miércoles, 4 de abril de 2018

Bien merecida la UMAP


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DOS, TRES, MUCHAS UMAP
Orlando Luis Pardo Lazo


“¡Cómo podríamos mirar el futuro de luminoso y cercano, si dos, tres, muchos Vietnam florecieran en la superficie del globo, con su cuota de muerte y sus tragedias inmensas, con su heroísmo cotidiano, con sus golpes repetidos al imperialismo, con la obligación que entraña para éste de dispersar sus fuerzas, bajo el embate del odio creciente de los pueblos del mundo!”

Son palabras de Ernesto Guevara de la Serna, El Ché, cuando le quedaban sólo semanas de vida aquel 16 de abril de 1967 en que, como homenaje al sexto aniversario de la victoria de Playa Girón, se publicaba en La Habana un folleto impreso con su inmediatamente canónico Mensaje a los pueblos del mundo.

Aquel era un planeta analógico, pero la Revolución Cubana desde el inicio tuvo la virtud de hacer que todo lo que tocara se convirtiera en viral.

El panfleto contaba con un diseño letrista que por entonces se consideraba propio de las vanguardias, gracias al genio de Raúl Martínez y otros diseñadores que, como habían sido publicistas en el capitalismo cubano, ahora el propio Ché Guevara los llamaba, picaronamente, como artistas arrepentidos del “género epiceno”. Y aún más, como una “clase muerta” que debían de expiar el pecado de no ser “auténticamente revolucionarios”. Es decir, de ser todos una partida de aprovechados.

El Ché ponía así a la intelectualidad cubana en su justo lugar. Por muy vanguardistas de verde olivo que se pintaran, para el régimen castrista, que por entonces estaba en plena temporada de caza para meterlos de cabeza en las UMAP, no se le despintaba la pinta de pájaros de tales artistas amanerados: hombres que se acostaban con hombres pero con la venia chivatona de la Revolución, pues habían accedido a colaborar sin sueldo con el aparato totalitario de Estado.

El discurso del Ché, maravilloso como todo manifiesto criminal, se editó como suplemento para un número especial de la revista Tricontinental, el injerencista órgano del Secretariado Ejecutivo de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL), desde cuyas páginas se incitaba y, de hecho, se entrenaba para la violencia terrorista, a las juventudes tercermundistas africanas, asiáticas y, sobre todo, latinoamericanas (los que siempre han visto con admiración de indios a la raza superior de los socialistas cubanos).

Era una época épica y, por eso mismo, propensa de arqueología de cara al futuro. Es decir, de cara al día de hoy. Fueron los tiempos más sinceros en nuestra Isla de la Libertad, donde, por ejemplo, “democracia” rimaba a las mil maravillas como sinónimo de “mojón”.

No alcancé a vivir esa Edad de Oro del Horror, pues nací con un tin de retraso, en diciembre de 1971. Así y todo, extraño aquel huracán de la verdad a ras de nuestra utopía proletaria, hoy tupida a perpetuidad. Extraño la fascinación de aquel fascismo de la fidelidad llamado “baño de masas”, sobre el cual se empinaba la palabra prodigiosa y déspota del comandante en jefe Fidel. Un Fidel que, a finales de los sesenta, carecía de apellidos en Cuba. Mientras que en el exilio cubano carecía de nombre, pues allí era, literalmente, innombrable.

Llega octubre de 1967, y el cubano Félix Rodríguez captura al Ché en Bolivia y, enseguida, acaso para hacerse el gracioso, quiere perdonarle la vida. Cosas de cubanos exiliados a sueldo de la CIA. Lo cierto es que todavía no le habían cortado las manos al cadáver, cuando ya se estaba publicando en La Habana una antología internacional titulada Poemas al Ché, editada por Ambrosio Fornet para el Instituto Cubano del Libro (1969).

En su novela Los detectives salvajes, Roberto Bolaño pone a otro Ernesto en acción, acaso inspirado en el Ché Guevara. Se trata de Ernesto San Epifanio, quien explica “que existía literatura heterosexual, homosexual y bisexual”, donde “las novelas, generalmente, eran heterosexuales” y “la poesía, en cambio, era absolutamente homosexual”.

Es dentro de ese “inmenso océano de la poesía”, que el Ernesto de Bolaño “distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos”, siendo “las dos corrientes mayores” las “de los maricones y la de los maricas”. Una “loca”, por ejemplo, estaría “más cerca del manicomio florido y de las alucinaciones en carne viva”, mientras “que los maricones y los maricas vagaban sincopadamente de la Ética a la Estética, y viceversa”.

Así, “el panorama poético, después de todo, era básicamente la lucha (subterránea), el resultado de la pugna entre poetas maricones y poetas maricas por hacerse con la palabra”. Siendo “los mariquitas” aquellos “poetas maricones en su sangre que, por debilidad o comodidad, convivían y acataban, aunque no siempre, los parámetros estéticos y vitales de los maricas”.

En cualquier caso, para Ernesto San Epifanio, en Latinoamérica sólo dos peruanos consiguieron el alto estatus de poetas maricones: César Vallejo y Martín Adán. El resto son “maricas tipo Huidobro, mariposas tipo Alfonso Cortés (aunque este tiene versos de maricona auténtica), bujarrones tipo León de Greiff, ninfos abujarronados tipo Pablo de Rohka (con ramalazos de loca que hubieran vuelto loco a Lacan), mariquitas tipo Lezama Lima, falso lector de Góngora y junto con Lezama todos los poetas de la Revolución Cubana (Diego, Vitier, el horrible Retamar, el penoso Guillén, la inconsolable Fina García), excepto Rogelio Nogueras, que es un encanto y una ninfa con espíritu de maricón juguetón”.

La antología Poemas al Ché es, pues, a priori, una colección de poetas menos que maricones. Ha de reconocerse que nadie fue excluido de este privilegio editorial. De hecho, todos exigieron ser incluidos en este libro de concentración, ahora que ya Ernesto Guevara no los podía poner a cortar caña de sol a sol en las UMAP.

Entre los homenajeadores del Ché se encuentran León Felipe, Vicente Aleixandre, Alfonso Sastre, José Ángel Valente, Manuel Vázquez Montalván, José Agustín Goytisolo. Y también Pablo de Rokha, Leopoldo Marechal, Carlos Pellicer, Efraín Huerta, René Depestre, Juan Gelman, Gonzalo Rojas, Enrique Lihn, Mario Benedetti y, por supuesto, Julio Cortázar, entre otros. De los cubanos, brilla la claque de Nicolás Guillén, Ángel Augier, Mirta Aguirre, Samuel Feijóo, Eliseo Diego, Cintio Vitier, Adigio Benítez, Pablo Armando Fernández, José Martínez Matos, Dulcila Cañizares, Antonio Conte, un tal David Fernández y ―aguántense, para que no se caigan― Belkis Cuza Malé. Y remata este libro una brigadita voluntaria de poetas norteamericanos de izquierda que nadie llegó a conocer, pero presidida nada menos que por Robert Lowell.

Ante semejante bastión de la submariconería latinoamericana, uno está tentado a citar versitos al azar. Porque hay de todo, como en botica, y para todos los gustos. Pero creo que lo mejor es dejar al lector cara a cara con este compendio de poemas pre-LGBT dedicados al Ché.

De cada cual, según su mariconería poética. Que cada cual saque del closet a su propio Ché. Y, si quieren que les confiese la verdad, fue una lástima que las UMAP duraran tan poco en Cuba. La poesía se lo hubiera agradecido con cojones a la Revolución.



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