sábado, 10 de febrero de 2018

Rabassas y Revolución


La mano de Baldovina separó los tules
Orlando Luis Pardo Lazo
       
        El exilio tiene sus ventajas, no crean. En el exilio se pueden leer tranquilamente, por ejemplo, todas las grandes novelas cubanas. Que no son muchas, por cierto. Para contarlas me bastan y me sobran los dedos de una mano.

        Y se pueden leer todas tranquilamente, además, varias veces. Y en varios idiomas. Una por una. O todas a la misma vez. Da igual. El exilio es el lugar donde todo nos da rigurosamente igual. Un paraíso para los amantes de la relatividad.

        Leer en libertad es eso. Remezclarlo todo.

        Abro la traducción de Paradiso, hecha casi que antes del original. Por Gregory Rabassa, un tipo que no dejó títere sin traducir en Latinoamérica. Una fiera para descubrir bichos raros en español y presentarlos en el mercado anglo como si fueran los evangelios canónicos del boom latinoamericano.

        Qué cosa más grande el boom. El mayor movimiento literario de lengua hispana del siglo XX, tan revolucionario y antiimperialista como se pintaba, tenía a plena luz del día un nickname en inglés. Ja. Cuando yo lo digo, si serán idiotas…

        Leo en voz alta el Paradise de Rabassa. Estoy acabado de despertar. Pongo el libro sobre un librero, ligeramente reclinado contra el vidrio de mi única ventana. Me gusta leerlo así, en contraluz, parado en alto, como si de un rosario de oraciones se tratara. Y al leer, veo de reojo la paz póstuma del desierto que amanece a esta hora más allá de mi estudio de mi alquiler.

        Baldovina’s hand separated the edges of the mosquito netting and felt around, squeezing softly as if a sponge were there and not a five-year-old boy.

        Qué maravilla ese inglés, ¿no?

        También qué patiseco, qué pobre en comparación con la lengua de Lezama Lima, que no era el español ni mucho menos el cubano, sino precisamente un laberinto llamado el lezamalima. Vernáculo volátil de nuestro barroco. Volutas barruecas.

        Érase una vez en La Habana.

        Relatos maravillosos de una época ida, escritas a pesar del injusto tiempo humano en que a los cubanos sin Cuba nos tocó sobrevivir. Narrativas incomprensibles hoy, pero sin las que ya yo no sabría ni querría seguir sobremuriendo ahora aquí. En esta Cuba ausente que es la pura presencia por sus cuatro costados: José, Lezama, Lima, Paradiso.

        La Habana, 16 de febrero de 1966. Ediciones contemporáneos. ¡Con minúsculas! Qué detalle de avance, a la hora de recoger los bates. Qué homenaje de vanguardia más desfasado para estos 4000 ejemplares únicos, autografiables. Impresos los 4000 por la UNEAC, en el taller 206-04 “Mario Reguera Gómez” de la E.C.A.G., sito en Benjumeda No. 407.

        Sic. Se ha respetado la puntuación del original.

        Seguramente, también, sus erratas. En una edición príncipe como la de Paradiso, todo debe leerse como canon instantáneo.

        No una gran novela, sino una novela grande. No hay metáfora que no sea material. En cualquier caso, un nido de pájaros escrito por un pájaro blanco. Hebras de hierba habanera que se enredan, desde el primer párrafo farragoso, con la visión de una negra doblada sobre la portañuela con sarampión de un bebé. Y no un bebé cualquiera, como era de esperar, sino de esa masa de carne amorfa que, muchos capítulos después, sería no el gran autor sino el autor grande de ella. De la negra Baldovina y del resto de una novela blanca.

        Paradiso con pespuntes de pedofilia. Del trapiche de la finca casi que a una fellatio textual. Del señorito Lezama Lima al sueño lácteo que nos desvela la infancia. Fobias freudianas mal traducidas a aquel español de provincias que se hablaba por entonces y se habla todavía hoy en La Habana. Ciudad con h, horrores hinsonoros. De la medianoche infinita a la pequeña muerte de los escarabajos que escapan. De lo monstruoso a lo militar. De su madre muerta en familia al padre que moriría de tos en un exilio imaginario.

        No me jodan. No se le puede pedir más a un primer capítulo. Ni tampoco se le puede pedir más a una primera y única novela. Ahí mismo debió de parar su Paradiso el bebé José Lezama Lima. Con su pinguita enhiesta y llena de ronchas, por la frialdad gelatinosa que nos impone la mano onanista de una mujer desgreñada, con ínfulas de azafata. Acaso aún con trazas de su pedigrí de esclava. También, ama de llaves. Baldovina encarnando la custodia culpable de nuestra inocencia.

        Nada. Naderías de hembra analfabeta, sabia. Savia bendita de vieja bruja, que guardaba con celo en su botiquín los alcoholes y estopas para bautizarnos, con cinco añitos, en el nombre de Onán. Y entre sus senos, descolgados como jardines, se alojaba toda la temprana tibieza de un mundo sin huérfanos.

        La temprana tristeza de ser felices, antes de que haya muerto el primero de los seres humanos que de bebé recordamos.

        El bebé blanco sufre los jadeos de un asma orgiástica. La anciana negra le unta pomaditas y pociones mágicas, a lo largo y estrecho del esternón, mientras balbucea sus sílabas mitad afro y mitad afrodisiacas, cuyo sentido Baldovina ignora, pero muy bien sabe que son un conjuro contra los muertos oscuros, en medio del terror de las antorchas y los resplandores rabiosos del lenguaje en aquel campamento paradisiaco.  

        Escribir es cosa de ángeles. Henos aquí, escribiendo como los ángeles, cuando los dos bien sabemos que ya no quedan ni huellas del último lector. Somos yo y José Lezama Lima, en ese orden antigramatical. Somos él y Orlando Luis Pardo Lazo, regurgitando una memoria a retazos que se ha quedado atrapada en su impropia traducción.

        She unfastened the flap of his nightshirt and looked at his thighs. Abrió también la portañuela del ropón de dormir, y vio los muslos.

        Baldovina acariciando los cojoncitos católicos del autor al inicio de una República en ciernes, días después de la Revolución que José Martí se empeñó en hacer contra España, que era su patria. Consummatum est. Y que era también la patria de sus padres, catalanes del recontracarajo: don Marianos y doña Leonores que se los iba a tragar la tierra, después del parto †, en el parto †, y antes del parto †. Cubansummatum est.

        His small testicles full of welts growing larger, and as she moved her hands down she felt his cold and trembling legs. Los pequeños testículos llenos de ronchas que se iban agrandando, y al extender más aún las manos notó las piernas frías y temblorosas.

        Dicen que Lezama Lima publicó este libro de manera ilegal, abusando del poder de su carguito como jefe de redacción en la UNEAC. Una “botella”, para que fuera tirando el gordo, y no se nos muriera de hambre.

        “Librero con patas”, le decían a gritos en el barrio. Una zona roja de putas y policías. En no pocas ocasiones, putas policías.

        Por esa ilegalidad, el Estado cubano tuvo que emplear cuantiosos recursos para recoger de las librerías la casi totalidad de la tirada. Digamos, 3999 ejemplares. Era lo justo con los demás autores: la nueva Revolución se había hecho precisamente para acabar de raíz con los privilegios y, de paso, emancipar de un plumazo a las Baldovinas.

        La misma Revolución que en breve iba a alfabetizar a los pobres, decomisando bibliotecas burguesas para hacerlas pulpa donde imprimir los cuadernos escolares. ¡Abajo la Enciclopedia Británica! ¡Viva el Libro Primero de Lecturas!

        De pie, con el pene de pie por los deseos de orinar, sigo leyendo en voz alta, recién despertado o aun soñando, hojeando a Paradiso desde su atril, respirando el oxígeno recién fotosintetizado por los árboles sin nombre de Central West End, en Saint Louis.

        El muy condenado, comentó desesperada Baldovina, no quiere llorar. The little devil, Gregory Rabassa muttered in desperation, he refuses to cry.

        Me gustaría oírle llorar para saber que vive. Me gustaría oírme llorar para saber que vivo.

        Al principio del exilio, llorar era para mí una rutina ridícula.

        Cada cabrona noche lo hacía. Buah, buah, buah. Llorar sin ningún motivo, a moco tendido. Llorar sin extrañar ni estar triste ni un carajo. Llorar hasta quedarme rendido, tendido. En el ataúd sin tapa de mis mil y un estudios de alquiler.

        Tocándome, por supuesto. Única continuidad que se me ocurre entre la Cuba ubicua y la carencia crónica de Cuba.

        Mi cuerpo, mi cadáver. Y una gota de esperma grandulona solidificándose sobre mi pecho. A thick drop of sperm-oil, hielo hirviente. Incesante fricción. Jadeos de Gregory Rabassa, el descubridor de Lezama Lima para la academia norteamericana. Hallowed be thy name. Thy Paradise come.

        Lo imagino traduciendo a mano, a máquina de escribir. Un zar del sur en el norte, descubridor de poéticas exóticas y fuentes de la eterna belleza. Un orientalista del hemisferio occidental, cazador de cimarrones latinos. Todos y cada uno de los autores autóctonos fingiendo hacerle resistencia al mercado, pero igual ávidos de ser expuestos en una lingua franca llamada el inglés.

        No quiero, no quiero: échamelo en el sombrero.

        The herald of a king who has won a battle near a castle without the inhabitants being aware of it.

        En puridad, un negrero literario. Oficio de ofidio, prueba viviente de la superioridad de la Retórica sobre la Raza. Prueba forense. Porque ya murió, como todos, el sin par Gregory Rabassa. Hace muy poco, por cierto, el Monday 13 de June de 2016. A la intraducible edad de 94 años.

        De haberlo intentado, puede haberlo conocido en los Estados Unidos. A la postre, preferí dejarlo pasar, como quien se despide de improviso de un rey que ha librado una batalla a ras del castillo, y sin que se enteraran sus deshabitantes.

        Era hijo de un cubano, por cierto.

        No sé por qué en Cuba siempre me lo imaginaba como el hijo bastardo de Oppiano Licario, personaje de personajes.

        Tal vez porque Gregory fue criptógrafo durante la Segunda Guerra Mundial, aunque esto aparentemente no tenga nada que ver. Tal vez porque nunca olvido la escena de Paradiso donde aparece la muerte de la mano de Oppiano, quien a su vez ya murió, como todos, en el capítulo 14 si no recuerdo mal.

        Del humo del sueño, y de ahí sin transición del sueño hacia el sueño eterno. Esa pésima metáfora, como todas.

        Yo sabía que usted vendría esta noche última. I knew that you’d come this last night.

        No es lo mismo “esta noche última” que “this last night”. Pero tampoco puede hacerse nada para evitarlo. ¿Qué querían? No tiene sentido pedirle las mismas peras al Paradiso que al Paradise.

        Traducir es ansí.

        En el pabellón de al lado hay un cubano. O eso cree creer el padre de Lezama Lima antes de morirse esa medianoche. Hablé esta mañana con él, quisiera hablarle de nuevo.

        A Cuban in the next ward. Era Oppiano Licario.

        Las ventajas adicionales del exilio cubano: que siempre aparezca un exiliado cubano en el pabellón de al lado, justo a la hora de fallecer en un hospital foráneo.

        Soledad sin extremaunción. Darnos cuenta a esa hora de que estamos rodeados por nadie.

        Me cago en el coño de la madre del padre de Lezama Lima y Gregory Rabassa. Los dos no hacen más que recordarme que yo también debo buscar a ese exiliado cubano del pabellón de al lado.

        De ahí las lágrimas que lavaban el rostro del coronel, padre de un Lezama Lima con cinco años.

        De ahí las lágrimas que lavaban el rostro de Fernández, disimuladas con pudor de padre como si fueran sudor cubano, en uno de esos poemas conversacionales de Roberto Fernández Retamar.

        Los padres no lloran delante de sus hijos sin padres. Apréndete bien esta lección de lectura.

        De ahí las lágrimas que antes lavaban mi rostro, noche a noche sin excepción. Y que después se secaron como una traducción amateur, haciéndome sospechar de paso que mi escena final será literariamente distinta. O, en su defecto, que me ha tocado la suerte de ser inmortal.  

        En mi barrio de Lawton, a la luz del alma, al lado de mi casita de tablas quedaba la casa de los otros Rabassas. O tal vez fueran los mismos Rabassas del padre de Gregory, que a partir de ahora se llamará Oppiano Rabassa, y nos ha conocido a todos en un muy mal momento, del que no saldremos para contarla, ya con nuestra respiración raspando la nada, tal como the breathing was a death rattle now.

        Los Rabassas de la Revolución eran gente buena como ninguna. Beales #100, interior (altos).

        Fefa y Rabassa, los padres.

        Gilberto, Rey y Taymí, los hijos sin padres.

        Puede que se me esté olvidando alguien. Puede que mi traducción de sus ortografías no sea la más exacta. Mejor así, supongo. La memoria es un músculo que es más saludable tenerlo atrofiado. Un órgano que si se practica demasiado, nos mata.

        El padre de la familia Rialta Rabassa trabajaba de matarife en el matadero de Lawton. Apuñalaba vacas antes del alba. Les partía en dos el corazón, con la benevolencia de un solo tajazo.

        Sin dolor.

        Nunca fue un verdugo, excepto con las personas que más amó.

        Porque un día se le partió el corazón a él. Crac. Solito, sin puñalada. Y entonces Fefa tuvo que sobrevivirlo como 30 años.

        No concibo una crueldad más grande. Para colmo, involuntaria. Forzar a Fefa a adaptarse a toda una vida vacía, sin su Rabassa. Fefa de Lawton, mujer fiel hasta que la senilidad le desfiguró la novela de su primer y único amor.

        La tragedia de no morirse juntos.

        El insulto de envejecer a solas.

        Buscando y buscando, como locos, como lúcidos. Sin encontrar ni traza de aquellos jóvenes que de jóvenes más amamos.

        Estoy entrando en una soledad, por primera vez en mi vida, que sé es la de la muerte. Quisiera tener alguien a mi lado.

        Sic. Sin traducción.

        En este sentido, Tati, la vecina del frente, sí tuvo una actitud ejemplar. Se murió a los pocos días de ver morir a su Isauro.

        La eternidad la comenzaron temprano, Tati e Isauro, imponiéndole un tiempo humano al destiempo de Dios. Y ese triunfo de la voluntad me hace un poquito feliz, aunque yo no tenga ahora ni a quién contárselo.

        Es demasiado tarde.

        Cierro la traducción de Gregory Rabassa. Copyright de Ediciones Era, 1968.

        Qué curioso, ¿no? Me pregunto por qué el Rabassa de nuestro exilio no habrá usado la edición príncipe cubana.

        Tal vez necesitaba un poquitico de distancia.

        Tal vez necesitaba dejar de llorar a tiempo, revisando planas y planas de Paradiso antes de morirse a los 94 años.

        Me pregunto a qué edad cumpliré yo mis 94.


        El exilio es el lugar donde nadie se acuerda de nuestros cumpleaños.

viernes, 9 de febrero de 2018

A FAVOR DEL INTERCAMBIO CULTURAL CASTRO-USA



PUEDES LEER MI COLUMNA EN CIBER-CUBA 
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A FAVOR DEL INTERCAMBIO CULTURAL CUBANO
Orlando Luis Pardo Lazo


La alternativa es simple: intercambio o genocidio cultural.

Durante décadas, los cubanos que no pudimos escapar de Cuba (es decir, los cubanos que fuimos dejados atrás en la estampida de quienes sí pudieron escapar de Cuba) vivimos en la burbuja embrutecedora del arte revolucionario, del deporte revolucionario, de la ciencia revolucionaria, de la salud revolucionaria, etc. Y fue allí dentro donde tuvimos que sobrevivir, a solas bajo el Estado totalitario, sin tener para donde virarnos, ni al interior ni al exterior de la Isla.

Literalmente, aislados. Condenados a una existencia a imagen y semejanza de una dictadura criminal, disfrazada como Dios manda con el traje utópico de una Revolución popular. Castigados de por vida, como si Cuba fuera un convento castrista. Y, en muchos sentidos, lo era. Y, en todos los sentidos, todavía lo es hoy.

¿Qué esperaban entonces los cubanos libres del exilio? ¿Aspiraban a la generación espontánea de una raza superior en Cuba? ¿Asumían un despertar del espíritu cívico en aquella Isla abandonada por ellos a su suerte, sometida a las mafias militares del socialismo mundial y al impacto psicológico de una ideología que se impuso con la misma saña y patraña de cualquier religión?

Imposible, compatriotas. Tengo malas noticias para ustedes: Cuba cambió. Pueden dejar de esperar. O esperar sentados (mejor, acostados, acaso en el camposanto). Es más, queridos compatriotas, discúlpenme. Me equivoqué. En realidad, tengo muy malas noticias para ustedes: Cuba se cansó. Y ese cansancio la desapareció para el carajo. Literalmente, no somos nada.

Pueden protestar o aplaudir el llamado “intercambio cultural cubano”, que a la postre es una pobre agenda del régimen comunista para hacer un proselitismo que ni ellos mismos se creen. Pueden hacer campañas en internet, o en las calles y las ONGs internacionales. Igual nada de eso afecta la esencia secreta de nuestra realidad nacional: la materia prima del pueblo cubano, su mentalidad y etnografía, sus costumbres y vocabulario, su infantilización y apatía, su diferencia radical con la Cuba de 1959 en la Isla y también con la Cuba de 2018 en el resto del mundo, hoy hace de nuestra población un ghetto de desconocidos apátridas, un bunker violento de la barbarie, y, también, por supuesto, un parque temático para disfrute de turistas de izquierda y académicos intelectuales (o ambos): el último museo a cielo abierto de la Guerra Fría, en este caso en clave de carnaval y festín de carnes de la Era Pre-digital.

La culpa del “intercambio cultural cubano” con los Estados Unidos no la tiene el ex-presidente norteamericano Barack Obama. Paradójicamente, Obama fue una especie de Ronald Reagan respecto a Cuba: fue el tipo con suficiente coraje como para retar al déspota comunista del Caribe para que se atreviera a tumbar el muro de Berlín que corta en dos al Estrecho de la Florida.

Es cierto que vienen y van músicos malabaristas, artistas arteros, escritores sin ética, pero ¿qué aspirábamos ver salir de la Isla a estas alturas del siglo XXI? El exilio cubano, si es que el exilio cubano aún existe (porque hace mucho que ya no se manifiesta como tal, ni hace nada para liberar a Cuba de verdad), debería sentirse orgulloso de ver salir a toda esa fauna hipócrita y mediocre de exitosos creadores cubanos. Déjenlos que lleguen ahora al mundo real, con medio siglo de retraso. Déjenlos elucubrar sus tétricas teorías para ocultar la verdad de la verdad de sus biografías: que se les ha ido la vida comiendo mierda y más mierda en la Cuba de Castro.

Nadie se beneficia con el “intercambio cultural cubano”. En la era del George W. Bush, por ejemplo, Cuba era el supuesto enemigo y por eso Estados Unidos casi dejó de emitir visas. Sin embargo (¡y con embargo!), tampoco nada cambió para nuestro país. Como es lógico. Porque los cambios emanan únicamente de los seres humanos. Y eso es precisamente lo que la tiranía ha erradicado de nuestra historia contemporánea: ciudadanos responsables y participativos con una conciencia social. Por cada una de las firmas del Proyecto Varela, el castrismo ha creado diez mil zombis zoocialistas. En este sentido, Cuba es hoy por hoy una insultante aula o jaula de nivel Pre-Escolar.

En todo caso, el “intercambio cultural cubano” sirve para exponer el desastre antropológico, la miseria material, la insolidaridad de espíritu, la codicia de dólares, la analfabeticidad cultural y desmemoria histórica, así como el abuso transgeneracional que ha cometido en contra del pueblo cubano la Revolución de los hermanos Castro.

El ADN de los cubanos se contaminó de caca. Y los cuatro quilos comerciales o morales, que dicha Revolución recoge con el referido “intercambio cultural”, no compensan la vergüenza vil de un pueblo entero ignorante, vulnerable, ridículo, y reaccionario. Pasto para el fascismo corporativo-militar que han instituido los descendientes de Castro.

Para despertar de semejante modorra marxista, Cuba necesitaría, de hecho, una neocolonización pro-democrática desde los Estados Unidos: un ejército de 10 millones de marines en ropita civil, meándose borrachitos de risa sobre la estatua de José Martí en el Parque Central de La Habana, o vomitando sobre sus i-Phones online en un casino que funcione de paso como un burdel.

Basta de puritanismos pacatos. Basta de bobería beata. Los cubanos solos no pudimos: no nos dejaron poder. Fuimos exterminados en tanto ciudadanía. Somos la única nación desaparecida de Latinoamérica. Negar el síntoma de esta enfermedad terminal, cerrar la puerta a esta ósmosis del horror, es, como decimos vulgarmente, votar el sofá donde nos pegaron los tarros.

La alternativa es simple: el ex-exilio cubano, asustado o azuzado por el Ministerio del Interior del castrismo, otra vez amenaza con cerrarle las puertas al “intercambio cultural”, para así nunca tener que abrir los ojos al genocidio cultural al que ellos mismos contribuyeron con su escapada de Cuba. Sienten culpa, pero no sienten siquiera la necesidad de reconocerse cómplices. Y es que los mata un complejo de superioridad que es tan castrista como las palmas.

Pobre país. Fútilmente fajados en contra del “intercambio cultural”, mientras mandan su millonada de dólares cada año para generarlo y regenerarlo. No se llamen a engaño: los subproductos humanos que llegan hoy a Miami con su comemierdad mediática, fueron todos alimentados con compotas compradas en un mall de La Florida. Esta es la verdadera venganza de la invasión de Playa Girón. No fue en 1961, no: es ahora que La Habana por fin está liberando de vuelta al exilio a los auténticos mercenarios.

Los cubanos libres debiéramos de tener sino la decencia, al menos sí la diplomacia, de decirles en póstuma paz: Bienvenidos a casa.




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miércoles, 7 de febrero de 2018

Necrofacebooklógica


Funeraria Facebook
Orlando Luis Pardo Lazo
       
        Ya tengo más amigos muertos que amigos no muertos en Facebook. Que es como decir: ya tengo más amigos muertos que amigos no muertos en la vida real.
        Abrir mi página de Facebook me provoca una sensación muy extraña. Aquí les dejo el enlace, como testimonio de no sé qué: https://www.facebook.com/orlandoluis.pardolazo
        Por más locuras que comparto, por más chats políticos o eróticos en los que me meto, no se me quita la sensación de que ya no queda nadie allá afuera.
        De que estoy terminado, estamos terminados.
        Somos un pueblo en estado de desaparición.
        Muros y muros vacíos, repletos de información y sin pizca de sentido. Perfiles de nuestra paleohistoria posnacional. Fotos falsas, con etiquetas que nunca etiquetaron la presencia de nadie.
        Ausencia quiere decir olvido. Las almas que no se han querido da lo mismo si alejan o se acercan más.
        Mi mouse las recorre en silencio: pabellones nocturnos, claustros digitales de mármol. Mausoleo de soledades, almamenterio.
        Salto de aquí para allá, dando Likes y Shares a trote y moche, como cuando la vida incluía a una Cuba y a unos cubanos de verdad.
        Ahora el historial se nos ha ido convirtiendo en un basural.
        Timelines sin línea del tiempo. Comentarios como lápidas, memes como panteones. Ciudadanía pixelada, campañas de crowdfunding para un velorio virtual.
        Qué feo es estar vivo en este festín de fantasmas.
        Se fueron a otra parte los exiliados. Siempre me hacen la misma gracia, igualito que los cubanos. Es como si nunca hubiéramos estado aquí. La carencia de pertenencia geográfica no nos permite habitar ni siquiera en un páramo.
        Llámese web o tela de araña. Llámese red o rabia social.     Pataletas de basura blanca contra basura blanca. Reivindicaciones de negros. Atrocidades de asiáticos. Ladinos latinos. Y en medio de toda esa masa amorfa, de todo ese islam insular, vuelve aquel niño llamado Landy.
        Aquel niño llamando a Landy.
        Digamos que de adulto se llama Orlando Luis.
        Abrir Facebook es como caminar por un campo minado. Nuestra mala memoria siempre estará a punto de hacer implosión. Alzheimer es el nuevo héroe. La intemporalidad es la nueva salvación de la que hablaron dos o tres escritores malditos.
        Dos o tres malditos norteamericanos. Ya le tocará también a esta raza su turno para hacer acto de desaparición.
        Amanece en Saint Louis, Missouri. Fascismo Anti-Fa y apartheid Do-Re-Mi-Fa. Abro mi página de FB y publico este post. Solipsismo Sol-La-Si-Do. Y, para colmo, lo anuncio como un capítulo del nuevo libro que a mediados de este año 2018 me publicará Hypermedia.
        Una editorial endémica que sólo los cubanos muy enfermos leen. Les dejo el link por si acaso, como testimonio terminal de tampoco sé qué: https://www.editorialhypermedia.com
        Ya tengo el título y todo, gracias al Apóstol de la Independencia: Don José Julián Martí Pérez y olé. Se llamará Espantado de todo me refugio en Trump, como en la carta de Martí a su Marticito.
        Call me Ishmaelillo.
        Esta vez sí que los cubanólogos me matan.
        Soy así, qué le voy a hacer. La gente que me quiere me sabe entender.
        Eso es lo único que tengo por el momento. El título y la mala idea. Más un centenar de páginas, como te habrás dado cuenta, si es que has llegado leyendo hasta aquí en lugar de caer de fly.
        Con otro centenar de páginas, me basta para no dejar títere con cabeza. Será un cuaderno epitafio. Una bitácora de la barbarie y la bellaquería cubanas. Música del Titanic para mediocres totalitarios.
        Y, por supuesto, será el gran libro del trumpismo cubano. Ya lo es. Para escándalo de mis ex amigos de izquierda, que espantados de todo se refugiarán, y con razón, en Castro.
        Les he dado por la vena del gusto. Se las he puesto bien fácil, para que no se quejen después. Si los disidentes van a ser así como Landy, ellos prefieren seguir arando con la Revolución.
        Plebiscito ni pinga.
        Genial. Todo un pueblo trabajando a brazo partido con tal de que en Cuba no ocurra ni el menor conato de cambio.
        Este será el libro de la derecha cubana que vendrá, esa ausencia atávica que debió de llamarse decencia y terminó siendo senescencia.
        Desde Fulgencio Batista y su constitución comunista de 1940 carecemos en Cuba de una derecha. Somos zurdos a matarnos, literalmente.
        Y, con suerte, será también, o al menos yo rezo para que lo sea, el gran libro del sionismo cubano.
        Necesitamos tanto a un sionismo.
        Lástima que al exilio cubano, desde el mismo jueves 1ro de enero de 1959, esa urgencia parece que se le olvidó.
        No hicimos nada para encontrar la otra tierra prometida. O para inventárnosla. Ni para imponérnosla a nosotros mismos.
        A falta de Isla, indigencia de imaginación.
        La imaginación del pueblo cubano era verde y se la comió un barbudo vestido de verde oliva.
        Muerto Fidel, se acabó la Revolución.
        Muerto Fidelito, la Revolución resucitó como el Ale Fénix, el primogénito tuerto de Raúl Modesto Castro Ruz: Ave, Alejandro, los que van a postear te saludan.
        Aquí están nuestros esqueletos rumberos. Dejaremos un reguero de huesitos para los arqueólogos de la academia del Primer Mundo. Una tanda de tibias contaminadas con astillas de peroné. Olécranos olorosos a XXI, entre los esternones estéticos del siglo XX.
        Estertores.
        Y aquí no ha pasado nada. No somos nada.
        Nos quedamos en la calle y sin llavín. Olvidamos nuestra contraseña de Facebook para el carajo. Y ahora ya no hay manera de recuperarla.
        Discúlpenme la trova, caballeros. Aunque esta descarga no haya sido culpa de nadie.
        A ver para qué se pusieron a morirse en Facebook todos ustedes. Qué trabajo les costaba irse a morir offline una muerte real.
        Calabaza, calabaza.

        Cada cual con su cadáver a casa.