a cuentagotas. Literalmente, a cuentagotas. Con cada suero con que los médicos le entretenían el alma, para disuadirla de que emigrara sin avisar a nadie hasta Ohio, Iraq.

        Acaso con una escala técnica en Devon, Inglaterra, para engrasar las armas o pactar por fin el armisticio en el próximo mes de abril de 1944.

        Sonrió al verme. Me tomó de las manos. Hizo como si me halara hacia ella, pero no ejerció sobre mí el menor par de fuerzas de acción y reacción.

        La mecánica de Newton no se aplicaba en aquella sala del hospital Barnes Jewish Plaza.

        Esmé era ahora la ingravidez de una ecuación cuántica: Esmé es igual a mc2.

        Esmé, mi gata de Schrödinger con perfil falso en Tinder.

        Esmé, miau.

        Si lo ves, dile a Salinger que desde que yo estaba en Cuba lo amo.

martes, 31 de octubre de 2017

APARTHEID MIGRATORIO CUBANO

Para difusión inmediata:

Régimen cubano prohíbe a la viuda de Oswaldo Payá entrar a Cuba a visitar la tumba de su esposo.
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En la mañana del miércoles 26 de octubre de 2017, Ofelia Acevedo, ciudadana cubana viuda de Oswaldo Payá, líder opositor, Premio Sajarov del Parlamento Europeo fue forzada por el servicio de emigración cubano a abordar un avión rumbo a Miami luego de que se le comunicara que tenía prohibido entrar a su país.

Ofelia regresaba a La Habana por primera vez después del atentado que terminó con la vida de su esposo en el año 2012, la acompañaba su hija  Rosa María Payá, quien reside en la Isla.

“Regreso a visitar la tumba de mi esposo asesinado por el régimen, y a demandar legalmente el informe que el gobierno cubano nos ha negado arbitrariamente durante más de 5 años”, expresó Ofelia Acevedo antes de partir a La Habana.

Al aterrizar en La Habana los servicios de emigración informaron a la madre y a la hija que solo Rosa María podía entrar al país, por ser residente en la Isla, pero que el Estado Cubano le prohibía la entrada a la ciudadana cubana Ofelia Acevedo.

“Dijimos que no nos moveríamos hasta no nos dijeran  porqué estaban violando el derecho de mi madre a regresar a su propio país, pero el oficial de emigración Hernández Báez dijo desconocer la razón. Estuvimos desde las 10:30 de la mañana hasta las 4 de la tarde sentadas en el salón de emigración rodeadas por agentes de la Seguridad del Estado, demandando una explicación, hasta que mi madre fue forzada a abordar un vuelo a Miami”, explicó a la prensa Rosa María, quien se quedó en Cuba.

Las leyes cubanas despojan de la condición de residente en Cuba, y de todos sus derechos ciudadanos, a cualquier ciudadano cubano que pase más de dos años consecutivos fuera del país. Los cubanos no residentes en Cuba requieren de una habilitación especial en su pasaporte cubano para ingresar a la Isla, habilitación que fue otorgada a Ofelia Acevedo por el consulado cubano en Washington en Agosto de 2017.

Dos días después de prohibirle la entrada a Ofelia Acevedo, el gobierno cubano hizo públicas una serie de medidas entre las que se encuentra la eliminación del requisito de la habilitación del pasaporte para los ciudadanos cubanos no residentes en Cuba, las que entrarán en vigor en el próximo enero 2018.

Sin embargo, “las nuevas medidas no impiden al gobierno cubano continuar decidiendo quien entra o sale del territorio nacional, pues la obtención del pasaporte sigue estando condicionada a la voluntad del Estado, los cubanos emigrados continúan desprovistos de residencia y de derechos ciudadanos en Cuba, y los servicios de emigración en frontera continúan habilitados para negar la entrada a cualquier cubano no residente en Cuba, o la salida a cualquier cubano residente en Cuba según la voluntad del Estado”, aclaró Rosa María Payá.

En los últimos seis meses decenas de miembros de la sociedad civil cubana han sido informados en el aeropuerto por los servicios de emigración que tiene prohibido salir del país.

Oswaldo Payá perdió la vida en un atentado acontecido en Cuba el 22 de Julio de 2012, según el informe jurídico de la organización Human Rights Foundation1La información que fue revelada en los meses posteriores al hecho […] sugiere la responsabilidad directa del régimen cubano en la muerte de Payá y Cepero. Específicamente, la evidencia excluida de manera deliberada (por las autoridades cubanas) apunta a que los hechos ocurridos el 22 de julio de 2012 [fueron] el resultado de un hecho automovilístico provocado deliberadamente por agentes del Estado (cubano).Hasta el día de hoy las autoridades cubanas niegan a la familia Payá y sus abogados todo acceso a información pericial, y el informe de autopsia del cuerpo de Oswaldo Payá.

1.      http://www.oswaldopaya.org/es/up/Caso_Oswaldo_Payá_-_SPA.pdf