jueves, 7 de diciembre de 2017

JODER A LA JIRIBILLA

VOLVER A CUBA
Orlando Luis Pardo Lazo

Hoy he vuelto a la Isla. Volví de verdad. Volví tal y como yo era en Cuba. Inclaudicable, escapado. Tránsfuga, fulminante. Un cubano caído del futuro, en medio de las alambradas y de la mediocridad decrépita del Estado revolucionario.

Volví porque me publicaron una columna en Cuba. En una web oficial, eso no importa. Hoy la hice un poco menos oficial. La Jiribilla también ya puja por sacarse de arriba a la tiranía totalitaria y comienza a mostrar las grietas de la verdad: es decir, los síntomas clínicos y críticos de que ya nadie-nadie-nadie en Cuba quiere vivir en el pasado, ni en la mentira, ni en la manipulación, ni en la muerte.

Toqué tierra cubana de nuevo con un texto mío. Uno de esos de mis amados textos que son tan inimitables, tan íntimos para mí e intimidantes para los cubanos. Tan entrañable. Una columna de Orlando Luis Pardo Lazo de vuelta en la Isla después de justo diez años. Una opinión ficcionalizada, tecleada con el radicalismo lúdico y desquiciado de mi lenguaje, con la belleza bruta que emana de todo cuanto hago y haré, desde mi escritura extrema más allá del castrismo y de su decrepitud funeraria.

Me sentí muy emocionado. Me sentí renacer. Hacía mucho que quería volver a Cuba. Pero la maldad de un régimen semicentenario nos tiene como rehenes a los doce o trece millones de cubanos. La miseria de un sistema socialista no por reumático, menos reaccionario. No por cómico, menos cómplice. No por acéfalo, menos asesino.

Esta columna no tiene tema. El tema soy yo, que me he convertido en un fantasma, y el tema es también el cariño que le tengo y me tiene a ese cubano o cubana que publicó mi columna contrarrevolucionaria en La Jiribilla.

Estoy seguro de que él o ella lo hizo a propósito. Ojalá se haya cuidado muy bien las espaldas, en medio de aquel pantano de patrañas y delatores. Estoy rezando por él o ella, ahora. Con el corazón, que es la casa de dios más allá de mayúsculas y religiones.

Los dos hemos hecho una conexión transgeneracional, así en la distancia como en el silencio, así en la tristeza como en el brillito de los ojos, que significan lágrimas de impotencia pero también de gratitud y, sobre todo, de satisfacción por ambos haber escupido sobre el ataúd de una ideología infame, insidiosa, que pasó de lo quijotesco a lo idiotesco y del izquierdismo a la imbecilidad.

Volver a ser leído por los cubanos de Cuba, los que muy pronto van a salir de Cuba por cualquier vía para ser entonces, como yo, otros cubanos sin Cuba. No importa. Hay más tiempo que vida y más vida que Revolución. Por el momento, la paz de haber construido un puente, otro puente, que se burla de la bestialidad de los autócratas castristas enquistados en el poder.

Su era pasó. Su época ya no existe. Ahora somos los fantasmas cubanos, dentro y fuera de la finca de la fidelidad, los que iremos volviendo, poquito a poco, para deshacer el maleficio de un marxismo mal leído pero muy bien aplicado en Cuba: a rajatabla.


Gracias, anónimo o anónima con nombre en La Jiribilla. Tu acción no se quedó en la nada. La tengo entre pecho y espalda, apuntalando mis días de la cercana distancia. Y en mi memoria para siempre jamás. Un día nos daremos un abrazo sin cámaras de vigilancia ni sanciones labores. Te amo y tú allí ya lo sabes. Como mismo sé que tú me amas y sabes que yo ya lo sé. Por eso te digo sólo: “Hasta ahorita”. Ya casi, casi. 

COVFEFE CUBANO DE TRUMP

PUEDES LEER ESTA ENTREVISTA Y CAPÍTULO DE LA "QUE LA PATRIA OS COVFEFE ORGULLOSA" EN ESTE ENLACE DE MARTINOTICIAS:





A partir de un error tipográfico en un twitter del presidente Donald Trump, el escritor cubano Orlando Luis Pardo Lazo (OLPL) ha hilvanado las historias de su nueva novela Que la patria os covfefe orgullosa, que Editorial Hypermedia alista para inicios de 2018.

En conversación con Martí Noticias, Pardo Lazo, que decidió quedarse en Estados Unidos en 2013 y ahora cursa un doctorado en Literatura Comparada en la Universidad Washington en Saint Louis, Missouri, reveló que se trata de una continuación de su primer libro Del clarín escuchad el silencio.

Ácido, cínico e irreverente, ¿no está Pardo Lazo de algún modo rindiendo culto a Guillermo Cabrera Infante y Reinaldo Arenas?

Es homenaje, sí. Yo he escrito incluso criticando al Maestro (Cabrera Infante), pero que nadie lo tome a mal porque para mí es un homenaje tremendo a la escritura de ese hombre que estuvo treinta años fuera de Cuba y jamás escribió un solo párrafo que no fuera cubano.

¿Es una lectura anti-Trump?

No para nada. Desafortunadamente Estados Unidos está viviendo un momento de mucha radicalización política. Yo he sufrido agresiones en la universidad, precisamente por lo contrario: me han acusado de ser un fanático de Trump por lo que comparto en mis redes sociales, en mi Internet, en mi Facebook…

En las universidades de Estados Unidos, hoy por hoy, la libertad de expresión está bastante comprometida, bastante en peligro y prácticamente cualquier criterio que se asuma de derecha, o en el caso de nosotros los cubanos anticastristas, pro-democráticos, pues de alguna manera nos aíslan en las universidades por el hecho de no tener un pensamiento socialista", explica OLPL.

Con solo cuatro años aquí, ¿no estarías haciendo solo una postal turística al describir algo como el exilio?


Lo hago con mucho respeto. Mi libro y mi voz reduccionista, delirante, no es más que mi visión. Todas las otras visiones del exilio histórico, de los exilios de los ’80 y ’90, tienen la misma validez y el mismo valor. Mi visión es más deconstructiva, más caníbal; yo soy el último que llegó y lo hago pateando la lata y haciendo ruido, pero eso no niega mi conocimiento de todo, toda la memoria histórica y lo que se hizo fuera de Cuba para ayudar a la causa de la libertad y lo que se hizo incluso para ayudar a cada ola de exiliado, incluido yo mismo.

Orlando Luis Pardo Lazo es autor de los libros Boring Home (narrativa”, La Habana abandonada (Fotografía), y las antologías de cuentos Generación cero y Cuba in Splinters (once historias de la nueva Cuba).
A continuación reproducimos un capítulo de su nueva obra, 
cedido por la editorial Hypermedia.


Make America Red Again

Cuando regresé de mi beca en Islandia pensé que me iba a morir de pena.

Los Estados Unidos me parecieron horribles esta segunda vez. No es lo mismo regresar a tu país, por muy mierdero que sea, que regresar del exilio a otro exilio. La sensación de abandono es inconsolable.

Igual no creo que todo haya sido subjetivo ni un espejismo emocional. Les digo que en menos de un año los Estados Unidos eran otros. Lucían feos y subdesarrollados.

Los vagones de los metros eran una cochinada. Las escaleras olían a orine. Había grafitis comunistas por todas partes. Y, peor, unos murales hechos por minusválidos o algo así, casi siempre con palomas de la paz que parecían gallinas genéticamente degeneradas.

Un país lleno de gente rara llegada de todas partes. Trapos de colorines. Jergas de consonantes fuera del alfabeto. Triptongos al trozo. Y un repingal de iglesias en cada cuadra.

In Church They Trust.

En verdad les digo, nunca vi tantas iglesias por metro cuadrado como cuando aterricé desde Reykjavík, vía Praga, vía Munich, en la aldea alguna vez altanera de Saint Louis.

Missouri, molicie.

Missouri, apartheid.

Missouri, mi amor.

Diríase que la hierba mala crecía a lo comoquiera en los jardines y parterres de media nación. Ya nadie quería ganar dinero. Era una especie de socialismo a la carrera. Indigencia e improvisación.

Y encima el presidente Barack Obama haciendo campaña electoral al descaro, para que la gente votara a ciegas por Hillary Clinton. Incluso chantajeando a la América negra para que no se atrevieran a simpatizar con el rubio de oro, y se cazaran con la rubia platino que el mulato les proponía.

Todos millonarios de oficio. Como debe ser. Eso sí les aplaudo a los tres.

Un país es la propiedad.

Y su presidente tiene que poseer propiedades, sólo así puede contar con intereses no imaginarios que defender en ese país como tal.

Desde que aterricé en Chicago, las pantallas del aeropuerto repetían a troche y moche los debates presidenciales. Me di cuenta de que, a todos y cada uno de los casi veinte candidatos republicanos, la gente los llama “fascistas” sin ningún tipo de recato.

Bush, fascista, acuérdate de Girón.

Rubio, fascista, acuérdate de Girón.

Cruz, fascista, acuérdate de Girón.

Y cosas así. Nada del otro mundo.

Con Carson no se atrevían, por no ser blanco.

Ben, acuérdate de abril, recuerda.

Y a Trump realmente no lo llamaban nada.

Trump era el tipo infiltrado del Partido Demócrata. El Agente Naranja espontáneo que garantizaría que el planeta entero se mofara de los veinte republicanos.

Trump era la patente de corso para que Hillary Clinton trampeara al cascarrabias de Bernie Sanders, y saliera electa por amplio margen como la primera mujer presidenta en la historia de los USA.

E pluribus hymen.

Así que no habría elecciones presidenciales en noviembre del 2016. Todo estaba atado y bien atado de antemano. El que se moviera no iba a salir en la foto. Y los demócratas terminarían gobernando la única democracia de las Américas por lo menos otros ocho años. Dieciséis en total.

Quién sabe si treinta y dos.

Ojalá que sesenta y cuatro.

Perfecto. Sin lío conmigo.

Me daba indolentemente igual.

USA no era, no es, y nunca será del todo mi maletín.

United Strangers of America.

Toda vez en el exilio, uno asume que más temprano que tarde tendremos que exiliarnos por tercera y probablemente por decimotercera vez.

Islandias elevadas exponencialmente al cubo, a la cuba.

A Cuba ni para coger impulso, compay.

Corneta, toque usted a degüello.

A Cuba, ni jugando.

Pero ese martes de votación, cuando el mapita de Google se empezó a poner rojo estado tras estado, yo empecé a ponerme a feliz.

Qué paradoja. El rojo del comunismo de pronto significaba todo lo contrario aquí. Un retroceso hacia el capitalismo salvaje. Basura blanca mercadotécnica. Invadir a alguna republiquita bananera y de paso a una potencia nuclear. Y, con suerte, hasta poner a otro norteamericano en la luna.

Casi una epifanía.

Creo que fui la única persona de costa a costa de la Unión que se alegró con la elección contundente de Donald J. Trump. Nació el mismo día que Ernesto Ché Guevara y Antonio Maceo, por cierto, para que vayan llevando cartas de cómo será la cosa.

A patada y machete.

Se trata de un superhéroe entre superhéroes. Goza, pelota, que tu marido está preso. Esta sí que nadie se la sabía, en medio de la ignorancia mediática de los USA: 14 de Junio, el Día T.

Ni siquiera los que votaron por él se alegraron demasiado de ganar en noviembre del 2016. Y, por supuesto, dentro de su Partido fue donde más se lamentó la victoria. Estoy convencido de que los republicanos, acorralados por la corrección política de izquierda y un complejo de culpa post-esclavista, hubieran preferido perder.

Los principios, primero.

Los profits pueden esperar.

Esta es la ética que ha esterilizado hasta el útero inútil de este país.

United Sterilities of America.

Fue una fiesta medio funeraria, algo macabra.

Martes 8. Miércoles 9.

Hacía un silencio ensordecedor.

En la CNN de Atlanta se fue la luz, dicen.

En California querían de pronto independizarse.

De Primera Dama, Hillary pasó a ser oficialmente la primera desaparecida política de los Estados Unidos. Hasta el día de hoy.

Entonces, a la medianoche, quien apareció fue el hijo pequeño del presidente, bostezando y cayéndose de sueño en cámara.

La izquierda oligofrénica, por supuesto, la cogió enseguida con él. Supongo que por ser blanco.

Quedaba así inaugurado el otoño del odio.

El otoño del renacimiento del odio en los Estados Unidos.

Hate Lives Matters.

Occupy Hate Street.

Al otro día mi universidad amaneció hecha un mausoleo. El campus completo era como un cometa cubierto de hielo muerto. Peor que si se les hubiera muerto alguien de verdad.

Están del carajo los ex-norteamericanos estos. Y sobre todo las ex-norteamericanas.

De hecho, en un par de semanas más, alguien muy querido se les iba a morir.

Porque fue un Noviembre necrológico. Sin Hillary y sin Fidel.

El día después de las elecciones me sentí tan, pero tan fuera de lugar que… Me sentí sin lugar. Y por primera vez supe que sería irreversible.

Ese día fue cuando me fui de Cuba de verdad, después de tres años de haberme ido de Cuba de mentiritas.

Di las clases del día y me fui a casa.

Cataplún. A mi estudio pagado con un estipendio escueto.

Es mejor evitar que tener que lamentar. O eso creía yo.

No me burlé de nadie. Tampoco le di el pésame a nadie. Mucho menos a la latinoamericanada luctuosa.

A nadie le pregunté por quién doblaban las campanas del campus.

Ahora lo sabemos. La sabiduría es un plato que se come frío. Hasta por los codos.

Me tomó un par de denuncias averiguarlo. La envidia mata a los pueblos. La presidencia de Donald J. Trump tendría que pagarla tweet a tweet yo: por renegado, por contrarrevolucionario, por reaccionario.

Por blanco supremacista, misógino, y todas las fobias inimaginables.

Así que ahora también ustedes lo saben: era más que obvio que las campanas de luto doblaban por mí.

Pero esa es ya la historia de otro capítulo. Harina de otro costal. Agua que no has de beber…​

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Dos patrias tiene Padura

PUEDES LEER ESTA COLUMNA CRÍTICA SOBRE LEONARDO PADURA EN LA WEB DE 
LA REVISTA HYPERMEDIA:




Orlando Luis Pardo LazoDos patrias tiene Padura, Cuba y la novela

Pobre Leonardo Padura”, pienso mientras leo La novela de mi vida (Tusquets, 2015), acaso una de sus mejores obras de ficción.
Pobre, sí. Porque el autor cubano más reconocido en el mundo parece ignorar que en Cuba ya va siendo imposible novelar la vida o vivir la novela.
El dilema de vida versus literatura es de largo arraigo en la tradición de la isla. El editorial que inauguraba el primer número de la revista Orígenes, en 1944, se refería a la tensión entre “vivir la literatura” y “literaturizar la vida”, descartando semejante dualismo por “superficial”, propio de “etapas de decadencia”, y por “apartarse de lo primigenio” que “no tolera dualismo o primacía”.
Para los origenistas, en su búsqueda de las “esenciales cosas”, cuando “la vida tiene primacía sobre la cultura”, es que se tiene de esta última solo “un concepto decorativo”. Y cuando “la cultura actúa desvinculada de sus raíces”, termina siendo una “pobre cosa torcida y maloliente”.
Para Orígenes, que surgió en un período de pleno apogeo de la democracia en la historia de Cuba, “siendo ambas, vida y cultura, una sola y misma cosa, no hay por qué separarlas y hablar de ridículas primacías”. Aquella era, por supuesto, una sociedad abierta, donde los ciudadanos merecían “un respeto en directa relación con una libertad que estamos dispuestos a defender y a justificar la salud de sus frutos”.
Pero a finales del siglo XX e inicios del siglo XXI, época donde Padura emerge como intelectual y narrador, el panorama civil de Cuba es drásticamente distinto. De ahí que, desde esta perspectiva, Leonardo Padura sea, más que realista, un autor anacrónico. Y no tanto por su obra como por las esperanzas de su recepción, pues “anacrónico” podría llamarse hoy al público que lo lee, incluido yo, aferrado a una ilusión memorialística que se ha quedado sin puentes con la realidad real.
Consumimos obras de Padura porque todavía tenemos fe en un sentido textual que explique nuestra existencia individual y nuestra experiencia histórica.
Leemos a Padura porque, en tanto pueblo, seguimos negándonos a asumir el vacío de significados con que, década tras década, nos ha ido difuminando la Revolución, para colmo sin contar con nosotros.
Es posible también que la masiva pegada de la poética de Padura, más allá de su calidad como autor, descanse en una suerte de nostalgia por recuperar una biografía coherente: algo cada vez más utópico en una Isla de la Utopía entendida como socialismo igualitario radical.
En 2017, un año después de la muerte de Fidel Castro y meses antes del esperado retiro presidencial de Raúl Castro, ya ha sido resuelto el dilema de los origenistas de 1944, pero de manera doblemente negativa: imposible novelar la vida, imposible vivir la novela.

De tanto subsistir sin alternativas como una audiencia cautiva, los cubanos terminaron siendo una audiencia despótica.

En lugar de vivir la literatura o literaturizar la vida, el cubano tiene que vivir al día su día a día mientras lee a Padura como válvula de escape para recordar lo que ya no es.
Lo que ya no somos: un pueblo con una narrativa común, con una ilusión de destino colectivo.
Aquella teleología fundacional de Orígenes ―con cierto toque de fundamentalismo insular― ha devenido en tedio. El totalitarismo le fue degradando su imaginación, su poesía y hasta su política.
De ahí el Síndrome de Leonardo Padura.
O, si de La novela de mi vida se trata, del Síndrome de Fernando Terry.
Como el protagonista exiliado que retorna, al estilo de los elefantes moribundos, a una Cuba que, por ley, no le permite a él ―ni a ningún cubano residente en el exterior― disfrutar del derecho de habitar en su propio país.
La sintomatología es muy simple: leer a Padura como arqueología, para acceder y luego archivar el mapa de un pasado mitad épico y mitad edípico donde novela y vida eran parte integral del Estado Revolucionario y, a su vez, constituían un escudo contra el capitalismo, cuya multiplicidad esquizoide entrañaba un peligro para la paranoica cultura cubana.
De tanto subsistir sin alternativas como una audiencia cautiva, los cubanos terminaron siendo una audiencia despótica, cuyos modos de lectura quedaron anclados irreversiblemente a una época ya pasada de época: la Era Padurozoica.
(El punto de inflexión bien pudo ser la caída del comunismo mundial en 1989: no por casualidad la fecha en que Padura ubica sus primeras “cuatro estaciones” de Mario Conde, el detective que desentraña crímenes y corrupciones en una Habana ochentosa, a punto ya de volverse súbitamente obsoleta).
Semejante ansiedad colectiva puede definirse, también, como la búsqueda de un espacio-tiempo perdido, más espiritual que geográfico y tan romántico como revolucionario, con que tanto poetas como políticos han atizado al pueblo cubano: soñar la pertenencia a una patria, esa novela invivible sin cuya lectura es imposible vivir.

En esta tensión entre lo decible y lo indecible, entre la tortura y la tramoya, entre lo ocurrido y lo oculto, entre la dramaturgia y la democracia, se juega sus cartas credenciales el embajador literario Leonardo Padura, de una punta a otra del mercado global.

La novela de mi vida encarnó, mejor que el resto de la novelística de Padura, ese intento heroico de revelar un imaginario nacional.
Usando una triada de planos narrativos que van del hermetismo masón a la hermenéutica castrista, Padura conecta los puntos de una alegoría transhistórica de incesantes exilios. Exilios patrios que se sufren como exilios apátridas. El trauma de no tener una isla a donde volver, incluso volviendo a una isla.
En esta tensión entre lo decible y lo indecible, entre la tortura y la tramoya, entre lo ocurrido y lo oculto, entre la dramaturgia y la democracia, se juega sus cartas credenciales el embajador literario Leonardo Padura, de una punta a otra del mercado global.
Cuba vende, pero siempre que se empaque como una Cuba vendada por los estereotipos: qué es y qué no es lo cubano.
En toda literatura local que aspire a ser tenida como cubana, el tópico de la desilusión tendrá siempre patente de corso mientras no cruce la raya del resentimiento reaccionario. Porque la intelectualidad que habita dentro de la Isla sigue siendo percibida, desde los centros hegemónicos de legitimación crítica y distribución editorial, como un reservorio natural de la izquierda.
Literatura “cuestionadora”, sí. Pero tanto como “capitalista”, no.
Este arte Leonardo Padura lo domina a la perfección. Por cuenta propia, o porque se lo han hecho saber los compañeros que lo atienden por el MININT en La Habana.
La novela de mi vida fue, entonces, por fuerza mayor, un ejercicio de estilo para tantear los límites de lo permitido en las postrimerías del castrismo, así como los tabúes que la esfera pública oficial ha pretendido o conseguido tapar en Cuba.
Pensar, como he hecho yo, “pobre Leonardo Padura”, es un elogio equivalente a pensarlo como un “pobre profeta” de tintes bíblicos, cuyo mensaje corre el riesgo de caer en oídos sordos y mentalidades anacrónicas. Entre otros motivos, porque el mensajero ha llegado demasiado tarde: cuando la tierra prometida ya desapareció.
Los lectores cubanos de Padura son, entonces, resucitados ―eficaz pero efímeramente― por la novela no vivida de sus vidas innovelables. De ahí tanto lo incisivo del Efecto Padura como su inactualidad.

Los personajes sabían, socarronamente, lo que tan bien sabe el autor: el presente es un tema prohibido en Cuba, un tabú del totalitarismo.

El novelista funciona como una especie de médium entre los muertos recobrados del pasado y los muertos irrecuperables del presente (más que coloquial o costumbrista, el realismo a lo Padura sería, a la postre, macabro). A falta de fe en algún Dios, a esta ilusión podríamos llamarla: nacionalidad.
Padura es, pues, un autor de ficciones patriogenésicas.
Su “falta de imaginación”, como él mismo se ha caracterizado, crea Cubas escuálidas a golpes de novela, esa neblina del ayer para consolar nuestro hostil hoy.
La queja conmovedora con que Padura entrecruzó los siglos XIX y XX cubanos, en La novela de mi vida, con otra trama detectivesca que ya no intentaba descubrir un crimen, sino obtener la confesión tardía de un supuesto traidor; en esa tela de araña árida los personajes sabían, socarronamente, lo que tan bien sabe el autor: el presente es un tema prohibido en Cuba, un tabú del totalitarismo, incluso cuando no se quiera pronunciar con todas sus letras la herejía de semejante hexasílabo (para eso está otra novela de hombres que amaron totalmente a sus perros).
Esa tensión voltaica de una voluntad que vibra inevitablemente entre los polos de la política, a la vez que se resiste a sucumbir a sus tentaciones, ha sido pincelada por Padura de personaje en personaje, con una prosa sin ninguna prisa a la hora de definirse: ni en la novela, ni en la vida, ni en La novela de mi vida.
Lo enunciaba el protagonista, Fernando Terry: “A mí no me importa un carajo la política. Yo escribo poesía y lo que me interesa es la gente, si sufre o si se enamora, si tiene miedo de morirse o si le gusta el mar”.
Lo intuye Enrique, interpelado por Arcadio sobre las causas por las cuales su novela no avanza: “Se traba porque quiero decir muchas cosas y unas no sé cómo decirlas y otras no sé si puedo decirlas”.
Lo advierte Conrado: “Yo no sé qué delirio tienen ustedes de andar metiéndose en la candela”.
Lo reconoce Álvaro: “Yo ya no sé si quiero escribir, ni qué coño voy a escribir”.
Lo ratifica Tomás, otro amigo del grupo Los Socarrones, reunidos en una especie de tertulia triste en clave de despedida: “Voy a olvidarme de la política, de cualquier cosa que huela a política. Porque lo que tiene jodida a la literatura cubana es el delirio de la política”.

Terry necesita averiguar cuál de Los Socarrones lo delató cuando la mayoría de ellos estudiaban en la universidad. Como era predecible, todas las confesiones serán negativas.

Y lo conceptualiza cínicamente Miguel Ángel: “Yo creo que cuando hay tiempo de por medio, el escritor es más libre, no sé, tiene menos compromiso con la realidad y puede…”.
De manera que, como conclusión tentativa, para consolar o conciliar a aquellos jóvenes amigos en la tarde del 23 de octubre de 1974, uno propone escribir sólo sobre el siglo XIX, y dejar entonces que sean los cubanos que vendrán en el 2074 los que escriban sobre ellos.
Mientras que, a su vez, serían esos cubanos del 2174 los que cuestionarían entonces a los del 2074.
Y así, una y otra vez. De ciclo en siglo. Hasta el infinito o la indolencia o la infamia. Con un desfasaje cívico y moral que hace que ningún cubano pueda ser contemporáneo de otro cubano.
Son estos mismos amigos, Los Socarrones, a quienes Fernando Terry irá entrevistando uno por uno, al regresar a Cuba, en una serie de interrogatorios emotivo-policiacos. Porque Terry necesita averiguar, antes de que expire su breve tiempo de estancia en la Isla ―lo necesita para la paz de su exilio vitalicio en “la soledad de su ático madrileño”―, cuál de Los Socarrones lo delató cuando la mayoría de ellos estudiaban en la universidad. Como era predecible, todas las confesiones serán negativas.
Como ninguno de Los Socarrones traicionó a Terry en principio, igual podríamos interpretar que todos se traicionaron socarronamente entre sí. Los totalitarismos dependen de esa atomización. Y por supuesto, la paranoia de Fernando Terry para con sus amigos también podría ser entendida como una forma de auto-traición: pasar de víctima a victimario sin darse cuenta.
Sin descontar el patetismo de reconocer que “su autocompasión se había convertido en una especie de coraza” para después “culpar a alguien de sus desgracias en un alivio para sus frustraciones”.
La impotencia de los personajes de la ficción es consecuencia de un personaje real, todavía inexplorado en toda su dimensión por la literatura cubana, y al que Padura en La novela de mi vida se atrevió a entrever: el oficial de la policía política castrista, el agente secreto del G-2.
Es cierto que Padura, por el momento, no le ha concedido demasiados párrafos a este personaje, aunque sobre su rol sí recae mucho peso específico de la trama y las subtramas ―y los traumas― de La novela de mi vida. Se trataba, allí, del “compañero Ramón”, “teniente de la Seguridad del Estado que atendía la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana”, quien interrogó a Fernando Terry cuando este era un joven profesor.
Después de una escena mínima, pero con consecuencias monumentales para su existencia, Terry habría de ser perseguido desde entonces, y durante sus dos décadas de exilio, por “los espectros que más lo visitaban” lejos de Cuba.

Parece una broma novelística de Milan Kundera, pero es por esto que las vidas de varias generaciones de cubanos parecen estar siempre en otra parte.

Después de una pregunta, casi amistosa, que fuera mal respondida por él frente al aparato de la Seguridad.
Parece una broma novelística de Milan Kundera, pero es por esto que las vidas de varias generaciones de cubanos parecen estar siempre en otra parte.
Todos se van, acaso para eludir el hecho de que sus existencias dependan injustamente de un chiste novelado.
La experiencia grupal de Los Socarrones en el siglo XX de la Revolución cubana, echa sus raíces en otros planos narrativos de La novela de mi vida. Padura, tal como es su táctica habitual, triangula el tiempo más actual con tiempos anteriores. Y en este caso se trata de la saga de José María Heredia (1803-1839).
En sus palabras del 28 de mayo de 2014, en Zaragoza, España, durante el acto de recepción del X Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza, conferido a su novela Herejes, Padura describió a Heredia como alguien a quien “los cubanos pudiéramos llamar nuestro primer hereje”.
mencionaba entonces que Heredia, “antes de que se le acabara la vida” en el exilio mexicano, había tenido que “humillarse ante el poder político solo para volver a besar a su anciana madre” en Cuba.
En efecto, Heredia vuelve a Cuba con un permiso del gobernador Miguel Tacón, habiéndose retractado por escrito incluso de la idea independentista, y sostiene una entrevista con el jefe militar español en La Habana. Esta escena es metáfora inmejorable de la relación entre el intelectual y los poderes despóticos que han desgobernado la Isla, y resuena luego en el retorno de Fernando Terry a Cuba, quien viaja de vuelta desde España gracias a un permiso gubernamental.
Se trata de un momento climático de La novela de mi vida, una de las escenas de mayor resonancia alegórica en todas las novelas y acaso en todas las vidas de Leonardo Padura.
Se enfrentan, civilizadamente, como los caballeros de educación hispana que ambos son, el poeta Heredia y el dictador Tacón. Diríase que son la víctima y el victimario, el exiliado moribundo y el exiliador a perpetuidad, el intelectual inteligente y el caudillo brutal. Pero en literatura, especialmente en la literatura realista, nada es más equívoco que apostar por lo obvio de los binarios.
El poeta critica al dictador por demagogo, para terminar invocando demagógicamente a esa entelequia llamada pueblo. “Nada justifica pasar por encima de la voluntad del pueblo”, predica Heredia. “No sea iluso”, le baja los humos Tacón: “¿De qué pueblo me habla usted?”.

Es el dictador quien debe hacer trizas los idilios del intelectual.

El dictador es más objetivo que cualquier discurso inspirado sobre la dignidad. Le asisten la razón pragmática, la experiencia del poder en un presente continuo, y no los fuegos de inutilería de una utopía en futuro perfecto.
Miguel Tacón parte de la idea de que, en una Isla levantisca como Cuba, el poder efectivo no ha de ser un juguete teórico o una aventura experimental en manos de la intelectualidad, siempre propensa a principios abstractos. Como los dictadores posteriores ―Gerardo Machado (1928-1933), Fulgencio Batista (1952-1958), Fidel Castro (1959-2006)―, Tacón contrapone la obra social concreta con el lastre volátil de las libertades individuales:
“¿Y no le parece que combatir el vicio, el juego, la prostitución y la corrupción es una obra notable de mi gobierno? ¿Cree usted que mejorar las calles, construir paseos, teatros, edificios públicos, una cárcel nueva donde los presos estén como personas y no como animales, es una obra despreciable? ¿Traer el progreso a esta isla donde habrá ferrocarril incluso antes que en España es un acto despótico? ¿Está usted seguro de que censurar a dos o tres inteligentes es peor que permitir la indecencia, la inmoralidad, la constante agresión que imperaba en la prensa? ¿No piensa usted, señor Heredia, que impedir el caos en que puede derivar esta isla con una revolución en la que los primeros alzados serían los negros, que acabarían con nuestras instituciones y nuestra religión, es preferible a aceptar la sedición que usted mismo promovió hace unos años?”.
Es el dictador quien debe hacer trizas los idilios del intelectual. Esta la versión decimonónica de las Palabras a los Intelectuales de Fidel Castro. Tal vez por eso el Heredia de La novela de mi vida se lo juega todo a la carta moral del miedo: “no confíe mucho en los que lo alaban y lo obedecen, y menos si tienen miedo”, le dice a Tacón, adelantándose más de un siglo a Virgilio Piñera y reminiscente de las advertencias de Heberto Padilla de Fuera del juego:
“Protégete de los vacilantes, / porque un día sabrán lo que no quieren. / Protégete de los balbucientes, / de Juan-el-gago, Pedro-el-mudo, / porque descubrirán un día su voz fuerte. / Protégete de los tímidos y los apabullados, / porque un día dejarán de ponerse de pie cuando entres”.
Tacón, al contrario de Heredia, parte de la certeza operativa de que el progreso no se consensua: se impone. De que la pluralidad es una amenaza para los pilares de toda sociedad cerrada. Heredia, al contrario de Tacón, no puede sino articular una romántica arenga de predicador, además de criticar, como si fuera perversión exclusiva de Tacón, el mapa de lo que cada gobernante de Cuba implementaría después (los personajes no lo saben, por supuesto, pero sí lo saben Leonardo Padura y los lectores de Leonardo Padura):
“Pienso que usted cumple su misión, pero ha impuesto el terror, la censura y la delación como forma de vida en este país. Usted odia a los que hemos nacido en esta isla. Usted es enemigo de la inteligencia, impone la demagogia y, como todos los dictadores, pide a cambio que lo amen”.
Que lo amen como al Gran Hermano de 1984, de George Orwell, añadiría anacrónicamente yo.
La muerte del poeta cubano es inminente. La vida de los dictadores en Cuba, también. Se nos ha revelado aquí un conocimiento oculto. Casi con aires de masonería mística.
Maestría de narrador con grado 1959, Leonardo Padura muta en un médium que, como buen conocedor brechtiano, tiene el valor de escribir la verdad y conoce el arte de hacerla tolerable, tras la perspicacia de haberla descubierto y de elegir con inteligencia a sus destinatarios; de ahí su astucia para difundirla alegóricamente, como si la verdad fuera siempre una anacronía y nunca un Tratado Cubano del Hoy. De ahí, también, su socarronería de autor que sólo media entre Heredia y Tacón.

Sus conmovedores Heredia y Varela nunca se cruzarán ni de soslayo con la saga civil de los proyectos pro-democráticos Heredia y Varela del líder opositor cubano Oswaldo Payá, asesinado en la Isla de Tacón el 22 de julio de 2012 sin que Padura se diera por enterado en ninguna de sus crónicas semanales.

Con exhaustivo rigor investigativo, Padura interpreta a una especie de apuntador profesional. No nos ha dicho nada. Es la ficción parlamentaria de dos de sus personajes la que nos ha dicho todo. Puro teatro versus totalitarismo puro. Las campanas podrían y podrían no doblar, ni por nosotros ni por él. Y doblan, sin embargo, por él y por todos y por ninguno de los cubanos.
Este “no decirnos nada” de Padura es, por lo demás, una doble enunciación, cuando en el montaje paralelo del “retornante” Fernando Terry, otro cubano exiliado, de visita poco menos que turística a su propio país, constatamos que la diferencia del Poder, entre Colonia y Revolución, es apenas una cuestión semántica.
Estética de una etimología sin ética. “Lo cubano es el timo del siglo”, como diría un personaje de Miguel de Marcos, pues el poder se perpetúa con idéntico ensañamiento en contra de la disidencia: no por gusto el XIX es un anagrama del XXI.
Y como escribiera el propio Miguel de Marcos refiriéndose a la tristeza innata de la cubanía: “para extraerla de ese sudario, antes que nada, hay que proceder a una tarea de revisión: reconocer esa verdad y destruir la leyenda”.
Leonardo Padura lo ha intentado. Desde su púlpito a ratos provocador y a ratos precario.
A través de Fernando Terry, de la revisión que este hace de un borrador de novela escrito por su amigo Miguel Ángel, Padura propone sin subterfugios la clave de la lectura más creativa para La novela de mi vida:
“(…) una historia decimonónica, de gentes comunes, que se encuentran y se desencuentran movidos por los vientos de la historia, en una trama a través de la cual se podía hacer una lectura oblicua del presente cubano, al cual no había, en cambio, una sola referencia directa”.
De ahí que el novelista cubano que con más éxito ha indagado en nuestra realidad también pueda ser leído ―desleído― como un autor no contemporáneo. Sus conmovedores Heredia y Varela nunca se cruzarán ni de soslayo con la saga civil de los proyectos pro-democráticos Heredia y Varela del líder opositor cubano Oswaldo Payá, asesinado en la Isla de Tacón el 22 de julio de 2012 sin que Padura se diera por enterado en ninguna de sus crónicas semanales (puesto que pretendía escribir su próxima novela en Cuba y no en el exilio de Heredia y Varela).
La novela de mi vida sintoniza, entre cartas y complicidades, varias voces víctimas de una epidemia cubana contra los demonios del despotismo.
Como a Fernando Terry, a muchos cubanos los han botado brutalmente de Cuba, pero a la hora de la verdad ninguno sabe, bucólicamente, “cómo irse”.
La exterioridad geográfica no es más que un incentivo para interiorizar dos patrias tan imposibles como la vida y la novela de la vida del pueblo cubano. Padura capta esta tensión al punto de lo intolerable y tantea nuestros reflejos no a golpe de rabia, sino entre resentidos garfios de interrogación:
“¿Siempre habrá sido así? ¿Es posible rebelarse?”.

QUE LEMEBEL ME LEA ORGULLOSA

PUEDES LEER ESTE CAPÍTULO DE MI NUEVO LIBRO "QUE LA PATRIA OS COVFEFE ORGULLOSA" 
EN ESTE ENLACE DE CUBAENCUENTRO:


Para leer al pato Lemebel

Capítulo del libro inédito Que la patria os covfefe orgullosa, de próxima publicación por Ediciones Hypermedia
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Los chilenos buenos se mueren primero que los chilenos malos. Por algo son los preferidos de un dios mitad andino y mitad europeo.
De ese dictum se desprende que Ariel Dorfman siga vivito y coleando, en su vigesimoprimer exilio de terciopelo frufrú, con la plusvalía de un tenure-track académico en los Estados Unidos, mientras despotrica en contra de los Estados Unidos por haber elegido democráticamente a un presidente llamado Donald J. Trump.
De ese dictum, por desgracia, se desprende también que Pedro Lemebel tenga que estar muerto y recontramuerto en la esquina más chilenoica del Santiago de mi Corazón.
Tan mariquita linda, po. Y muerto.
Tan yegua del apocalipsis según San Augusto, weón. Y muerto.
Tan hoz huasteca y tan martillo morocho, para clavarte una espina pendeja junto a la nostalgia de los cadáveres indesaparecibles bajo la Cruz del Sur. Y muerto.
Los hombres que tienen en su alma un toque heroico de mujer nunca deberían morir. Pero Pedro Lemebel tampoco fue la excepción. Y ha muerto.
Lo conocí en la Cuba de Castro, que para él era sólo la Cuba de la Revolución. Tan caribeñamente naif y tan posdictadura chilena.
Fue hace por lo menos diez años. O más. En Casa de las Américas, que a pesar de ser la cuna de la censura continental, lo había invitado a él a una Semana de Autor. Gracias a los subterfugios de Jorge Fornet, supongo. Y al cinismo carroñero de un Roberto Fernández Retamar que está a punto de cumplir cien años de coloquialidad.
Lemebel usaba una capa naranja. Parecía un preso escapado de Gitmo. Parecía una mariposa magnolia. Y lo era, un papillón del proletario.
Lo acorralé contra una de las columnas infectadas de micrófonos de ese edificio odioso ―art-decó del capitalismo batistiano y cuartel Moncada de la cultura coaccionada―, y le pregunté a boquejarro:
―¿Por qué en 1988 votaron más chilenos por el Pinocho que los que votaron en 1970 por el Salvador?
Lemebel se quedó como turulato.
―¿Qué quirís, loco? ¿De dóndi sacái tú tanta güevá…?
Yo la había sacado de dónde todo el mundo la saca, incluso en Cuba, que es un país sin internet. De Wikipedia.
En efecto, en 1988 más de tres millones de chilenos votaron por Pinochet a la vuelta de 15 años de dictadura durísima. Para nada “dictablanda”, como bromeó macabramente Tata el General.
Mientras que, en efecto, sólo un millón había votado por la Unidad Popular en el septiembre sin muertos de 1970. Indecencias de la demografía.
Pedro se echó a reír. Me miró con esos ojos de almendra asiática. Es decir, india. Es decir, aborigen. Es decir, entrañable.
―No seái pituco cara de diuco. ¿Y cuántoj cubanoj no habéi votao por Fidei Castro al tiro?
Y entonces me eché a reír yo.
―¿Tú también, Pedro? ―le dije―. ¡Eres tú quien los estás comparando!
Y entonces nos echamos a reír los dos, como pololos adolescentarios: Pedro Lemebel de Santiago de La Habana y el anónimo que por entonces ya no quería ser yo.
No fue necesario ni responderle. Ambos sabíamos mucho más de lo que en la biblioteca de Casa de las Américas era recomendable saber. En dictadura, sólo la ignorancia es infalible como salvoconducto.
Además, tenía razón, el colisable poscomunista.
Porque en el referéndum constitucional de 1976, unos cinco millones y medio de compatriotas votaron a favor de la tiranía cubana.
Qué tanto lío entonces con el totalitarismo.
Y, en el seudo-plebiscito del 2002, como respuesta al Proyecto Varela del disidente Oswaldo Payá, fueron ocho millones y pico de votantes los que suscribieron al castrismo. Incluido yo.
Una proeza popular que años después le costaría la vida en Cuba al propio Payá.
La cifra parece un poquito inflada, respecto al total de los electores inscritos, pero tampoco es muy exagerada.
¿Qué totalitarismo de qué?
Totalitarismo el de Trump, no jodan. Pregúntenselo a Ariel Dorfman en The New York Times:
“I feel that, by electing an ignorant, belligerent misogynist, a race-baiting, Mexican-hating predator, a liar who does not believe in climate change and who will increase the affliction of the neediest inhabitants of his country and the world, America has revealed its true identity”.
Así que la verdadera identidad de los Estados Unidos es ser una mierda machorra blanca y fascista. Gracias a Ariel Dorfman, PhD horroris causa en la carrera de Hasta la victoria siempre.
Lemebel, en cambio, con sus rabietas performáticas y todo, fue un hombre libre muy lindo. Una sentimentala absoluta y un guerrero de la prosa en contra de todo abuso social.
Su lenguaje al límite era un látigo. Rechinaban sus chilerías de mar turmalino y gavioteo rumoroso. El Microsoft Word le marcaba cada letra de, por supuesto, color rojo. Para que se dejara de tanta empingorotada alcurnia y, a la vez, de tanta crítica y recontracrítica del gueto chilensis.
Pero Lemebel seguía tecleando como si no fuera con él.
Pero el cóndor de las comunas tenía un punto ciego en cada una de sus retinas revolucionarias: quería desconsoladamente a Cuba.
La amaba aparatosamente. Nos amaba, entre otros verbos venéreos terminados en –amaba.
Con pelos en la lengua. Y así no se puede hablar pestes de ninguna dictadura. Ni siquiera de una dictablanda a imagen y semejanza de un comandante en jefe al estilo del Tata.
De hecho, su palabra fue más bien útil para desaparecer a la dictadura cubana.
No importa. A estas alturas de la historia qué más da.
Tanto lío con la democracia y total para qué.
Así que no le dije nada de la dictadura desaparecida en la Isla bajo sus pies.
Era noviembre del 2006 y Pedro Lemebel se veía agotado. Muy, mucho. Muá, macho.
Pobre mi princesita prosaica de manos champú, manos bálsamo, manos geisha de masturbar mapuches a nombres de la justicia social.
Manualitos de marxismo Made in Mapudungun.
Todo lo contrario del señorito de traje y corbata de marca Dorfman, que condenó a muerte al Pato Donald en el Chile filocastrista de inicio de los años setenta.
No sé por qué carajos siempre simpaticé tanto con Pedro Lemebel.
Con sus metáforas melifluas de colocolo: su culiando-creando-poder-popular, su pueblo-caliente-jamás-baja-la-frente y, por supuesto, su se-siente-se-siente-el-amor-está-presente.
Tal vez porque si alguien hubiera podido convertirme a la izquierda, ése o ésa hubiera sido Pedro Lemebel, a quien nunca he dejado de releer.
Algunos días de exilio hojeo a Ariel Dorfman, pero apenas como contrapeso falso de Peso Lemebel.
Dorfman, el guionista estrella de la muerte Polanski y la doncella Sigourney.
El vocero de los voceros de ese Chile jet set de la izquierda dorada, que forma un clan de ex alumnos del exilio, y se pavonean de sus logros sociales y económicos en los eventos de la cursilería democrática.
Intelectuales inteligentes con sus tesis de doctorado en las revistas de rigor, a los que la ideología roja los privó de esos plumereos burgueses que miraron desde lejos con secreta admiración.
Jugándose hasta las nalgas con el naipe ético de una whisquierda que vio agonizar el milenio con mucho hielo en el alma y con un marrón glacé en la nariz para repeler el tufo mortuorio del pasado.
Chilenterio.
Chilentafio.
Corito descafeinado en el bis del Pato Manns y el Inti Illimani con los acordes de cuando me acuerdo de mi país, me sangra un volcán, me escarcho y estoy, me muero de pan, me nublo y me voy, me aclaro y me doy, me siembro y se van, me duele y no soy, naufrago total, me nieva en la sien, me escribo de sal, me atraso de bien, me angustio de tren, me agrieto de mal, me enfermo de andén, me enojo de ayer, me lluevo en abril, me calzo el deber, me ofusco gentil, me enciendo candil, me encrespo de ser, despierto fusil, cuando me acuerdo de mi país.
Yo también me acuerdo de mi país.
Los cubanos también nos acordamos de nuestro país.
No importa que seamos vistos como unos gusanos avaros por la izquierda internacional. No importa que la latinoamericanada cutre nos envidie y nos odie por ser unos renegados de su Tata Fidel.
Estamos aquí.
Todavía estamos aquí.
Entre otras cosas, porque ya no tenemos ninguna otra estrella distante a donde poder ir a desaparecernos en paz.
Sólo nos queda, como niños que no reconocen ni el rostro de sus propios hermanos, soñar empecinadamente con sobremorir al delirio y a la desmemoria, a la euforia y al Alzheimer.
El exilio es eso: una ridiculez neuronal que nos desconecta de nuestra rabia a favor y en contra de la Revolución.