martes, 8 de mayo de 2018

Mitos y metas del #MeToo

Mitos y metas del #MeToo
De cómo Junot Díaz es mucho peor tipo que Trump

Orlando Luis Pardo Lazo


En principio, esta es una historia muy cómica, por supuesto. A los cubanos, todo la movida del movimiento #MeToo en los Estados Unidos nos da risa. Bueno, mucha risa, es cierto, pero también un poquito de pena. Porque estamos asistiendo, asombrados, a los días finales de la sexualidad heterosexual. Aunque tampoco la cosa es para escandalizarse tanto, pues, con suerte, el cambio climático acabará con todos estos disparates de la democracia, y acabará mucho antes de que por fin se prohíba cualquier seducción sexual entre un hombre y una mujer.

La más reciente de estas caricaturescas del “dale al que no te dio” la encarna el escritor izquierdista Junot Díaz, un dominicano-americano que actualmente es profesor del Instituto de Tecnología de Massachusetts, editor de la revista Boston Review, y que ganó el Premio Pulitzer 2008 por su novela The Brief Wondrous Life of Oscar Wao (traducida al español por la cubana Achy Obejas como La breve y maravillosa vida de Oscar Wao).

En noviembre de 2016, apenas el presidente Donald Trump fue elegido democráticamente por el pueblo de los Estados Unidos, Junot Díaz se lanzó enseguida, como cientos de intelectuales de izquierda, a deslegitimarlo en la prensa nacional en tanto presidente electo de la nación.

Por ejemplo, en la edición de The New Yorker del 21 de noviembre de 2016 ―como parte de una edición especial completamente parcializada anti-Donald Trump, anti-Partido Republicano, anti-sistema capitalista, y, probablemente, anti-democracia norteamericana―, Junot Díaz publicó un texto que ha circulado ampliamente y que fue más conocido por su título impreso de “Esperanza radical”.

Escrito en formato de carta, en dicho texto Junot Díaz habla de la “desmoralización”, al punto de las lágrimas, que significó que no ganase la candidata demócrata Hillary Clinton. También Junot Díaz menciona la sensación de “vulnerabilidad”, “miedo” y “traición” que él notaba de pronto en sus estudiantes. Y, para colmo, este escritor estrella de la locura LatinX no podía dejar de decir que ahora la Casa Blanca estaría ocupada por un “misógino tóxico” y un “demagogo racial”, que “desea hacer grande a América destruyendo los logros de derechos civiles de los últimos 50 años”.

En pleno período de “luto” ―sí, ¡de “luto”!, no se trata de una errata ni de un error mío de traducción―, y dado que instantáneamente ya se ha perdido “nuestra seguridad, nuestro sentido de pertenencia, nuestra visión de país”, Junot Díaz nos implora entonces ser capaces, “primero y ante todo”, de recobrar “la necesidad de sentir”, evitando así “caer en el cinismo” y “la desesperación”.

Es decir, Junot Díaz nos llama a hacer de tripas corazón para combatir desde la base contra el supuesto fascismo impuesto, dos meses antes de ejercer como tal su cargo, por el nuevo presidente Donald Trump. La culpa de esta súbita dictadura la tendrían, como era de esperar, el “poder colonial”, el “poder patriarcal”, y el “poder capitalista”. De ahí que el “futuro” mismo es lo que está de pronto en peligro en los Estados Unidos (en el resto del mundo al parecer el futuro está asegurado, como en Cuba): un país que para este autor ―acaso con traductora incluida y todo― sea la sociedad más represiva en toda la historia de la humanidad. Pero… Y siempre hay un pero…

Pero resulta que Junot Díaz ahora es acusado no por una, sino por varias mujeres de la cruzada anti-masculinidad del #MeToo. A la postre, al mismo tiempo que Junot Díaz se erigía como el radical acusador de las toxicidades misóginas del presidente, el escritor se comportaba exactamente como un misógino tóxico radical.

Pero no son tal para cual. Para nada. Junot Díaz es entre quince y veinte veces peor que Donald Trump. Porque el ganador del Premio Pulitzer 2008 ―debería de devolverlo en el 2018, si es que conserva alguna pizca de dignidad― es, además de un toca-toca repellador y bocón, un hipócrita consumado de la justicia social de izquierdas y un reverendo papelacero. Tan papelacero resulta el dominicano-americano, que unos días antes él había publicado a la carrera, acaso para limpiarse a priori de toda culpa, un patético mamotreto de cómo lo violaron y re-violaron homosexualmente durante su infancia. 

La lógica es muy simple: las víctimas no pueden ser culpables. Y esa es la misma lógica perversa de lo que podríamos llamar los Premios Oscar del#MeToo. Gana el que acusa primero. Gana el que acusa más. Gana el que acusa sin ninguna evidencia (y sin asistir a ningún tribunal judicial), pues la venganza se basa precisamente en la estigmatización.

Gracias a la impunidad legal de las redes sociales, ahora todos pueden inventar cualquier cosa sobre cualquiera. No hay un solo hombre que no haya sido un violador, simplemente hay muchos de nosotros que todavía no hemos sido del todo desenmascarados. Los hombres las acosamos. Las mujeres nos acusan. La cama, como el cielo, bien puede esperar. Lo clave aquí es narrar el acoso en público ―ese el nuevo género de best-seller literario―, acaso como el propio Junot Díaz pidiera narrarlo a finales de 2016: convocando sentimientos de vulnerabilidad y miedo, así como de luto y traición.

Se trata de una especie de testamento: estamos tristes, hemos sido tocados sin nuestro consentimiento, y, por consiguiente, ya perdimos de por vida toda nuestra seguridad, nuestro sentido de pertenencia, y nuestra visión de país.

Para los cubanos ―esa subespecie capaz de remenearse retozonamente al compás de una canción llamada, por ejemplo, A bailar el toca-toca―, todas estas historias nos parecen muy cómicas, por supuesto. Pero también nos dan un poquito de pánico, como era de esperar. Porque los cubanos bien sabemos que, con cada Junot Díaz izquierdoso haciéndose el santurrón ante cualquier derechista Donald Trump, nuestro turno para caer abatidos bajo el totalitarismo #MeToo está cada vez más cerca.

Hay que sacar a tiempo a nuestro acosador cubano del closet.

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