domingo, 18 de marzo de 2018

Camila de Chile, Camila de Cuba

PUEDES LEER MI CUENTO EN ESTE ENLACE DE LA REVISTA LITERARIA CRONOPIOS:



Escritor del mes Cronopio

CAMILA DE CUBA
Por Orlando Luis Pardo Lazo*
Morandé. La confusión de los altavoces. El escándalo en plena calle. Los susurros intraducibles, transmitidos en tandas por las microondas. Milicos hablando en una especie de inglés del sur. Como si el inglés fuera una lengua muerta. Una lengua mala, malvada. Un argot pronunciado para matar. Un dialecto que ni los muertos mismos entendían del todo, excepto en el instante mismo en que los iban a matar.
Porque la hora de un país no espera por las personas. Porque la hora de Chile no iba a esperar por nadie, mucho menos por los chilenos. Para eso estaban los himnos militares, acordes atroces a todo grito en cada radio de la nación. Por la razón o la fuerza, en Fa Sostenido Mayor. Patria era dignidad, pero sólo por la razón y la fuerza. Dignidad era acción, y es sabido que no hay fuerza que no sea ficticia. Ni hay ficción que no sea física: masa por violencia por aceleración. Órdenes y contraórdenes, y una lista de nombres con apellidos alemanes o italianos o ingleses, todos mal deletreados por militares medio aterrados y medio muertos de risa.
Nada fue tan dramático como lo cuenta la historia. El horror es a ratos una carcajada en tu cara. Nadie se muere en vida como se muere en el cine, por ejemplo, aunque la música sea más o menos igual. Sinfonía afónica. Una melodía que resuena sólo dentro de nuestras cabezas, mientras los huesos del cráneo nos hacen crac, cric, crac. Dramaturgia con captions para cadáveres.
Ave, Santiago, los que van a matar te saludan. Los que iban a morir, sólo sudan, salivan. También se defecan y orinan, en contra de su coraje. Voluntad se escribe con v muy corta, de victoria. De víctima, de verdugo. De vil. Esfínteres traicioneros con denuncia de semen y sangre. Leche roja versus hemoglobina láctea. Los muertos que van a morirse no alcanzan ni a decir medio adiós. La banda sonora de la debacle, el delirio. Los cánticos de las congregaciones en nombre del Estado y de Dios. La derrota es muda. O, cuando más, la derrota es un tartamudeo. Un trabalenguajes.
Morand-d-dé. Los milic-c-cos u-u-unidos tamp-p-poco serán ven-n-ncidos. M-m-morandé. Septiemb-b-bre aciag-g-go, Santiag-g-go. Chilito mi amor amnesia de 1973. Mientras La Habana hacía un silencio quirúrgico para que yo naciera con fórceps en un hospital. En el mismo día y mes y año que tú.
Camila en Morandé y las avenidas que todavía hoy cruzan Morandé, en un crucigrama perverso de títeres tirando tiros. Tatatatá. O rabiando las ráfagas que barren desde la acera hasta los escalones. Ratatatatá. Ripiando el mármol de las casas que aún se atreven a asomarse sobre la avenida. Te recuerdo naciendo entre los ametrallados, a miles de millas de distancia pero casi al mismo tiempo que yo. Al unísono. Tatatatá, Camila, ratatatatá. En el corazón de un laberinto lánguido llamado Santiago de ninguna parte, Santiago del mundo entero, Santiago a secas, Santiago sangre reseca, Santiago sí o sí, Santiago que La Habana te espera estéril, escéptica, exiliada pero sólo un ratico de tus inviernos de verano y veranos de invierno. El amor es un mundo al revés.
Por entonces todas las chilenas se llamaban Camila. Eso es un hecho comprobado. Y todas tenían un brillo de océano en la mirada. Y todas, en el pelo, un latigazo de Andes que no era andino sino qué sé yo, un poco como que planetario. De otro planeta todavía por descubrir, pero muy parecido a La Tierra. Cabello de ángel, luz negrísima del desierto. Como un mirador sin lente apuntado al espacio exterior. O con lente, pero desenfocado. Miopía sin párpados ni pétalos de las galaxias lejanas, defecto Doppler. Florecita de polen maravillosamente borroso desde el Big Bang, desmemoriadamente borroso hasta el Big Crunch. Cumbres borrascosas donde no ver es la mejor manera de mirar. No ver, viendo. Ver, no viviendo.
Como si Santiago entre la cordillera y la cordillera fuera una especie de pasillo sideral, un hangar que conecta a las cabezas de los chilenos con el cosmos y más allá, con el silencio que rodea al cosmos como si fuera un pañuelo. O una bolsa de plástico, tan sofocante. Hasta la asfixia. Hasta la letra a, la primera que aprendemos en la escuelita pública y la última que exhalamos cuando los vivos nos van a matar. A.
Sé que es imposible explicarme, explicártelo. Si no lo viviste, ya no tiene sentido lo que pasó. Sigue leyendo. Lo digo sin ira y sin ironías: ahora ya todo resulta exactamente igual. Si no estabas respirando entonces en la ciudad, si no pronunciaste las palabras en una mala suerte de inglés del sur. Si no oíste luego que la metralla las partía puntualmente en sílabas, en fonemas intraducibles al cubano del norte. Si no lo viviste en año propio, Santiago de La Habana en 1973 nunca pasó.
No más septiembres. No más martes. No más onces. No más cumpleaños a dúo por carambola. No más Camila de Morandé, muchacha metamorfoseada en una mentira más. Como la muerte del Presidente. Como la muerte del General. Como la muerte del Comandante. Cajitas de tiempo con forma de ataúd. Grandes alamedas abiertas a la mentira pura y dura. Como la muerte. Como el amor. Como la muerte del amor.
Por eso nos dábamos la mano en una Habana del Este y soñábamos con regresar a un Santiago del Sur (yo nunca había ido, pero regresar es eso: volver a no ir). Claro que, antes de todas esas escenas quién sabe si soñadas por cada uno, Camila tuvo que entrar a mi aula por primera vez. Y entonces supe que nada había estado bien en mi vida. Que todo no había sido más que un estar por estar. Y una perdedera de tiempo infantil. Qué miedo, qué milagro, qué mediocridad. Que no haberla conocido hasta esa tarde cubana, tan tarde, entrañaba el riesgo ridículo de que uno de los dos se hubiera muerto antes de llegar por fin a ese otro martes, a ese septiembre otro. Para que ella atravesara entonces el aula de punta a punta, como flotando, con aquel uniforme bicolor de falsa preuniversitaria cubana. La saya mostaza, una flor. La blusa blanca, una playa. El pelo de noche foránea, una declaración de guerra. A muerte, Camila, de por vida.
Aquel era el mismo uniforme con que el resto de las muchachas se aburrían en clase, pero a ella de pronto le quedaba tan natural. Tan desde siempre. Tan cómo te demoraste, Camila. Y era lógico, si habías nacido el mismo día y a la misma hora que yo. Tan nadie. Tan ansioso. Tan anormal de empezar a conocerte preguntándote si mi Habana del Este se parecía en algo a tu Santiago del Sur. Y tú, sonriendo, con sorna o casi: «Pero si no tienen nada que ver».
Ver es eso. No tener nada que ver. Eso era mirar entonces para nosotros, adolescentes del socialismo en un aulita al azar. Su mano en la mía, por ejemplo, de pronto eso era mucho más que mirar. Su acento aflautado de vocales í en mi oído, por ejemplo, era musicalmente mejor que mirar. Saber que nadie en Cuba se llamaba Camila antes de que Camila entrase a nuestra aula de onceno grado. Onces por todas partes, irrespirables. El riesgo y la resignación de que todo nos ocurría tan tarde, cuando, en realidad, todo nos estaba ocurriendo demasiado temprano para darnos cuenta de qué. Cuando se es tan real, como en la Cuba de mil novecientos ochenta y tantos, uno no tiene memorias sino que es pura acción. A lo sumo, la nostalgia pura y dura de no tener nostalgias. Aún. Y de que el futuro fuera nuestro más común día a día.
Un carro de chapa diplomática la dejaba y la recogía con exactitud estrafalaria en la puerta del Preuniversitario. Yo la espiaba, temblando. Temía que cualquiera de esos mediodías o anocheceres del reparto Alamar pasara lo peor. Que desapareciera, esa palabra. Que desapareciera con falso uniforme y todo, tal como había aparecido el primer martes de un septiembre indejable atrás. Adiós, Camila. Adiós, Chilito cubano. Adiós, lenguaje cómico que estúpidamente competíamos en el aula para imitar. Adiós, días que no volverán, a pesar de que yo sí vuelvo a ellos a diario. Adiós, Santiago de La Habana, con esa muequita que se te formaba a cada lado de los labios. Con ese rictus de los que ríen con una libertad sin límites, parida al compás de la muerte. Parodia al compás de la patria. Sinónimos y sinalefas, ninguna biografía escapa a las fechas de caducidad del lenguaje.
Yo siempre atento de ti, tonteando. Hasta que una tarde me invitaste a no hacer nada, simplemente a subir y asomarnos a la azotea del doceplantas donde estaba nuestro Preuniversitario, llamado casi con redundancia, ya sabes: Salvador Allende. El edificio era uno de esos monstruos antediluvianos que nacieron ya carcomidos, hechos literalmente leña por las pocas ganas de los obreros y la cero calidad del concreto. Una mole cogiendo moho bajo los aguaceros con goteras de La Habana del Este, en la Zona número 1 del reparto Alamar. No había quién lo salvara, en tanto arquitectura. No habrá quién lo salve, ni como arqueología.
Otro mirador cósmico, otra rampa de lanzamientos para los suicidas del proletariado. Hijos sin padres, historia huérfana. Otro hangar donde sentarnos con nuestras dos nacionalidades contrapuestas a cuestas. El Santiago de la alegría que viene y La Habana del plebiscito donde votar No o No. No te vayas. No me dejes. ¿Cómo no darnos cuenta que tú y aquella puesta de sol estatal no eran sino un calco hecho a mano de la eternidad? Hecho amnesia.
Morandé a finales de los ochenta no es lo mismo que Morandé a inicios de los setenta. No sería sólo la confusión de los altavoces, el escándalo en plena calle, el susto transmitido en tandas por las microondas en un inglés del sur, intraducible. Lengua fósil, lengua momia de los que tendrán que morir o matar. Morandé tampoco serían las banderas militares a todo trapo en cada edificio de la nación, como velas de barco en un velorio. Ni las órdenes y contraórdenes dichas como sobreactuadas, desdramatizadas por los detalles sintácticos de una debacle doméstica, domesticada. Una realidad roma, residual, rala, retórica, irrecuperable. Y mucho menos Morandé podría ser la garganta hecha silencio con el infantil tatatatá o ratatatatá que arrulla el corazón tartamudo de una isla continental, larga y estrecha como una espada anglófona. Lava volcánica inverosímil, voraz.
Así se nos fue yendo aquel atardecer cubanito. Sin decir nada, Camila y yo, pero diciéndolo todo. Callar era nuestra mejor manera de decir. Mientras sentíamos cómo los conserjes clausuraban las rejas del Salvador Allende varios pisos bajo nuestros pies, dejándonos libres de remate bajo el aire libre espeso, preso, de una ciudad y un mundo ya a punto de hacer implosión. Crac, cric, crac. En cuestión de horas, días, semanas, Cuba se estaba acabando y no sólo para los cubanos. Porque la hora de las personas no espera nunca por el país.
Cuando se hizo noche cerrada, todavía sin conocerme, Camila me arrimó contra ella y me coló en el bolsillo de la camisa una media hojita rayada de papel, arrancada de cualquiera de sus libretas: «Si va a ser lindo, que lo sea después». Sin ningún pudor, Camila, te estabas despidiendo a solas justo en frente de mí. Ella no había llegado y ya se tenía que ir, tal como lo intuí desde su entrada a nuestra aulita del curso anterior. Tal como lo temí.
1989 avanzaba lentísimo, como las nubes que siempre emigran al mar, cuando debiera de ser al revés. Ese año, cada uno por su parte cumpliría los dieciséis. En capitales aparte, antípodas. Nunca en el mundo nos llegaríamos a besar. Ni falta que nos hizo tampoco. Hablar era besarse. Callar era hablar. Y lo hicimos con una presencia de diálogo tan adulta como luego de adulto no he conseguido dialogar con nadie jamás. Ni falta que me hace tampoco: hablar es hablar con Camila, callar de Camila, y otra vez hablar y callar en Camila. De ahí los orígenes de la tragedia, transcrita en una lengua privada que, como todas en el nuevo siglo y milenio, es también una lengua muerta. Matada.
Fue esa noche que me contó lo de Morandé. Por supuesto, de eso Camila no había vivido absolutamente nada. Nacer no es necesariamente haber nacido. Y la vida de los fetos sigue siendo un misterio, así en los vientres de Santiago como en los de La Habana. Humanos en miniaturas, con sus padres jugueteando como de costumbre en la mañanita fresca de Morandé, La Moneda, el palacio de un presidente con nombre de Preuniversitario.
Ese martes once desayunaron junticos, las manos tomadas en diminutivos de amor político. Por eso habían sido los primeros en advertir el temblor con que las esteras de los tanques pusieron a tartamudear las columnas y los escalones. También los cuadros colgados en la pared, con su legión de próceres tintineando como cabecitas de cristal. Cada quien investido de azul, rojo y blanco. También de blanco, rojo y azul.
Pensaron que era un terremoto, hasta que el rugido de los aviones los desmintió. No pensaron que era un terremoto: era un terremoto sin necesidad de pensarlo. Del que ni los muertos que ya estaban muertos se podrían salvar. Y los dos corrieron a cumplir sus misiones de emergencia, entre lo siniestro del caos y el coraje, a cada rato buscándose en medio de la humareda y entre los gritos obscenos de los tres o cuatro gatos que quedaban, la mayoría cubanos, mientras desoían las órdenes y contraórdenes de ultimar patrióticamente al Presidente preuniversitario, para impedir a tiempo de que cayera, por la razón de la fuerza, en las manos milicas del pueblo uniformado.
Camila lo recuerda todo como entre algodones, como amortiguado, filtrado a través de una gasa, tejidos maternos de gas. Así reverbera el horror a través del líquido amniótico de la placenta. Y entonces oyó un canto. Y oyó un llanto. Y Camila también cantó, por la inercia del cordón umbilical usado como micrófono. Y Camila también lloró, por herencia o histeria o por ambas. Las dos Camilas, una dentro de la barriga de la otra. Matrioshkas marxistas de importación.
Después vino el traqueteo de un camión o un tanque de guerra o quién sabe qué, atravesando la ciudad bombardeada en silencio. Alamedas de humo. Curvas y frenazos. Todas las luces en amarillo, el color de la transición. Hasta que la segunda Camila nació, pocas horas después, en una mesa mal esterilizada de la embajada cubana en Santiago, de Chile, el once, en septiembre. Otra época, otras capitales, otros países. Mientras el invierno se evaporaba a rafagazos de risa y rabia, entre una cordillera y la cordillera vecina. Esas dos murallas que corren en paralelo, como líneas de un ferrocarril que a ningún chileno le permite desviarse del destino que corra su población.
Después vendría entonces la interminable travesía en barco hasta Cuba. Desde Valparaíso hasta un puertecito de fango en Batabanó. Mareos, vómitos, náuseas. Camila las sufre desde bebé, cuando pendulaba mamando leche clandestina de Camila la otra, las dos sin soltarse nunca en aquella esquirla de acero, aquel bunker flotante, lamido por un océano para nada pacífico, sino guerrerista, donde no era chilena sino otra con los mismos seis colores la bandera que ondeaba en la popa: azul, rojo, blanco, blanco, rojo y azul.
«Nunca supimos qué le hicieron a él», me dijo o dijo para nadie Camila, con sus ojazos de adolescente sobre el mar anciano cubano: «quiero decir, nunca supimos qué hicieron con él».
Esa noche sus vocales agudas le chirriaban de ansiedad en los dos huequitos tensos a cada lado de los labios. Parecía una estatua parlante. Inconmovible, Camila, conmovedora. Despidiéndose del horizonte de isla y de mí, su testigo tierno y de pronto aterrado. No por lo que me acababa de contar sobre su padre desaparecido, sino porque me había invitado a pasar la madrugada en aquella azotea precisamente para que yo la ayudase a desaparecer.
Se iba. Apretujada contra mi pecho y todo, Camila, pudiera ser muy lindo pero ya casi te vas. No habías ni llegado y ya te tenías que ir, tal como lo intuí. Tal como te temí, desde que hiciste entrada a un aulita ahora huérfana varios pisos bajo nuestros pies. Qué noche tan honda, tan hueca, tan humillante. Ojalá no te hubiera reconocido aquel martes. Ojalá nunca me hubiera dado cuenta de que cada once sería siempre un poquito tú. Por los septiembres de los septiembres hasta el fin de los tiempos. Camila, coño, cachai.
Morandé en el nuevo siglo y milenio es más bien un desierto. No quedan huellas en las paredes, escalones, pisos, techos, estatuas y marcos. Ni en las lámparas de lágrimas. Mucho menos en la desmemoria de los que, como tú, no estuvieron.
Visité Santiago de Chile con un pretexto profesional bastante estúpido, en vuelo directo casi desde el campus mismo de la Universidad Internacional de Miami: la fea FIU donde yo era profesor de Literatura Comparada, desde poco después de desertar fuera de Cuba sin ningún pretexto profesional, pero con un libro censurado bajo la axila como garantía de prosperar en el otro exilio.
Estaba seguro de que iba a toparme contigo en Chile apenas aterrizara. Aunque hacía más de una década que habíamos perdido ya todo contacto. O, por lo menos, estaba seguro de que tu ausencia sería menos arrasadora después, aunque no aparecieras. Esa palabra. Pisar tus mismas calles, pensarte donde naciste bajo latigazos de muerte y lenguaje muerto, bien podría exorcizarme de ti. Y de mí, sobre todo a esta edad ya avanzada (edad media, Camila, edad mediocre) donde los fantasmas no resultan para nada románticos, sino que son el primer síntoma clínico de senilidad.
Morandé en democracia luce tan demacrado que. Tan museo sin musas y tan mausoleo sin muertos. Tan páramo y tan apátrida. Como los años noventa que sobremorimos en Cuba sin ti, cuando no pudiste aguantar las ganas de virar a una sociedad normal, a la que ni siquiera el horror le había corroído esa cosa humana, ese candor de gente, esa presencia de ánimo, esa vulnerabilidad. Hubo Chile después de tu Castro, Camila, pero no habrá Cuba después de nuestro Pinochet.
Una retahíla de turistas supongo que japoneses (no iban a ser norcoreanos, ¿no?) habrán creído que yo venía de ultratumba a llorar a las víctimas de 1973. La imaginación internacional siempre tiene cierto toque de idiotez. Pero, aunque por otros motivos, o por los mismos motivos quizás, tenían todos y cada uno de ellos absolutamente toda la fuerza de la razón, mientras no paraban de hacer clic y disparar sus fogonazos digitales de flash. Es la ley de la vida, Camila-san de Santiago que no apareciste ni por casualidad: los turistas en todas partes se comportan como la medida de todas las cosas y, en consecuencia (sin consecuencias), también son el criterio de la verdad.
Allí te la dejé, por si otra madrugada cubana, Camila, te desdesapareces por Morandé. Lo hice tratando de no lucir como el último de los ponebombas con traje y corbata del Cono Sur. La coloqué en la ranura de la misma puerta por donde sacaron el cadáver de quién recuerda ahora quién, entre la segunda y la tercera bisagra, contando desde la acera hasta el falso cielo foráneo de mi Santiago. Allí ojalá esté esperándote todavía. O mejor, no. Ojalá alguien la haya devuelto a la adolescencia de su destinataria. Sería tan fácil porque ¿quién no reconocería en todo el planeta tu letra?
Como una ofrenda, doblada de la misma manera en que la colaste en mi bolsillo de preuniversitario. Con aquella sonrisa de sol a sol, de soledad a soledad. Hasta el amanecer siguiente sobre una azotea habanera, mitad mirista y mitad mirador. Media hoja de papel rayado no más, con tu caligrafía arrancada de una libreta cualquiera: «Si va a ser lindo, que lo sea después», con todo el pudor del mundo, Camila, de quien por fin intentaba esa tontería tardía que es despedirse a solas de ti.
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* Orlando Luis Pardo Lazo (La Habana, 1971). Es estudiante de doctorado en el Departamento de Literatura Comparada de Washington University en Saint Louis, Missouri, Estados Unidos. Escritor y bloguero cubano. En Cuba publicó los libros de cuentos «Collage Karaoke» (2001), «Empezar de cero» (2001), «Ipatrías» (2005) y «Mi nombre es William Saroyan» (2006). Su libro de cuentos «Boring Home» fue censurado por la editorial Letras Cubanas en 2008, por mantener su blog crítico «Lunes de Post-Revolución». Desde entonces, su nombre y sus obras son censuradas en Cuba.
Fuera de Cuba, editó y prologó la antología de nueva narrativa cubana «Cuba In Splinters» (O/R Books, New York 2014), traducida al inglés, y sus crónicas periodísticas en «Del clarín escuchad el silencio» (Hypermedia, Madrid 2016).
Desde 2015, el gobierno de Raúl Castro no lo deja regresar a Cuba, como a tantos cubanos.
Correo: OrlandoLuisPardoLazo@gmail.com
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