miércoles, 26 de diciembre de 2018

¿ESPERAR LA QUÉ?


EL ORTO DE LA ESPERA

Orlando Luis Pardo Lazo

José Lezama Lima esperó la muerte de su madre antes de sentirse libre de culpa para publicar el escándalo de Paradiso. Virgilio Piñera esperó acumular 18 cajones de inéditos antes de dejarse morir de soledad o de Seguridad del Estado. Dulce María Loynaz se sentó, como un personaje del film Los sobrevivientes, a esperar un Premio Cervantes pre-póstumo entre las telarañas de su jardín. Heberto Padilla confió en que el Ministro de Cultura cubano le perdonaría salirse del juego y le daría visa para morir en la patria (que desde el siglo XIX se supone sea vivir). Eliseo Alberto esperó la muerte de su padre para informar en libertad sobre sí mismo, sobre nosotros mismos.

La lista es infinita. Una isla infinita en cola.

La literatura cubana es esa espera edípica, ese sucio secretico de closet o perreta de histeria ante nuestro progenitor en jefe (el que todo lo lee, todo lo puede, todo lo espera, como el amor). La escritura en Cuba desde hace décadas continúa agazapada debajo de un buró con botas de la Biblioteca Nacional José Martí (con una pistola puesta encima).

Los escritores cubanos siguen a la espera de una muerte doméstica antes de tener las manos libres para escribir (por eso alegorizan todo el tiempo, en lugar de simplemente decir). Tal complicidad los silencia y subsidia en tanto nación intelectual, en tanto clase muerta sin boleto al futuro, en tanto estériles espectadores de una ficción que nunca se atreve a protagonizar lo real, esa cosa tan prosaica (por eso poetizan todo el tiempo, en lugar de simplemente narrar). Tal es el trauma típico de los totalitarismos de familia, que en la Isla se han hecho ya indistinguibles por la costumbre cómoda y criminal de la espera.

En el fondo, hay que entenderlos, se trata de un tic burgués. Nada de cobardía: es lucidez de élite, instinto estético. Saben que lo más importante del universo es redactar sus respectivas obritas completas. Nada de hipocresía ni de oportunismo: es sentido de lo trascendental. Son unos elegidos de mierda. Se saben una casta selecta para crear la belleza cubana que los trascenderá. Ars longa, Revolutium brevis. Así que ellos esperan, como buenos hijos de puta letrados que son todos, de ser posible haciendo una carrera insular salpicada de carreritas al capitalismo.

En cada nuevo libro la literatura cubana sueña, en su inconsciente colectivizado a la cañona, con cumplir al pie de la letra este slogan no tan fiero como fiel: dentro de la literatura, todo; contra la literatura, nada. 


El autor cubano es demasiado inteligente para ser además un autor. Pospone, más que propone. Discursea, en vez de delirar. Construye antes que deconstruir, mucho menos destruir. Es, en suma, un pendejo de la palabra. No está desesperado (hay más tiempo que máximos líderes). Por eso la literatura cubana llega a ser tan desesperante, tan pedante. Patética, pésima.

Este fin de año es una fecha perfecta para recordar que los cubanos no contamos en Cuba con ningún escritor vivo que valga la pena. Nuestra literatura es pues, literalmente, letra muerta. Por suerte.

Así sea, amén.




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