jueves, 5 de abril de 2018

De nuevo diciembre y tú



        Diciembre me dicta cosas en la cabeza. No puedo evitarlo.
        Es el mes en que nací. Un viernes 10, en 1971.
        En el sobrecogedor hospital Hijas de Galicia, en Luyanó. Casi en la frontera de la Loma del Burro con la avenida de Porvenir, una raya caliente de chapapote que abre en dos la barriada de Lawton, entre basureros y escalinatas de lo que fuera alguna vez el reparto más hermoso de la historia de la humanidad.
        No exagero. Así lo viví yo, de niño.
        Un paraíso de concreto, con pasillos como laberintos de luz que se abrían al abismo de una Habana allá lejos, en el horizonte, aunque ya estábamos en La Habana. Con fábricas sin chimeneas y chimeneas sin fábrica. Con gatos estrábicos que deambulaban de dueño en dueño por esas calles hechas de recovecos y baches, y también de una sabiduría y una ternura accesibles únicamente para quienes nacieron, crecieron, y un día triste decidieron que no morirían allí.
        Lawtonianos, lawtenses.
        Whatever, como se diga está bien.
        Lawton y su cine precisamente “de barrio”. Lawton y sus pizzerías y sandwicheras. Sus círculos infantiles y sus iglesias que eran las más imponentes en las afueras de la ciudad, como ángeles de la guardia que formaban una frontera entre el campo bruto y la civilización habanera: ese don de urbanidad que ninguna otra aldea de Cuba nunca tuvo, ni nunca tendrá.
        La Habana es La Habana y lo demás es bobería. El resto de la Isla son áreas áridas, más que verdes. Nuestra agricultura es agria, pero es nuestra agricultura. Un asco, un atraso. Mientras diciembre se anuncia solo.
        Porque diciembre ya está otra vez aquí. En el exilio.
        Lo intuyo en el olor a tierra. Es decir, en el recuerdo del olor al patio de tierra que hay en mi casita de tablas en Lawton. Allá lejos, allá atrás. Como quien dice, aquí mismo.
        En el perfume intacto de las flores y los insectos.
        En el violento violeta de las orquídeas ahorcadas en un palo podrido de naranja agria, acosadas sexualmente por una plaga de santanillas. La botánica es eminentemente una tarea de choque para los fanáticos del Title IX.
        Flores como úteros necrosados de polen. Flores que florecen empecinadamente en cada uno de mis cumpleaños, tan pronto como empieza este mes.
        Permítanme repetirlo: diciembre diez.
        Permítanme repetir este inicio único como el clima de Cuba antes del totalitarismo castrista (porque hasta el clima de Cuba es hoy por hoy un desastre): diciembre me dicta cosas en la cabeza, no puedo evitarlo.
        Diciembre se anuncia solo.
        Diciembre somos tú y yo, en la soledad de un exilio cubano que uno a uno nos desapareció.
        En este mes mi madre comienza con sus crisis de enfisema y su exceso de medicamentación. Siempre cree que en este invierno se va a morir. Supongo que ya nunca tendrá razón. Después de cierta edad, hasta la muerte se torna inmortal.
        Tiene, mi madre, 82 años. Pero ella es lo único que mantiene en pie las tablas machihembradas de mi casona centenaria de Fonts # 125, un bunker de la barbarie con comunismo y comején.
        A veces es exactamente al revés.
        Y entonces es en este mes cuando mi madre se cura de sus crisis de enfisema y su carencia de medicamentación. A sus 82 años, ella es la única que se mantiene en pie, entre las maderas del naufragio, entre la desmemoria de Lawton y la muerte cubana al tutiplén.
        Tin María de dos pingüé.
        Cúcara Lazo, títere fue.
        Después del totalitarismo, mi pálida novia: la tristeza.
        En los diciembres de Cuba, yo rompo a estornudar puntualmente al rayar el alba. Casi no duermo de madrugada. Me pongo insomne, híper excitable, acaso híper excitado también.
        Los músculos erectos, incluido el falo. El formidable falo de Orlando Luis en la soledad adolescentaria de sus diciembres cubanos.
        La sagrada circulación de la sangre que un día de estos me va a traicionar.
        En los diciembres sin Cuba, nunca estornudo ni medio moco. Sólo escribo y escribo. Y entonces sólo escribo y escribo, como un loco. Como un elegido. Como un moco pecado a la velocidad de mis dedos, que son mi mejor cerebro.
        Se escribe siempre a mano, aunque sea en la computadora.
        Y mientras más cosas escribo, más hermoso me siento y más me amo vivo. Ahora y aquí.
        Como un recién nacido. Como un dios niño a ras de la pobre fealdad humana. Como el primero y el último de una raza que se está extinguiendo sin darse cuenta de nada. Como si mi misión respecto a los cubanos fuera usar el lenguaje para salvarlos.
        Es decir, para liberarlos de sí.
        Para devolverles el sentido del Verbo, en tanto una Vida en la Verdad.
        Y perdónenme las mayúsculas, por favor. Esas dos se me fueron. Pero se quedan así. Es un tic fascista al que no pienso por el momento renunciar.
        Ese momento se llama Belleza, pura aceleración ingrávida.
        Recorro de punta a punta de mi cráneo aquella caverna querida de Fonts # 125, donde culmina el cuchillo de Beales y se desbarranca la escalinata de Córdoba. Donde, también, se anuncia el pasaje que pare o aborta a la Calle 10.
        En mis ojos, el oro de un destello delirante del tigre que pude ser. Mi elasticidad, más allá de la esterilidad y la estética. Mi carácter incorruptible. Mi conexión cósmica, antes de la caída.
        Murmuro cosas incomprensibles, lo sé. Sé que maúllo dolores mínimos que ya no tienen resonancia en nadie que haya nacido después.
        Me rasco la cabeza. Tengo el pelo largo y enmarañado, con las puntas achicharradas por el sol suicida de la post-patria.
        Me huelo los dedos y ese aroma me acompaña un poquito aquí. Me toco entonces todo el resto del cuerpo. Sudor de calefacción. Perfume de piel. Anunciación del semen. Luz grumosa, espumosa, vital.
        Estoy vivo. Soy yo sin ropas sobre una cama de los Estados Unidos de América.
        No reconozco ni mis propias palabras. Tal vez por eso mismo, vigilo a los míos mansamente dormir. Con cautela de criminal. Los míos sí existen. Son mis muertos. Son todos ustedes y en especial eres tú.
        Esta noche primera de diciembre, al borde ya del 2018, sé que soy el único cubano despierto en toda la historia de la humanidad, esa aliteración atroz.
        Estoy abandonado a mi suerte. En Saint Louis y en Lawton y en todas partes. Los norteamericanos me han abandonado, por neocon. Los cubanos también todos se han ido. Se olvidaron de su hermanito menor. Le dieron delete al idealista idiota que cada noche era yo, mutando en el monstruo de las siete leguas que se aferraba a la lengua para sobrevivir.
        Señor, sólo te pido que no me dejes olvidarme del idioma español.
        Mátame, pero no me enmudezcas.
        Hazme un instrumento de tu lingüística.
        Quiero decir y no sé por qué. Quiero conectarme y no sé con quién.
        Pero en español, siempre en español.
        El inglés es una mierda de lengua secundaria. Incluso los norteamericanos hoy lo hablan como una cosa pasada de moda, como un lastre humillante del pasado opresor.
        Intento oír la respiración de la noche cubana. O sea, de la noche española de ultramar. Missouri, te amo. Pero no te atrevas a amarme de vuelta a mí, Missouri de mierda.
        Ni el menor sonido me da un indicio de que a esta hora exista allá afuera mi barrio, mi ciudad, mi país, mi historia, mi conato de irrealidad. Mi finca cubana. Mi norte del sur.
        Vaho vacío. Bocanada, Habanada. Paisaje lunar no tan desierto como desertado. Destetado.
        Belleza a pulso, por impulso.
        Instinto de lujo, qué luto.
        Soy yo, Borges, soy la Helena con h de Horlando Luis.
        Camino del televisor a la laptop y luego al revés. Tecleo.
        Las retinas me arden de tanta retórica rota. La barba se me inflama de canas y también de un rojo medio escandinavo.
        Envejezco en vivo ante ustedes. Narciso en el necrocomio en tiempo real.
        El exilio es no tener dónde meterse, dónde esconder nuestro culo cuando deje de ser un culo colosal.
        El exilio es sólo tener donde caerse muerto. Porque cada pisada que damos ya es el sitio perfecto para colapsar.
        Pienso en Lawton y me voy arrancando pelos de la barbilla. Son también largos y enmarañados. Pelos impúdicos, imprecisamente púbicos. Preciosos.
        Es una costumbre de universitario tardío. Un tic nervioso o un don de depilación.
        Me arranco un pelo de la barba y…
        Devenir Jotavich.
        Jodidos, joviales.  
        Pensando en diciembre sin pensar en nada. Sin prisa, sin presión. A toda prosa.
        Pero igual las ideas se me vienen encima a la burdajá. Me sobrevienen. Son ideas inverosímiles al punto de lo intolerable. De lo inideable.
        Juro por mi cordura sin cuerda que hace décadas yo estaba allí, en los diciembres sin decadencia de Lawton.
        Jugaba sin nadie entre aquellos muros de moho y aquellos muebles mullidos, estilo Renacimiento español.
        Con un miedo sin nombre desde niño. Después, con pánico político en el holocausto hueco de los noventa.
        Temblando de tedio y terror, ante la posibilidad de enfermarme y morir en Cuba. De hecho, en el verano cubano de 1992, me enfermé y casi morí.
        Enamorado de todo y sin una pizca de amor. Fiel exclusivamente a mi propia infidelidad. Testigo de excepción en aquel escenario extremo, donde genio es sinónimo de autodestrucción.
        Juro que te estuve esperando eones.
        Sí, cojones. A ti, claro. ¿A quién iba ser?
        Por ti soporté la vulgaridad venática de la Revolución. Su infantilismo de retrasados mentales y minusválidos de alma.
        Yo quería encontrarte a ti allí, en aquellos páramos suburbanos, donde todo era residuo imposible de reciclar. Yo quería que fueras tú. No otra gente. Y no pudo ser, siéndolo.
        Ni siquiera sé si nunca llegaste. O si fui yo quien se cansó demasiado pronto de esperar que llegaras tardíamente tú.
        ¿Qué nos queda? ¿Quién nos timó? ¿Cuándo ocurrió la metamorfosis?
        ¿En qué latón de sancocho escolar se fermenta la ilusión del relato que tú y yo debimos de protagonizar?
        La temperatura baja mucho por la noche en Saint Louis. Y sin avisar. Cataplún y hay ya menos tres o cuatro grados.
        En tercer o cuarto grado de la escuelita primaria Nguyen van Troi.
        Saint Lawton. Saint Landy.
        Entra una frialdad funeraria desde mi jardín. Un frío de rigor mortis que atraviesa el vidrio.
        No sé ve nada en el traspatio de Waterman Boulevard. Pero todavía veo muy bien lo que se ve desde mi ventana sin vidrio de Fonts.
        Devenir jardín.
        Rosas raquíticas. Una plumeria desplumada. Una fila india de brujitas en flor. Espárragos de corsé.
        Nuestra geografía tampoco pare mucho más. Tenemos un paisaje de céspedes. El horror bien puede ser un herbario. La inocencia de los infames. El jardín de los jodidos y joviales.
        El techo gotea de tanta humedad. Huele a invierno de infancia. Nubes blancas de mi niñez. Camino, descalzo, de una punta a otra punta por las avenidas apátridas de mi estudio de alquiler.
        De ahí, aquella coriza cubana. De ahí la tos seca del abuelo, que se me pegaba entre pecho y pecho. Es decir, entre los pulmones.
        Un abuelo virgen que no alcanzó a engendrar nietos, porque los hijos tampoco fueron engendrados. O un abuelito yo.
        1971, o el año de la esterilidad en los tiempos del Estado.
        Se me crispa de tanto frío la piel. Se me coagula en la garganta todo este escepticismo diciémbrico de días diez.
        Cumpleaños en clave de mis cadáveres amados, olvidados a su suerte en un osario de Cuba.
        Ningún ritual me compensa. Todo es místico y mortecino.
        Nos hace falta un buen chorrazo de luz. Cuba es tan opaca.
        Cada objeto en el exilio nos pesa como si fuera una tonelada.
        Cuba es tan compacta. Cuba quásar, Cuba casi.
        Excitarse en el exilio nos deja como medio desahuciados. Como de costumbre.
        Tal vez sea es un efecto efímero, falodisíaco.
        Teclear en diciembre, en cambio, resulta tener siempre un defecto afrodisíaco.
        Si estuviéramos vivos, me encantaría invitarte a mi estudio de alquiler. Sustituto de mi cuarto convertido ahora en cripta, allá lejos, allí cerquita. En Lawton.
        Invitarte a ti, claro. Ya lo sabes.
        Involucrarte, intimarte, intimidarte.
        Sé que es un error de fábrica, un disparate congénito. Sobremorimos hasta aquí sin querer, sin darnos cuenta de que hacía rato ya había sido muy tarde.
        Yo no pretendía asustarte, pero me salió así.
        Una verdad repetida mil veces se nos convierte en mentira.
        ¿De qué hablo ahora? ¿Me escuchas o ya colgaste?
        ¡Oigo! ¿Estás todavía ahí?
        La claustrofobia colapsa por su eslabón más resistente. La maldad es un alivio en tu mi nuestra entrepierna. Una válvula de escape.
        ¿Qué querías que te dijera? ¿Hasta cuándo te imaginabas que podríamos resistir allí, aquí?
        Es la hora sin hora de la medianoche Missouri.
        Es el amanecer que no llega. Ni tampoco termina nunca de anochecer.
        Todos los husos horarios cogen impulso y se clavan muy hondo en mí. Cristo en la Crisis. Calvario decúbito supimos. Aura de lucidez, de lubricidez.
        A falta de sentido, que esta sea al menos la fiesta de los que sentimos.
        Lo siento. Siénteme.
        Semen de simulación para que no se nos vaya del todo el siglo XX. Ecos del origen del universo.
        El siglo XXI es un fiasco, otro asco.
        No tanto Big Bang, como Big Bodrio.
        Vértigo versus onanismo de letras ilegibles. Minúsculas hambrientas de meiosis que salpican la pantalla miope.
        Teclas tiznadas, tintas en sangre. En linfa.
        En saliva. En sudor.
        En leche.
        En libertad.
        Es decir, en lenguaje.
        Captura de pantalla. Captura de patria. Captura de pene.
        Escrito sin pensarlo.
        Voz en off, mente en on.
        Sólo le pido a Dios que diciembre no me sea indiferente.
        Que la reseca muerte no nos encuentre callados y sin haber dicho lo suficiente.
        Y si un tirano pudo más que los cubanos, que los cubanos no lo olviden tan fácilmente.

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