sábado, 6 de enero de 2018

Landy este viernes 12 a las 8 PM en Altamira Libros de Coral Gables


Del clarín escuchad no más el sonido, sino el silencio….


Un latigazo de lenguaje en clave post-cubana de lucidez. Un libro libre, como el himno de un pueblo mudo que ha sido desterrado, excepto de la literatura cubana: ese mito de letras, esa meta sin límites, ese exilio interior que va con cada cubano a donde quiera que plantemos la bandera aburrida de nuestro nuevo hogar.


Una reescritura excelsa, acaso también esquizoide, que respeta y ridiculiza tanto a nuestra idiosincrasia de isla como a la ideología que nos impuso la tiranía más tierna del continente: ese castrismo del corazón tan amado por la izquierda internacional y la academia primermundista.

Orlando Luis Pardo Lazo: un autor al borde del autismo y del auto de fe, una voz volátil hecha a golpe de provocaciones políticas y de muy muy muy mala intención, a quien los poderes tan despóticos como pacatos de nuestra nación han intentado acallar, así en La Habana como en Miami.

Ven a leer y desleír el libro “Del clarín escuchad el silencio” (Ediciones Hypermedia) de Orlando Luis Pardo Lazo, en su primera y única presentación en La Florida, este viernes 12 de Enero de 2018 a las 8PM, en la librería Altamira Libros de Coral Gables (219 Miracle Mile, 786-534-8433).

Gracias!

viernes, 5 de enero de 2018

Goza pelota que tu marido está preso

Cada vez que viajamos a Cuba por amor a nuestra familia, estamos haciendo a nuestra familia un poco más esclava y nos estamos haciendo a nosotros mismos un poco más cómplices de la esclavitud de otras familias cubanas.

Cada vez que viajamos a Cuba nos hacemos parte del problema y no de la solución, nos hacemos verdugos y agentes de la tiranía cubana, a la vez que borramos el horror de todo un pueblo que vivió y murió con sus respectivas familias desbaratadas por ese mismo Ministerio del Interior con el cual hoy tú viajas.

La única manera de viajar a Cuba sería para trabajar a cara descubierta o de manera clandestina por la liberación del individuo y el fin del castrismo. Pero eso tú no lo haces cuando viajas a Cuba. Pero eso tú no lo haces precisamente porque viajas a Cuba.

miércoles, 3 de enero de 2018

Veneshit

36. Mierda en Venecia
Orlando Luis Pardo Lazo




El poeta cubano Ricardo Pau-Llosa me dijo, por teléfono:

―¿Te das cuenta? ¡Hemos perdido Venecia!

El poeta cubano era, ante todo, un poeta cubano.

―Con la destrucción de La Habana por el castrismo, los cubanos hemos perdido no La Habana, sino Venecia. ¡Venecia! ―repetía, contento por su cortocircuito geográfico.

Lo más alto con lo más bajo. Puro Hermes Trismegisto.

Hermetismo de Hialeah versus ocultismo de Coral Gables. Por eso me encanta tanto Miami.

Yo también estaba contento de oír a Ricardo hablarme. Happy de dejar que Pau-Llosa se explayara en mi móvil, con toda su erudita cumbancha, sobre la debacle de la Revolución cubana.

Cambalache con escache.

Qué le vamos a hacer. Los poetas cubanos han hecho lo mejor que han podido con la mala materia prima que es la poesía nacional.

Además, Ricardo Pau-Llosa habitaba una imagen medio mítica, una ciudad canónica de la imaginación, coagulada en el corazón civil de toda aquella grandiosidad republicana que nos contaban mamá y papá, por embullo o inercial de la nostalgia poscolonial de nuestros queridos grandma and grandpa: la última generación de abuelos cubanos.

Porque nadie lo dude, ya los cubanos nunca más tendremos familia. Ni hogar. Y, en consecuencia, no habrá nietos ni abuelos que les cuenten de un pasado primoroso antes de la llegada de Fidel.

La República está terminada. Ahora sí. La Revolución puede caerse o durar para siempre. Pero de la República, acaso esa entelequia que Ricardo Pau-Llosa llama Venecia, ay, de la República no nos quedará ni las momias ahumadas de una Pompeya.

Los periódicos, las barberías, los bodegones de chinitos tramposos y gallegos tacaños.

El idilio, caballeros, qué cosa tan grande habíamos vivido: el idilio como salvación.

La pobreza como tótem irradiante de la pureza espiritual.

Pobres, pero honrados.

Sin pobreza, no hay memoria nacional. Todos teníamos que tener un pobre en la familia antes de poder gritar a los cuatro vientos nuestra condición: cubanos.

Qué cubanos de qué.

¡Cubanos de Venecia mejor, qué carajo!

Sin complejos de ningún tipo. Ni sensación de ridiculez ni nada por el estilo.
Todo un pueblo a la espera de su ascensión espiritual a mediados del siglo XIX, el único de nuestra historia, por cierto. Una nación en su salsa. La nutria en su elemento nutricio. El terruño como crisol de razas y revolucionarios. La masa como levadura primero y como peladura después.

Tomadura de pelo. Tomadura de país.

Así sea.

Por eso los cubanos estaban tan ansiosos de parir una Revolución real. No porque hiciera falta, sino precisamente por innecesaria. La Revolución como lujo burgués. Como peo tirado más alto que el culo. Como exceso de potens, de plusvalía, de mil novecientos cincuentinuevidad.

La literatura entendida como un cuéntame-tu-vida. Interrogatorio de donde salen inculpados tanto el que escribe como el que lee lo escrito. Edipo Rev.

Vamos a dejarlo aquí.

Tampoco es para tanto. 

No por gusto otro poeta cubano definió a la poesía cubana como, apriétense un poquitico más que aquí voy: un “caracol nocturno en un rectángulo de agua”.

Poesía perversa lo suficiente como para ser capaz de ir por ahí “actuando en la historia”. Poemas perversos lo suficiente como para hacerle resistencia al tiempo y toda esa barahúnda de los orígenes y un destino común: teleología fascista del pí al pá.

Poetas tan perversos que se prestaron para fungir como guardianes voluntarios “de la semilla, de la posibilidad, del potens”. Ni siquiera tuvieron cojones de cobrar un salario por su colaboración estatal a la hora de erigir el monolito de una tradición nacional.

Hay que cuidar a lo cubano en la poesía como quien cuida a un “germen”. Qué asco. Como quien le inyecta su rico antibiótico en las nalgas al santo patrón de una Venecia venérea.

Cuba de cabotaje en Europa.

Cuba inundada por la imitación de sus esencias venecianas, pero de agüita albañal.

País puaf.

Pero la Revolución de 1959 parece que no les salió muy bien a nuestros compatriotas. Pero la Revolución de 1959 parece que se incubó de cabeza, de culo cortado por el tris-tras de las navajas bajo habaneras. Pero la Revolución de 1959 parece que se enquistó con ese resentimiento propio de las sociedades libres, con ese odio al capitalismo que emana misteriosamente del capital, con esa fobia a la democracia que es la tara de género de todos y cada uno de los sistemas democráticos, desde Atenas hasta la White House.

―¡Venecia, Venecia! ―repetía triunfal el poeta de las metáforas contenidas en inglés.

La culpa de toda nuestra desidia y a la par grandilocuencia la tiene, para empezar, el idioma español. Ese adefesio.

Cheo y abstracto. Maquillaje de máscaras musicales. Rimbombante y reiterativo para conseguir su función básica: no decir nada.

Ni siquiera nos es posible decir: “decir nada”. El español necesita con insistencia ninfómana decir: “no decir nada”. Qué barbaridad.

Por eso los angloparlantes nos miran con un toque de morbo y con toneladas de piedad.

Por eso mi amigo Ricardo Pau-Llosa ha elegido no inmiscuirse con los versos en español. Sus renglones cortos son exclusivamente en inglés. La lengua oficial de Donald J. Trump.

Y me encantan. He traducido algunos de sus poemas a la patada. Valga la anfibología, pero a la patada es por mi traducción.

Me pasa que, al leer a Pau-Llosa en inglés, puedo imaginarme instantáneamente sus arranques como debieran sonar en cubano. Esa simbiosis entre extranjeros me resulta conmovedora, no sé bien por qué.
Leo a Pau-Llosa en inglés y me vienen a la cabeza sus mismos versos, pero llenos de malas palabras y del argot más violento de su Venecia extraviada en una esquina de La Habana Vieja.

De su alta poesía de pathos cubanoamericano bajo vigilancia, yo saco versitos vulgares saturados de slang socialista altamente sexualizado.

Lo siento. Soy así. Qué le voy a hacer. A ser de otra manera tengo que aprender. Y la gente que me quiere me sabe entender. Con rima y todo. Al estilo de Orlando Luis Gardey.

Carajos, coños, y demás delicadezas de calle. Dichos y dicharachos. Vileza verbal a pulso. Lugares comunes de nuestra ilustre ignorancia, giros inconcebibles por ningún poeta cubano: muletillas maravillosas que sobrevivieron a la República, a la Revolución, y con suerte sobrevivirán también al Exilio.

La Nefanda Trinidad del alma cubana.

Aunque al exilio cubano en realidad sobrevive cualquiera. Porque el exilio cubano en la práctica poética apenas existió. Pero esto último, está de más decirlo, mejor me lo callo. Porque hay cosas que para decirlas es mejor callarlas.

Ricardo Pau-Llosa, por lo demás, en mi impresentable opinión es un genio. Lleva como, no sé, ciento cincuenta y tantos anhos fuera de Cuba, y precisamente por eso él puede seguir siendo aquel mismo muchachón de La Habana.

Aquel mismo muchachón que no consigo volver a ser yo.

―¡Venecia, Venecia! ―me repetía, tristón y eufórico, el poeta de los tabacos espectaculares fumados en la soledad inescrupulosa de Miami.

El exilio es eso, una soledad prestada, prostética, precaria.

―¡Los cubanos nunca sabremos la magnitud magnífica de lo que hubiera sido La Habana!

Venecia, Venecia, Venecia. Pensaba yo.

Mientras me iba quedando aletargado de este lado de nuestra conversación inalámbrica.

Venecia.

Venecia.

Venecia.

Pensaba yo.

Mientras me representaba el tedio de los tiempos soportado por Ricardo Pau-Llosa en ese paraje de emprendedores y academicistas que pululaban al otro lado de nuestra conversación inalámbrica.

Muerte en Venecia.

Mentira en Venecia.

Mierda en Venecia.

Venecia con halitosis. Venecia con todas las muelas cariadas, hechas talco por las bacterias de una victoria bursátil.

Venecia de verde olivo.

Venecia, vid de veneno.

Venecia, belleza vil.

Como un oblongo ataúd flotante.

Como un mojón memorioso trabado totalitariamente en las gargantas groseras del pueblo cubano.

―Ay, Ricardo, viejo ―le digo, aunque por su stamina telefónica él sea como tres siglos más joven que yo―: no jodas tanto.

Y reímos. Los dos reímos, como compinches de una infancia abortada por el opus magnum de la Revolución.

No somos un par de comemierdas. Los dos sabemos que contra la molicie materialista y el huracán caníbal del castrismo los poetas no significamos ni pinga pasada por agua tibia.

Nuestra mediocridad creativa no es más que un pálido reflejo ante el impulso despingador de una Revolución hecha de poetas, por los poetas y para los poetas.

Reímos a veces incluso a carcajadas. Como dos locos de pase fuera del manicomio.

Coqueta, cómicamente.

Dos cabroncitos cubanos sin contemporáneos, dándonos mutuamente el pésame gracias a la ubicuidad no menos poética de la AT&T.

Mariquitas a punto del llanto.

Más mujeres que nuestro delicioso desfile de mujeres esperanza, mujeres milagro, mujeres habanavenecia y veneciahabana. Todas y cada una de ellas entre un diagnóstico de cáncer y el pronóstico de una cubanidad metastática.

Cuelgo.

Colgamos.

Dan ganas de colgarse.

Por el cuello. Por los cojones.

There is no enough exile.

And the balance is always against.

Lecciones lánguidas sobre cómo regresar a casa cagados de frío en pleno verano veneciano.

A la caza desesperada de un bonsái donde ahorcarnos en el hogar, así sea un hogar de mentiritas.


Lecciones lujuriosas del potens impotente del que la poesía cubana no aprende, cuando yo y Ricardo Pau-Llosa, en este orden antigramatical, uno y otro tornamos a turn home chilled by gusts in the dead of summer.

martes, 2 de enero de 2018

Idilio de izquierda




Es un libro publicado en 2016 por el politólogo norteamericano Peter Andreas, con la editorial Simon & Schuster, de Nueva York: Rebel Mother, My Childhood Chasing The Revolution (en español: Madre rebelde, mi infancia a la caza de la Revolución, o algo por el hastío).
Es un libro escuálido y conmovedor, al estilo de un socialismo trans-salinger.
Es sobre todo un libro sobrecogedor para aquellos que, como yo, aunque no nos pasamos nuestra infancia a la caza de ninguna Revolución, la Revolución de todas formas sí vino a la caza de nuestra infancia.
Con sus consignas y pañoletas. Con su igualitarismo hipócrita a la cañona. Y con mucha, mucha mediocridad, en medio del universo feo y fabuloso que eran, en los años setenta, nuestros padres por entonces tan jóvenes en un hogar cariñosamente cubano.
De hecho, vivíamos entre vecinos inmortales. Porque es bien sabido que, cuando las revoluciones son así de jovencitas, nadie se va morir, menos ahora…
Peter Andreas se guardó y bien guardado este secreto familiar a voces. Casi que un secreto de corte profesional, siendo él profesor de Estudios Internacionales en un Departamento de Ciencias Políticas en una de esas universidades de Norteamérica tan suspicaces a priori de todo lo norteamericano, pero que tan fácilmente abren el monedero a las mentiras de los déspotas latinoamericanos, como los Castros y los Chávez y toda esa sarta de populismos a la patada como es la saga de los Correas, los Evos, los Ortega, las Kirchner y las Rousseff, los zapatistas hoy y el allendismo de ayer, y un etnográfico etcétera que empieza con luminosos guerrilleros del terror, pasa por parlamentarios de la izquierda antiparlamentaria, y termina con zares de la droga presidenciables…
Para Peter Andreas fue un secreto del corazón, hasta que la muerte de su madre Carol Andreas le permitió asomarse al abismo atroz que es narrar nuestras memorias, amores y amarguras.
Entonces el hijo pródigo contó, para contar su propia post-biografía, con las cartas recolectadas y los diarios escrupulosos que su mamá dejó: una mujer valiente y obsesiva, flaca y brillante, idealista al punto de lo iluso, retórica de remate y, por supuesto, un poquitín bastante loca, como todas las norteamericanas de entonces, que de pronto se descubrieron libres y lindas en medio de los años sesenta de aquella gran nación alguna vez llamada los Estados Unidos de América, donde ahora, por desgracia, ya no quedan más que cadenas de comida basura, carreteras coaguladas, blancos tristes, negros tiroteados por policías, y muchos, muchos inmigrantes sin instinto para integrarse en este ni en ningún otro país (la burka es el verdadero muro que hoy tanto se critica en la prensa anti-Trump).
Me leí este libro por arribita, como tantos otros. Porque ya tampoco hay tiempo para leerse nada con calma.
El exilio es eso: el lugar donde dejamos de leer, el sitio donde todo está correctamente escrito en una lengua ilegible que, para colmo, se parece al inglés. El mismo inglés sin cortes que en Cuba era mi patria, mi pertenencia, mi padre, mi poder, mi escapada de Castro y su mongólico monolingüismo.
Así y todo, recorrí con Peter y su madre Carol los cuatro puntos cardinales, que en el hemisferio americano son tres: norte y sur.

Ella siempre templando amantes sobre colchonetas circunstanciales y piojos proletarios.

Fui un Andreas andrógino de izquierda radical.
En el koljós de Berkeley, ese búnker del comunismo que sobrevivió incluso a la Unión Soviética.
En el Chile de la Unidad Popular, con el tan esperado Golpe de Estado en contra de la cubanización a caballo que se comía por una pata a ese pobre país.
En Buenos Aires, con Peter y Carol en fuga tras la Primavera de Pinochet.
En Perú y en la parodia perversa de cuando se jodió el Perú.
Ella siempre templando amantes sobre colchonetas circunstanciales y piojos proletarios, asumiendo que la CIA movía los títeres tras bambalinas para cazarle la pelea: paranoia con pecas.
Él siempre mirándola templar bajo la barriga de barbudos que escribían la peor poesía del planeta, mientras pretendía hacerse el dormido hasta que su infancia pasase.
Las aventuras de Peter Sawyer y Becky Andreas, mientras Huckleberry Fidel metía armas clandestinas en Chile, a ver si el fascismo de la izquierda se adelantaba al menos por un par de meses al fascismo de la derecha.
No sé, supongo que acaso a mí también me hubiera gustado hacerle el amor a una rubia tan convencida, a esa fuerza telúrica de entrepiernas y entrerrevoluciones, feminista al punto de la mujerofobia, adolescente adorable que se iba poniendo vieja sin saber cómo evitarlo, a la manera marxista de Peter Pan (en este caso, Carol Pan): tímida e ingenua al punto de lo virginal, agresiva y militante al punto de lo mezquino, con su carga de medicinas importadas del Imperio, quién sabe si para combatir a la burguesía o a la gonorrea.
Simplemente, querida compañera Carol: yo, Orlando Luis Pardo Lazo, el revés de la victoria siempre, me rindo ante tu candor comemierdamente y te amo.
Todo esto mientras la vida de la clase media en los Estados Unidos continuaba inmutable, cuerda, predecible, acumulando intereses en los bancos ecuánimes de la Unión, además de los consabidos juicios por la custodia de los hijos tras un divorcio ideológico con el padre de Peter.
El planeta giraba entonces gracias al capital yanqui. De suerte que, la Carol confederada del anticapitalismo, también terminó dependiendo de ese centro de gravedad numismática para sus asaltos, estilo Robin Hood pero con su prole a cuestas: el caso del Peter autor, devenido en lector-protagonista de excepción en el siglo XXI, con la plusvalía de unas notas de contracubierta que hacen cortocircuito entre Ricardo Lagos y Jon Lee Anderson.

En política, todo es palimpsesto. Ni el horror de la repetición es original.

Por lo demás, Carol murió muy sola, apenas entrada en los años cero, como se muere siempre cuando vivimos lejos de casa. Sola de alma, atragantada por un ajeno almanaque.
Así y todo, todavía esta feminista a la fuerza intentaba garabatear un sentido para su existencia, ahora que ya era obvio que nunca habría Revolución. O, peor, que las revoluciones todas habían sido abortadas, en un pro-choice criminal de una, dos, tres, quién sabe cuántas generaciones.
Carol Andreas todavía tuvo tiempo para escribir: Uh, oh, creo que me está dando un infarto, qué hacer. La misma pregunta plagiada por Lenin a otro escritor.
En política, todo es palimpsesto. Ni el horror de la repetición es original. Ni tampoco la repetición del horror, que a estas alturas de la historia es ya esperada casi con esperanza.
Fue en un día de entresemana, la noche del martes 7 al miércoles 8 de diciembre de 2004, apenas cumplidos sus 71 años. El General Pinochet y el Comandante Castro, ambos la sobremurieron, aunque fuese solo por un tiempito no demasiado largo.
No sé por qué no dejo de pensar en Carol en esta época sin épica. Tal vez porque fue mujer, y las mujeres son una materia prima inimitable. Tal vez porque ella vivió exiliada en su propio país, como yo antes viví exiliado en Cuba. Y después intentó inventarse una vida en cualquier otra parte, como yo en cada uno de los estados de los Estados Unidos. Y porque ninguno de los dos lo conseguimos, ni Orlando Luis ni Carol.
El espejito mágico de Alicia ha devenido espejismo malvado. (Ignoro si hay espejos mágicos en Lewis Carroll). Igual ya todo es mueca rabiosa.
Y, mientras termino mi doctorado en literatura en una universidad privada de Saint Louis, Missouri, me mata la tristeza de ver tanto odio idiota en contra del capitalismo, y tanta estupidez de excelencia a favor de capos comunistas como los Cadáveres en Jefe de Hugo Chávez y Fidel Castro.
En cualquier caso, si puedes, trata de leer por arribita el libro Rebel Mother, My Childhood Chasing The Revolution. O compra uno y trata de regalárselo a algún cubano que chapurree mejor que tú el inglés.
Y es que no tenemos memorias así, ni en Cuba ni en el Exilio. Como es lógico. Porque lo que no tenemos en realidad es biografía. El castrismo vivió todas las vidas por nosotros.
Y en esto sí que los cubanos podríamos aprender muchísimo de los yanquis: hay que saber estar presente en cada tiempo y lugar, ahora y aquí, cuando ya estamos en 2018, y es urgente a cada instante decir y hacer lo que nos dé la reverendísima gana, aquí y ahora, antes de que nos clausure la boca ese cómicamente cruel uh, oh, creo que nos está dando un infarto, qué hacer.