miércoles, 28 de noviembre de 2018

HANNABANA

HANNA DE HABANNA
Orlando Luis Pardo Lazo

¿Qué es La Habana?, pregunta, y sus ojos nórdicos se transparentan aún más. Sus ojos no, su mirada nórdica, traslúcida, calma, salva, a salvo de esta ciudad crónica por la que Hanna me pregunta como si yo fuera su fundador o acaso su despedidor de duelo.

Hanna, por supuesto, no se llama Hanna (ni lo sueñen, perseguidores políticos). Hanna es una obsesión para toda la people in need que pulula por esta aldea necesitada como nunca antes de las usaides y de una bomba atómica de ongs y de una división aerotransportada de alangrosses que engrose nuestras cárceles en lugar de nosotros. Hanna fue una invención, por si la desmemoria de este pueblo no alcanza, de Santo Tomás (Gutiérrez Alea). Basta volver a ver Memorias del Subdesarrollo.

¿Qué es La Habana?, pregunta Hanna y me deja respirar dentro de su boca importada, sus dientecitos como de leche uzbeka, su lengua de gata baikal, su piel impoluta, sus párpados atentos, todavía no contaminados por el horror, sus labios de bella durmiente alimentada con compotas post-socialistas. Dios mío, Chernóbil mío, Ararat de mi corazón, Baikanour de mis vísceras, qué edad tiene esta criatura, cómo la dejan cruzar sola el Atlántico anchuroso en un tarequito Cubana de Aviación, de qué asteroide cayó este angelito ateo con pasaporte H725, qué estaban haciendo los trapicheros de la aduana que no la viraron a casita en el mismo aeropuerto José Martí, mi niña de Guatemala, por qué la Seguridad del Estado me ha elegido precisamente a mí, tus padres sabrán que tú estás ahora y aquí preguntándole a OLPL qué es La Habana.

¿Qué es La Habana?, pregunta Hanna y a mí se me aguan los ojos porque sé que puedo fundar todo un universo si me atrevo a contestarle.

Es tarde, madrugada mefítica. Por las alcantarillas rugen las olas. Hace un calor indeseable. Todo se pega. Todo brilla de sudor. Salitre o sangre, indistinguible sabor. Sus axilas huelen a hembra prístina. Hanna es pulcra y natural. Creo que es virgen. Su falta de desolación delata que no es esclava de sus deseos. La belleza que destila es un efecto colateral. No se marea de ganas genitales, como un insecto entre las instituciones estériles, como todos en esta plataforma flotante llamada la Isla de la Revolución, como tú, como yo. Hanna duele.

El muro del malecón es un cinto represivísimo de gente fea incapaz de amarse en libertad. Cuando esto cambie, será peor. Nos mataremos como latinoamericanos. Qué atraso. Los policías se tocan sus güevas guantanameras y piden carnets a trocha y mocha. Los travestis están de fiesta. Les encanta el cacheo y las sirenas y los perros pastores sin bozal. Pinochet aplaudiría. Pero al menos los chilenos tenían una izquierda. Nosotros ni eso. Masa. Masas geriátricas de adolescentes con tatuajes y dientes de oro. De alguna manera, aunque estemos al borde del mar, La Habana habita en pleno Combinado del Este. Eso. La Habana es un Combinado oriental. La occisa de Occidente.

Le tomo las dos manos a Hanna y le digo: me tengo que ir, me quiero ir, no quiero cruzar contigo ni media sílaba más, cuando se acabe la magia de tu visa de falsa turista tú volverás a tu trabajo de élite y yo me voy a volver loco, estoy en riesgo, discúlpame, cada visión tuya es un holocausto, Hanna, ojalá Hitler se hubiera hecho cargo de tus europeísimos padres o tal vez abuelos. Tan joven, tan hoy, tan futuro. Y le suelto las dos manos a Hanna y no le digo absolutamente nada, nada, nada. Estoy perdido. Soy Orlando Luis.

Déjame descansar un poco. Déjame dormir en tu cuello, oír el tránsito democrático de tu circulación. Déjame ahorcarme en tus extremidades de abedul. Las guásimas son tan obscenas. Toda la sangre que he conocido en esta ciudad ha sido sólo un torrente de coágulos. Despotismo y mediocridad. Discúlpame. No sé lo que digo. Se supone que soy optimista. Que el público espera otra cosa de mí. Que hay esperanza más allá de la enfermedad. ¿Qué me preguntabas? ¿Que qué es La Habana? Lo siento. Llegué hace muy poco aquí, en diciembre de 1971. La Habana no tiene historia.

Hanna trae objetos del insondable mundo. Noticias de la realidad. Hay personas moviéndose allá afuera. Hay pasajes de aviones y apenas visas. Hay extraños productos televisivos. Noticias en colores impresos por las mañanas. Tiendas crispadas. Boicots a los productos que violen el ecosistema. Cafés tristes de soledad. Universidades laxas. Ropa interior imaginativa. Otros lenguajes más sustantivos que la retórica retro del español. Lenguas abocadas al silencio. Eso. Hay mucha mudez allá afuera. Ni trazas de la grandilocuencia de Fidel. Nada que justificar. Nada que modificar. Nada que te neurotice si sabes cómo inventarte una vida. Hanna lo sabe. Hanna entiende que mi silencio es carencia y no plenitud. No puede curarme. El tiempo se acaba y no pasa. Hanna es dios.

¿Qué es La Habana?, mi amor, cojones, qué clase de pregunta es esa si tú apenas dominas el argot con que los cubanos nos mentimos y nos ofendemos a diario. La Habana es un hito, un hueco, un hastío de Habana.

Hanna mira el mar. Es negro y con las lucecitas claustrofóbicas de los pescadores, que nunca se atreven a rebasar el veril. Los pescadores son la policía espontánea del pueblo. Hanna respira. Para ella todo es nuevo. Nada es tan terrible comparado con Sudán. Su trabajo la ha llevado armada hasta allí. Hanna no entiende que La Habana era París o New York. Ignora el bombardeo ideológico que deslavazó sus fachadas. La gente en estampida. Los diálogos rotos. El alma sin más luces que la del alumbrado público. Sin propiedad privada es imposible el amor. Hanna es un error.

¿Qué es La Habana? ¿Qué es Europa? Un día, después de esta paz eterna, te tomaré en mis brazos y te haré el amor. Si después de esta paz eterna aún corren los días. Si después de una paz eterna resucita el amor.

UBER CUBA

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El taxista, mitad latino y mitad red-neck, me llevaba desde el aeropuerto de Phoenix hasta la finca del senador republicano John McCain, cuyo staff me había invitado a un evento internacional sobre derechos humanos y democracia.
No daré detalles de aquel Sedona Forum ahora y aquí.

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Era fundador de Uber, me dijo, pero en realidad quería ser escritor. Un escritor etíope. En este caso, un escritor etíope exiliado. Un poco como yo.
Había venido huyendo de la guerra.

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El taxista me miró por el espejo retrovisor. Tenía cara de pocos amigos. Tenía cara de haber detectado en el asiento de atrás de su Toyota a un pequeño Donald J. Trump. 




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Ya los conozco desde Cuba. De hecho, así son la mayoría de los intelectuales cubanos, si no todos. Patéticos en su victimismo ilustrado, son unos tipos geniales en la argumentación de su cobardía personal.

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Desde que la vi supe que era un hombre, fuera rumano o no. Igual lucía muy espigada ante el timón, muy encajada sobre los pedales, muy ansiosa de miradas por el espejo retrovisor.


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Tenía un tatuaje en el bollo y un tumor en la cabeza, me dijo sin quitar la vista del expressway.
Tenía, también, unas ganas enormes de matarse en la próxima curva cósmica de la carretera.


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Se llamaba Miranda. O al menos eso decía ella en su perfil en Tinder: “Miranda S. Dzhugashvili”. Tenía 20 años, según la aplicación, y se había mudado hacía muy poco a Saint Louis, Missouri.

Uber Cuba 0026

Si alguien puede acusarme de algo, enseguida yo quiero convertirme en ese objeto concreto de su acusación. Sería una descortesía de izquierdas entrar en un debate democrático con tu acusador. Lo acepto todo.