domingo, 15 de abril de 2018

Néstor Dios de Villegas




benicio del toro y la inminente puertorriqueñización de la historia de cuba (i)




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En un memorable pasaje de El nacimiento de la tragedia (1872), Federico Nietzsche habla del resentimiento de los pueblos bárbaros contra la Grecia clásica, un hecho que encuentra resonancia en la situación de Cuba entre las naciones de Latinoamérica, particularmente las del Caribe:
“…y de esta manera estalla siempre una rabia íntima contra aquel presuntuoso pueblecillo que se atrevió a calificar para siempre de ‘bárbaro’ a todo aquello no nativo de su patria: ¿quiénes son esos, nos preguntamos, que, aunque solo puedan mostrar un esplendor histórico efímero, unas instituciones ridículamente limitadas y estrechas, un dudoso vigor en su moralidad, y que incluso están señalados con feos vicios, pretenden tener entre los pueblos la dignidad y la posición especial que al genio corresponde entre la masa? Por desgracia, nadie ha tenido hasta ahora la suerte de encontrar la copa de cicuta con que semejante ser pudiera quedar sencillamente eliminado: pues todo el veneno producido por la envidia, la calumnia, la rabia no ha bastado para aniquilar aquella magnificencia contenida en sí misma”.
La falta de Cuba es haber considerado bárbaro –al modo griego– todo aquello que no fuera cubano, y haber desdeñado esos “pueblos de allá abajo”, las repúblicas del Cono Sur, que nuestros pensadores del XIX consideraron fallidas, indignas de servirnos de ejemplo. El pecado de Cuba es haber tomado con extrema cautela la idea sudamericana de “soberanía” y visto con horror la “independencia” de Saint-Domingue. El escándalo del cubano decimonónico fue preferir el statu quo colonial a la haitianización y la bolivarización.
Esa duda, esa negación, es la primera idea política cubana moderna. La noción de “independencia” que se articula en los países australes por la época de nuestro establecimiento como nación, resultó problemática o insuficiente para nosotros.
La soberanía sigue tomándose, entre cubanos, con extrema cautela, debido a que la duda en cuestiones de independencia constituye uno de los pilares de nuestra identidad. El cubano rechaza por principio cualquier sistema que no tome en cuenta su fatalidad geopolítica (Destino Manifiesto, maldita circunstancia, etc.), y ha demostrado preferir, también hoy, el statu quocolonial a las variantes contemporáneas de la haitianización y la bolivarización.
Por su parte, con la adhesión a la causa del castrismo, el latinoamericano saldaba una antigua cuenta con lo cubano: su conversión a la ideología castrocomunista obedeció al inconfesable deseo de humillar a los presuntuosos isleños. El intelectual converso, particularmente, contribuyó en no poca medida al establecimiento de las políticas que degradaron, y terminaron por liquidar, la cultura cubana clásica. Podría decirse que la temprana influencia de la intelectualidad latina plebeyizó el impulso aristocrático original de la Revolución Cubana.
El castrismo fue la coartada que permitió al latino malograr el excepcionalismo cubano. De esa manera, Latinoamérica castigaba al molesto pueblecillo que se creía superior a sus vecinos, el que rechazó el mito indigenista y restregó su chovinismo en la cara de los “bárbaros”, el pueblecito bullicioso que se daba aires helénicos, armado de un canon musical, literario y espectacular, y de un poder ideológico-político-militar, que no se correspondían con su relevancia estratégica.
Tras cuatro siglos de progreso ininterrumpido, lo cubano había alcanzado algo semejante a una apoteosis clásica. Un crisol de culturas, integrado por la inmigración europea y la confluencia de diversas naciones negras, y tramitado por el proceso de transculturación, es el fundamento de nuestra versión posmoderna de lo nacional. Con poco más de 6 millones de habitantes en 1958, Cuba llegó a ser la ciudad-Estado. El archipiélago gozaba –a la manera griega– de supremacía óntica en su Mediterráneo particular.
Así vemos a los uruguayos, peruanos, argentinos, salvadoreños, colombianos, paraguayos, etc. llegar a Cuba en los primeros años, atraídos por los “logros” de la Revolución, para terminar descubriendo, paradójicamente, la nación clásica, la Cuba eterna, el Estado excepcional que había producido una revolución precisamente a causa de su excepcionalidad. Esa singularidad es la razón de que la Revolución Cubana fuera irrepetible e intransferible a otras naciones de Latinoamérica.
Lo que atrajo al latinoamericano a Cuba fue la excepcionalidad cubana, y de haberlo descubierto diez años antes, los latinoamericanos hubiesen encontrado un país en despegue, durante el gran salto adelante del primer lustro batistiano, una nación moderna en vías de desarrollo, con grandes planes constructivistas y un pujante programa de beneficencia social enfocado en la educación, las artes, la vivienda y la salud.
Lamentablemente, solo la debacle revolucionaria consiguió la fuerza de atracción precisa que colocaría a Cuba en posición deseable (y deseante). Los latinoamericanos, como extranjeros (metecos: meta+oikos), acudieron a presenciar la implosión de una gran cultura: entre ellos el argentino Che Guevara, que contribuyó como ningún otro al desmantelamiento de la República, a la acelerada desarticulación de la ciudad-Estado y a la humillación y dispersión de su aristocracia.
La Revolución nos colocó en estado de alerta permanente contra el peligro de invasión foránea: tal fue su primera política y el sentido único de su diplomacia. Un giro hacia lo meta-oikos, hacia lo externo. La alerta permanente aceleró la tendencia exógena.
Con el establecimiento del mecanismo revolucionario de alerta/dependencia, la isla consumaba el aspecto negativo de su Destino Manifiesto. En lugar de volcarse hacia adentro, hacia el escenario interno, como había ocurrido durante el segundo batistato (la Revolución fue el estado límite de esa fuerza centrípeta), toda nuestra atención y nuestras energías vitales quedaron norteadas, fijas en los Estados Unidos, el “afuera” radical. La violencia del vuelco retrógrado es el auténtico hecho revolucionario.
A partir de entonces, nuestra soberanía asumió el aspecto exterior (mimético) de los estereotipos norteamericanos, ya se tratara de populismo mesiánico, socialismo festivo, caudillismo latino, progresismo tropical, aborigenismo autoritario, tercermundismo culpable, izquierdismo evangélico, o, en casos extremos, la praxis del intercambio de rehenes por cornflakes, y la amnistía de prisioneros a cambio de prebendas y remesas: la independencia pasó a ser una función de la política de identidad y el comercio exterior. Ese traspaso de funciones es el resultado –y la culpa– de nuestro nihilismo, de nuestra sospecha. Todos los escrúpulos que nos separaron de la normativa latinoamericana vinieron a tomar forma vengativa en el “dependentismo” castrista.
Cuba dejó de ser entonces una entidad autónoma, dejó de ser un ser-aparte-en-el-mundoy se fundió en su contrapartida, se hizo apéndice. El “plattismo” quedó interiorizado: nos sometimos a la injerencia foránea por voluntad y conveniencia propias y no como consecuencia de una ficción legal que nos vinculara a la metrópolis.
No se trataba ya de colonialismo –un concepto obsoleto a partir del 59– sino de castrismo. Porque el “imperialismo” y sus funciones forman parte de la esencia del sistema: con el castrismo, el imperialismo deviene significante y tramitador de lo revolucionario, es el elemento que cohesiona el fidelismo en tanto auto-colonialismo. La metrópolis provee el principio de realidad soberana, mientras que lo foráneo (meta-oikos) deviene el ser-para-sí (être-pour-soi) de lo nativo.
Aun aquellos que reconocen los crímenes del castrismo, continúan afirmando que admiran al régimen a causa de su “enfrentamiento” a los Estados Unidos, aunque sin razonar que ese enfrentamiento no es más que el giro revolucionario hacia lo externo: una fijeza. Los defensores del “enfrentamiento” en realidad expresan admiración por la fijeza de nuestra dependencia, una función política que cumple ya seis décadas de existencia productiva.
Es precisamente en el sentido esbozado en las consideraciones anteriores, que Puerto Rico –al contrario de Cuba– ha sido, según mi criterio, una nación independiente, y es por tales razones que cualquier intento de “independizar” el Estado Libre Asociado equivaldría a un salto en la dirección del sometimiento. Porque la seudo independencia colocaría a Puerto Rico en la zona de influencia del colonialismo castrista. Es decir: Puerto Rico vendría a ser un estado no-libre, aunque asociado por partida doble. Una situación absurda que solo tiene equivalencia en un mal chiste de puertorriqueños.
2.
Los exiliados y su historia vuelven a irrumpir en la pantalla grande. El nuevo Hollywood promete espectaculares producciones cubanoamericanas: mafiosos clásicos y gusanos de la Generación 2506, siquitrillados y Peter Pans captados en imágenes de alta definición por la prole de los vaqueros de la cocaína; marimberos apuntados por las Arriflex de cubanitos recién graduados de academias americanas de cine, prestos a reimaginar las viejas historias de sus tatarabuelos: Girón, Watergate, la Cosa Nostra.
Ahora son dependientes de Benicio del Toro, el independentista. Pero, aun en su destrucción, en su nadir, la Isla del Desencanto retiene la tan disputada supremacía óntica. Ha sido más grande que Grecia, porque a Grecia solo le queda la ruina de sus ruinas, mientras que Cuba es capaz de crear actualidad aun después de muerta.
No hay dudas: en Cuba reside la Presencia. Svengali del Toro visita la Isla, prueba cada manjar político y cada ricura palaciega, entrega ofrendas florales a las viudas de los mártires, y un sobre con dinerito de Hollywood.
Luego, como los asaltantes de siempre aparecen vestidos de esbirros amarillos en la época rosa de la Revolución Cubana, Benicio toma el traje de fatiga (fatigues, en inglés de Rodeo Drive), los pantalones verdes de grandes bolsillos, la camisa verde (que te quiero verde: el castrismo tiene dejo lorquiano) y la boina vasca con el pentagrama de la nueva idolatría, y se introduce de incógnito en la Historia de Cuba.
Benicio se viste del Che para la réplica, y recrea la épica. Pero ni viudas, ni fatigas verdes, ni pequeños comandantes non sequitur, ni discursos teatrales en la ONU, ni trovadores tergiversados para cursos televisivos de cubanerías le han sido suficientes.
Benicio necesitaba algo más. El Toro necesitaba a Miami.
Sobre el cuerpo de Cuba se proyecta, como en La invención de Morel, una patraña ininterrumpida, o el estado terminal de lo real, la creación de la Nada: por eso la devoción del actor caribeño por el arcángel Fidel no está en modo alguno reñida con la filantropía. Toda Cuba es el teatro de su artivismo. Vista con ojos de meteco, la desgracia cubana deviene arte povera.
Empujar a Puerto Rico hacia la zona de influencia castrista, es lanzarlo al ruedo de la gran escena artística. En el mismo programa aparecen la alcaldesa de San Juan, el terroristaliberto que besa la piedra del santo sepulcro y una interminable caterva de extras procastristas. El arte es otro de los riesgos de la independencia.
Sé que mi teoría podrá apestar a transvaloración de valores, pero a estas alturas deberíamos estar más acostumbrados a los vapores de la transvaloración que a las flatulencias de la sobrevaloración (como es el caso de la independencia). ¡Transvaloración sí, sobrevaloración, no!, es el lema de estas disquisiciones.  
Benicio del Toro sobrevalora nuestra revolución y nuestra cuestionable soberanía, y les transfiere los valores de su cuenta bancaria americana, una transfusión de stage money a las venas de dos infantas difuntas: puertorriqueñizadas, las gemelas saldrán dando trompicones por el panteón boricua del vampirismo histórico.
Pero, ¿no habíamos visto ya todo esto, con más humor y menos pleitesía, en Sleeper de Woody Allen?



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la puertorriqueñización de la historia de cuba (ii): el mejor truco del diablo

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El historiador David Irving pasó un año en prisión por un crimen que, cuando lo comete Aviva Chomsky, es alabado y remunerado. El premio que la izquierda otorga a la hija de Noam es la distribución irrestricta de su pérfido The Cuba Reader: History, Culture, Politics  (Duke, 2004) en escuelas secundarias, colleges y diversos departamentos de estudios latinoamericanos.
El delito de Aviva, como el de Irving (trivializing, grossly playing down and denying, reza la acusación al malvado historiador), es tirar a basura todo un holocausto.
Debo advertir que David Irving, además de negador del Sho’ah, es una autoridad en la historia del nacionalsocialismo, y aprovecho para expresar aquí mi convicción de que si un escritor va a la cárcel por endosar doctrinas odiosas o malévolas, entonces la ley debería ser extensiva a todas las denominaciones y pelambres políticas (sin exceptuar a Aviva, a su padre chavista, apologista de Pol Pot,  y a algunos de los redactores de Wikipedia).
Resultaría inútil y hasta contraproducente reclamarle a Aviva el escamoteo de personajes clave de nuestra historia pasada y moderna, hombres y mujeres tan imposibles de ignorar como Huber Matos, Jorge Mañach, Polita Grau, Oswaldo Payá, Dulce María Loynaz y el anexionista Narciso López, o pedirle cuentas por la bochornosa omisión de los documentos del Proyecto Varela, de la Constitución del 40 y del libro Contra toda esperanza (1985), de Armando Valladares, por poner tres ejemplos fáciles que superan en cubanía y legibilidad cualquier bodrio de Nancy Morejón.
El Reader de Aviva echa al fuego los cien mil tomos de testimonios de presos políticos cubanos: ni las mazmorras, ni las “gavetas”, ni la “mojonera” figuran en su proyecto político bibliográfico. La voz cantante de su historieta la llevan Fidel Castro, Che Guevara y Herbert Matthews: es decir, dos extranjeros y un hijo de inmigrante gallego de primera generación.
Falta del Reader el presidente Fulgencio Batista, que redactó una constitución y veinte libros de non-fiction, pero está Achy Obejas, que viene a ser a la literatura cubanoamericana lo que el limpiador Windex para el abuelito de My Fat Greek Wedding.
A los compiladores de un hipotético European Reader no se les permitiría (¡no se les ocurriría!) juntar en un mismo florilegio a Ana Frank y a Hanns Johst, pero en el vademécum cubano de Duke Press desfilan, hombro con hombro y cachete con cachete, Saul Landau, Sandra Levinson y Raúl Castro, el terror de las sinagogas.
Las editoras Aviva Chomsky y Pamela María Smorkaloff son como el dúo de Tattoo y Sr. Roarke en el Fantasy Islandde la izquierda procastrista: reciben al lector –acompañadas de Barry Carr, escritor comunista australiano a salvo de acusaciones de trivializing, grossly playing down and denying los crímenes del marxismo-leninismo–  a las puertas de The Cuba Reader, con un mojito en la mano y una gran Cohiba en la boca.
2.
Traigo a colación ese denso prontuario del diversionismo yanqui porque sospecho que debe ser el ladrillo de cabecera de Benicio del Toro, la cartilla donde aprendió a entender y a “amar a Cuba” (y ya sabemos que cuando la izquierda dice “Cuba”, en realidad quiere decir “Castro”).
¡Qué afortunado el judaísmo, que tiene de detractor al convicto David Irving! En cuanto al fidelismo, ha gozado de un largo rosario de celebridades trivializadoras que va desde Herbert Matthews, C. Wright Mills, Errol Flynn, Ernst Hemingway y Naomi Campbell, hasta Henry Louis Gates Jr., Steven Spielberg y Robert McNamara, Danny Glover, Michael Moore, Frank Gehry, Paris Hilton, Dan Rather, NPR y PBS.
Tras la muerte de Fidel Castro, el presidente Barack Obama declaró: “En el instante del fallecimiento de Castro extendemos una mano solidaria al pueblo cubano. La Historia se encargará de juzgar el enorme impacto de esta singular figura en su gente y el mundo”.
Esa declaración atroz, que minimiza el enorme saldo en vidas humanas de la dictadura más larga del Hemisferio, cabría perfectamente en las páginas de The Cuba Reader. Extender una mano al pueblo cubano en ocasión de la muerte del sátrapa es como ofrecer condolencias al pueblo afroamericano en el aniversario de la muerte de Leopoldo II de Bélgica.
Cuando Obama cumplía un añito en su cabañita de Honolulu, los desafectos cubanos eran reconcentrados en los teatros de la isla durante los “días luminosos y tristes” de la Crisis de Octubre. Mientras Obama soplaba la velita, nuestros burgueses y sus familias temblaban de miedo, a la espera del holocausto provocado por un giro desfavorable de los acontecimientos.
Lo mismo ocurrió en las Circulares de Isla de Pinos, cuyos cimientos también habían sido dinamitados (con TNT Made in Canada), y si Aviva, Pamela o Benicio se molestaran en arañar la superficie de la historieta revolucionaria, encontrarían numerosos reportes sobre el hecho. Un futuro museo de artefactos en La Habana deberá acoger la artesanía que los presos fabricaron con los tubos de dinamita desactivados por sus compañeros con experiencia en explosivos.
3.
Después de peinar los convulsos 60, trivializando y minimizando a diestra y siniestra, los “amigos de Cuba” pasan a los fabulosos años 70, pletóricos de cubanerías. Buscan a alguien con expediente criminal entre las filas de la gloriosa Brigada 2506, y lo encuentran: el abominable José Miguel Battle-Vargas, Sr.
Benicio está interesado en encarnar, y en llevar a la pantalla grande, esa perla barroca de la cubanía.  El director de su nuevo vehículo propagandístico será un típico producto del Exilio: Jaydee Freixas, diminutivo, ambicioso y third generation Cuban. Su compañía de producciones se llama Exilium.
La historia de Miami ofrece incontables oportunidades de explotación ideológica. Una película anticubana B equivale a una tonelada de dinamita en los cimientos de la Calle Ocho. A fin de redondear el argumento de La batalla de Battle (título tentativo de mi cosecha) se acusa al héroe de sicario, se dice que fue mula del dinero sucio que cambiaba de manos entre Santo Trafficante y Fulgencio Batista. Un bad lieutenant que deviene, en la próxima secuencia, un Bad Gusano. Es obvio que el problema aquí, como el de todo lo referente a Cuba, es de valoraciones.
Porque el argumento arranca de una valoración equivocada de Fidel Castro (y del castrismo) como evento separado y privilegiado con respecto a la mafia de la cocaína de los 70, a los barones de la bolita de los 60, o a los corredores de  qualude de los 80. El caso Battle exhibe múltiples conexiones con la Cosa Nostra castrista, pero ésta retiene su situación ventajosa en relación a sus oponentes y negadores. Los matones de Benicio del Toro van cuidadosamente marcados con todos los timbres políticamente correctos: Trafficante, Batista, Bahía, sicario, Tropicana, Cochinos, Miami…
4.
En The Killing of a Chinese Bookie (1976), John Cassavetes introduce al personaje de Cosmo Vitelli (Ben Gazzara), dueño del bar a gogó Crazy Horse West, en Hollywood. Cosmo está forzado a pagar una deuda de 30,000 dólares a los mafiosos que controlan una guarida de póquer clandestina. La muerte del incómodo corredor de apuestas chino es el precio de la condonación de la deuda.
El apuntador asiático queda situado en un plano superior al de los mafiosos. Por debajo de este cae Cosmo, que mata para salvar el pellejo. Cosmo sube al bungaló de la montaña donde vive el chino a perpetrar el crimen, mientras que los mafiosos (Flo, Mort, Will, The Boss) quedan al nivel de la calle y la guarida. Hay tres niveles: Crazy Horse West, con sus putas multicolores y su escenografía barata; el túrgido tugurio de póquer, un Sans Souci de bajos fondos; y la pagoda de oro.
Aún aquí, en la más sublime neutralidad cassavetiana, hay una estricta escala de valores. Pero hacer cine, ¿no era descartar toda valoración? La existencia en pantalla supercede, en principio, cualquier axiología.
Cosmo Vitelli triunfa. Mata al chino de la charada y, contra todo pronóstico, escapa ileso de la refriega. El pago de la deuda equivalía a su muerte segura, pero él es veterano de esa Bahía de Cochinos que fue Corea. Así vemos cómo los elementos para la construcción de una mitología gansteril vienen dados también en el cine de autor y en el pensamiento independiente (indi) de Hollywood, y no únicamente en las superproducciones, como Scarface y El Padrino.
5.
José Miguel Battle está más cerca de Cosmo que de Michael Corleone. La batalla de su existencia es salvar el Tropicana (del aire) que destruyó el castrismo. Sabemos que en alguna parte del territorio norteamericano –ese escenario que queda fuera del libro The Corporation, de T.J. English, y de la película de Jaydee Freixas– operaban por entonces los gemelos De la Guardia. Sabemos que hubo un comando fidelista dedicado al asalto, el secuestro, el espionaje, el homicidio y el tráfico de estupefacientes. Pero la mafia castrista no tiene nombre ni popularizadores en América, si exceptuamos Dulces guerreros cubanos, de Norberto Fuentes, que debía ser el libro acompañante de The Corporation.
En 1982, Fidel Castro Ruz, el embajador en Colombia, Fernando Ravelo Renedo, y el vice almirante Aldo Santamaría Cuadrado fueron fichados por el Drug Enforcement Administration del gobierno de los Estados Unidos como vaqueros de la cocaína. Parte de la conspiración consistía en un arreglo de contrabando entre el embajador Ravelo, el ministro consejero de la embajada cubana en Bogotá, Gonzalo Bassols Suárez, el entonces presidente del Instituto de Amistad con los Pueblos, René Rodríguez Cruz, y el internacionalmente conocido traficante de drogas Jaime Guillot Lara.
Se acusaba a Ravelo, Bassol, Cruz y Guillot de “usar a Cuba de estación de carga y fuente de suministros para los buques que transportaban tabletas de metacualona (qualudes) y marihuana desde Colombia al sur de la Florida, pasando por Cuba”. Nueve cubanoamericanos estaban implicados en el mismo caso.
La simultaneidad de acciones queda omitida de la narrativa de Benicio del Toro. Ni en la serie televisiva Narcos, ni en la telenovela Pablo Escobar, aparecen estas escenas, estos personajes, ni estos cubanos. Los vaqueros castristas caen por los intersticios de una historia paralela que Freixas y T.J. English rehúsan contar.
Pero toda violencia cubana, especialmente la miamense de esos años duros, arranca del castrismo, tiene su origen y centro de gravedad en la matanza del 26 de Julio de 1953. De allí, de aquel hecho sangriento, toma su santo y seña la Violencia.
El marimbero miamense emergió de las filas de los rebeldes, los conspiradores y los saboteadores antibatistianos. Una vez trocados los signos y las lealtades, la guerra de la droga vino a ser la secuela más visible del castrismo.
Fidel Castro es el director ejecutivo de la Corporación. Ni Joan Didion en su extraordinario Miami (1987), ni Thomas English en su libro anticubano, ni ningún director (Soderbergh, Stone, Coppola, etc.) han establecido inequívocamente esa conexión: La plus belle des ruses du diable est de vous persuader qu’il n’existe pas.

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