lunes, 24 de diciembre de 2018

Manolos del alma


El gran Manolo
Orlando Luis Pardo Lazo


Se llamaba como mi padre, Manuel. Y, como a mi padre, nunca nadie le dijo Manuel, sino Manolo.

Era pequeño, mínimo, apenas perceptible. Sin embargo, yo lo recuerdo siempre como el gran Manolo. Un enorme, descomunal, incomparable Manolo caído como de otra época en Cuba. Llegado, en efecto, de otra época. Un testigo natural de cuando en Cuba no existían los Castros y era sólo una sombra de infancia la bien llamada Revolución.

Manolo, nuestro hombre en la República. Nuestro Manolo del modernísimo siglo XX cubano que el jueves 1ro de enero de 1959 no amaneció. Un siglo trunco. O sí amaneció, pero cadáver. Un siglo fósil, funerario. Ajeno, amable, atroz, alegre, alienado. Manolo, que no sabía decirlo: la Revolución (y una risita le cruzaba la dentadura postiza de plástico recién lustrado).

Lo conocí en sus setenta, supongo. En realidad, nunca nos mencionó su edad. Era demasiado presumido para aceptar el hecho humillante de envejecer. Era demasiado noble para asustar así a los más jóvenes: a nosotros, los que por entonces nunca íbamos a morir. Sólo por este detalle Manolo era un virtuoso, un santo. Contrario al resto de los cubanos de hoy, a Manolo sí le preocupaba la vida de los otros cubanos a su alrededor. Sólo por este detalle era, como se dice, más bueno que un pedazo de pan (en una época en que hasta el pan era usado como un cruel chantaje de Estado para reprimir a la población).

Al respecto, Manolo hubiera preferido haber muerto más joven, más bello, más vital. Bueno, no pudo ser. La vida nunca nos sale como planeamos, Manolo, qué le vamos a hacer. Aunque en nuestros ojos sin muerte, Manolo, no tengas ninguna pena al respecto, tú moriste casi joven, casi bello, casi vital. De algún modo te protegimos con nuestra mirada ignorante. De algún modo nunca dejaste de ser para nosotros eso: un caballero republicano.

Te veíamos tan joven como pudimos, si bien no tan joven como debíamos de haberte visto. De hecho, eras por entonces mucho más joven que nuestra vejez prematura de adolescentes atrapados en una dictadura sin fin ni fin. Perdónanos, Manolo, qué le íbamos a hacer. A todos los cubanos, más temprano que tarde, nos tocaría perder. El castrismo es así: una lotería trucada de la que no escapa ni siquiera el lenguaje, una ratonera cuya retórica se arrastra tras los cubanos a donde quiera que los cubanos cómplicemente se van. Nos vamos. O nos quedamos, que es la peor manera de irse a ninguna parte.

Era Manolo lo que en Cuba se llamaba, con ese sarcasmo soquete que desfigura cada esquina de nuestra realidad, un “solterón”. Es decir, un hombre independiente, un adulto libre de los despotismos de la sociedad (antes, durante y después del socialismo insular), un ser decente de los que ya no hay, que supo esconder con estoico recato cualquiera fuera su sexualidad o acaso su ausencia de sexualidad. Un humano de espacio interior, de delicadezas domésticas. Un ser sin intemperie, que fue a lo que nos forzó primero y después nos acostumbró la Revolución.

Su apartamentico se fue llenando de arte barato y kitsch. Piezas de falsa porcelana fueron remplazando a la verdadera porcelana, joyas originales de familia que, a lo largo y estrecho del Período Especial, iban a ser trocadas por unas libras de papa o por medio pernil. Su casita olía a pasado glorioso, a divas del espectáculo, a pósteres antes de la perversa propaganda política en Cuba, a cortinas y cortinillas, a incienso antes de la invención del incienso, a discos de vinilo que dejaron de ser arañados por una aguja de diamante art-decó, enmudeciendo, tal como sus santos y sus amarres negros callaron, cuando por fin aquel blanquito de traje y corbata y de raya al lado con brillantina se dio cuenta de que ya era hora de abandonar un mundo que nunca más volvería a ser el mundo de su vida.

En efecto, Manolo murió a la hora exacta de darse cuenta de que en La Habana nunca jamás habría un mundo vivible para Manolo. Ni para él ni para ninguno de sus amigos Manolos que lo visitaban, como una parentela mimética o una secta anciana y ancestral de hombres sin mujer que se habían quedado, hacía mucho rato, fuera de la sociedad y la historia y demás idioteces ideológicas.

Manolo, Manolo, deberíamos repetir ahora como un mantra los cubanos que quedamos. Una raza irrecuperable, como imposible de recordar ahora es aquel país infantilizado antes de los Castros y de la bien llamada Revolución. Bien llamada, porque justo eso fue y no otra cosa: una Revolución a la que nadie traicionó. Porque la Revolución en sí constituye el acto supremo de traicionar a una Nación.

Como también nosotros traicionamos al gran Manolo. Como mismo no lo abrazamos en su desolación terminal, para que no muriera tan aterrado entre aquella estela estéril de contemporáneos cubanos. Y en esto, otra vez, Manolo de los Manolos, tendríamos que pedirte un desproporcionado perdón.

Si te sirve de consuelo, nos consuela que no tuvieras que deshabitar en el futuro sin alma que nuestras almas han sobrevivido. Y lo que nos falta todavía, Manolo. Dichoso tú, asomado apenas al primer ramalazo de la debacle cubana. Porque los próximos cincuenta años, hasta el miércoles 1ro de enero de 2059, gran Manolo, puedes confiar en nosotros, los sobremurientes, que serán cada uno un poquito peor que el anterior. Sin prisa, pero sin pausa, como se dice. Hasta vaciar de savia a ese misterio de Manolos que alguna vez fuera la cubanía.

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