lunes, 5 de febrero de 2018

El premio gordo


La casa de los gordos
Orlando Luis Pardo Lazo
       
        Mi padre copió en un cuaderno mis primeras palabras. Me jodió completo con ese gesto intelectual. Me hizo para siempre escritor. Es decir, espía. Es decir, un tipo imposibilitado de estar presente o de participar de la realidad, excepto cuando esa realidad está pasada por la escritura.

        Era tan temprano. Finales de 1971 e inicios de 1972. El mundo nacía justo entonces conmigo.

        Me bautizaron en la iglesia de Lawton, una mole gris que se empina, ruinosa, entre las escalinatas de las calles 10 y 11. Que en Lawton se pronuncian así: “diez” y “once”. Lo mismo que “doce” y “trece”, y etcétera y etcétera hasta llegar al paradero de las guaguas en calle dieciséis.

        Sólo las calles 8 y 9 se pronuncian “octava” y “novena”, respectivamente.

        Nada, caprichos de la dicción popular.

        Más de la mitad de la iglesia había sido decomisada por el gobierno. En puridad, se robaron todo su convento de manera arbitraria y sin compensación.

        Las monjas, expulsadas.

        Los pioneritos, presentes.

        Así, desde muy temprano, convirtieron aquellos tres pisos en una escuela horrorosa, que le daba la vuelta entera a la manzana, entre B y C, y le pusieron por nombre nada menos que “Camilo Cienfuegos”, porque el comandante Camilo vivía en Lawton, hasta que en octubre de 1959 los propios líderes máximos de la Revolución lo asesinaron a sangre fría, junto a varios de sus escoltas, como Cristino Naranjo.

        Después del decomiso, supongo que muy temprano en los años sesenta, la Seguridad del Estado comenzó a regar rumores estrafalarios, aprovechando la inocencia de los inquilinos del barrio. Y también la complicidad impuesta por el puro terror.

        Dijeron, por ejemplo, que los fetos que abortaban las monjitas a cada rato aparecían bajo las losetas de los baños de la Camilo. Y, aunque la policía política no contara este detalle, yo siempre me imaginaba a esos fetos fétidos emanando de entre los grafitis de penes como espadas de Voltus V y vaginonas abiertas como libros de Biología I, los que eran pintados a lápiz por obra y gracias de los pioneros moncadistas.

        Así fue que Fidel convirtió la mayor parte de la iglesia en una escuela mitad primaria y mitad secundaria. La “Iglesia de la Camilo”, la llamábamos. Aunque Camilo era, con su barba de fornicador y su sombrero alón, un ateo de los que hay que matar para que crean en algo.

        Por eso mismo lo mataron.

        Para que creyera en ese algo sin alma que era la Revolución más humanista en la historia de la humanidad.

        Las primeras palabras que mi padre copió en el cuaderno tenían sin excepción dos sílabas. Al parecer, es cierto que el lenguaje comienza siendo mera mímesis: imitación de unos primates gramáticos (mis padres) por parte de un primate ágrafo (yo).

        Mi padre las anotaba como si de un nuevo diccionario se tratase. Como si fueran ellos los que tuvieran que aprender la lengua que yo iba aprendiendo de ellos, semana tras semana, desde mediados de 1972 y hasta el día de hoy.

        Titi, significado: “pollito, gallina”.

        Pupú, significado: “carro, automóvil”.

        Papu, significado: “zapato, chancleta”.

        Abba, significado: “agua, sed”.

        Ette, significado: “leche materna, hora de lactar a Orlando Luis”.

        La escribidera de aquellos sonidos y sus acepciones, que por entonces no significaban nada, sería luego lo que me obligaría a devenir escritor. También por puro acto y arco reflejo, por instinto de mimo malcriado, por vocación de plagio a perpetuidad.

        Cacán, significado: “Pascual, vecino”.

        Nerru, significado: “negro, prieto”.

        “Nerru como Miguel”, que era el brujo de al lado, en Fonts # 127 (exterior).

        Miguel, el noble afrocubano sin abolengo, con sus toques de santos apócrifos y sus sacrificios sangrientos. Degollando palomas y carneros, tal como le rompía el clítoris a las negritas y mulaticas del barrio. A las blancas, no sé. La sangre y la leche corriendo al por mayor, al compás críptico de los tambores batá.

        Rituales al margen de la Revolución, en el cuchillo donde se cortan en perpendicular las calles de Fonts y Beales, que un poco antes simulan ser paralelas, sólo para cruzar de la mano la Avenida de Porvenir.

        Ah, inconcebibles memorias que en la época de Donald Trump y Díaz-Canel ya no significan nada. Para nadie. Para ninguno de los cubanos inconsolables que quedamos.

        Pero yo sí todavía conservo aquellas noticas iniciáticas de mi papá. O, debo decir, de mis primeras creaciones literarias.

        Miren qué lejos ha llegado el hijo único de dos padres viejos, María y Dionisio Manuel. Tanta sangre y semen que se ha llevado el río. Y yo vengo a ofrecer mi corazón. Por escrito, por supuesto, como al origen del horror de una infancia feliz, sin muerte ni vejez, sin exilio ni enfermedad.

        Ha llovido tanto, y tanto ha escampado, desde aquel otro ritual doméstico que era traducir las boberías babeadas por un bebé, y que de adulto yo no puedo sino transcribir con el lugar común de esa otra palabra de dos sílabas también: amor.

        Amor, significado: “amor”.

        La caligrafía de Dionisio Manuel Pardo Fernández está al inicio mismo de esta novela. Una historia homónima que se llama mi vida sin biografía.

        Es increíble como cualquier tiempo gramatical se me parece más y más al pasado. Pero es lógico. Desde hace por lo menos dos décadas los cubanos tenemos la sensación de que ya todo pasó. De que ya todo nos pasó.

        Ha sido una década doble, en realidad.

        Irreal. Decrépita, desquiciada.

        Al siglo XXI nunca lo llegamos a inaugurar del todo. Quedo trunco, allá atrás. Allá abajo, allá lejos, allá antes. A mediados de 1989. No se hagan ahora los que no saben. O en algún punto impreciso de 1991. Da igual, ustedes saben de sobra de lo que hablo.

        Castrismo a la capicúa.

        Las palabras “isla” y “asilo” son palíndromos potenciales.

        Escribo esto en el fin de año de 2017, y es obvio que seguimos dando tumbos en una especie de sobrevida. Sobremuerte a la carta.

        Podemos correr ahora como gallinas decapitadas si queremos, pero el siglo XX no se irá a ninguna parte hasta que los cubanos que vengan no le den su despedida debida.

        Nosotros ya no tenemos ánimo para tanto.

        Está demasiado avanzado el siglo XXI, y nosotros nos sentimos solos y demasiado perdidos.

        Entre Barack Obama y Raúl Castro.

        Ni siquiera llegamos a disfrutar la inauguración de Donald J. Trump.

        Puro despilfarro generacional. Un pueblo entero degenerándose en cámara lenta. Atrapado en la perversa pronunciación de estas dos sílabas: “adiós”.

        País sin paisanos.

        Paisanos sin paisaje.

        Pobres pasajeros, de empalizada en empalizada. Mascando las empanaditas que hace mucho rato ni Olga ni nadie vendió.

        Esto no nos lo hizo Fidel.

        Esto nos lo hemos hecho nosotros mismos.

        Miles de fusilados. Miles y miles de presos políticos. Miles y miles y miles de expatriados. Mientras mi madre me llevaba a comprar ropitas que le sirvieran a la gordura sin gastronomía de mi padre. Ropazas.

        Y allá vamos los fines de semana, a La Casa de los Gordos, sita en Belascoaín entre quién recuerda ahora qué y qué. La amnesia como bendición. Desde hace por lo menos dos décadas dobles los cubanos tenemos la sensación de no saber qué pasó. Qué nos pasó.

        En la ropa de mi padre, como en sus palabras sacadas de los libros que él me leía en un esdrújulo inglés, cabía yo como quince veces. Yo era entonces un renacuajo, pero con la misma cabeza que tengo ahora. Una especie de ET.

        Mi padre no era gordo, sino que tenía una panza descomunal. De mujer embarazada. Y así se lo gritaban sin pensarlo dos veces por la calle.

        La cubanía es eso: la imposibilidad de estar a solas con uno mismo.

        ―Vaya, Bayoya, ¿son jimaguas o trillizos?

        Yo fingía no entender lo que le gritaban a mi padre.

        ―Vaya, Tonina, ¿para cuándo los pares?

        Y mi padre fingía no notar que yo lo entendía todo, probablemente desde antes que él comenzara a transcribir mis protopalabras.

        Ami, significado: “madre, mamá”.

        Apa, significado: “papi, padre”.

        Lala, significado: “Georgina, la hija de Valladares”, vecina linda del frente que, por más que también fue engordando, como mi padre, nunca dejó de ser la princesa primera de los setenta, asomada al encantamiento de su balcón de Beales.

        Con Lala aprendí a escuchar la radio:

        Que no duerma el brazo ni cese el motor.

        El trabajo es gloria, la vida es acción.

        Tiquitiqui, significado: “cosquillas, costillas, risa corporal”.

        Mindinguilla, significado: “mantequilla”. Por extensión: “mayonesa, queso crema, pasta de bocaditos”.

        Ati, significado: “Tati”. Y todos conocemos ahora todo lo que teníamos que saber sobre Tati, y de cómo la muerte mala le arrebató para siempre a su Isauro de Lawton, a las cinco de la tarde.

        Entre los miles de fusilados, entre los miles y miles de presos políticos, entre los miles y miles y miles de expatriados, el paraíso de mis padres.

        Todos decentes, todos desconcertados, todos desaparecidos en un período de tiempo más corto que la desaparición de los dinosaurios.

        Todos recién nacidos y recién cadáveres, con el corazón clavado en Cuba y sus cuerpos a la intemperie en ninguna parte. Mientras mi madre María, sólo hoy por fin ya octogenaria, me llevaba a comprar ropitas que le sirvieran a la gordura sin gastronomía de mi padre Dionisio Manuel, por entonces ya casi septuagenario (en edad ellos se llevaban, a la vieja usanza colonial, una veintena de años).

        Pantalones de trabillas y balas anchas, cintos con hebillas de oropel, camisas mal recortadas de cuadros, pañuelos para los mocos por el cupón de la libreta industrial, calzoncillos mata pasiones, y un abrigo de los llamados “impermeables” sin fecha de expiración, porque en aquella época encandilante los inviernos eran mucho más fríos en La Habana que en Miami.

        Así y todo, no nos podemos quejar. Como en el chiste arcaico sobre la Unión Soviética, creo.

        Así y todo, nos quejamos como mejor podemos.

        Echándonos escuálidas margaritas a nosotros mismos, como puercos iniseculares que se sacaron el premio gordo de la lotería.

        Dentro y fuera de la Isla, despidiendo nuestros duelos con un vocabulario que denota, por los cuatro costados, un soberano sentido de la ridiculez.


        Vocubalario.

1 comentario:

juan padron dijo...

Muy bueno con talento y cubanía