miércoles, 21 de noviembre de 2018

AMIGO AMICIS

Cuore del corazón

Orlando Luis Pardo Lazo
  

Mi padre me leía un libro sagrado en casa, que no era la Biblia sino mucho más sagrado que la Biblia, porque era un testamento a la vez nuevo y viejo del corazón.

Corazón, precisamente así se llamaba nuestra Biblia de las noches sin muerte en Lawton, Cuba, La Habana. Y lo había escrito Edmundo de Amicis, según decía en cubierta aquella edición primorosa, prerrevolucionaria, casi del siglo pasado. Que ahora ya sería del siglo antepasado.

A mediados de los setenta del socialismo cubano, yo no sabía leer todavía. Así que debía confiar ciegamente en el corazón de mi padre doblado sobre nuestra cama. De hecho, todavía hoy sólo confío ciegamente en su corazón de cadáver desde agosto del año 2000, a sus 81 años en la tierra totalitaria de nadie. Sospecho que papá, aunque me amaba, era mucho más que un ser solitario: era un extraterrestre caído de ninguna parte en nuestra familia de Lawton, Cuba, La Habana.

Arrullado por su voz en idioma español, una lengua recién estrenada para mis oídos, arropado por esa misma voz que salía como música del alma desde los pulmones y la garganta de fumador de mi padre, acunado en una casita de maderas inmemoriales, Edmundo de Amicis era entonces el mejor de los mejores evangelistas de nuestra infancia. Una galaxia cercana. Un hogar, un cosmos. El amor, el pánico. Darse cuenta de que uno está vivo porque los muertos de las historias leídas en voz alta alguna vez estuvieron tan vivos como lo estábamos por entonces mi padre y yo.

Todo eso en mi mente privilegiada de cinco o seis años de edad. Analfabeto y todo, por entonces fue cuando único yo he sido capaz de entender el éxtasis de la realidad, y encima de ese despertar a la existencia humana, me sentía también en sintonía sonriente con el universo. Lo aceptaba y me aceptaba como parte de esa monstruosa nada material. Es decir, quería ser yo por encima de cualquier cosa en el mundo. Es decir, no quería dejar de ser yo a cambio de ninguna cosa del mundo.

Corazón, Cuore en el original que, esta noche, gracias a una universidad privada donde me refugio, puedo hojear de gratis: un privilegio de exiliado que hago con las mismas manos huérfanas cubanas con que nunca pudo hacerlo mi pobre papá.

Dagli Appennini alle Ande, De los Apeninos a los Andes: así se llamaba el relato que más me desconsolaba. Que todavía esta noche me desconsuela el insomnio, traduciéndolo tirando pedradas a golpes de internet en mi imaginación infantil. Molti anni fa, hace muchos años, un ragazzo genovese di tredici anni, un niñito genovés de trece años, figliuolo d´un operaio, hijo de un operario, andó da Genova in America, da solo, per cercare sua madre, fue de Génova a América, solo, para encontrar a su madre. Una madre que, por supuesto, estuvo al borde de la muerte sin poder ver al hijito de su corazón dejado atrás, en otra isla llamada Italia. Tal como al borde de la muerte vivían las mejores mujeres del siglo XIX puesto por escrito, incluidas esas madres míticas que se inventaba para los niñitos cubanos nuestro José Martí, para de esa manera maravillosa desfigurarnos para siempre la edad de oro con la verdad inverosímil de qué sería después vivir: Martí, el autor intelectual de una edad de horror.

El niñito se llamaba Marcos: povero Marco! Pero al final el ragazzo genovés, ya en la Argentina (en Córdoba, creo), logra el milagro de encontrarse con su sobremuriente mamá, que sobrevivió sólo para que de ese encuentro Edmundo de Amicis pudiera regalarnos a los cubanos un evangelio humano, demasiado humano, que debía de acompañarnos como un talismán de ternura y tesón, por si un día malo los cubanos nos olvidábamos de ser personas buenas con el otro y entre nosotros mismos.

Ese día malo, perdónenme, es el día de hoy. El gran Marx diríase que le ganó al pequeño Marco. La maldad venció al instinto materno de amamantar el amor de todo un pueblo perdido, de los Apeninos a los Andes y de la Sierra Maestra a la Plaza de la Revolución.

La donna urlò tre volte: Dio! Dio! Dio mio! Son los tres gritos gritados al vacío por todas y cada una de las madres cubanas en los tiempos terminales de una Revolución que no tuvo para cuando acabar: ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios mío!

Corazón, corazón, corazón nuestro. Librito leído en libertad en plena tiranía totalitaria. Corazón de palabras perfectas, pronunciadas tan bien como supieron (y como los dejaron saber) los lectores de aquella generación gentil de hombres y mujeres magnánimos que jugaron, sólo durante un rato, a ser nuestros padres y madres.

Todo esto en mi mente privilegiada a punto otra vez de cumpleaños. Alfabetizado por gusto, incapaz de entender el éxtasis de una presencia real, dormido en una adultez adulterada por el excitante exceso de los cuerpos y la carencia crónica de un corazón.

Gracias, Edmundo de Amicis querido. Gracias, querido papá.

1 comentario:

odaomi dijo...

Bello este relato.Como todo lo que escribes