jueves, 20 de diciembre de 2018

Los Peter Trump




Una vida perdida
Orlando Luis Pardo Lazo

Tiene razón Ernesto Hernández Busto, en los recuerdos de una vida dañada de su libro Inventario de saldos: en 1991, es decir, “en aquel entonces”, los cubanos nuevos que recién descubríamos la cultura cubana, es decir, tú y yo, los derrotados de tres decadentes décadas después, no nos tomábamos en serio la memoria. Pero, ¿cómo podría alguien en Cuba, en plena debacle de la Revolución, a.k.a. utopía totalitaria, tomarse en serio aquella palabreja de izquierda, qué memoria de qué memoria de qué mierda, si por aquel entonces, en el único año capicúa de nuestras vidas, “el pasado no existía: había solo planes, proyectos, las torres de un futuro en lontananza”?

Tal vez por eso el exilio fue después, ante todo, reclusión. Nos da penita hablar de un momento épico como aquel, donde se suponía que nuestra generación tomaría el control de nuestras biografías. Donde naceríamos. Donde seríamos libres como nunca antes lo fueron los cubanos nacidos bajo la dictadura cubana. Tal vez por eso tiene también razón Ernesto Hernández Busto cuando confiesa que “de vez en cuando nos hablamos por teléfono sin decirnos nada importante,” porque “hay como una letra secreta que impide recordar aquellas cosas”.

Habitábamos el fin de nuestra “fase gregaria” como nación, y lo ignorábamos. Estábamos a punto ya de recluirnos por ahí, y dondequiera que nos sorprendiera una visa, bienvenida era esa bendición. Estábamos a punto ya de abandonarnos cada cual a la suerte de cada cual, y, sin embargo, nadie nos dijo nada. Eso fue, reconozcámoslo antes de perecer más bien pronto en la diáspora, una cosa imperdonable. Fuimos mucho peor que los Castros. Fuimos nuestro propio Castro interior, inclaudicable e inconsolable.

Ahora es demasiado tarde para intentar cualquier otra cosa. Somos huérfanos con patria, que es el peor tipo de orfandad. No hay un solo exiliado cubano que no haya sido a su vez un Peter Pan. Salir de Cuba es ser niños para siempre. Envejecer de infancia. No vivir de verdad: ese ha sido el precio de nuestro empecinamiento con tal de vivir en la verdad. Nunca ser libres, rodeados por la maldita circunstancia de la libertad por todas partes. Esa es la tragedia de los cubanos en el 2019, sesenta años después de salir a las calles como conejos a conmemorar el día cero de la caída del cielo de Fidel. Porque tuvo que caernos del cielo y no de otra parte. Si el comandante no es producto de la providencia divina, entonces la crueldad del castrismo para con los cubanos es, para colmo, la prueba definitiva de que la existencia de Dios tiene menos consistencia que la de, por ejemplo, precisamente Peter Pan.

A veces pienso que lo que pasó fue que no nos dio tiempo de hacer nada. Estábamos demasiado ocupados haciendo cualquier otra cosa. Perdido el territorio de la acción biológica y espiritual, secuestrado el país por un tipo de personas que no sólo no son cubanos, sino que tampoco son siquiera nuestros contemporáneos, nos pusimos a perder el tiempo hasta ver qué pasaba, confiando cómplicemente en la obsolescencia espontánea de la Revolución, apostando por su apoptosis. Pobre de mí y de ti, pobres nosotros que pensábamos que después nos daría tiempo para recuperar el tiempo perdido por gusto a título de la tiranía.

Pienso en mi padre al final de su vida en Cuba. En un barrio de las afueras de La Habana, en una ciudad en los adentros de la Historia. Tenía la piel delicada y colgante, como Donald Trump. Y los cabellos finísimos, como los del actual presidente norteamericano, pero no dorados sino de plata. Pobre mi padre, pobre Donald Trump. A veces pienso en ambos como en un solo ángel guardián para los peterpanes cubanos que quedamos atrapados, como moscas moribundas, entre el socialismo de la Isla y el socialismo continental.

El daño es, por desgracia, irreparable. Hay que no haber nacido. O, llegado el caso, hay que morirse y volver a nacer. Hay que fundar un hogar de cubanos donde cariñosamente nunca se haya pronunciado la palabra perversa “Cuba”, al menos durante un primer siglo de cubanidad descubanizada. Después, veremos. Hay que confiar ciegamente en algún guardián con piel de padre y cabellos de ángel. Alguien nos tiene que ayudar en algún otro tiempo y lugar. La vida no puede ser tan invivible para siempre en todas las partes. No nos dejen solos, hijos de la gran puta. No nos abandonen a nuestra suerte como nosotros los cubanos nos abandonamos entre cubanos.



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