sábado, 3 de febrero de 2018

Milagros de madrugadas


Madrugadas

Orlando Luis Pardo Lazo



Si llegaba despierto a la medianoche, entonces ya no me podía dormir. Las noches cubanas eran demasiado hermosas como para que alguien se quisiera morir. Las noches cubanas eran lo más parecido que yo he conocido a la eternidad.
        Yo respiraba y respiraba en aquel barrio mudo de las afueras de La Habana. Lawton, mi amor. Yo me veía a mí mismo vivir en aquel mundo mítico y rodeado de personas vivas que nunca se podrían morir.
        Y eso me hacía feliz y solitario. Y me hacía sentir un pánico inexplicable, por ser yo el único testigo de toda aquella belleza, todo aquel cosmos de chimeneas y escalinatas que a los otros cubanos de Lawton ya no les daba ni frío ni calor.
        Estaban por estar, mis pobres contemporáneos.
        Estaban para conmoverme.
        Para llenar mis ojos color tiempo o color tarde con visiones de vejez a los quince o dieciséis años. Y con un deseo atávico de estar enamorado y amar. Sin encontrar a ningún otro ser humano capaz de sentir lo mismo hacia mí. O sintiéndolo, pero siendo entonces incapaz de expresarlo.
        ¿Me entienden?
        Yo más o menos me entiendo. Pero ya da igual. Tampoco me queda sitio donde refugiarme. Ese es nuestro único refugio remanente: haber perdido para siempre nuestros respectivos barrios de Lawton, no tener vuelta atrás ni vuelta adelante, no contar ya con un nuevo Estados Unidos hacia dónde escapar cuando la ausencia de Cuba se nos haga uncanny. Es decir, se nos haga coágulo de familia en el corazón.
        Por la ventana de mi cuarto en Cuba yo veía una mata de mango. Y el humo azul de una industria en ruinas, la fábrica de pinturas que consumía miel de purga, traída en trenes interprovinciales, y expulsaba al aire moléculas de cáncer.
        Todas las noches se oían pasar los trenes, como aves aterradoras y amables. Toda la noche el obsceno pájaro del insomnio se posaba sobre mi pecho nunca lampiño, con vellitos rubios olorosos a hogar, y me mantenía en vela imaginando la forma de esa gran novela cubana de la cual yo anhelaba ser el escritor.
        Me sentía Dios Autor en Lawton.
        Y entonces me desnudaba.
        Siempre me encantó mucho mi cuerpo. No he visto ninguno más hermoso. Ni de hombre ni de mujer, ni de anciano ni de bebé. El cuerpo rebosante de sueños y semen de Orlando Luis Pardo Lazo, la mayor parte del tiempo dos deseos indistinguibles.
        Será una verdadera tragedia asistir a su corrupción.
        Será un acto de profunda humillación para la humanidad cuando mi cuerpo, como Cuba, sea uncanny. Si es que ya no lo es.
        Esto no es culpa del exilio.
        Esto ya nos estaba pasando en Cuba.
        En las noches de Cuba, cuando oía los ronquidos de mis padres en la habitación de al lado, me llevaba las manos a la cabeza con pavor. Tratando sin lograrlo de taponear mis oídos.
        “Dios mío, dios mío”, yo pensaba o algo parecido a pensar, “los amo, son mis padres del alma, los amo pero no tengo la más remota idea de quiénes son, ni de dónde cayeron en mi casa esos dos cubanos que llevan toda la vida viviendo junto a mí, en Lawton, sin saber ni preguntarse quién soy”.
        Porque, por supuesto, para una vida normal, esa pregunta no era ni remotamente necesaria. No tenía ningún sentido.
        Porque, por supuesto, yo no incubaba en mi pecho una vida normal. Sino desquiciada, excepcional.
        Y porque, por supuesto, era la locura y el borrón del lenguaje lo que emanaba silenciosamente de mí.
        Para qué negarlo a estas alturas de la escritura: el miedo a volverme loco me fue volviendo loco en las madrugadas de Lawton. Gentil y desoladoramente, loco.
        Loco de manera irreparable y sin el consuelo de saber olvidar esta simple verdad: cuando estuve vivo en Cuba, estuve también loco. Y nadie se enteró.
        Soy un monstruoso disimulador. Los engañé a todos, empezando por mis padres.
        Empezando por mis padres, a todos los protegí de este infierno de sinsentido con el que el adolescente que yo fui siempre tuvo que batallar, medianoche tras medianoche, a la hora del insomnio cubano y la belleza goteando a cuentanoches por la ventana del patio.
        De ahí la parálisis hoy.
        De ahí hoy la desconexión.
        Tal vez temo que, si resucito, si vivo, si veo, si pienso, si hablo, si escribo, si amo, volveré a estarlo de inmediato: loco.
        Pero esta vez de manera fulminante.
        Es decir, despojándome de un tirón del lenguaje y del alma, de la escritura y del cuerpo, del pánico y del amor. Es decir, muriéndome de verdad. De repente. Sin poder aferrarme a nada. Ni a nadie. Sin haber vivido, por cierto. Ni escrito nada. Ni a nadie. Esta vez sin poesía ni juegos malabares literarios.
        Muerto a la mitad del exilio. Como Fidel Castro.
        Muerto sin avisarme.
        Reunido en la inconsciencia para siempre con la muerte inverosímil de Fidel Castro.
        Por eso ahora las noches del exilio tampoco me dejan dormir.
        No es una alucinación. En todo caso, es una alocución.
        Alguien me habla al oído. Alguienes.
        Yo nos los oigo, pero sé que me deben de hablar. Envejecer es eso, perder la capacidad de diálogo.
        Ellos tal vez tampoco me oyen, pero igual me desvelan con sus sílabas salidas de sí sé dónde, repercutiendo en el yunque y el martillo del caracol de mi oreja.
        Oír es oír un eco. Fuera de Cuba, ya no hay sonidos originales.
        Recordar es recuperar cierto murmullo inercial, cierto ruido donde estábamos en casa y nadie nos iba a traicionar con su muerte.
        Nuestras memorias son eso, un eco cósmico que se cuela en nuestras cabezas. Un susurro sin longitud de onda y con todas las longitudes de onda, que penetra el nuestro salido de otros cráneos cuando estaban cubiertos de carne.
        Pronto todos estaremos al descubierto. Al descampado. A la intemperie.
        Alguien recita al borde de mi mente con miedo de ser mi mente. No es un poema, repito, es la colección completa de mis onomatopeyas perdidas e imperdibles.
        Los rugidos de los trenes, atestados de vacas traídas del campo para morir acuchilladas en el matadero de Lawton.
        Los silbatazos de los barcos recién llegados de Europa, esa otra galaxia, que se oían desde mi casa a pesar de quedar a muchos kilómetros de la bahía de La Habana.
        Hasta el humo de la refinería de Regla se oía en mi cuatro. Un humo blanco que bufaba, como de Papa muerto remplazado por un nuevo Papa hasta el próximo humo blanco.
        Las sirenas de las ambulancias, con sus cadáveres de turno en cada una de sus caracolas blancas. El cadáver de turno que no podía evitar imaginarme que era yo, pidiendo piedad o perdón dentro de cada ambulancia. Pidiendo, por favor, no desaparecer. Es que me amo tanto. Es que me amo aquí, amando incluso a mi pánico.
        El hospital La Benéfica se alzaba como un cementerio nocturno. Amenazador, escalofriante, chileno. Porque el hospital La Benéfica había sido rebautizado Miguel Enríquez en nombre de la Revolución. Y en su mural se asomaba una cita descascarada de Salvador Allende, probablemente falsa. Palabras del presidente desaparecido, con su casco de milico y la metralleta de Fidel Castro alzada en una mano. La izquierda.
        Aquel hospital de Luyanó era un almacén de policías y locos. Todos viles, envilecidos. Todos niños que crecieron demasiado rápido para ser buenos. No podían creérselo: sin querer ya eran adultos y ahora debían morirse o matar, probablemente ambas cosas. Morir matándose.
        Todos, también, muertos de hambre. Y, por algún motivo que es obvio, todos lascivos. En cuerpo y alma. Nunca vi gente más babosa que en las salas y rincones de aquel hospital.
        En la Cuba de Castro se moría con más y más ganas de fornicar. Era una frustración asfixiante. Los moribundos allá eran así: un templo de todas las fornicaciones que se quedaron en esa.
        En el exilio, no sé.
        Supongo que en el exilio uno muera confiando en la voluntad de Dios. Y en el retorno del espíritu a la patria liberada.
        Pobres, pobres mi compatriotas queridos.
        Si ellos supieran lo atroz que es la realidad.
        Es mejor no despertarlos, no decirles nada. Protegerlos, como a mis padres cubanos. Cuando yo tenía diez, después veinte, después treinta años. En aquella misma casita de tablas antediluvianas: Fonts # 125, esquina a Beales, entre Rafael de Cárdenas y calle 10 o calle 11.
        Este último detalle quedó sin definir, allá en Lawton. Total, daba igual. Las cartas de todas formas no llegaban. Ni salían.
        Mi casita de maderas machihembradas. Primero, pintada de verde. Después, despintada de azul. De lo íntimo de la fotosíntesis a lo cosmopolita del cielo.
        La ventana del cuarto de atrás de mi casa nunca envejeció. La mata de mangos filipinos del patio, tampoco. Pero, en la bruma mental de mis madrugadas sin edad, a través de los píxeles analógicos de la tela metálica, el mundo se me iba difuminando.
        Y yo mismo me iba difuminado de mí.
        Lawton, mi amor.
        Lawton, por favor, vuelve.
        Lawton, no vuelvas porque será peor.
        Algunas noches me ponía hablar por teléfono hasta poco antes del amanecer.
        Hablar con mujeres, se sobreentiende.
        Algunas famosas, como Ena Lucía Portela, la escritora enclaustrada en una mansión en ruinas de El Vedado.
        Otras anónimas, como Lady Su, aterrada de presente en su palacete republicano de Santos Suárez, en los años dos mil devenido asilo de amorosos ancianos, gente mortecina resistiéndose a morir bajo bombillos de bajo voltaje. Todo en sepia, todo sembrado en un sin futuro fosilizado.
        Yo hablaba con mujeres todas más o menos imaginarias. Mis miles de mujeres mentales.
        Tal vez en otra parte revele el contenido de aquellas conversaciones entre cubanos. Tal vez me dé cuenta de una vez y por todas que es imposible revelarlo. La conversación misma era el contenido. No había más.
        La voz de una mujer al filo de la medianoche es por lo demás un sonido inimitable.
        Algunas noches, después de colgarles el teléfono, me daba entonces por llorar.
        Sin causa.
        Lágrimas sin llanto.
        Llorar y llorar, como si me estuviera vaciando. Y vaciándome. Pero, a la vez, llorar disimulando. Tapándome la boca para no despertar a los desconocidos queridos que tanto se parecían a mis padres, no siéndolo, los que a su vez simulaban dormir en el cuarto de al lado, cuando en realidad sólo estaban esperando su turno para desaparecer sin dolor.
        Para no verme a mí desaparecer con dolor.
        Para dejarme solo antes de que yo los abandonara. Yo, su único hijo con mi ausencia única de hijos.
        Dicen que llorar por llorar es el primer síntoma serio de la depresión. No lo creo.
        Cuando lloro por llorar es cuando menos estoy deprimido. Cuando más me reconecto con la realidad. Cuando más a punto de resucitar a la vida me siento.
        Y el llanto viene a ser entonces una especie de catalizador negativo.
        Puede más mi incertidumbre, mi certeza de que participar es peor. Puede más mi confianza en que la única forma de permanecer vivos un rato más es no estándolo, no viviendo.
        Tenía razón el maestro del miedo en los tiempos del totalitarismo cubano: el insomnio es una cosa muy persistente.
        Mi único miedo es a ese día de exilio en que despertaré ya sin fuerzas para disimular.

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