jueves, 22 de marzo de 2018

TRUMP LOS TIENE LOCOS!



CONTRA TRUMP, TODO VALE, PORQUE TRUMP LES ESTÁ GANANDO.
Orlando Luis Pardo Lazo


Tan pronto como la Casa Blanca confirmó que el presidente de los Estados Unidos, siguiendo la tradición democrática de sus antecesores en la presidencia, asistirá a la próxima Cumbre de las Américas a celebrarse el 13 y 14 de abril en Lima, la capital de Perú, la prensa norteamericana la emprendió de nuevo en contra de Donald J. Trump.

No le dan chance. No le dan vida. No le perdonan ser Donald J Trump.

Se trata de una guerra desleal y sin cuartel en contra del mandatario norteamericano. Una guerra que echa a rodar rumores sin ningún tipo de pudor profesional. Una guerra que, por lo demás, no tiene nada que ver con su gestión en la Casa Blanca, pues los ataques contra Donald J. Trump (e incluso contra su familia) comenzaron muchísimo antes de él ser el candidato republicano que ganó apabullantemente las elecciones primarias del Partido Republicano.

El ejemplo más reciente de estos ataques arteros, disfrazados bajo la piel impoluta de la libertad de expresión, es la columna aparentemente de opinión que publicó ayer Ben Radestorf en The New York Times, con el arrogante título de “¿Qué tiene que hacer Trump para que la Cumbre de las Américas valga la pena?

Radestorf considera que la participación del presidente norteamericano en la Cumbre de las Américas “podría incluso terminar siendo contraproducente para el objetivo principal de la reunión, que es promover los derechos humanos, la democracia y la diplomacia al interior del continente americano”. O sea, uno de los poquísimos presidentes decentes de la región, uno de los pocos que ha sido y saldrá de su cargo democráticamente y sin acusaciones judiciales por corrupción, es precisamente quien va a poner en crisis los derechos humanos en Latinoamérica, que ya sabemos que desde hace mucho es uno de los peores continentes a la hora de violar los derechos humanos, lo mismo desde la izquierda que desde la derecha.

Según Radestorf, “tal vez la Casa Blanca sea consciente de esto, lo que podría explicar por qué la asistencia de Trump no se confirmó hasta hace poco”. De manera que, después de esta especulación barata basada apenas en un “tal vez” sacado de debajo de la manga, el columnista (acaso calumnista) sugiere que “para que el viaje del presidente valga la pena —o por lo menos no sea dañino—, el gobierno debería analizar profunda y detalladamente por qué las expectativas en la región son tan bajas”. O sea, otra vez, la culpa de la apatía ciudadana y el patetismo gubernamental de toda una región empobrecida y brutal, la tienen que resolver ahora desde Washington, D.C.

Sin darse cuenta, Radestorf está reconociendo cuán incapaces somos los latinoamericanos. Sin darse cuenta, el periodista del The New York Times le está dando la razón al supuesto desplante del presidente Donald J. Trump, cuando en enero de este año nos tildó, junto a los peores países del planeta, como un puñado de “shithole countries”.

Pero Radestorf no se detiene ahí. Como buen activista anti-Trump, y como muy mal periodista sin una pizca de objetividad, continúa entonces con su cruzada antidemocrática y antiestadounidense con absoluta impunidad: “El gobierno de Trump debe entender que la credibilidad de Estados Unidos en América Latina se encuentra en un nivel extraordinariamente bajo. […] Solo el 16 por ciento de los latinoamericanos aprueba el desempeño de Trump, una tasa incluso menor que la de los latinos en Estados Unidos.”

Permítanme carcajear. Permítanse carcajear. Y también, por supuesto, carajear, si es que así lo deseamos. Sin comentarios. Sencillamente ahora Donald J. Trump, además de librar y de liderar― la guerra sucia que están haciendo en su contra de los medios masivos y la academia de su propio país, de pronto también tiene que hacer política para complacer a gente que no lo eligió y que no están bajo su jurisdicción.

Radestorf le da en este punto el tiro de gracia a su propio presidente: “El desenlace ideal para Estados Unidos sería una cumbre tranquila que siga exactamente el guión. De hecho, esta es una oportunidad para el presidente de Estados Unidos de escuchar sin decir mucho sobre nada”. Es decir, ¡el periódico manda a callar al estadista! Punto y aparte. Y le pide, como colofón, que ponga los intereses de Estados Unidos por debajo de los intereses del resto de los países que no son el de Donald J. Trump, todo porque, según el (quinta)columnista, “la retórica de ´Estados Unidos primero´ tiene ecos del intervencionismo norteamericano, que es políticamente tóxico en Latinoamérica, y que se han visto reforzados por un aparente renacimiento en los últimos tiempos de la Doctrina Monroe”.

Como remate, porque la izquierda ideologizada siempre puede aportarnos un poquito más de su insulsa e insultante idiotez, Radestorf, a título del The New York Times, parece temblar ante la idea de que “sin duda es posible que se dé un incómodo encuentro con el presidente de Cuba, Raúl Castro” y, respecto al otro tirano, el parásito de La Habana en Venezuela, Radestorf “exige una diplomacia sofisticada y liderazgo latinoamericano”, para lo cual Donald J. Trump debe cumplir las órdenes del periodista al pie de la letra, pues “si quiere hacer progresos […], será mejor que deje públicamente a otros países de la región liderar el debate y él solo los siga”. Léase, será mejor apoyar a la pila de déspotas dependientes del petróleo venezolano y la intimidación militar cubana.

Resumiendo “en pocas palabras” palabras de Radestorf, por supuesto: “para que su primer viaje a América Latina valga la pena, el presidente Trump debe seguir solo tres lineamientos simples: escuchar primero, hablar con suavidad y hacer lo que le corresponde”.

Así, a golpes de prensa completamente tomada por los anti-sistemas y anti-capitalistas, Estados Unidos demuestra ser hoy, una vez más, el único país del hemisferio y del universo que cuestiona su propio rol en la historia mundial. La única nación que no quiere predominar en el concierto de las naciones libres, y que apuesta tanto por el desprestigio de sus líderes democráticos como por el aplauso para los dictadores del resto del mundo.

Va mal Norteamérica si Estados Unidos, minado de inmigrantes en todas las áreas de influencia social, apuesta por otros intereses que no sean, ante todo, el bienestar de los Estados Unidos. Va mal Norteamérica si cree menos en Norteamérica que en el destino desatino― de sus remotos, atrasados, casi caóticos, y a la postre insalvables vecinos, de donde huyen las personas precisamente porque entienden en experiencia propia el concepto de “shithole countries”. De donde huimos las personas precisamente porque entendemos en experiencia propia el concepto de “shithole countries”.

De ahí la simpatía de los cubanos libres por el presidente norteamericano Donald J. Trump. Y de ahí también la antipatía que nos causa cada vez que vemos a un cubano criticar con saña a Donald J. Trump, amparándose supuestamente en su libertad de expresión de exiliado, entre otras patrañas castristas para destruir desde dentro a la gran democracia en los Estados Unidos. Dan pena propia esos cubanos esclavos. Como mismo dan pena política las pataletas de los mil y un Radestorf en los cada vez más predecibles mil y un The New York Times, todos contentos y a la espera de que el capitalismo colapse en casa, como primera etapa antes de colapse por todas partes.

Con suerte, Donald J. Trump significara muy malas noticias para todos ellos. Porque a estas alturas ya están perdiendo. Apenas les queda la palabra. Por eso la emplean a la desesperada, apocalíptica, casi cómicamente.

Permítanme repetirlo: carcajear es un placer. Y también, de vez en cuando, carajear, cuando el ridículo de la ocasión así lo amerite.

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