viernes, 11 de mayo de 2018

Ariel Ruiz Urquiola, un nuevo preso politico en Cuba

PUEDES LEER MI COLUMNA EN ESTE ENLACE DE CIBER-CUBA:


El caso Ariel: la Revolución que destruye a los revolucionarios

Orlando Luis Pardo Lazo


Conocí a Ariel Ruiz Urquiola a finales de los años noventa, en los laboratorios destartalados de la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana, donde no había ni hay agua destilada ni siquiera un vulgar jabón.

Allí soñaba Ariel, el muy loco, con desarrollar un plan de ecología sana para un país intrínsecamente insanable. Para quienes aún no lo saben, a pesar de haber sido una nación con casi cero desarrollo industrial, Cuba es hoy una de las mayores debacles ecológicas del hemisferio. Un desastre, por cierto, científicamente ya irrecuperable, venga o no venga la democracia, con o sin desarrollo económico. Con Ariel libre o con Ariel preso.

Tenía por entonces, mi amigo Ariel, un impresionante proyecto para desarrollar en Las Terrazas de la provincia de Pinar del Río. Y estaba, el pobre, muy ilusionado con obtener todo el imprescindible apoyo gubernamental para ponerlo en marcha con éxito. Por desgracia, en el totalitarismo no hay esfera pública que no sea también pura propiedad estatal. Por eso Cuba es un totalitarismo con todas sus letras, y no simplemente otra dictadura subdesarrollada.

Con los años, Ariel Ruiz Urquiola brilló con una luz tan propia que deslumbraba, al punto de la envidia, a toda la mediocridad marxista de sus colegas. A pesar de que Ariel hacía amigos al por mayor (con esa risa de dientones de caballo y esa voz estentórea que tanto parodiábamos los que lo amamos), igual estoy seguro de que muchos en Cuba todavía odian a muerte a Ariel. Y no sólo entre la oficialidad. Porque ese es el legado más leal del fidelismo, para qué negarlo: es un hecho que los cubanos soportan cualquier humillación más o menos callados, excepto reconocer la grandeza en otro cubano. Para colmo, Ariel no era así. Por eso, a pesar de su carácter fortísimo propio de toda mentalidad genial, ha terminado siendo no sólo la víctima más reciente de la impunidad de la Seguridad del Estado cubana, sino también una víctima de la insolidaridad intelectual y hasta del desprecio ante cualquier idea diferente y ante todo pensamiento que se destaque de la masa disciplinada.

Mientras Ariel curaba la grave enfermedad de su hermana, a la cual la medicina socialista cubana le negó el tratamiento por considerarla estadísticamente insalvable, Ariel me traía sus cuentos y ensayos literarios para que yo, que se suponía que iba a ser un escritor (después de mi expulsión por problemas políticos del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología, el 7 de abril de 1999), se los revisara. Eran todos cuentecitos bastante retóricos, como los míos por aquella época, historias llenas de cierto exceso de virtuosismo moral. Y a veces sus ensayos eran más panfletos incendiarios al estilo de un José Martí del siglo XXI.

En ocasiones, yo también ayudaba a Ariel a traducir sus artículos científicos. Él quería salvar lo mismo a cocodrilos que a tortugas marinas que a camaleones paleohistóricos que a moluscos masacrados que a pájaros raros que se pensaban ya extintos en Cuba (acaso hubiera sido mejor que se extinguieran de verdad, con tal de no arrastrar la tara tétrica de tener que seguir siendo cubanos a perpetuidad). De hecho, Ariel mismo a veces me parecía de pronto como un rara avis en la Cuba de Castro, como un bichito extraño que siempre estaba lleno de entusiasmo vital, en medio de una isla infame hasta la enfermedad, envilecida de hipocresía, apatía y cinismo existencial. Una Cuba donde hasta las fiestas son en realidad una celebración funeraria. Reímos, para no hacer más el ridículo, sólo para hacer un ridículo peor.


No hay que entrar en detalles. Son hechos públicos en la prensa: excepto, por supuesto, en la prensa cubana. Basta saber que todo es mentira y que todo no es más que una trampa que le ha tendido el Estado cubano a Ariel. Hasta su abogado defensor debe de ser también en parte un agente (que me perdone, si no es así: tal vez él ni siquiera lo sepa, siéndolo). Porque Cuba es por hoy por hoy un teatro sofocante, un cadalso donde caen día a día los últimos ciudadanos. Un horno horrible del cual la única solución práctica es la fuga en masa, justo lo único que Ariel Ruiz Urquiola decidió no hacer. De ahí el alto precio que el régimen castrista le hará pagar: puede ser un año de cárcel, pero puede ser algo mucho peor. Porque todos sabemos de sobra que su vida en las cárceles cubanas ahora no vale nada.

O casi nada. Dependerá de cuánta visibilidad le podamos dar a este cubano valiente y brillante, para que su nombre resuene como un clamor de injusticia en el resto del mundo. Dependerá de cuánto presionemos a los personeros del totalitarismo donde quiera que se aparezcan fuera de Cuba. Y dependerá, por supuesto, no de conseguir únicamente la libertad de Ariel Ruiz Urquiola (porque mañana sin duda serán otros los Arieles Ruiz Urquiola, como lo han sido ya antes), sino de trabajar todos por la liberación de todos y de cada uno de los cubanos, dentro y fuera de Cuba: una refundación nacional, cuya vía cívica a través de un plebiscito (tal como propone la iniciativa Cuba Decide de Rosa María Payá), cada vez arrincona más a los usurpadores de nuestra soberanía nacional, los retrógrados de verde-olivo en su torre tiránica de la Plaza de la Revolución de La Habana.



PUEDES LEER MI COLUMNA EN ESTE ENLACE DE CIBER-CUBA:


martes, 8 de mayo de 2018

Mitos y metas del #MeToo

Mitos y metas del #MeToo
De cómo Junot Díaz es mucho peor tipo que Trump

Orlando Luis Pardo Lazo


En principio, esta es una historia muy cómica, por supuesto. A los cubanos, todo la movida del movimiento #MeToo en los Estados Unidos nos da risa. Bueno, mucha risa, es cierto, pero también un poquito de pena. Porque estamos asistiendo, asombrados, a los días finales de la sexualidad heterosexual. Aunque tampoco la cosa es para escandalizarse tanto, pues, con suerte, el cambio climático acabará con todos estos disparates de la democracia, y acabará mucho antes de que por fin se prohíba cualquier seducción sexual entre un hombre y una mujer.

La más reciente de estas caricaturescas del “dale al que no te dio” la encarna el escritor izquierdista Junot Díaz, un dominicano-americano que actualmente es profesor del Instituto de Tecnología de Massachusetts, editor de la revista Boston Review, y que ganó el Premio Pulitzer 2008 por su novela The Brief Wondrous Life of Oscar Wao (traducida al español por la cubana Achy Obejas como La breve y maravillosa vida de Oscar Wao).

En noviembre de 2016, apenas el presidente Donald Trump fue elegido democráticamente por el pueblo de los Estados Unidos, Junot Díaz se lanzó enseguida, como cientos de intelectuales de izquierda, a deslegitimarlo en la prensa nacional en tanto presidente electo de la nación.

Por ejemplo, en la edición de The New Yorker del 21 de noviembre de 2016 ―como parte de una edición especial completamente parcializada anti-Donald Trump, anti-Partido Republicano, anti-sistema capitalista, y, probablemente, anti-democracia norteamericana―, Junot Díaz publicó un texto que ha circulado ampliamente y que fue más conocido por su título impreso de “Esperanza radical”.

Escrito en formato de carta, en dicho texto Junot Díaz habla de la “desmoralización”, al punto de las lágrimas, que significó que no ganase la candidata demócrata Hillary Clinton. También Junot Díaz menciona la sensación de “vulnerabilidad”, “miedo” y “traición” que él notaba de pronto en sus estudiantes. Y, para colmo, este escritor estrella de la locura LatinX no podía dejar de decir que ahora la Casa Blanca estaría ocupada por un “misógino tóxico” y un “demagogo racial”, que “desea hacer grande a América destruyendo los logros de derechos civiles de los últimos 50 años”.

En pleno período de “luto” ―sí, ¡de “luto”!, no se trata de una errata ni de un error mío de traducción―, y dado que instantáneamente ya se ha perdido “nuestra seguridad, nuestro sentido de pertenencia, nuestra visión de país”, Junot Díaz nos implora entonces ser capaces, “primero y ante todo”, de recobrar “la necesidad de sentir”, evitando así “caer en el cinismo” y “la desesperación”.

Es decir, Junot Díaz nos llama a hacer de tripas corazón para combatir desde la base contra el supuesto fascismo impuesto, dos meses antes de ejercer como tal su cargo, por el nuevo presidente Donald Trump. La culpa de esta súbita dictadura la tendrían, como era de esperar, el “poder colonial”, el “poder patriarcal”, y el “poder capitalista”. De ahí que el “futuro” mismo es lo que está de pronto en peligro en los Estados Unidos (en el resto del mundo al parecer el futuro está asegurado, como en Cuba): un país que para este autor ―acaso con traductora incluida y todo― sea la sociedad más represiva en toda la historia de la humanidad. Pero… Y siempre hay un pero…

Pero resulta que Junot Díaz ahora es acusado no por una, sino por varias mujeres de la cruzada anti-masculinidad del #MeToo. A la postre, al mismo tiempo que Junot Díaz se erigía como el radical acusador de las toxicidades misóginas del presidente, el escritor se comportaba exactamente como un misógino tóxico radical.

Pero no son tal para cual. Para nada. Junot Díaz es entre quince y veinte veces peor que Donald Trump. Porque el ganador del Premio Pulitzer 2008 ―debería de devolverlo en el 2018, si es que conserva alguna pizca de dignidad― es, además de un toca-toca repellador y bocón, un hipócrita consumado de la justicia social de izquierdas y un reverendo papelacero. Tan papelacero resulta el dominicano-americano, que unos días antes él había publicado a la carrera, acaso para limpiarse a priori de toda culpa, un patético mamotreto de cómo lo violaron y re-violaron homosexualmente durante su infancia. 

La lógica es muy simple: las víctimas no pueden ser culpables. Y esa es la misma lógica perversa de lo que podríamos llamar los Premios Oscar del#MeToo. Gana el que acusa primero. Gana el que acusa más. Gana el que acusa sin ninguna evidencia (y sin asistir a ningún tribunal judicial), pues la venganza se basa precisamente en la estigmatización.

Gracias a la impunidad legal de las redes sociales, ahora todos pueden inventar cualquier cosa sobre cualquiera. No hay un solo hombre que no haya sido un violador, simplemente hay muchos de nosotros que todavía no hemos sido del todo desenmascarados. Los hombres las acosamos. Las mujeres nos acusan. La cama, como el cielo, bien puede esperar. Lo clave aquí es narrar el acoso en público ―ese el nuevo género de best-seller literario―, acaso como el propio Junot Díaz pidiera narrarlo a finales de 2016: convocando sentimientos de vulnerabilidad y miedo, así como de luto y traición.

Se trata de una especie de testamento: estamos tristes, hemos sido tocados sin nuestro consentimiento, y, por consiguiente, ya perdimos de por vida toda nuestra seguridad, nuestro sentido de pertenencia, y nuestra visión de país.

Para los cubanos ―esa subespecie capaz de remenearse retozonamente al compás de una canción llamada, por ejemplo, A bailar el toca-toca―, todas estas historias nos parecen muy cómicas, por supuesto. Pero también nos dan un poquito de pánico, como era de esperar. Porque los cubanos bien sabemos que, con cada Junot Díaz izquierdoso haciéndose el santurrón ante cualquier derechista Donald Trump, nuestro turno para caer abatidos bajo el totalitarismo #MeToo está cada vez más cerca.

Hay que sacar a tiempo a nuestro acosador cubano del closet.

lunes, 7 de mayo de 2018

Conmovedor discurso de Rosa María Payá para la historia de Cuba





Conmovedor discurso de Rosa María Payá al aceptar un Premio al Liderazgo de la Universidad de San Sebastián, en Chile.

Jueves 3 de mayo 2018.


Su discurso a partir del minuto 27 del siguiente video:

https://www.youtube.com/watch?v=Jg84kYzYwNI&feature=youtu.be&a=



https://www.youtube.com/watch?v=Jg84kYzYwNI&feature=youtu.be&a=


Muchas gracias,

Señor Luis Cordero, presidente de la Junta Directiva,
Carlos Wiliamson, rector de la Universidad San Sebastián.
Magdalena Vicuña, vice rectora de Desarrollo Estudiantil
Cristián Puentes, director de la escuela de liderazgo de la universidad,
Profesores y estudiantes:

Muchas gracias por este reconocimiento. Yo trabajaré todos los días por parecerme a esa persona que ustedes describieron.

Es para mí un honor recibir este reconocimiento de la Medalla de Honor al liderazgo y compromiso público de la Escuela de Liderazgo de la Casa de Estudios, y esta ceremonia que han tenido a bien preparar.

Me siento especialmente honrada porque en la lucha de mi padre y la mía propia han estado siempre presente, como un principio rector, los valores del humanismo cristiano que compartimos con esta casa de estudios.

Mi padre creía profundamente en la vocación y la capacidad del ideario humanista cristiano para asumir y responder a los desafíos que la humanidad enfrenta en nuestros días. La liberación que él proclamaba para los cubanos partía de este ideario, que pone en el centro a la persona humana con todos sus derechos. Y el derecho a la vida y la defensa de la dignidad y la libertad de la persona, están en la esencia de ese mensaje. Por eso es un mensaje que es siempre moderno y es siempre renovador, porque se alza contra todas las sentencias que esclavizan hoy al hombre. Y trabaja por la justicia social, por la libertad económica, pero con respeto al medio ambiente y a toda la Creación.

Yo vengo de un país que ha exportado durante los últimos 60 años la mentira, trabajando contra todo lo que nos aconsejaba Václav Havel, contra la capacidad del hombre y de sus mismos ciudadanos de poder vivir en la verdad.

La venta de la llamada "revolución" de 1959 clasifica como una, si no "la" mentira del siglo XX latinoamericano. Un mito que capturó la imaginación de muchos en la región, e interpuso un velo ideológico entre los ojos de nuestros hermanos en Latinoamérica y los cuerpos de los miles de fusilados cubanos, de las decenas de miles de personas que sufrieron prisión política (hoy todavía decenas sufren prisión política en Cuba lamentablemente: también en Venezuela, también en Nicaragua, también en Bolivia), y de las decenas de miles de cubanos que ha perdido sus vidas y están desaparecidos, intentando escapar de esa Isla que se convirtió también en una cárcel.

La llamada "victoria anti-imperialista de las Américas" fue en realidad la sumisión completa de mi país al imperio soviético, y la creación de uno de los aparatos de inteligencia más poderosos que ha operado en nuestro hemisferio. Y me refiero al aparato de inteligencia de la Seguridad del Estado cubana, conocido como G-2, que fue entrenado en primer lugar por la KGB y luego por la Stasi, con los planes de represión de la Stasi alemana. Así no solamente reprimen y doblegan al pueblo cubano, sino que también ha infiltrado al resto de la región por muchos años: por medio siglo.

La tolerancia del mundo (y en especial la tolerancia de las democracias -imperfectas- de las Américas) con el totalitarismo comunista en Cuba, ha traído, a la vuelta de medio siglo, consecuencias terribles para el resto de la región, como el colapso de la democracia venezolana y como la expansión de las ideas anti-democráticas del socialismo del siglo XXI.

Estamos hablando de un aparato de inteligencia que, cuando colapsó la Unión Soviética, en 1990 crearon junto con Fidel Castro y Lula da Silva el llamado Foro de São Paolo: una plataforma que reúne a muchos partidos muy respetables, y también reúne a organizaciones criminales como el Partido Comunista de Cuba o, en sus principios, como a las FARC colombianas.

Esta plataforma, unida al sistema de inteligencia cubano, pone, por primera vez, a finales de los noventa a Hugo Chávez en el poder. Y luego, con esta asesoría, y con los recursos del pueblo venezolano, esparcieron por toda la región el llamado "socialismo del siglo XXI", con el costo humano que ha traído para cada uno de los países en los que personeros de esta metodología han llegado al poder, siempre con la intención de cambiar las reglas, de cambiar los sistemas, para perpetuarse en el poder y, por supuesto, conllevando esto la conculcación de los derechos humanos fundamentales: el primero de ellos que persiguen es siempre la libertad de expresión y la libertad de prensa, para que no se pueda nunca más vivir en la verdad.

Mientras tanto, en mi país, el pueblo ha sido forzado a la pobreza y la desesperación. Sin embargo, en nuestra región al día de hoy, y en Cuba también, se viven momentos, sí, de mucho peligro, pero también momentos de grandes oportunidades. Yo sí creo que hay razones para la esperanza.

En mi país, la mentira continúa. El régimen intenta presentar como un presidente democráticamente electo a un testaferro que han puesto a la cabeza del Consejo de Estado y de Ministros, directamente designado por Raúl Castro. Sin embargo, las estructuras de poder, de vigilancia, los mecanismos de control, están intactos. La Constitución impuesta en Cuba dice que el Partido Comunista cubano es el ente rector de la sociedad y el Estado. Y a la cabeza de ese partido comunista continúa Raúl Castro. Tal como continúa a la cabeza del ejército y del aparato de inteligencia.

Sin embargo, son hoy un régimen un mucho más vulnerable. ¿Por qué? Porque los cubanos conocen la verdad. Porque los cubanos se atreven dentro de la Isla a retar a ese sistema. Porque las Américas, que compraron en un momento determinado el mito de la revolución cubana, han despertado a la opresión que significa el totalitarismo comunista cubano. Han visto a los niños asesinados en las calles de Caracas. Han visto a los muchachos, la semana pasada, perdiendo sus vidas cuando reclamaban libertad y democracia contra el régimen de Daniel Ortega (por cierto, también muy amigo del castrismo).

En estos momentos tenemos probablemente una oportunidad que no hemos tenido en mucho tiempo, la de enfrentar a ese régimen en la manera en que se debe enfrentar: con el desafío político, que es único posible pacíficamente contra un poder totalitario y dictatorial.

Tal es el desafío político que promovemos desde la Isla con la campaña CubaDecide.org, que busca cambiar al sistema para comenzar realmente un proceso de transición democrática. Porque lo que hay que cambiar no es de personero, lo que hay que cambiar no es de heredero. A lo que hay que mirar no es a un dictador que todo lo que pretende es quedarse con el poder, y pasárselo a sus hijos y nietos. A lo que hay que mirar es a los pueblos, los ciudadanos, los oprimidos que están buscando un cambio real.

Es ahí donde está la esperanza, y no en lo que van a hacer las cúpulas o los que ya están privilegiados por el poder y que, además, poseen sobre sus espaldas crímenes de lesa humanidad.

Pero esa movilización al interior de la Isla no es suficiente. Es necesario el apoyo internacional, porque quienes tienen el poder y quieren mantenerlo a toda costa, no dudan en usar la violencia contra quienes piensan distinto, como ocurrió en Caracas hace un año, como ocurrió en Managua la semana pasada, y como ocurrió con mi padre Oswaldo Payá y con mi amigo Harold Cepero (que tenía 32 años en ese momento) hace 5 años en una carretera cubana.

Mi padre nos alertaba que los derechos humanos no son de izquierdas ni de derechas. Las dictaduras, tampoco: no son de izquierdas ni de derechas, son simplemente dictaduras y como tal hay que tratarlas.

Es hora de ayudar a la liberación del pueblo cubano y a América Latina de la amenaza castrista, que importa dictaduras a otros lugares. Los cubanos no vamos a dejar de luchar por la libertad. Ojalá contemos en nuestra lucha con el apoyo de nuestros hermanos de América Latina, por el bien de toda nuestra región.

Muchas gracias.

Rosa María Payá,
http://www.CubaDecide.org