miércoles, 14 de marzo de 2018

Batista, amigo, el pueblo está contigo


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Batista, amigo, el pueblo está contigo...



El 10 de marzo de 2017, hace un año y pocos días, recibí un e-mail de Batista hijo. Era el sexagésimo quinto aniversario del golpe de Estado de Batista padre.
“Sexagésimo quinto” quiere decir 65, por si acaso las palabras no te dicen nada. Ni te acomplejes, que a mí tampoco me dicen nada. Ni “sexagésimo” ni “quinto”, ni ninguna otra palabra.
Desde entonces ha pasado una vida entera. Quiero decir, desde 1952. Y diríase que fue ayer.
Los cubanos hemos perdido la noción del tiempo. Se nos fue de un tirón la Era Batista y no nos hemos enterado. Ni tampoco hemos entrado en ninguna otra Era todavía. Porque el castrismo de algún modo fue la apoteosis del batistato: la consecución última de su programática social y su consagración en tanto tesis de Estado.
No fue José Martí, ni mucho menos, como se lo inventó Fidel Castro en su alegato de defensa La historia me absolverá, el autor intelectual del asalto al Cuartel Moncada. En absoluto. ¿Qué Martí de qué? Entérate: fue Fulgencio Batista el verdadero autor intelectual del Moncada.
Una época de gloria.
El mulato lindo jugó a darse un fallido autogolpe de Estado, usando a Fidel Castro como chivo expiatorio. No hay que darle más vueltas. Los muy cabrones se pasaron a Cuba de mano en mano, como si fuera un batón. Entre Batista y Castro la convirtieron en un bastión.
Dicen que el cuartelazo de Batista el 10 de marzo de 1952 fue incruento: “sin derramamiento de sangre”, como lo repitiera infatigablemente hasta el infarto final su protagonista, Batista padre.
De hecho, el objetivo de todas las Revoluciones lideradas por Batista (Fulgencio hizo dos o tres, mientras que Fidel apenas dejó una por la mitad) era coincidentemente “la recuperación de la total soberanía” cubana. ¡Como si Cuba hubiera estado secuestrada desde 1902!
Pero sí, son igualitos. ¡Cómo no nos dimos cuenta de nada!
Pueblo mío, tan joven, no sabes definir.
En fin, que Batista fue también, por supuesto, una suerte de Perón, con Evita Lavandera y todo. En Latinoamérica, todos los caminos conducen a un castrismo constitucional.
No sé si es para alegrarse o pegarse un tiro.
Lo que pasa es que la sangre de los cubanos ha sido siempre muy resbaladiza o, llegado el caso, coagula muy mal. Problemas con las plaquetas patrias, parece. Por eso siempre termina por derramarse, incluso incruenta. Es ley de una vida sangrante, hemofilia histórica.
Aquel 10 de marzo de 1952 fue un lunes más bien friolento en La Habana. Una época excepcional para ser cubanos, ciertamente, en lugar de andar como el loquito Eduardo Chibás, suicidándose en vivo durante su programa radial.
Pobre Eddy mío, tan joven, no sabes apuntar.
El estómago es peor que la sien.
Como un frente frío a destiempo, el golpe de Batista padre cogió a todo el mundo por sorpresa, dentro y fuera del campamento Columbia, convertido hoy en la escuela de arte Ciudad Libertad.
Aquel inútil baluarte de guerra, enclavado en las actuales fronteras de los municipios Playa y Marianao, sirvió para restaurar militarmente una democracia que, total, los comunistas cubanos ya la tenían minada, colimada.
Ciudad Libertad, por cierto, después de la huida de Batista padre con Batista hijo, según el batistato iba siendo expandido hasta la hecatombe gracias al castrismo, ha sido durante décadas una estéril academia de arte, donde la censura es la base pedagógica de cualquier estética.
No sé si Batista hijo reparó o no reparó en la fecha de su correo electrónico.
10 de marzo, qué maravilla. Igual se trata de un hombre noble que aún confía en la “dulce esperanza de la patria”, de la que tanta cáscara nos comentara el Padre Varela, casi dos siglos atrás, hablando sobre la juventud cubana.
Ay.
Despertar a Batista hijo de ese sueño sería poco menos que criminal. Nadie ose, pues, despertarlos, ni a Batista hijo ni a Varela padre.
Por favor, no inventen ni experimenten. Con eso no se juega. No cuenten conmigo para semejante acto atroz de crueldad.
Mejor dejarlos a ambos en el parnaso de la patria. Que continúen en sus claustros de mármol civil, en sus osarios oníricos.
No se gana nada con imponerles nuestra pesadilla contemporánea en tanto cubanos sin Cuba, al ritmo reumático de conguitas y caldosas, de teleseries y teletones, según nos adentramos en la nada del siglo XXI, en el día a día tristísimo de lo que nunca volverá a ser un país.
Pobres Batista hijo y Varela padre.
No ha de ser fácil eso de usar la palabra “compatriota” para referirse a otros cubanos. Si ellos supieran…
El Padre Varela se volvería a morir. Y el hijo de Batista seguro se exiliaría de nuevo del Palacio Presidencial, esta vez no solo en la capital de la Cuba geográfica, sino también en la capital deslocalizada por medio mundo de la mayoría de los cubanos.
Déjenme decirle una verdad más grande que el falolito de la Plaza de la Revolución: hace ya mucho rato que hay más cubanos viviendo fuera que viviendo dentro de Cuba.
Por penoso que sea reconocerlo, Cuba no ha podido evitar su debido proceso de puertorriqueñización.
Lo demás es trova barata. Apaguen ese tabaco de los censos y las estadísticas.
Crean un poco menos en los hechos, carajo, que un hecho se define como justo aquello que no puede ser demostrado. Y crean un poco más en Orlando Luis, como si cada uno de ustedes fuera ahora yo mismo.
Y lo soy.
Te estoy hablando directamente a ti. Al oído, por los ojos.
Ya era hora. Los parias del batistato-castrismo de algún modo teníamos que reconciliarnos.
Gracias.
En fin, que leo y releo el e-mail cariñoso que me llega el 10 de marzo de 2017, enviado acaso al inicio de los años cincuenta.
No se trata de fingir una máquina del tiempo epistolar, sino de que, de hecho, todas las fechas se equiparan a la vuelta del tiempo. Tal como todas las fechas han de expirar, más temprano que tarde.
Tal como tú expirarás, que me lees delirantemente a mí.
Tal como yo ya expiré, que me dejo leer y desleer deliciosamente por ti.
Cada día de los cubanos sin Cuba es un 20 de mayo. Y cada día de la Cuba sin cubanos es un 10 de marzo. El resto de los días son todos primero de enero.
Cada noche es, sin embargo, la noche de un 25 de noviembre, cumpleaños de Pinochet y muerte de Fidel.
No sé si deba responderle todo esto a Batista hijo desde mi buzón de gmail. Me lo pienso de nuevo. Así que al final me conformo con escribirle una cartica de nada, con la misma misericordia con que, si me dejaran, me dirigiría en público ante el pueblo cubano.
Con la misma compasión de los años cincuenta.
Mi gente se lo merece.
Están mareados, pero no son tan malos como los pintan.
Son peores.
Pero, en cualquier caso, somos mucho mejor que la latinoamericanada vecina. O que el caribeñismo caníbal alrededor.
Entonces tenemos que cuidarnos entre nosotros mismos, tirarnos un cabo de vez en cuando. Apoyarnos entre crimen y crimen.
Porque somos frágiles, muy frágiles, y encima se nos ha hecho ya demasiado tarde para reaccionar.
No nos dimos ni nos daremos cuenta de nada. Somos una raza cómica, extinta hace ya demasiado.
Hemos hecho nuestro mejor esfuerzo para legarle algo al futuro, aunque fuese solo una sonrisita de fe en fase terminal. Pero el futuro se nos hizo trizas con la música maravillosa de los cincuenta.
A tiro limpio tras las bambalinas de las grandes bandas de la época, los grandes coros y espectáculos, las grandes mafias en sus grandes casinos, mucho mejor diseñados que nuestra grandísima Constitución del Cuarenta.
Fulgencio Babatista y sus cuarenta comunistas ladrones.
Nos cogieron las mil y quinientas esperando la guagua 43.
La sangre que no se derramó en Columbia el 10 de marzo de 1952, se compensó con creces en el cuartelazo del Moncada el 26 de julio de 1953.
Le respondo a Batista hijo antes de que se acabe el 10 de marzo de 2017. No quiero desperdiciar semejante fecha. Y a la postre quedamos en tomarnos un café cerca de la Columbia de verdad, en Nueva York.
En esa otra isla, Manhattan.
Dos ciudades gemelas. Una en miniatura y la otra en gigantografía, las dos megápolis en su propia escala, sedientas de solvencia y glóbulos rojos, las dos con h de hemoglobina y homicidio, entre las piedras y leyes del sueño socialista de la revolución global.
Decía Batista padre que Cuba contaba antes de 1959 con un radio por cada 5 habitantes, y con 160 radioemisoras: segundo lugar en América Latina.
Con un televisor por cada 20 habitantes, y 23 estaciones trasmisoras de TV: primer lugar en América Latina.
Con un automóvil por cada 27,3 habitantes: tercer lugar en América Latina.
Con un teléfono por cada 28 habitantes (mi familia tuvo uno de los primeros de Lawton): tercer lugar en América Latina.
Y que las epidemias más comunes, que azotan a otros países, no lograban abatir las murallas del celo sanitario de las autoridades y el pueblo (o ambas, confundidas en un abrazo de izquierda no radical).
“Salud, salud, salud”, escribía Batista padre como colofón a cada uno de sus memorandos y acaso algún que otro anacrónico e-mail.
Lo más probable es que la Cuba de Batista hubiera tenido acceso a internet antes de 1959, pero la Revolución con sus arrebatos se lo impidió.
Decía Batista padre que la verdad, como la libertad a la esclavitud, como el sol a las brumas, gana siempre la última batalla a la mentira y a la calumnia.
Decía, casi como un plagio poético del mulato comunista Nicolás Guillén, que los cubanos imitaban al pajarraco de la fábula, que se vistió con plumas ajenas, y por eso La Habana en 1952, antes de que él la bombardeara de dólares, lucía como una ciudad bombardeada.
Ah, qué tú escupas.
El cruel optimismo del batistato padre.
El pesimismo cruel de los hijos del batistato.
“Salid, salid, salid”. Mirad bien, Sancho, que ningún pueblo pierde su libertad más de una vez.
No por gusto decía Batista padre que decían los antiguos que cuando Júpiter encendía sus luces y el ruido de sus armas atronaba el espacio, era señal de que los pecados de los hombres habían provocado su cólera.
Un clásico.
Qué cojones. Hay que decirlo así, con todas sus letras: el período del batistato fue nuestra Antigüedad encojonadamente clásica.
Helena de Troya lo mismo podía ser Rosita Fornés que Alicia Alonso. Mierda de mujeres inmortales.
Por lo que, decía el Padre Batista, esta vez Satanás había tenido éxito: “todo esto te daré, si prosternado me adoras”.
No de otra suerte podría interpretarse el extraordinario suceso del rayo que descendiera sobre la hierática cabeza del Cristo de La Habana, el 31 de diciembre de 1958.
Justo, justico antes de.
La cubanidad como carga negativa, como negrón electrón.
Un chispazo de rabia carbonizada entre los polos positivistas del capacitor descargado de la patria, para escarnio de los ciudadanos inmolados, decía Batista padre, a la insaciable y brutal ambición del déspota rojo.
Desde el viernes 10 de marzo de 2017, no paro de citar a Batista.
Estoy obsesionado. Amo su prosa de taquígrafo hetero, mucho más persuasiva que las volutas homófonas de Lezama Lima.
Nuestros esfuerzos hubieran alcanzado mayores metas.
En 1958 por los sabotajes de los agentes del Komintern.
Como gravitara sobre el mercado un sobrante.
La raya blanca: una epidemia de origen desconocido, que ocasionaba grandes estragos en las plantaciones, sembró el desaliento en los agricultores.
La última guerra por la independencia poco menos que aniquiló a la ganadería.
Como consecuencia de tan inconsulto proceder, comenzarían a escasear en la dieta familiar la carne blanca y el huevo.
En marzo de 1952 decidimos continuar todas las obras comenzadas por gobiernos anteriores, que pudieran ser acertadas o no.
Pobre Batista padre, hijo mío, no sabes de la que salvaste al pobre Batista hijo, mi padre.

martes, 13 de marzo de 2018

La patria de Piglia

Las máquinas ficcionales de Ricardo Piglia
Edited by Julia G. Romero. Buenos Aires (Argentina): Corregidor Editions, 2015.


Orlando Luis Pardo Lazo
Ph.D. Comparative Literature,
Washington University in Saint Louis


Julia G. Romero, a researcher of the Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (IdIHCS/CONICET) from the National University of La Plata, has compiled nine essays in Spanish about “narrative machines” and other literary concepts displayed in the fiction works and, in most cases, developed in the essays of the Argentinean writer Ricardo Piglia (1941-2017). This 2015 volume includes a Preface by Gonzalo Oyola, as well as the reflections On Interpretation, Notes for a Conference, by Ricardo Piglia, in lieu of an epilogue to this 204-page book.

In her brief introductory text, Romero explains that the essays collected in Las máquinas ficcionales… were the result of a homage paid to Ricardo Piglia, which took place in November 2011 in La Plata, Argentine. While in his summarizing prologue, Oyola stresses the notion that “the writing of Piglia is a subversive machine that works by undermining the places where literature is established as institution,” and this is so because of Piglia´s “re-cognition of literature in his literature” through the paradoxical gestures of “theft, plagiarism, falsification,” as opposed to the “regime of bourgeois mentality and literary minions (the property, the original, the tradition turned into canon).” Thus, for Oyola, Piglia understands and executes his literature out of its “pure use value,” through the “hard core of one practice: reading.”

Three of the essays focusing more specifically on the narrative machines in Ricardo Piglia´s fictional writings are Notes on a Literary Project by Adriana Rodríguez Pérsico, Capturing the look: the graphic body of La Ciudad Ausente by Piglia, Scafati and De Santis, by Elena Vinelli; and A Story-Transforming Machine, by Sergio Waisman.

Rodríguez Pérsico approaches Piglia as a product of passion, where his literature functions as a replication and duplication machine that reveals itself both as an archive, which is the material basis of memory as a shortcut to access traces of the historical truth, and as a displaced space to recover/restore all sorts of anachronisms and ruins. This machine that recombines aesthetics and politics is not exempt of nostalgic temptations, but at least it lacks the ominous obsession with one and only one original text, so that the duplicates in Piglia´s fictions turn objects into life, rather than provoke an uncanny effect in the reader: the missing text is also present and in fact it completes our reading/research experience. In definitive, Rodríguez Pérsico believes that “Piglia considers literature as a private utopia, the real of liberty,” where “heterogeneity solves the paradoxes and establishes meaning in a transient manner.”       

Vinelli explores the bridges, disconnections, and “imperfections” in the process of transposition of Piglia´s novel La ciudad ausente into a graphic novel, which was composed in 2008 by Luis Scafati, Pablo De Santis and Piglia himself. Vinelli proposes such notion of sketched literature as a space of resistance and subversion within the social narratives, where each story is to be re-narrated in other formats, genres, tempos, and even material supports. These “discursive translations” are then analyzed in their thematic and formal aspects, from the “mnemonic space” of the written novel to its reproduction and persistence as “graphic body” in the image/text. Vinelli concludes that the characters of the graphic La ciudad ausente wander around a network of “machine-events” that accumulates enough experience as to be acted (both realization/unrealization) at the same time as they are being sketched/narrated, preserving the elements of the detective “noir genre” more like in Piglia´s definition of “paranoid fiction,” which is a “criminal synecdoche of the political order; a panopticon-city.”  

Waisman prefers to assemble a sort of critical machine in order to retell his experience as translator of Ricardo Piglia into English, confessing not only his theoretical approach but his limitations to remain faithful to the original, given the complexities of dealing with a narrative universe whose poetics relies precisely on the fallacy of fidelity. Waisman engages with his own predispositions and dispositions out of his “theory of (bad)translation from the margins,” following here some of the more provocative notions approached by the Argentinean writer Jorge Luis Borges: “the original is unfaithful to the translator” and “the concept of a definitive text corresponds only to religion or tiredness.” In the case of Piglia´s La ciudad ausente, for example, Waisman´s The Absent City could be conceived as a “natural extension” of the Spanish original, as “another story of the machine itself” created by Piglia, in one of the many other plausible languages but within the same “logic of reproduction and circulation of texts.” That is what it means, according to Waisman, to “set the stories in movement,” to let them “find their own echoes but also to gain new meanings” in a diverse array of “networks of linguistic and cultural associations.”

Besides the short essay by Julia G. Romero on Piglia´s Perpetual Fiction, a Poetics, which includes the reproduction of the original facsimile of Piglia´s short-story “El laucha Benítez cantaba boleros”, the other essayists included in Las máquinas ficcionales de Ricardo Piglia are (all quotes and translations of titles are by the author of this review): Laura Demaría (To Read Ricardo Piglia, Once More, With Passion), Silvia Hueso and José Amícola (Queer Performance in Plata Quemada), Edgardo Berg (A Singular Optic Machine: Brief Notes on El Último Lector by Ricardo Piglia), Jorge Bracamonte (Blanco Nocturno Thirty Years Later: Otherness, Experimentation, Story), and Arcardio Díaz Quiñones (Ricardo Piglia, His Years at Princeton).

          In his minimalist reflections On Interpretation, Notes for a Conference, included by the editors as epilogue to this 2015 volume on Ricardo Piglia´s narrative conceptions, Piglia himself acknowledges that “wrong interpretations are more present in our culture―and in our personal life―than what we might be willing to admit.” For him, this is part of modernity´s “bewilderment” and “search” for “meaning” in a “world deserted by its gods.”

Las máquinas ficcionales de Ricardo Piglia, edited by Julia G. Romero for Corregidor Editions in Buenos Aires (Argentina), handles this interpretative risk throughout a multiplicity of strategies which cover most of the fundamental ideas brought into light by Piglia´s literary works. The result is a 204-page critical monument to the narrative of Ricardo Piglia, one of the most creative and active contemporary authors in the context of Latin American and Hispanic literatures, who managed to position his poetics at the crossroads of fiction and reflections about fiction in the same text.

Las máquinas ficcionales de Ricardo Piglia is also a book that hasn´t become obsolete at all, despite the fact that the nine critical contributions included were written seven years ago, on the occasion of the homage paid to Piglia in a colloquium held at Teatro Argentino on November 18th, 2011, in La Plata (Argentina). This critical endurance predicts good luck for this 2015 book, at least in the near future, when the volume has become now by force also one the first farewells to Ricardo Piglia (1941-2017), the magician of all those miraculous machines where fiction is not indistinguishable from faith, but, in practice, it fosters faith in fiction itself.