viernes, 6 de abril de 2018

PATRIA ES ONANISMIDAD


PUEDES LEER ESTA COLUMNA EN EL PORTAL DE LA REVISTA DIGITAL CUBANA HYPERMEDIA: https://hypermediamagazine.com/exilio-es-eyaculacion

Por Ahmel Echevarría



Exilio es eyaculación


El Martí del fotógrafo Ernesto Fernández, esa es la imagen. Con ella, o desde ella, perpetraré el retrato de Orlando Luis Pardo Lazo (La Habana, 1971), escritor, activista político, bloguero, fotógrafo. 
Ahora no me interesa el ensamblaje de la foto, tomada en 1957, sino el desmontaje: la decapitación de Martí. El minucioso desmembramiento, la idea despojada de toda banalidad política. 
Quiero hacer lo mismo con Orlando. Separar su cabeza del cuerpo, poner sobre la hoja en blanco su ideario de profeta apóstata o apóstol profano. A fin de cuentas, motivados por sus delirios en el Microsoft Word y Facebook, no pocos desean ver esa cabeza sangrando sobre un plato. Las auras tiñosas planeando en círculos. (El aura tiñosa es nuestra mejor versión del buitre. En bandadas, la Catahrtes aura vuela alrededor de la enorme raspadura de piedra erigida en la antigua Plaza Cívica, hoy Plaza de la Revolución). 
Su cabeza. Me interesa cuanto ha ido aconteciendo ahí adentro: asociaciones, corrosión, los flujos y la flema del discurso, su noción del amor, decisiones, deserciones. Incluso su noción de patria y fidelidad. ¿La apuesta por la futilidad? Literatura, activismo (véanse los blogs Lunes de Post-Revolución y Boring Home UtoPics), fotografía. 
En Orlando Luis Pardo Lazo está el origen de la etiqueta Generación Cero. Pero eso ya fue explicado en el texto “Entre la fricción y el tartamudeo: la voluntad de hacerse intraducible”, el pórtico de una serie de retratos que haré. A destiempo. Con la risa del ángel, con la de la hiena también. 
Partió de él la voluntad de nuclear a un grupo de escritores para habitar el campo literario (“camping literárido”, según su jerga) de los Años Cero, es decir, de la primera década de siglo XXI. Dígase team, comando o alegre pelotón suicida formado por un piquete de muchachas y muchachos casi tristes o casi alegres, dispuestos a tomar un espacio en el camping tal cual se toma una cabeza de playa. Esa voluntad está en las antologías Cuba in splinters (O/R Books, 2014) y Generation Zero (Sampsonia Way Magazine, 2014).
Si se repasa la obra narrativa de Orlando, se advertirá una progresiva dilución tanto de la ficción como de la historia narrada. Un proceso. En su etapa inicial, sus cuentos se caracterizaban por la formulación de personajes, peripecias, un tema. La historia tenía principio, desarrollo y final. Incluso cifraba una segunda historia. Allí están los libros iniciales: Collage karaoke (Letras Cubanas, 2001) y Empezar de cero (Extramuros, 2001). Luego la apuesta se iría desplazando hacia el lenguaje, la estructura, la forma, sin abandonar del todo la historia: Ipatrías (Unicornio, 2005) y Boring Home (Garamond, 2009). 
Los tópicos a los que volvió más de una vez entre 2005 y 2009, fueron, sin lugar a dudas: el amor, la muerte, la literatura vista cual experiencia vital o mortal (Ezra Pound, Reinaldo Arenas, Guillermo Rosales, Ernest Hemingway, William Saroyan) y la desolación interior frente a un panorama nacional igual de desolado (el referente y su traducción, marcados por lo real o por el absurdo). Los mejores ejemplos: los cuentos “Cuban American Beauty”, “Lugar llamado Lilí”, “Stainless Steel”, “Historia portátil de la literatura cubana” e “Ipatria, Alamar, un cóndor, la noche y yo”. 
Detalle revelador es el uso particular del lenguaje, que se vuelve esquizo, telúrico, mordaz, irónico, cínico, y a la par va generando (según su jerga) un “vocubalario”. Años de formación o deformación. 
Para calificar o resumir hacia dónde ha derivado el Orlando escritor, el fragmento inicial de “Historia portátil de la literatura cubana”, del libro Boring Home: 
“Ipatria piensa que evitar la ficción es lo mínimo para no hacer el ridículo. A propósito del canon local, carraspea y garrapatea en su diario: Cualquier raicilla de ficción es suficiente para que retoñe ese rastrojo estético que los peritos llaman una «una literatura mayor»”. 
Este parece ser su propósito: huir del “rastrojo estético” para arribar al “rastrojo estático”, al texto donde (casi) no se narra; su interés es el desmontaje de cualquier variante de utopía.    
La jerga propia se va constituyendo en el elemento de mayor protagonismo. En ocasiones compromete la aprehensión de lo narrado. No solo es la palabra campeando por su respeto: hay además un sonido, una musiquilla, una aliteración. Visto así, Orlando es (siguiendo su jerga) barrueco, no barroco; no una profusión de elementos más o menos descriptivos, funcionales o no, sino una suma de irregularidades de (aparente) poco valor.
Ipatrías es la consumación de su delirante apuesta con y por la palabra. El lenguaje ahí no es solo una operación comunicativa; es, además, una suerte de trepanación. La palabra es el medio con el que cuenta para ejecutar limpiamente una lobotomía y así extraer de (o sembrar en) la cabeza del lector la piedra de la locura. 
En este cuaderno el lenguaje es “a ratos neohabla y a ratos nohabla”; tal advertencia ha sido estampada en la nota de contracubierta. Cada uno de los siete cuentos o piedras de la locura son una vuelta de barrena contra el hueso. También son un giro en sentido contrario para luego arremeter e intentar un agujero más profundo. Tras cada vuelta de página se suceden el absurdo, la ironía, la necesidad de revisitar autores olvidados u obligados al olvido, situaciones escatológicas. El tempo es a ratos frenético, o se desacelera para embragar entonces la marcha en reversa: pura retórica, disgregación, malabar…
Sin embargo, en Mi nombre es William Saroyan (Editora Abril, 2006) el registro parece diferir, como si desistiera de su propósito. Es la sobria mezcla de la etapa de formación y la del delirio, uno de los momentos más calmados e interesantes de su obra. Quizá porque estaba simulando una biografía extraña: la de Saroyan, contaminada con la suya propia. Armenia y Cuba, o los recuerdos y nociones a propósito de ambas, se complementan en un artefacto muy peculiar. 
Las piezas narrativas de este breve libro nos dan acceso a las “impronunciables memorias” de William o Vilniak, aquellas que “nunca te suben hasta la garganta ni siquiera cuando estás desnudo, o dormido, o deceso”. 
La memoria, el diario. La falsa memoria, el supuesto diario. La pretensión de entender, desplazado, el sentido de la vida, mientras se registra en un cuaderno lo vivido. El diario como variante de traqueotomía (puesto que a lo largo de su ficción ha retomado no pocas ideas, no es desacertada la ejecución de un flash forward para arribar a la cita idónea, otro fragmento de “Historia portátil de la literatura cubana”: “Para Ipatria la traqueotomía es un «túnel entre texturas irreconciliables», un «poro de diálisis contra el vacío de la ficción», un «cortocircuito de lo verosímil que abole las fronteras de la verdad». Y así mismo, con aire de monje franciscano y entre comillas, deja constancia escrita en su diario de estas teorías a medias”).
En Mi nombre es William Saroyan están el horror de la ciudad, el dolor infringido físicamente al cuerpo, el dolor y la desesperación que emanan de enfrentarse a un entorno adverso. El vaciamiento interno. Bajo la mirada de Vilniak Saroyan, Ereván o La Habana devienen escenarios desolados y generan la desolación en el protagonista. 
Esa Habana de Vilniak es en realidad el Lawton real y a la vez ficticio, pero nunca inverosímil, de los días de Orlando en La Habana, ciudad cuyo nombre comienza con una letra muda: “La Hanada” según su jerga. Esa Habana es también Alamar, una ciudad dormitorio, patria de suicidas y de exiliados chilenos: “ciudad cenotafio”. Hay en Alamar y en el Lawton de Orlando amores truncos cuyos mejores y peores paisajes acontecen en la alta madrugada o al mediodía. 
Boring Home es otro registro. La rara paz interior de Mi nombre es William Saroyan tiene un alto punto de fusión; es un libro dúctil, de una tintura blanca, metálica, como el wolframio en su estado más puro. Boring Home es un estadio de serenidad diferente. Está situado en el límite, cercano a la ignición. Es un depósito de pólvora. O mejor: un contenedor de artilugios de pirotecnia. Luces de bengala, voladores, barrenos, palomas, petardos. Y C-4 junto a una carga de TNT. 
Estos dos libros podrían ser las “impronunciables memorias” de Orlando Luis. Pero allí todo es ficción. Y nada es ficción. Una paradoja, y la posibilidad de habitar en ella. Si para él Armenia es “una patria perdida” entre el ejército de ocupación turco que trajo la guerra y el ejército soviético que supuestamente trajo la paz, Cuba es “un país no tan desierto como desertado”. 
A partir de ahí, Orlando se ha movido de la calma al desmadre, de la contención a la eyaculación sobre el “trapo heroico” de Poveda. 
El big bang puedo haber sido aquel acting, aquel acto (¿infecundo?). El denso caldo seminal mojando los barrotes azules y blancos del pabellón patrio. O la estrella solitaria. El semen que tal vez hizo diana en el delta rojo sangre.
Se dice que el chorro sí terminó en la bandera, y que la performance ejecutada por Orlando en una habitación fue documentada en una foto. Por el propio Orlando. La soledad del onanista de fondo devenida trending topic entre funcionarios dispuestos a pedirle la cabeza.
La foto que no vi. Que muchos no vieron, pero de la cual no pocos hablaban. La foto que, como archivo adjunto en los comentarios de pasillos, puso en conteo regresivo su condición de autor publicable en Cuba.
La foto y el performance supuestamente prosaicos cuyo significado era, y es, apenas nada comparado con su prosa presumida, esa misma prosa procaz propiciadora del fin del imprimátur. 
Parecía irse del todo cuando arribó a esa patria extraña llamada exilio… Parecía irse del todo, correrse del todo. Sucedió. A la postre exilio es eyaculación. Sin embargo no ha sido vaciamiento, sino la concreción de un “corrimiento” (descaro, desplome, desplazamiento) de país, patria, prosa. Ha huido del “rastrojo estético” para arribar al “rastrojo estático”.
Del clarín escuchad el silencio. 59 poemas de amor y una canción contrarrevolucionaria (Hypermedia, 2016) es parte de ese tránsito. Estamos frente a la prosa apátrida. La que ha renegado de la ficción literaria en tanto patria del narrador; la que asume la disidencia frente a la ficción del Estado cubano (ministros, ministerios, instituciones, símbolos, comisarios políticos, el ex Comandante en Jefe Fidel). Reniega de estas ficciones porque ambas generan un canon. Cultural, político. Con este libro Orlando parece decirnos: “Hasta la decepción siempre, hasta la deserción siempre; antes que el canon, la cámara Canon”. 
Rememoro la foto tomada por Ernesto Fernández: esa cabeza inmensa, blanca, segada y cegada. Pienso en la cabeza y en las ideas de mi retratado, en su noción de patria, de exilio, de exiliado. Si Guillermo Rosales se consideró un exiliado total, Orlando puede considerarse a sí mismo un “extremista total”, dispuesto a darle caza a su cachalote blanco. 
En el libro que este 2018 publicará Hypermedia, Espantado de todo me refugio en Trump (del que ya se han publicado varios adelantos), la voz dispuesta a narrar o entregada a la crónica y al ensayo desde “un cenicero del Mid-West llamado Saint Louis”, desde Missouri, nos espeta: “El exilio es eso: una ridiculez neuronal que nos desconecta de nuestra rabia a favor y en contra de la Revolución”.
Llamémosle Ismael a esa voz, o Ismaelillo. O mejor: Orlando Luis.
Espantado de todo me refugio en Trump lleva la etiqueta “novela”. Sin embargo, sabiendo al autor instaurado ya en el “rastrojo estático”, ¿tiene sentido preguntarle al libro dónde comienza y termina la ficción? No. 
Este libro es una escritura (una criatura) reaccionaria en todo sentido. Es una criatura (una escritura) con más de una conexión a los artículos de opinión. Sin apelar a ninguna elipsis, el compromiso de ese narrador reaccionario es la batalla campal contra todo tipo de totalitarismos, ya sea en el espacio posnacional o el privado. Su pelea cubana contra los demonios, que ha tenido lugar en La Hanada, ahora en un cenicero del Mid-West. 
Orlando intenta ajustar cualquier error de lectura producido en la interpretación de un episodio o personaje de la niñez, de la noción de patria y nación que tiene y tenemos. El pacto con los lectores al que aspira este profeta apóstata o apóstol profano no es ficcional. Es un pacto difícil. Un parto atroz.
En esta “novela” el narrador/autor regresa de Saint Louis a Lawton, a Alamar, a los chilenos exiliados en Cuba. Retorna a la muerte, a la infancia, a Fidel, a la literatura, al amor, al dolor, a los totalitarismos, al espacio privado que ha sido tan modificado y mortificado por lo político y por la política. También se trata de ti, de mí, de todos nosotros al interior de un relato llamado Cuba: “Isola di Cuba desolada, desoladora”.
Pienso en esta variante de novela y en el ideario de quien la ha escrito. Pienso en este sujeto apostado en Saint Louis “tecleando a piñazos sobre la ametralladora” de su laptop: “Estas son las lecturas al límite que aterran la miseria elemental de los lectores cubanos. Para no mencionar el pánico de los cubanólogos en la academia norteamericana, con sus salarios de asco para elogiar la miseria decimonónica del pueblo cubano”. 
El mismo Orlando capaz de consignar: “mientras más rápido los cubanos borremos la historia, más rápido nos habremos librado de repetirla”. Para él, recordar es represión. Pero yo disiento de esa frase suya: recordar es además disentir, plantar batalla. Casi toda su obra necesita de la memoria para prosperar.
En cuanto a la práctica artística, no es precisamente lúcida la cámara de Orlando. Bad photography: justo eso pretende con su máquina fotográfica. Un buen concepto, una buena estrategia, pero no es lo que consigue. Su fotografía es solo registro documental. 
Con la Canon en mano, OLPL no logra distanciarse del canon. Su desacato o irreverencia estriba en el uso del color. Para él, el black and white es de antemano un gesto artístico. Lo que acontece en su lenguaje escrito no tiene paralelo en el fotográfico. Él lo ha asumido sin tormentos, sin pudor: “La fotografía, en especial, suple mi imposibilidad plástica artesanal: soy muy torpe con las manos. A la par que me descontamina de las palabras: es agobiador discursear. Así que pensar, disparar, e imprimir fotos funciona para mí como una suerte no de alter-ego, sino de alter-texto. Siento que es una actividad menos retórica que la escritura; menos procaz, si bien no por eso menos peligrosa”. Por si no bastara, además declara: “haré el updatede mi técnica fotográfica, cierto, pero no el de mi noción estética”.
Técnica fotográfica, noción estética. Eso no basta. Se debe poner mucho más en juego. Según Susan Sontag en su libro Sobre la fotografía: “el fotógrafo no es solo la persona que registra el pasado, sino que lo inventa”.
Eso, “inventar el pasado”, fabricar “otro cuerpo” a la manera de Barthes en La cámara lúcida. El mismo, pero otro. Crear otro cuerpo a partir del que se tiene delante, transformarlo. 
Sí, justo lo que Orlando ha hecho en su prosa.

jueves, 5 de abril de 2018

De nuevo diciembre y tú



        Diciembre me dicta cosas en la cabeza. No puedo evitarlo.
        Es el mes en que nací. Un viernes 10, en 1971.
        En el sobrecogedor hospital Hijas de Galicia, en Luyanó. Casi en la frontera de la Loma del Burro con la avenida de Porvenir, una raya caliente de chapapote que abre en dos la barriada de Lawton, entre basureros y escalinatas de lo que fuera alguna vez el reparto más hermoso de la historia de la humanidad.
        No exagero. Así lo viví yo, de niño.
        Un paraíso de concreto, con pasillos como laberintos de luz que se abrían al abismo de una Habana allá lejos, en el horizonte, aunque ya estábamos en La Habana. Con fábricas sin chimeneas y chimeneas sin fábrica. Con gatos estrábicos que deambulaban de dueño en dueño por esas calles hechas de recovecos y baches, y también de una sabiduría y una ternura accesibles únicamente para quienes nacieron, crecieron, y un día triste decidieron que no morirían allí.
        Lawtonianos, lawtenses.
        Whatever, como se diga está bien.
        Lawton y su cine precisamente “de barrio”. Lawton y sus pizzerías y sandwicheras. Sus círculos infantiles y sus iglesias que eran las más imponentes en las afueras de la ciudad, como ángeles de la guardia que formaban una frontera entre el campo bruto y la civilización habanera: ese don de urbanidad que ninguna otra aldea de Cuba nunca tuvo, ni nunca tendrá.
        La Habana es La Habana y lo demás es bobería. El resto de la Isla son áreas áridas, más que verdes. Nuestra agricultura es agria, pero es nuestra agricultura. Un asco, un atraso. Mientras diciembre se anuncia solo.
        Porque diciembre ya está otra vez aquí. En el exilio.
        Lo intuyo en el olor a tierra. Es decir, en el recuerdo del olor al patio de tierra que hay en mi casita de tablas en Lawton. Allá lejos, allá atrás. Como quien dice, aquí mismo.
        En el perfume intacto de las flores y los insectos.
        En el violento violeta de las orquídeas ahorcadas en un palo podrido de naranja agria, acosadas sexualmente por una plaga de santanillas. La botánica es eminentemente una tarea de choque para los fanáticos del Title IX.
        Flores como úteros necrosados de polen. Flores que florecen empecinadamente en cada uno de mis cumpleaños, tan pronto como empieza este mes.
        Permítanme repetirlo: diciembre diez.
        Permítanme repetir este inicio único como el clima de Cuba antes del totalitarismo castrista (porque hasta el clima de Cuba es hoy por hoy un desastre): diciembre me dicta cosas en la cabeza, no puedo evitarlo.
        Diciembre se anuncia solo.
        Diciembre somos tú y yo, en la soledad de un exilio cubano que uno a uno nos desapareció.
        En este mes mi madre comienza con sus crisis de enfisema y su exceso de medicamentación. Siempre cree que en este invierno se va a morir. Supongo que ya nunca tendrá razón. Después de cierta edad, hasta la muerte se torna inmortal.
        Tiene, mi madre, 82 años. Pero ella es lo único que mantiene en pie las tablas machihembradas de mi casona centenaria de Fonts # 125, un bunker de la barbarie con comunismo y comején.
        A veces es exactamente al revés.
        Y entonces es en este mes cuando mi madre se cura de sus crisis de enfisema y su carencia de medicamentación. A sus 82 años, ella es la única que se mantiene en pie, entre las maderas del naufragio, entre la desmemoria de Lawton y la muerte cubana al tutiplén.
        Tin María de dos pingüé.
        Cúcara Lazo, títere fue.
        Después del totalitarismo, mi pálida novia: la tristeza.
        En los diciembres de Cuba, yo rompo a estornudar puntualmente al rayar el alba. Casi no duermo de madrugada. Me pongo insomne, híper excitable, acaso híper excitado también.
        Los músculos erectos, incluido el falo. El formidable falo de Orlando Luis en la soledad adolescentaria de sus diciembres cubanos.
        La sagrada circulación de la sangre que un día de estos me va a traicionar.
        En los diciembres sin Cuba, nunca estornudo ni medio moco. Sólo escribo y escribo. Y entonces sólo escribo y escribo, como un loco. Como un elegido. Como un moco pecado a la velocidad de mis dedos, que son mi mejor cerebro.
        Se escribe siempre a mano, aunque sea en la computadora.
        Y mientras más cosas escribo, más hermoso me siento y más me amo vivo. Ahora y aquí.
        Como un recién nacido. Como un dios niño a ras de la pobre fealdad humana. Como el primero y el último de una raza que se está extinguiendo sin darse cuenta de nada. Como si mi misión respecto a los cubanos fuera usar el lenguaje para salvarlos.
        Es decir, para liberarlos de sí.
        Para devolverles el sentido del Verbo, en tanto una Vida en la Verdad.
        Y perdónenme las mayúsculas, por favor. Esas dos se me fueron. Pero se quedan así. Es un tic fascista al que no pienso por el momento renunciar.
        Ese momento se llama Belleza, pura aceleración ingrávida.
        Recorro de punta a punta de mi cráneo aquella caverna querida de Fonts # 125, donde culmina el cuchillo de Beales y se desbarranca la escalinata de Córdoba. Donde, también, se anuncia el pasaje que pare o aborta a la Calle 10.
        En mis ojos, el oro de un destello delirante del tigre que pude ser. Mi elasticidad, más allá de la esterilidad y la estética. Mi carácter incorruptible. Mi conexión cósmica, antes de la caída.
        Murmuro cosas incomprensibles, lo sé. Sé que maúllo dolores mínimos que ya no tienen resonancia en nadie que haya nacido después.
        Me rasco la cabeza. Tengo el pelo largo y enmarañado, con las puntas achicharradas por el sol suicida de la post-patria.
        Me huelo los dedos y ese aroma me acompaña un poquito aquí. Me toco entonces todo el resto del cuerpo. Sudor de calefacción. Perfume de piel. Anunciación del semen. Luz grumosa, espumosa, vital.
        Estoy vivo. Soy yo sin ropas sobre una cama de los Estados Unidos de América.
        No reconozco ni mis propias palabras. Tal vez por eso mismo, vigilo a los míos mansamente dormir. Con cautela de criminal. Los míos sí existen. Son mis muertos. Son todos ustedes y en especial eres tú.
        Esta noche primera de diciembre, al borde ya del 2018, sé que soy el único cubano despierto en toda la historia de la humanidad, esa aliteración atroz.
        Estoy abandonado a mi suerte. En Saint Louis y en Lawton y en todas partes. Los norteamericanos me han abandonado, por neocon. Los cubanos también todos se han ido. Se olvidaron de su hermanito menor. Le dieron delete al idealista idiota que cada noche era yo, mutando en el monstruo de las siete leguas que se aferraba a la lengua para sobrevivir.
        Señor, sólo te pido que no me dejes olvidarme del idioma español.
        Mátame, pero no me enmudezcas.
        Hazme un instrumento de tu lingüística.
        Quiero decir y no sé por qué. Quiero conectarme y no sé con quién.
        Pero en español, siempre en español.
        El inglés es una mierda de lengua secundaria. Incluso los norteamericanos hoy lo hablan como una cosa pasada de moda, como un lastre humillante del pasado opresor.
        Intento oír la respiración de la noche cubana. O sea, de la noche española de ultramar. Missouri, te amo. Pero no te atrevas a amarme de vuelta a mí, Missouri de mierda.
        Ni el menor sonido me da un indicio de que a esta hora exista allá afuera mi barrio, mi ciudad, mi país, mi historia, mi conato de irrealidad. Mi finca cubana. Mi norte del sur.
        Vaho vacío. Bocanada, Habanada. Paisaje lunar no tan desierto como desertado. Destetado.
        Belleza a pulso, por impulso.
        Instinto de lujo, qué luto.
        Soy yo, Borges, soy la Helena con h de Horlando Luis.
        Camino del televisor a la laptop y luego al revés. Tecleo.
        Las retinas me arden de tanta retórica rota. La barba se me inflama de canas y también de un rojo medio escandinavo.
        Envejezco en vivo ante ustedes. Narciso en el necrocomio en tiempo real.
        El exilio es no tener dónde meterse, dónde esconder nuestro culo cuando deje de ser un culo colosal.
        El exilio es sólo tener donde caerse muerto. Porque cada pisada que damos ya es el sitio perfecto para colapsar.
        Pienso en Lawton y me voy arrancando pelos de la barbilla. Son también largos y enmarañados. Pelos impúdicos, imprecisamente púbicos. Preciosos.
        Es una costumbre de universitario tardío. Un tic nervioso o un don de depilación.
        Me arranco un pelo de la barba y…
        Devenir Jotavich.
        Jodidos, joviales.  
        Pensando en diciembre sin pensar en nada. Sin prisa, sin presión. A toda prosa.
        Pero igual las ideas se me vienen encima a la burdajá. Me sobrevienen. Son ideas inverosímiles al punto de lo intolerable. De lo inideable.
        Juro por mi cordura sin cuerda que hace décadas yo estaba allí, en los diciembres sin decadencia de Lawton.
        Jugaba sin nadie entre aquellos muros de moho y aquellos muebles mullidos, estilo Renacimiento español.
        Con un miedo sin nombre desde niño. Después, con pánico político en el holocausto hueco de los noventa.
        Temblando de tedio y terror, ante la posibilidad de enfermarme y morir en Cuba. De hecho, en el verano cubano de 1992, me enfermé y casi morí.
        Enamorado de todo y sin una pizca de amor. Fiel exclusivamente a mi propia infidelidad. Testigo de excepción en aquel escenario extremo, donde genio es sinónimo de autodestrucción.
        Juro que te estuve esperando eones.
        Sí, cojones. A ti, claro. ¿A quién iba ser?
        Por ti soporté la vulgaridad venática de la Revolución. Su infantilismo de retrasados mentales y minusválidos de alma.
        Yo quería encontrarte a ti allí, en aquellos páramos suburbanos, donde todo era residuo imposible de reciclar. Yo quería que fueras tú. No otra gente. Y no pudo ser, siéndolo.
        Ni siquiera sé si nunca llegaste. O si fui yo quien se cansó demasiado pronto de esperar que llegaras tardíamente tú.
        ¿Qué nos queda? ¿Quién nos timó? ¿Cuándo ocurrió la metamorfosis?
        ¿En qué latón de sancocho escolar se fermenta la ilusión del relato que tú y yo debimos de protagonizar?
        La temperatura baja mucho por la noche en Saint Louis. Y sin avisar. Cataplún y hay ya menos tres o cuatro grados.
        En tercer o cuarto grado de la escuelita primaria Nguyen van Troi.
        Saint Lawton. Saint Landy.
        Entra una frialdad funeraria desde mi jardín. Un frío de rigor mortis que atraviesa el vidrio.
        No sé ve nada en el traspatio de Waterman Boulevard. Pero todavía veo muy bien lo que se ve desde mi ventana sin vidrio de Fonts.
        Devenir jardín.
        Rosas raquíticas. Una plumeria desplumada. Una fila india de brujitas en flor. Espárragos de corsé.
        Nuestra geografía tampoco pare mucho más. Tenemos un paisaje de céspedes. El horror bien puede ser un herbario. La inocencia de los infames. El jardín de los jodidos y joviales.
        El techo gotea de tanta humedad. Huele a invierno de infancia. Nubes blancas de mi niñez. Camino, descalzo, de una punta a otra punta por las avenidas apátridas de mi estudio de alquiler.
        De ahí, aquella coriza cubana. De ahí la tos seca del abuelo, que se me pegaba entre pecho y pecho. Es decir, entre los pulmones.
        Un abuelo virgen que no alcanzó a engendrar nietos, porque los hijos tampoco fueron engendrados. O un abuelito yo.
        1971, o el año de la esterilidad en los tiempos del Estado.
        Se me crispa de tanto frío la piel. Se me coagula en la garganta todo este escepticismo diciémbrico de días diez.
        Cumpleaños en clave de mis cadáveres amados, olvidados a su suerte en un osario de Cuba.
        Ningún ritual me compensa. Todo es místico y mortecino.
        Nos hace falta un buen chorrazo de luz. Cuba es tan opaca.
        Cada objeto en el exilio nos pesa como si fuera una tonelada.
        Cuba es tan compacta. Cuba quásar, Cuba casi.
        Excitarse en el exilio nos deja como medio desahuciados. Como de costumbre.
        Tal vez sea es un efecto efímero, falodisíaco.
        Teclear en diciembre, en cambio, resulta tener siempre un defecto afrodisíaco.
        Si estuviéramos vivos, me encantaría invitarte a mi estudio de alquiler. Sustituto de mi cuarto convertido ahora en cripta, allá lejos, allí cerquita. En Lawton.
        Invitarte a ti, claro. Ya lo sabes.
        Involucrarte, intimarte, intimidarte.
        Sé que es un error de fábrica, un disparate congénito. Sobremorimos hasta aquí sin querer, sin darnos cuenta de que hacía rato ya había sido muy tarde.
        Yo no pretendía asustarte, pero me salió así.
        Una verdad repetida mil veces se nos convierte en mentira.
        ¿De qué hablo ahora? ¿Me escuchas o ya colgaste?
        ¡Oigo! ¿Estás todavía ahí?
        La claustrofobia colapsa por su eslabón más resistente. La maldad es un alivio en tu mi nuestra entrepierna. Una válvula de escape.
        ¿Qué querías que te dijera? ¿Hasta cuándo te imaginabas que podríamos resistir allí, aquí?
        Es la hora sin hora de la medianoche Missouri.
        Es el amanecer que no llega. Ni tampoco termina nunca de anochecer.
        Todos los husos horarios cogen impulso y se clavan muy hondo en mí. Cristo en la Crisis. Calvario decúbito supimos. Aura de lucidez, de lubricidez.
        A falta de sentido, que esta sea al menos la fiesta de los que sentimos.
        Lo siento. Siénteme.
        Semen de simulación para que no se nos vaya del todo el siglo XX. Ecos del origen del universo.
        El siglo XXI es un fiasco, otro asco.
        No tanto Big Bang, como Big Bodrio.
        Vértigo versus onanismo de letras ilegibles. Minúsculas hambrientas de meiosis que salpican la pantalla miope.
        Teclas tiznadas, tintas en sangre. En linfa.
        En saliva. En sudor.
        En leche.
        En libertad.
        Es decir, en lenguaje.
        Captura de pantalla. Captura de patria. Captura de pene.
        Escrito sin pensarlo.
        Voz en off, mente en on.
        Sólo le pido a Dios que diciembre no me sea indiferente.
        Que la reseca muerte no nos encuentre callados y sin haber dicho lo suficiente.
        Y si un tirano pudo más que los cubanos, que los cubanos no lo olviden tan fácilmente.

miércoles, 4 de abril de 2018

Bien merecida la UMAP


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DOS, TRES, MUCHAS UMAP
Orlando Luis Pardo Lazo


“¡Cómo podríamos mirar el futuro de luminoso y cercano, si dos, tres, muchos Vietnam florecieran en la superficie del globo, con su cuota de muerte y sus tragedias inmensas, con su heroísmo cotidiano, con sus golpes repetidos al imperialismo, con la obligación que entraña para éste de dispersar sus fuerzas, bajo el embate del odio creciente de los pueblos del mundo!”

Son palabras de Ernesto Guevara de la Serna, El Ché, cuando le quedaban sólo semanas de vida aquel 16 de abril de 1967 en que, como homenaje al sexto aniversario de la victoria de Playa Girón, se publicaba en La Habana un folleto impreso con su inmediatamente canónico Mensaje a los pueblos del mundo.

Aquel era un planeta analógico, pero la Revolución Cubana desde el inicio tuvo la virtud de hacer que todo lo que tocara se convirtiera en viral.

El panfleto contaba con un diseño letrista que por entonces se consideraba propio de las vanguardias, gracias al genio de Raúl Martínez y otros diseñadores que, como habían sido publicistas en el capitalismo cubano, ahora el propio Ché Guevara los llamaba, picaronamente, como artistas arrepentidos del “género epiceno”. Y aún más, como una “clase muerta” que debían de expiar el pecado de no ser “auténticamente revolucionarios”. Es decir, de ser todos una partida de aprovechados.

El Ché ponía así a la intelectualidad cubana en su justo lugar. Por muy vanguardistas de verde olivo que se pintaran, para el régimen castrista, que por entonces estaba en plena temporada de caza para meterlos de cabeza en las UMAP, no se le despintaba la pinta de pájaros de tales artistas amanerados: hombres que se acostaban con hombres pero con la venia chivatona de la Revolución, pues habían accedido a colaborar sin sueldo con el aparato totalitario de Estado.

El discurso del Ché, maravilloso como todo manifiesto criminal, se editó como suplemento para un número especial de la revista Tricontinental, el injerencista órgano del Secretariado Ejecutivo de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL), desde cuyas páginas se incitaba y, de hecho, se entrenaba para la violencia terrorista, a las juventudes tercermundistas africanas, asiáticas y, sobre todo, latinoamericanas (los que siempre han visto con admiración de indios a la raza superior de los socialistas cubanos).

Era una época épica y, por eso mismo, propensa de arqueología de cara al futuro. Es decir, de cara al día de hoy. Fueron los tiempos más sinceros en nuestra Isla de la Libertad, donde, por ejemplo, “democracia” rimaba a las mil maravillas como sinónimo de “mojón”.

No alcancé a vivir esa Edad de Oro del Horror, pues nací con un tin de retraso, en diciembre de 1971. Así y todo, extraño aquel huracán de la verdad a ras de nuestra utopía proletaria, hoy tupida a perpetuidad. Extraño la fascinación de aquel fascismo de la fidelidad llamado “baño de masas”, sobre el cual se empinaba la palabra prodigiosa y déspota del comandante en jefe Fidel. Un Fidel que, a finales de los sesenta, carecía de apellidos en Cuba. Mientras que en el exilio cubano carecía de nombre, pues allí era, literalmente, innombrable.

Llega octubre de 1967, y el cubano Félix Rodríguez captura al Ché en Bolivia y, enseguida, acaso para hacerse el gracioso, quiere perdonarle la vida. Cosas de cubanos exiliados a sueldo de la CIA. Lo cierto es que todavía no le habían cortado las manos al cadáver, cuando ya se estaba publicando en La Habana una antología internacional titulada Poemas al Ché, editada por Ambrosio Fornet para el Instituto Cubano del Libro (1969).

En su novela Los detectives salvajes, Roberto Bolaño pone a otro Ernesto en acción, acaso inspirado en el Ché Guevara. Se trata de Ernesto San Epifanio, quien explica “que existía literatura heterosexual, homosexual y bisexual”, donde “las novelas, generalmente, eran heterosexuales” y “la poesía, en cambio, era absolutamente homosexual”.

Es dentro de ese “inmenso océano de la poesía”, que el Ernesto de Bolaño “distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos”, siendo “las dos corrientes mayores” las “de los maricones y la de los maricas”. Una “loca”, por ejemplo, estaría “más cerca del manicomio florido y de las alucinaciones en carne viva”, mientras “que los maricones y los maricas vagaban sincopadamente de la Ética a la Estética, y viceversa”.

Así, “el panorama poético, después de todo, era básicamente la lucha (subterránea), el resultado de la pugna entre poetas maricones y poetas maricas por hacerse con la palabra”. Siendo “los mariquitas” aquellos “poetas maricones en su sangre que, por debilidad o comodidad, convivían y acataban, aunque no siempre, los parámetros estéticos y vitales de los maricas”.

En cualquier caso, para Ernesto San Epifanio, en Latinoamérica sólo dos peruanos consiguieron el alto estatus de poetas maricones: César Vallejo y Martín Adán. El resto son “maricas tipo Huidobro, mariposas tipo Alfonso Cortés (aunque este tiene versos de maricona auténtica), bujarrones tipo León de Greiff, ninfos abujarronados tipo Pablo de Rohka (con ramalazos de loca que hubieran vuelto loco a Lacan), mariquitas tipo Lezama Lima, falso lector de Góngora y junto con Lezama todos los poetas de la Revolución Cubana (Diego, Vitier, el horrible Retamar, el penoso Guillén, la inconsolable Fina García), excepto Rogelio Nogueras, que es un encanto y una ninfa con espíritu de maricón juguetón”.

La antología Poemas al Ché es, pues, a priori, una colección de poetas menos que maricones. Ha de reconocerse que nadie fue excluido de este privilegio editorial. De hecho, todos exigieron ser incluidos en este libro de concentración, ahora que ya Ernesto Guevara no los podía poner a cortar caña de sol a sol en las UMAP.

Entre los homenajeadores del Ché se encuentran León Felipe, Vicente Aleixandre, Alfonso Sastre, José Ángel Valente, Manuel Vázquez Montalván, José Agustín Goytisolo. Y también Pablo de Rokha, Leopoldo Marechal, Carlos Pellicer, Efraín Huerta, René Depestre, Juan Gelman, Gonzalo Rojas, Enrique Lihn, Mario Benedetti y, por supuesto, Julio Cortázar, entre otros. De los cubanos, brilla la claque de Nicolás Guillén, Ángel Augier, Mirta Aguirre, Samuel Feijóo, Eliseo Diego, Cintio Vitier, Adigio Benítez, Pablo Armando Fernández, José Martínez Matos, Dulcila Cañizares, Antonio Conte, un tal David Fernández y ―aguántense, para que no se caigan― Belkis Cuza Malé. Y remata este libro una brigadita voluntaria de poetas norteamericanos de izquierda que nadie llegó a conocer, pero presidida nada menos que por Robert Lowell.

Ante semejante bastión de la submariconería latinoamericana, uno está tentado a citar versitos al azar. Porque hay de todo, como en botica, y para todos los gustos. Pero creo que lo mejor es dejar al lector cara a cara con este compendio de poemas pre-LGBT dedicados al Ché.

De cada cual, según su mariconería poética. Que cada cual saque del closet a su propio Ché. Y, si quieren que les confiese la verdad, fue una lástima que las UMAP duraran tan poco en Cuba. La poesía se lo hubiera agradecido con cojones a la Revolución.



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