viernes, 2 de noviembre de 2018

ME FUI DE FACEBOOK Y TWITTER



¿Por qué me fui de Facebook y Twitter?
Orlando Luis Pardo Lazo

Para Olivia Mariana, libre de ayer.


Primero, porque ya llevaba 10 años en Facebook y Twitter, desde 2008 y 2009, respectivamente, allá en la Cuba de internet secuestrada por los viejos y nuevos Castros, más sus cómplices en la academia norteamericana y sus agentes de influencia disfrazados de millonarios cubano-americanos.

Me fui de Facebook y Twitter porque ya di lo que yo iba a dar en esas redes más socialistas que sociales. Y recibí muy poquito a cambio, en realidad. Excepto conocerlos a ustedes, que han sido una bendición, mis pobres cubanos sin Cuba: mi clan disperso, desaparecido, abandonados por todos excepto por mí. Los quiero y siempre los voy a querer. Yo los busqué a ustedes durante una década delirante, compartiéndoles mis incomparables contenidos. Así que ahora les toca a ustedes buscarme a mí. Por eso sigo con mi blog de amor y guerra Lunes de Post-Revolución: ahí me tendrán para siempre, lo mismo que en mi correo OrlandoLuisPardoLazo@gmail.com.

Me fui de Facebook y Twitter porque son espacios monopólicos que uno no paga, y por lo tanto no controla, cuyas “normas de la comunidad” nos las imponen los globalistas de izquierda, defensores de “las conquistas de la Revolución Cubana” al tiempo que consideran “fascista” a un presidente democráticamente electo como Donald J. Trump.

Me fui de Facebook y Twitter porque estoy exhausto y ansioso, enfermo de rabia de verlos a cada hora, exhaustos y ansiosos, enfermar de rabia a ustedes, que son los míos y la única gente a quien yo amo y sin la cual no quisiera vivir. Y, lo peor, me fui porque me di cuenta de que yo mismo era un catalizador de esa rabia ridícula que no es libre y que a nadie libera.

Me fui de Facebook y Twitter porque publicar en Facebook y Twitter me resulta a la postre demasiado reaccionario: no revoluciona nada en el individuo, sino que nos aleja de cualquier iniciativa secreta de éxito personal (es decir, político) y nos enreda en las inercias inocuas del colectivo (es decir, del castrismo).

Me fui de Facebook y Twitter, no sin tristeza, sin dejar ni siquiera una entrada online ni en Facebook ni en Twitter. Historia sin huellas, como en un sueño de infancia. Tal vez, también, me fui porque ha llegado la hora de envejecer y aceptar la condena a muerte de ser adultos (es decir, políticos), y en Facebook y Twitter todos nos comportamos como niños que reclaman su porción despótica y paternalista de Estado (es decir, de castrismo).

Me fui de Facebook y Twitter como mismo caí en Facebook y Twitter en 2008 y 2009, respectivamente, intentando ser el menos tolerable de los cubanos para la dictadura cubana, lo que implica intentar ser un humano noble y brillante incluso después de que la nobleza y la brillantez se me agotaron de tanto dártela a ti. Gracias por estar ahí para mí cuando fui a buscarte. Ahora, por favor, ven tu a buscarme y yo estaré aquí para ti: http://orlandoluispardolazo.blogspot.com

Me fui de Facebook y Twitter para servirles de ejemplo a ustedes de que hay vida inteligente después de Facebook y Twitter. Y, lo mejor, me fui para triunfar, para ser el Orlando Luis Pardo Lazo de los cubanos de un futuro que se demora dolorosamente, pero que, incluso aunque nunca venga, sin duda sí llegará. Me fui yo, no se vayan ustedes si no quieren. Tampoco sigan siendo cubanos, si no quieren.

Creo de corazón nunca haberlos traicionado. Y ya los extraño tanto, tanto, como los cubanos nunca extrañan a los extraños. Pero igual me fui de Facebook y Twitter. 

Solitarios de mí que ahora me escuchan: a todos les digo solamente "hasta dentro de un rato".

lunes, 29 de octubre de 2018

ENTRE SENEL PAZ, UNA GUERRA PERDIDA, Y YO





El hombre, el lobo y el bosque nuevo

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  • Ene 12, 2012 • 13:56h
  • 33 comentarios


“Te lo iba a decir, David, pero no quería
que te enteraras tan pronto. Me voy”.
Me voy, en el tono en que lo había dicho Diego,
tiene entre nosotros una connotación terrible.
Quiere decir que abandonas el país para siempre,
que te borras de su memoria y lo borras de la tuya,
y que, lo quieras o no, asumes la condición de traidor.

Senel Paz, “El lobo, el bosque y el hombre nuevo”.
Yo no quería volver a Cuba. No me importaba el destino de esa imitación de país. No quería que nadie me contara cosas ni por correo electrónico. Cero noticias, cero chismecitos de chat. Cero ilusión de un cambio que no ocurre nunca en las calles y mucho menos en los corazones, como pidió el Papa polaco en plena Plaza de la Revolución. Cero blogs de una contrarrevolución aburrida entre embajadas y arrestos. Cero recogedera de firmas para que liberen a los héroes prisioneros del Imperio o le inyecten un suero al huelguista de hambre de turno en Villa Marista. Cero Cuba, espero se entienda esto desde el inicio.
Tampoco me quedaba familia allá. Acaso un par de ex-amores cauterizados en ex-amigos. Desde el siglo y milenio pasado no sabía ni media sílaba de Germán, por ejemplo. Mucho menos de David. Y de Nancy, la intuición me decía que era mejor no averiguar demasiado.
Tampoco me hacía falta conservar a nadie allá. El exilio es ancho y ajeno. La vida está en cualquier otro país. Cuba no puede ser una carencia a la vuelta de veinte años sin Cuba. Veinte años lejos de aquella provinciana ciudad con hache, que quiso tirarse el peo revolucionario más alto que su culito burgués: Habanada nuestra que estás bajo el cielo…
Siempre me han puesto los pelos de punta todas esas teorías mocosas de la nostalgia. Me adapté a no tener pasado y, justo entonces, me veo a principios de este año sacando mis papeles de ex-cubano en el consulado de Washington. Unos trámites carísimos y lentísimos, que gestioné no sin desgano, con un tin de descaro después de haber escrito varios articulitos hipercríticos en este o aquel periódico del mundo. Fui pagando sin garantías y sin reclamar ni el más mínimo de mis derechos. Tal vez por eso mismo ninguna planilla se me enredó. Y al final tuve otra vez un pasaporte cubano, a pesar de mi “ciudadanía del enemigo”. Y habilitado con un flamante “Permiso de Entrada” a la isla acuñado en la página 3, como si fuera una visa de acceso a mi propio país.
Perdí la noción de cuántos cuéntametuvidas llené en pdf y, lo peor, mi buzón nifresanichocolate@gmail.com terminó en las listas de distribución de noticias triunfales de nuestra islita, propaganda enviada como spam ocho días a la semana por los diplomatas del consulado. Hasta que de pronto compré el boleto.
Cuba de cúbito sufrimos…, como alguna vez la rimé en una de aquellas “décimas experimentales” que tanto éxito estéril me depararon. Hoy las leo como esdrujulismos de un emigrante con ínfulas de comerse las revistas de nuestro so-called exilio intelectual. Y enseguida vienen los becarios de la academia yanqui a conceptualizar en un congresito que son “poesía cubana de la diáspora finisecular”, y allá brilla mi nombre en antologías traducidas al inglés. Aunque nadie sino yo recuerde aquellos versitos asimétricos justo ahora, a la hora sin hora de abrir la barriga de este tareco de Cubana de Aviación y pedir pista para aterrizar. Acubanizar.
El ruido es ensordecedor. El topetazo contra la pista me pone a punto de vomitar. Qué maravilla, qué miedo, qué mediocridad: milagros de la m mientras una minúscula aeromoza me ayuda, toda partida de la risa, como se ríen siempre las mulatas, a librarme del cinturón de seguridad.
Yo no quería volver a Cuba, coño.
Pero, coño, Cuba de todas todas me quería de vuelta a mí.
Y por primera vez en el nuevo siglo y milenio respiro el aire criollo, bajo una gigantografía de Fidel definiendo a estas alturas de la historieta qué era en definitiva su cincuentenaria Revolución: “cambiar todo lo que debe ser cambiado”, “sentido del momento histórico”, “no mentir jamás ni violar principios éticos”, y un estrafalario etcétera.
Es posible que ya se me hubieran borrado las facciones de Fidel: su índice siempre apuntando a tu sien desde cualquier perspectiva, su oratoria oronda. Por un instante, dudé si yo no habría muerto durante el vuelo y, como castigo, estaba a punto de resucitar en una especie endémica de serie Lost, pero veinte años atrás. 2011-1991, RIP: Rev in Peace.
“Bienvenido a la capital de todos los cubanos”, me espeta un magnífico morenón, de no ser por su uniforme de nylon que le da un toque tétrico de monje Made in MININT. Suda. Sudo. Sudamos. Gramática sin apartheid. Estoy ahora y aquí, me despabilo, ya no hay vuelta atrás.
“Gracias, compatriota”, le sonrío con sorna y me espanto de no haber llegado a Cuba y ya estar simulando otra vez, empezando por el lenguaje. Y al arrastrar la maleta hacia el EXIT de las puertas giratorias, una frase se hace cíclica hasta recalentarme la calva: “Diego, por Dios, ¿qué payasada es esta de pisar de nuevo tu viejo país?”
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DEVOLVER A Cuba los inéditos de Lezama Lima fue sólo un pretexto. Los había sacado de contrabando dos décadas atrás. Por cien dólares se los había comprado a un funcionario famoso (todavía vive y no puedo nombrarlo), junto a las últimas cartas mecanuscritas del suicida Calvert Casey a un lord cubano de Londres.
El inicio de los años no-venta en Cuba fue atroz. Todos fuimos cómplices de la corrupción, de la sí-venta de los objetos y almas. Socialismo o marketing: ¡venderemos!
El resto de aquella década decadente preferí ignorarlo. Suficiente dolor fue alejarme de todo con indolencia. Irme del todo, de todos. Del talento ególatra de Germán. Del candor cómplice de Nancy, puntualmente abandonada en sus depresiones por cada hombre después de templar. De la paranoia de Bruno, tan manipulador y arribista, tan tapiñao y bruto tras el escudo de su comunismo de closet. De la inteligencia de Ismael: técnicamente, de la contrainteligencia de Ismael. Y de David, a secas. Del David de Diego perdido para siempre. Del David Álvarez que Diego se imaginó en 1991 para no morir de horror a ras del Período Especial.
De hecho, sólo uno de los inéditos era inédito. La mayoría de estos originales se había publicado en la Revista de la Biblioteca Nacional. Pero ese inédito sí que era un inédito. Inaudito. EL inédito de José Lezama Lima y probablemente EL inédito de toda la literatura insular, descontando las páginas robadas al Diario de Campaña de José Martí y al Diario de Bolivia de Ernesto Guevara.
En mi poder, en una hoja de bloc republicano de Contabilidad y Finanzas, bajo el membrete de la imprenta Úcar y García, con la inconfundible caligrafía asmática del Maestro, latía el poema perdido de la novela póstuma Oppiano Licario: en prosa y no verso, como sería de esperar. Tres parrafagadas casi más breves que su rimbombante título: Súmula, nunca infusa, de excepciones morfológicas, tal como yo acababa de pasarlas por la Aduana de Cuba sin contratiempos, entre cartas de familiares, después de haberlo sacado por la valija diplomática checa, en otro diciembre pero de 1991, con el muro de Berlín hecho souvenirs de burócratas.
Ahora acababa de entrarlo a las bóvedas de la Biblioteca Nacional, casi pared con pared a la diestra de la Plaza de la Revolución. Aquí pretendía donarlo magnánimamente, como un hallazgo casual en una librería de uso de Nueva York. Y ya. Caso cerrado. Culpa cumplida. Y justo antes de, no sé, pedir una audiencia urgente con el director para darle la Buena Nueva, la curiosidad me metió en el baño de la cafetería, en los sótanos del edificio.
Nada más empujar la portezuela, la ambientación luctuosa me sobrecogió. Nada que ver aquella con la que fue, en mi época estudiantil, una zona lujosa de caza. Lujuriosa. Donde podías permanecer horas al acecho de un buen lector macho, como le encantaría decir a Cortázar. Donde podías sorprenderte de cuántos militantes se dejaban bajar la portañuela por el primero que se arrodillara a sus pies, mientras tarareaban un himno combatiente y miraban al falso techo y fingían mear hasta botarse los orgasmos más silentes de la Revolución. Donde podías, en fin, saciar gratis tu sed de semen entre el Ministerio del Interior y el de las Fuerzas Armadas. Y a ese desparpajo yo lo llamaba “amor de alambradas”, “libertad en campo minado”, “templadera con una esquina rota”, y alegorías así. Un libertinaje tan prodigioso como prohibido, un don divino en medio del despotismo, deseos delirantes que ningún desfile de Gay Pride ni ninguna estatua de Nueva York han podido nunca superar.
El sitio lucía ahora aséptico. Con los neones parpadeando o fundidos. Con peste a mierda, literalmente: los cestos desbordados de periódicos. Sin grafitis de genitales ni teléfonos de contacto garrapateados a lápiz. Sin agua en los grifos de niquelado original. Sin aire acondicionado y con una negrita caquéctica sentada en son de panóptico, espiando sin pudor que los chorros no cayeran sobre el granito, a la par que exigía una moneda por vigilarte vaciar tu vejiga, preferiblemente en divisa.
Huí humillado de semejante Hades del materialismo científico. Ascendí como peor pude por las escaleras de nobleza percudida y, cuando por fin estuve en el Salón de Lecturas, caí en la cuenta de mi error. La clave estuvo en la pobreza de escuela primaria del mural que presidía la sala: efemérides, consejos de salud con medicina verde, actividades del mes en curso, formulario de asistencia y puntualidad, hitos de la emulación entre los departamentos, recorticos de revistas, subrayados de plumones, aleyas del apóstol Martí y un antropológico etcétera.
La biblioteca se me hizo un antro sin mítica, un museo-taller, un nudo en la garganta: por más que esto sea un lugar común. Su personal sin carisma no se merecía ni la primera palabra de mi tesoro inédito. En cualquier variante, podría recuperarme del frío en la boca del estómago y volver otro día a cumplir con mi mea culpa. Si Lezama Lima había esperado veinte años, que aguantara unas horas más. Yo debía aprovechar al máximo la semana que La Habana extendía en exclusiva para mí.
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A LA IMAGEN de hierro del Ché crucificado sobre el Ministerio del Interior, le habían sumado la de Camilo Cienfuegos en la fachada curva del de Comunicaciones. Entre ambos, una brigadita sin camisa apuntalaba, desde la base hasta sus cejas de bosque tan parecidas a las mías, al Martí de mármol del monolito. Cuba se resistía a dejarse caer. Mientras más viejos sus líderes, más relucientes sus mártires.
Crucé la tribuna. Subí la explanada bajo el sol siempre cenital de la isla. Pagué en moneda fuerte en las garitas que escoltan al cenotafio más famoso del anti-imperialismo global. Y disimulé mi claustrofobia durante los nunca menos de cien metros de elevador.
Salí arriba enseguida (era un modelo OTIS muy moderno), jadeando y con los oídos tupidos por la diferencia de presión. Entonces, antes de mirar afuera por los paneles de aquel mirador sagrado, respiré hondo varios minutos para evitar el ridículo de desmayarme entre los turistas bolivarianos con flashes y los turoperadores con guayaberas de corte marcial.
Finalmente, alcé la vista y la vi. Allí estaba, la muy puta y preciosa. La ciudad perdida que paradójicamente menos ha cambiado en los libros de Historia. Urbe congelada, sobrecogedora. Ubre reseca tras tanta retórica retro. Brave New Habana.
Me pareció un laberinto chato, un crucigrama sin clave: habanataris de primera generación, acaso ya descontinuado por el fabricante. Era el paisaje perfecto para lanzar al vuelo los papeles atesorados durante mis cuatro quinquenios grises (y grasos) de exilio. Algún habanero ilustre o iletrado los encontraría, a cuadras o kilómetros de allí. En el Vedado o el Cerro, calculé. Igual nadie en la Cuba inisecular reconocería la letrica locuaz de José Lezama Lima, mucho menos sus tics irónicos de sodomita en los tiempos no tanto del cólera como de la colectivización.
El destino de la Súmula, nunca infusa, de excepciones morfológicaspodía entenderse mejor así: papeles botados, volante al azar, zepelín de zeugmas zozobrando en la atmósfera claustrofóbica de mi ex-ciudad, ecuación no tan teleológica como meteorológica. Suena tan filosófico y, sin embargo, todo podía terminar en un performance fecal: léase, en un cubano limpiándose poéticamente las nalgas con la prosa póstuma de Oppiano Licario. Suena tan ingrávido en medio de la ideología más terrenal. Suena tan irrealizable como darse cuenta, tras media hora de meditación, de que el vidrio del ventanal era hermético, como el mismo Lezama Lima.
Ni siquiera desde el punto más alto de “la capital de todos los cubanos” podría deshacerme de la carga secreta de convivir veinte años con esos originales. La punta de nuestra Raspadura de azúcar amarga estaba rematada por una especie de casquete para cosmonautas, aunque a mí me siguiera faltando el oxígeno, incluso horas después de bajar de ese Turquino urbano con los papeles del ogro gordo de Trocadero 162 todavía cogiendo tufo bajo mis sobacos.
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LA NOCHE EN La Habana es de una casi intolerable belleza. Opresiva, si es al borde del mar. Agónica, si cumples 60 años y en el último tercio de tu vida no te has sentado nunca sobre el concreto con aroma a pescado oleoso del Malecón.
Solo. Es un privilegio estar solo. Ser el último testigo de la barbarie. Un notario, un archivero, un espía. No extraño nada, me digo, ni siquiera estoy de vuelta ahora y aquí, aunque tampoco nunca me haya ido del todo. Y si su llamada no era apócrifa (la pareja de fulano le contó de mí al compromiso de zutano, que a su vez se lo dijo a él, supe después), Germán debía estar ya a punto de aparecer.
Los merolicos vendían de todo en paralelo a los arrecifes. Maní, cremitas de leche, rositas de maíz, pan con cualquiercosario, DVDs con licencias legales para piratear, almanaquitos del entrante 2012, tabacos con pedigrí, y hasta flores de vidrio con lucecitas de 3 volts. Todo barato, sin garantías, listo para desecharse a la mañana siguiente bajo el mismo poste mortecino donde se compró. Otros desafinaban a trío un bolero rentado o te hacían una foto horripilante con flash (fondo negro como de estudio y yo quemado con los ojos rojos en primerísimo plano: Diego o Devil de vodevil). Y, por supuesto, sexo de todos los colores y precios, en una u otra moneda, en uno u otro dialecto marginal o high-life.
Diciembre trataba de travestirse de invierno. Y la llamada de Germán no era una máquina corrida en mi teléfono por algún imitador. Llegó puntual como la Parca, a las 10:10 de aquella noche sin luna, con su costumbre de hacer citas en horario simétrico, donde las horas y los minutos sumaran una cifra significativa entre los convocados (en este caso, mis veinte años de fuga).
Venía riéndose en la distancia, con su expresión de cabronazo ingenuo, que se le fue transformando en una mueca cuando se me abalanzó. Nos abrazamos, él llorando. Hacía pucheros de niño. A mí económicamente una y sólo una lágrima se me salió, tal vez por ver emocionarse a alguien tan cínico como yo recordaba a Germán.
No consiguió calmarse por el resto de la madrugada. Era ostensible su descompensación, más allá del reencuentro y esas debilidades. Tart-t-tamudeaba. Tragó pastillas de formas varias a lo largo del diálogo. Le ofrecí mandarle algunas infusiones florales: homeopatía para homosexuales, lo sonsaqué, pero ni siquiera sonreímos. Sentí lástima de su frustración de triunfador. O de su megalomanía de mentiroso. Porque Germán juró haber expuesto al máximo nivel su obra plástica, dentro y fuera de Cuba. Aunque, por envidia estética de sus enemigos, nunca lo nominaban para los Premios Nacionales que cada año el MINCULT le escamoteaba.
No había amado a hombre alguno después de mí, pretendí creerle, sólo fornicado al por mayor con todo tipo de razas y profesiones del proletariado insular (y también con sus galeristas de la izquierda europea). Tenía un LADA obsoleto que ya nunca manejaba en persona. Tenía estudio propio, pero pintaba poco y esculpía menos. Y tenía copiosos anticuerpos en sangre contra el HIV, aunque ni un sólo síntoma de sida en diez años. “Gracias a Pap-p-pá Estado”, y lo p-p-pronunció sin sorna, pues le regalaban un coctel de anti-retrovirales importados desde donde lo permitiesen las leyes del embargo de mi nuevo país.
Al despedirnos, entre los huesitos vandalizados del monumento a los marines del Maine, sin águila imperial pero sin la paloma pacifista prometida por Pablo Picasso, Germán se sacó su prótesis dental como si fuera un objeto inverosímil no identificado: “Mira, esto, Dieg-g-go, cojones”, y la extendió hacia mí, otra vez llorando sin tartamudear.
Antes de desaparecer por la Avenida Paseo, con la bruma ubicua del falolito de la Plaza de la Revolución entre los cables y palmas, mi ex-amor devenido ex-amigo devenido ahora ex-nadie, me sorprendió con el teléfono de Nancy, nuestra vecina chivata del alma: “No te dem-m-mores si vas a llamarla”, me impuso cortés pero cortante, “hace veint-t-te años que todos los días esa p-p-puta de mierda se va a matar”.
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DE BUENAVISTA SE había mudado a Pogolotti y de Pogolotti a Puentes Grandes y de Puentes Grandes a San Leopoldo y de San Leopoldo a Luyanó y de Luyanó a Lawton. “Nancy es así”, me dijo Nancy hablando de ella en tercera persona: “si deja de moverse, revienta por dentro como un siquitraque”. Qué linda y qué desmejorada lucía, callé. “Ay, Dieguito, tú sabes. Nancy cambia de casa porque ya no quiere saber nada de Nancy. Y tú, ¿has vivido en el mundo real?”
Le conté de mis viajes por media América y por Europa y media. Sus ojos nunca brillaron. Era como si le estuviera resumiendo una de esas novelas aburridas de viajes que no van ni vienen de ninguna parte. Disimuló su desgano con diplomacia. No pretendía compartir conmigo su abulia de cubana sin pasaporte. Sonreía y se tapaba los dientes desconchados con aquel mismo candor calvinista de mediados de los ochenta. Era un ángel atrapado en un sistema social sin cielo (la justicia es humana, demasiado humana en Cuba). Nancy era, por supuesto, mi Beatriz borgiana de la debacle y, como tal, desde su azotea, Lawton mimetizaba un alef maléfico.
Lomas, escalinatas, iglesias y factorías en ruinas: un cementerio de saurios antediluvianos. Sobre el horizonte, como flotando en la noche sin noche de La Habana, titilaban las luces mudas de la bahía. Los balidos de los barcos llegaban hasta nosotros con eones de retraso. Y también los silbidos escalofriantes de las locomotoras fantasmas, que rielaban sobre las líneas elevadas a lo lejos junto a la termoeléctrica de Tallapiedra, con su humillo blanquecino de pontífice ya a punto de estirar la pata.
“Nancy daría lo que le queda de vida con tal de no caer de nuevo en un siquiátrico. Quisiera morirse sin papeleo, con este paisaje delante de sus ojos que se los va a comer la tierra”, dijo sin dramatismo de ninguna clase, con una ecuanimidad de actriz nonagenaria. “Estoy cansada, Dieguito: todo el mundo está muy cansado en este país. La victoria, agota. Sírveme un trago y vete, me has hecho sentir mal. Pero antes te debo hacer un regalo: coge ese libro que está oyendo la conversación…”
Era un volumen humildísimo de Una reina en el jardín, de la colección de cuentos Pinos Nuevos de editora Letras Locales 2009. Dedicado a Nancy con la letrona cayuca que yo recordaba como si fuera ayer de su autor. Increíblemente: David Álvarez Paz.
“Desde su lanzamiento con bombo y platillo, en la Feria del Libro de La Cabaña, Nancy no ha sabido nada directamente de él”, me advirtió antes de que el entusiasmo me subiera los colores a la calva. “Seguro está cada vez más enredado, ahora que gana premios con lo que escribe: la mujer, los hijos, la casa. ¿Nosotros no extrañamos nada de eso, verdad?”
Sí, no lo extrañábamos realmente. No, realmente sí lo extrañábamos. Cállate, por favor, Nancy, nunca la mandé a callar: te sirvo un trago y me voy, ni tú ni Cuba conseguirán esta vez hacerme sentir mal. Yo soy libre, lo siento.
“Ahí está su teléfono, que seguro es el mismo de ahora. Aquí nada cambia tan fácil. Es en uno de esos apartamentos que el ministro de cultura reparte entre sus cuadros con fama, para controlarlos mejor en un mismo edificio”, y la risotada cariada de Nancy resonó estentórea sobre los techos oxidados del barrio.
Ah, mi Nancy Viterbo de las madrugadas, víctima naive y victimaria vitriólica, nuestra Beatriz perdida para siempre entre la ex-niña, la ex-puta, la ex-vecina, la ex-chivata, la ex-siquiátrica, la ex-suicida, de la que escapé justo cuando ella alcanzaba lezamianamente entre David y yo su indefinición mejor: Nancy, la que sobreviviría hasta el fin de los tiempos en tercera no-persona a pesar de Nancy.
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LOS SIETE DÍGITOS de David Álvarez Paz en el autógrafo del 2009 todavía eran funcionales. Marcando su teléfono decidí que EL inédito de Oppiano Licario se lo donaría en privado a ÉL, que tanto protestó por llevármelo de contrabando veinte diciembres atrás.
Su edificio era un modelo yugoslavo de la época del CAME, restaurado en la intersección de Infanta y Manglar, única mole que rebasaba el nivel del asfalto en muchas cuadras a la redonda. En el piso 14, con una vista de más de 360 grados, David me esperaba con un pulóver de Industriales, más short playero y chancletas de metededos. No hubo ceremonia. Parecía que nos habíamos dejado de ver apenas ayer (antier, a lo sumo). Y no sentí nada que no hubiera sentido mejor solo conmigo mismo, en un mezzanine for rent de Manhattan.
Era viernes, ese fin de semana yo ya volvía a los USA. Lo había dejado para último muy a propósito. Tenía miedo de diagnosticar también en David la fealdad de cada espacio conocido y la enfermedad de cada gente irreconocible. Tenía miedo de no haberlo amado, aunque apenas lo vi descamisado una vez. Tenía miedo de yo estar muerto de verdad, como intuí días atrás al bajarme de una cigüeña estatal Made in Cubana de Aviación.
Entresemana, me dediqué a tontear un poco como turista. Un día en la playa de Varadero (bodrio abarrotado de berlusconis). Otro día entre el orquidiario de Soroa y los mogotes jurásicos del valle de Viñales. Luego, el casco histórico declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO mucho antes de yo largarme, cruceros francófonos incluidos. Y, tras la puesta de sol en la garganta estrecha de la bahía, desandar sin consumir por los hoteles de lujo y los mini-restaurantes privados de Centro Habana, antros de atrezo donde pululaban los próximos magnates del Hombre Nuevo (como personajes pesadillescos de Roberto Arlt).
David me invitó desde la primera llamada, más bien eufóricamente, a su apartamento 14-B de estilo balcánico. Pero preferí el Castillo del Morro, las ferias de artesanías, y hasta la colina de la Universidad, de donde en 1971 me habían expulsado con honores: homosexual y religioso inconfeso, conflictivo al borde de lo contestatario al borde de lo contrarrevolucionario. Una “calamidad”, me catalogó Mirta, la aguerrida jefa de cátedra de Filosofía Marxista, antes de que la sancionaran por acosar dialécticamente la entrepierna de una alumna que hoy es una famosa locutora de televisión en Miami (todavía vive y no puedo nombrarla).
David prometió que tendría esperándome, como en nuestra despedida tan cinematográficamente capicúa de 1991, una botella de Stolichnaya: el elíxir de vomitar la verdad entre los taváriches. Pero yo dejaba correr por gusto los escasísimos días que me separaban de él, de su voz de jovencito en el auricular. Creo que nunca antes habíamos hablado por teléfono, y David me dio incluso su celular, “sin crédito siempre, así que cuelgo y te llamo desde un teléfono fijo”, como era la moda medio risible y medio ridícula en Cuba.
David habló de devolverme nuestra última cena lezamiana, sin imaginar que yo lo haría heredero de un tesoro que él probablemente ni recordaba. Pero yo dilataba mi aparición, y tornaba a los restos fúnebres de las murallas y a los balcones colgantes del edificio Arcos. En las tardes tediosas me colaba en los jardines de la UNEAC, donde ni una sola vaca sagrada podría reconocerme bajo mi pinta foránea, y donde compré revistas al por mayor, y avisté al presidente de los escritores y artistas cubanos, que me dijeron era de pronto un jerarca del Comité Central del Partido.
David acechaba y Diego paradójicamente huía de él. Me escapaba a las cúpulas del Instituto Superior de Arte. A las lianas del bosque con ardillas del río Almendares (se fugan del zoológico de calle 26 y subsisten como parias allí). Al Capitolio, como ese compañero campesino recién llegado de provincia que todos fuimos en algún resquicio de la utopía. A la Virgen del Camino, para dejarle un gladiolo en dólares y unos quilitos prietos, a cambio de que por favor, madre del dios sin odios, no me obligues a regresar nunca más. Nadie merece morir dos veces en su misma Habana.
Y, siempre como por carambola, atravesar el machadato neoclásico de columnas de la Universidad, donde un día antes del viernes definitivo, cuando ya casi degustaba la sazón doméstica de David, fue Ismael quien se cruzó conmigo y siguió de largo sin reconocerme, a ras de la Facultad de Derecho, alto alto como un pino (es tentador teclear, como un pene), uniformado con sus grados de militar. Apolíneo, apocalíptico. La piel añosa, pero pulcra. El paso firme, en paz. La mirada bella como una muerte leal.
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LA CENA LEZAMIANA fue un éxito tan rotundo (todas lo son, excepto la original del capítulo 7 de Paradiso) que no vale la pena narrarlo. No vale la pena seguir narrando ya nada. Está tan claro desde el inicio y, sin embargo, todavía insistimos en inventarnos la ilusión de un final.
David contándome cómo publicó sus primeros cuentos en Cuba, después de aburrirse trabajando en la profesión que estudió. David enumerando colegas del aula que se fueron al extranjero y nunca lo contactaron, como yo (su colega de alma, lo rectifiqué). David mostrando fotos de sus dos hijos, Teo 15 y Yoani 13, que desde el divorcio vivían con su madre en otro edificio idéntico, pero de Alamar. David afortunadamente con todos sus dientes intactos, con pancita aceptable y espejuelos del tipo fondo de botella (yo me había operado la miopía tan pronto cobré mi primer copyright de exiliado), con pulóver de pelotero y chancletas de anciano. David contento de la vida, con una ignorancia insultante de la vida más allá del campo literario cubano que, según la crítica (según David), su libro Una reina en el jardín había “revolucionado”. Camping literárido: jugué en serio a chotearlo.
Fumamos. Tomamos vodka. Hicimos chistes de mujeres (no acostarme con ellas no reduce el machismo de mi repertorio) y chistes de presidentes, donde siempre está el ruso (o chino o venezolano), el yanqui, y el cubano. Aunque ni David ni yo supimos definir bien quién era el nuestro desde la primera muerte de Fidel, en el verano prehistórico del 2006. Pusimos música: Habana Oculta y Habana Abierta, timba triste trovadoresca que dejamos correr en círculos en su laptop. Una Dell. Deleite, delito, control-alt-del.
Oímos el cañonazo de las nueve. Se hizo de medianoche. Salimos a su balcón. El fin de año estaba al doblar de la esquina. La Habana lucía azul, un zafiro opaco. Era bella, cojones. Me cago en la pinga, pensé: ¿por qué regresé justo ahora, por qué no regresé mucho antes, por qué nunca jamás regresé? La Habana lucía un set. Un cosmódromo. Otro planeta. Y hacía mil novecientas cincuentinueve veces más frío húmedo que en Nueva York. David dijo, encasquetándose una enguatada: “brother, está chiflando el mono”. Y yo le dije: “dame un beso en la boca, que te extrañé, maricón”.
Nos reímos como dos comemierdas de mi ocurrencia (lo había dicho en serio, pero ni yo mismo entonces me lo creí) y nos estrechamos las manos con la promesa de, esta vez sí, escribirnos por correo electrónico y hacernos amigos en Facebook (la UNEAC le permitía a David tener en su apartamento una cuenta de internet en moneda nacional). Le pedí que no me acompañara hasta la planta baja. Y me fui. Pero nunca llamé al elevador. Busqué las escaleras de incendio y, en lugar de usarlas, me senté a punto de perder el sentido sobre un escalón.
¿Éramos David y yo? ¿O nos habían cambiado por clones mutantes? ¿Éramos el David y el Diego que se habían enamorado sin reconocerlo en esta ciudad alguna o ninguna vez? ¿O todo fue como un borrón, un embotamiento, un vacío? ¿Íbamos a morir sin mirarnos sin tapujos la pinga o la raja del culo, sin paladear el aliento etílico del otro, sin decirnos ni una sola verdad? Y no hablo de singar, se entiende, sino de saber que se tiene un cuerpo hoy y mañana un cadáver. Y hablo de singar, se sobreentiende, de saber que se tiene un cuerpo hoy y mañana un cadáver.
Como Cuba.
Como la Revolución.
A la media hora me paré. Tenía mareo, ganas de vomitar. La cena davidiana me cayó como un cambolo cartaginés en el estómago. Náuseas. Nunca le mencioné a David los inéditos, por cierto. Acaso los usaría en Nueva York para envolver un Mac Donald’s o los masticaba con soya y tabasco dentro de un King Size. A lo mejor los liaba como un cigarrillo. Humo ahistórico. Volutas de la voluntad. Vértigo. A lo peor me metían preso por tráfico de patrimonio los sabuesos del aeropuerto.
Sentí la chaqueta enchumbada. Comencé a temblar. Me dio por tocarme la cara. Estaba llorando y sólo ahora me daba cuenta. Sin conflicto y sin causa. Por acto reflejo o por instinto de conservación. Fiebre. Bajé, salí. Ya era de día en la esquina arrasada de Infanta y Manglar.
Cogí un taxi en dólares. Puede que enseguida me haya quedado dormido junto al chofer, cabeceando descolgado del cinturón de seguridad. La aeromoza era otra mulata toda partida de la risa, que me ayudó a ajustármelo en un santiamén, casi a la hora sin hora de trancar la barriga y despegar para siempre de Cuba. Despejar para siempre a Cuba. El ruido era ensordecedor. Qué misterio, qué milagro, qué mierda.
Yo quería volver a Cuba, coño.
Pero, coño, Cuba de todas todas no me quería de vuelta a mí.
Mientras la maraña laberíntica de Nueva York ya emergía como un alivio de mentiritas en la ventanilla hermética de mi asiento de cubano sin Cuba, sobre el ala de un tareco volante sí identificado con el logotipo rojo sangre, azul cielo y blanco pureza de Cubana de Aviación.


Orlando Luis Pardo
La Habana