viernes, 2 de febrero de 2018

Fidelito



        Un año después de Fidel, se mató Fidelito. Un año y un par de meses después de quedarse huérfano.

        Fidelito era el primogénito de Fidel. Y ahora es el primer Castro suicida. No así por la parte de la familia Díaz-Balart.

        Si fue un suicidio lo de Fidelito, ya nunca lo sabremos en realidad. Me parece sospechoso que Wilfredo Cancio se haya apurado a confirmarlo para Radio y TV Martí, con detalles escabrosos de que primero lo intentó con una pistola, hasta que después logró zafarse de sus escoltas y dar su salto al vacío.

        Como de costumbre, la prensa infiltrada de Miami echa a correr rumores sin citar sus fuentes en Cuba, por los consabidos motivos de seguridad.

        En este caso, de Seguridad.

        Ninguna noticia que salga del castrismo es confiable. Mucho menos las noticias de muerte.

        El castrismo está en una de sus fases más peligrosas. Tienen que reajustarse entre ellos. Tienen que sacar del aire a quienes no les sirvan para el futuro.

        Dentro y fuera de la familia. Dentro y fuera de la oposición. Dentro y fuera del exilio.

        Con el poder no se juega.

        El poder no se entrega, ni muertos.

        Esta es la única regla de esa élite, sin excepción y sin vacas sagradas.

        Dicen que Fidelito luchaba hace años contra la depresión.

        Me recuerda a mí. Aunque yo no lucho contra la depresión. Al contrario, a veces tengo la sensación de que estar deprimido es precisamente lo que me mantiene a salvo. A flote, vivito y tecleando.

        Recuerdo a Fidelito desde muy niño. Aunque Fidel tuvo decenas de hijos, el único que me nombraron en casa era Fidelito.

        Mi padre, que odiaba a Fidel por ósmosis, hablaba sin embargo muy bien de su hijo. Me decía que era una mente brillante. Que estudiaba ciencias nucleares en el extranjero. Que no se metía en política, pero que lo estaban preparando para que algún día sustituyese a Fidel. Y que yo me parecía físicamente a él. Lo mismo que mi madre me decía que yo me parecía al entonces hijo del Rey de España, que hoy es el nuevo Rey.

        Mis padres eran personas mansas, de nobles intenciones. Y también bastante ignorantes.

        Vivían en un limbo. Eso se los agradeceré para siempre.

        Mis padres me descubrieron que, en Cuba, el limbo es el mejor refugio para los cubanos que aspiren a sobrevivir.

        Mi madre aún vive allá, en Lawton.

        Mi padre, no. Pero al menos no se suicidó.

        O tal vez sí, pero sin anunciarlo. Porque en agosto del año 2000, casualmente el domingo 13 que era el cumpleaños de Fidel, mi padre se dejó matar a falta de medicarse.

        Cayó como un baobab, como un pequeño príncipe de 81 años. Sin hacer ruido, sin quejarse. Sus ojos de un verdeazul marino se convirtieron en canicas opacas.

        Fue terrible verlo así en la camilla sucia del hospital, aquel verano bochornoso de la inhóspita quinta La Benéfica, en Luyanó.

        Ojalá su alma haya volado a Asturias sin hacer escala, de donde eran sus padres. Cerca de Cudillero, una tierra brava que él no conoció. Pueblecito de pescadores y primos que se amaban a escondidas del sacristán, como fue el caso de mis abuelos Ramona y Manuel.

        Yo lo amaba, a mi padre Dionisio Manuel Pardo Fernández. No creo que en los veintinueve años que disfruté a su lado se lo haya alcanzado a decir. Así, con sus siete letras y dos espacios: yo te amo.

        No fue culpa suya dejarse morir. Simplemente mi padre no se dio cuenta de la enfermedad que se lo comía por dentro: una metástasis misericordiosa que nunca le provocó dolor.

        Cero síntomas malignos. Cero chance de despedirse de nadie. Cataplún.

        Hasta en la hora misma de su muerte, mi padre vivió en una burbuja de ignorancia más que infantil. Fidel y Fidelito Castro, la verdad que no creo. Asumo que esos dos sí sabían demasiado. Tal vez por eso es que ahora ambos están cremados y bien cremados.

        Sólo cenizas hallaremos de todo lo que fue la Revolución.

        Cuando en la internet se soltó la noticia, la sensación térmica en Saint Louis era de menos trece grados centígrados.

        Yo estaba tratando de mover las piezas en el portal del club de ajedrez. Pero me temblaban las manos y la mandíbula. Hubiera sido muy fácil sentarse en un contén cualquiera de Central West End y dejar que el cuerpo se me fuera enfriando.

        Dicen que no duele.

        Dicen que uno se duerme y ya.

        Dicen que, después de la mala primera impresión, el proceso de aniquilación biológica sigue sin trauma su propio curso termodinámico.

        Saber suicidarse es un poco eso, elegir una muerte sin miedo. A tiempo.

        Decirnos adiós en privado, en una despedida sin duelo exclusivamente para nosotros mismos.

        Reconocer que no podemos hacer nada para garantizar que seguimos estándolo, vivos. Como tampoco podemos hacer nada para dejar de morirnos.

        Sin Fidel.

        Sin Fidelito.

        Nuestra era de los dinosaurios ha comenzado tardíamente a desaparecer.


        La verdad es que no tengo ni idea de qué van a hacer los cubanos con los cubanos, cuando nos veamos a solas entre nosotros mismos.

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