miércoles, 3 de enero de 2018

Veneshit

36. Mierda en Venecia
Orlando Luis Pardo Lazo




El poeta cubano Ricardo Pau-Llosa me dijo, por teléfono:

―¿Te das cuenta? ¡Hemos perdido Venecia!

El poeta cubano era, ante todo, un poeta cubano.

―Con la destrucción de La Habana por el castrismo, los cubanos hemos perdido no La Habana, sino Venecia. ¡Venecia! ―repetía, contento por su cortocircuito geográfico.

Lo más alto con lo más bajo. Puro Hermes Trismegisto.

Hermetismo de Hialeah versus ocultismo de Coral Gables. Por eso me encanta tanto Miami.

Yo también estaba contento de oír a Ricardo hablarme. Happy de dejar que Pau-Llosa se explayara en mi móvil, con toda su erudita cumbancha, sobre la debacle de la Revolución cubana.

Cambalache con escache.

Qué le vamos a hacer. Los poetas cubanos han hecho lo mejor que han podido con la mala materia prima que es la poesía nacional.

Además, Ricardo Pau-Llosa habitaba una imagen medio mítica, una ciudad canónica de la imaginación, coagulada en el corazón civil de toda aquella grandiosidad republicana que nos contaban mamá y papá, por embullo o inercial de la nostalgia poscolonial de nuestros queridos grandma and grandpa: la última generación de abuelos cubanos.

Porque nadie lo dude, ya los cubanos nunca más tendremos familia. Ni hogar. Y, en consecuencia, no habrá nietos ni abuelos que les cuenten de un pasado primoroso antes de la llegada de Fidel.

La República está terminada. Ahora sí. La Revolución puede caerse o durar para siempre. Pero de la República, acaso esa entelequia que Ricardo Pau-Llosa llama Venecia, ay, de la República no nos quedará ni las momias ahumadas de una Pompeya.

Los periódicos, las barberías, los bodegones de chinitos tramposos y gallegos tacaños.

El idilio, caballeros, qué cosa tan grande habíamos vivido: el idilio como salvación.

La pobreza como tótem irradiante de la pureza espiritual.

Pobres, pero honrados.

Sin pobreza, no hay memoria nacional. Todos teníamos que tener un pobre en la familia antes de poder gritar a los cuatro vientos nuestra condición: cubanos.

Qué cubanos de qué.

¡Cubanos de Venecia mejor, qué carajo!

Sin complejos de ningún tipo. Ni sensación de ridiculez ni nada por el estilo.
Todo un pueblo a la espera de su ascensión espiritual a mediados del siglo XIX, el único de nuestra historia, por cierto. Una nación en su salsa. La nutria en su elemento nutricio. El terruño como crisol de razas y revolucionarios. La masa como levadura primero y como peladura después.

Tomadura de pelo. Tomadura de país.

Así sea.

Por eso los cubanos estaban tan ansiosos de parir una Revolución real. No porque hiciera falta, sino precisamente por innecesaria. La Revolución como lujo burgués. Como peo tirado más alto que el culo. Como exceso de potens, de plusvalía, de mil novecientos cincuentinuevidad.

La literatura entendida como un cuéntame-tu-vida. Interrogatorio de donde salen inculpados tanto el que escribe como el que lee lo escrito. Edipo Rev.

Vamos a dejarlo aquí.

Tampoco es para tanto. 

No por gusto otro poeta cubano definió a la poesía cubana como, apriétense un poquitico más que aquí voy: un “caracol nocturno en un rectángulo de agua”.

Poesía perversa lo suficiente como para ser capaz de ir por ahí “actuando en la historia”. Poemas perversos lo suficiente como para hacerle resistencia al tiempo y toda esa barahúnda de los orígenes y un destino común: teleología fascista del pí al pá.

Poetas tan perversos que se prestaron para fungir como guardianes voluntarios “de la semilla, de la posibilidad, del potens”. Ni siquiera tuvieron cojones de cobrar un salario por su colaboración estatal a la hora de erigir el monolito de una tradición nacional.

Hay que cuidar a lo cubano en la poesía como quien cuida a un “germen”. Qué asco. Como quien le inyecta su rico antibiótico en las nalgas al santo patrón de una Venecia venérea.

Cuba de cabotaje en Europa.

Cuba inundada por la imitación de sus esencias venecianas, pero de agüita albañal.

País puaf.

Pero la Revolución de 1959 parece que no les salió muy bien a nuestros compatriotas. Pero la Revolución de 1959 parece que se incubó de cabeza, de culo cortado por el tris-tras de las navajas bajo habaneras. Pero la Revolución de 1959 parece que se enquistó con ese resentimiento propio de las sociedades libres, con ese odio al capitalismo que emana misteriosamente del capital, con esa fobia a la democracia que es la tara de género de todos y cada uno de los sistemas democráticos, desde Atenas hasta la White House.

―¡Venecia, Venecia! ―repetía triunfal el poeta de las metáforas contenidas en inglés.

La culpa de toda nuestra desidia y a la par grandilocuencia la tiene, para empezar, el idioma español. Ese adefesio.

Cheo y abstracto. Maquillaje de máscaras musicales. Rimbombante y reiterativo para conseguir su función básica: no decir nada.

Ni siquiera nos es posible decir: “decir nada”. El español necesita con insistencia ninfómana decir: “no decir nada”. Qué barbaridad.

Por eso los angloparlantes nos miran con un toque de morbo y con toneladas de piedad.

Por eso mi amigo Ricardo Pau-Llosa ha elegido no inmiscuirse con los versos en español. Sus renglones cortos son exclusivamente en inglés. La lengua oficial de Donald J. Trump.

Y me encantan. He traducido algunos de sus poemas a la patada. Valga la anfibología, pero a la patada es por mi traducción.

Me pasa que, al leer a Pau-Llosa en inglés, puedo imaginarme instantáneamente sus arranques como debieran sonar en cubano. Esa simbiosis entre extranjeros me resulta conmovedora, no sé bien por qué.
Leo a Pau-Llosa en inglés y me vienen a la cabeza sus mismos versos, pero llenos de malas palabras y del argot más violento de su Venecia extraviada en una esquina de La Habana Vieja.

De su alta poesía de pathos cubanoamericano bajo vigilancia, yo saco versitos vulgares saturados de slang socialista altamente sexualizado.

Lo siento. Soy así. Qué le voy a hacer. A ser de otra manera tengo que aprender. Y la gente que me quiere me sabe entender. Con rima y todo. Al estilo de Orlando Luis Gardey.

Carajos, coños, y demás delicadezas de calle. Dichos y dicharachos. Vileza verbal a pulso. Lugares comunes de nuestra ilustre ignorancia, giros inconcebibles por ningún poeta cubano: muletillas maravillosas que sobrevivieron a la República, a la Revolución, y con suerte sobrevivirán también al Exilio.

La Nefanda Trinidad del alma cubana.

Aunque al exilio cubano en realidad sobrevive cualquiera. Porque el exilio cubano en la práctica poética apenas existió. Pero esto último, está de más decirlo, mejor me lo callo. Porque hay cosas que para decirlas es mejor callarlas.

Ricardo Pau-Llosa, por lo demás, en mi impresentable opinión es un genio. Lleva como, no sé, ciento cincuenta y tantos anhos fuera de Cuba, y precisamente por eso él puede seguir siendo aquel mismo muchachón de La Habana.

Aquel mismo muchachón que no consigo volver a ser yo.

―¡Venecia, Venecia! ―me repetía, tristón y eufórico, el poeta de los tabacos espectaculares fumados en la soledad inescrupulosa de Miami.

El exilio es eso, una soledad prestada, prostética, precaria.

―¡Los cubanos nunca sabremos la magnitud magnífica de lo que hubiera sido La Habana!

Venecia, Venecia, Venecia. Pensaba yo.

Mientras me iba quedando aletargado de este lado de nuestra conversación inalámbrica.

Venecia.

Venecia.

Venecia.

Pensaba yo.

Mientras me representaba el tedio de los tiempos soportado por Ricardo Pau-Llosa en ese paraje de emprendedores y academicistas que pululaban al otro lado de nuestra conversación inalámbrica.

Muerte en Venecia.

Mentira en Venecia.

Mierda en Venecia.

Venecia con halitosis. Venecia con todas las muelas cariadas, hechas talco por las bacterias de una victoria bursátil.

Venecia de verde olivo.

Venecia, vid de veneno.

Venecia, belleza vil.

Como un oblongo ataúd flotante.

Como un mojón memorioso trabado totalitariamente en las gargantas groseras del pueblo cubano.

―Ay, Ricardo, viejo ―le digo, aunque por su stamina telefónica él sea como tres siglos más joven que yo―: no jodas tanto.

Y reímos. Los dos reímos, como compinches de una infancia abortada por el opus magnum de la Revolución.

No somos un par de comemierdas. Los dos sabemos que contra la molicie materialista y el huracán caníbal del castrismo los poetas no significamos ni pinga pasada por agua tibia.

Nuestra mediocridad creativa no es más que un pálido reflejo ante el impulso despingador de una Revolución hecha de poetas, por los poetas y para los poetas.

Reímos a veces incluso a carcajadas. Como dos locos de pase fuera del manicomio.

Coqueta, cómicamente.

Dos cabroncitos cubanos sin contemporáneos, dándonos mutuamente el pésame gracias a la ubicuidad no menos poética de la AT&T.

Mariquitas a punto del llanto.

Más mujeres que nuestro delicioso desfile de mujeres esperanza, mujeres milagro, mujeres habanavenecia y veneciahabana. Todas y cada una de ellas entre un diagnóstico de cáncer y el pronóstico de una cubanidad metastática.

Cuelgo.

Colgamos.

Dan ganas de colgarse.

Por el cuello. Por los cojones.

There is no enough exile.

And the balance is always against.

Lecciones lánguidas sobre cómo regresar a casa cagados de frío en pleno verano veneciano.

A la caza desesperada de un bonsái donde ahorcarnos en el hogar, así sea un hogar de mentiritas.


Lecciones lujuriosas del potens impotente del que la poesía cubana no aprende, cuando yo y Ricardo Pau-Llosa, en este orden antigramatical, uno y otro tornamos a turn home chilled by gusts in the dead of summer.

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