jueves, 13 de diciembre de 2018

Roth, Love













Lillian del alma
Orlando Luis Pardo Lazo
  

“I died an important screen death”, dijo Lillian Roth en una entrevista de prensa publicada en Boston, creo, a mediados de 1930, poco después del gran colapso económico de los Estados Unidos (provocado en gran parte por los agentes de influencia infiltrados desde Moscú) y poco antes del estreno de la estrafalaria Madam Satan, esa película desproporcionada al punto de la delicadeza, hoy olvidada por la crítica cinematográfica de izquierda, una obra maestra fracasada de Cecil B. DeMille que debió de haber sido filmada por el director cubano Tomás Piard, quien en 2018 continúa produciendo audiovisuales en la Isla para la mediocre, mezquina, miserable televisión estatal.

Tenía 19 años, Lillian Roth, cuando dijo esa frase salida de quién sabe dónde: “Yo morí una muerte importante en pantalla”. Tenía, Lillian Roth, toda la vida por delante, como se dice en las calles de Cuba cuando alguien es joven y se ha muerto como sin querer. O cuando alguien es joven y sin querer ya sabe que muy pronto se va a morir.

Pero Lillian Roth, no. La muchacha maravillosa sobrevivió a otro medio siglo de mierda. Sobrevivió a décadas de alcoholismo y maridos mediocres, mezquinos, miserables. Uno de ellos, al divorciarse, le robó todo, todo lo que ella se había ganado con sus canciones, sus bailes, su sonrisa de niñita traviesa y ávida de jugar en cámara con los señores Don Pomposos, sus piernas largas, muy largas, larguisísimas, de correr delante de la tragedia del gran siglo XX norteamericano, ese tiempo humano triturador de seres humanos.

Vivió Lillian Roth hasta mayo de 1980, justo cuando en Cuba ocurría la barahúnda castrista del éxodo del Mariel. Su muerte me dolió más que todas las víctimas juntas de la Revolución Cubana. Porque yo la quería, a Lillian Roth. Y yo quería que Lillian Roth no hubiera envejecido jamás. Ella tampoco lo quiso, pero no pudo evitarlo. Así y todo, nunca fue vieja a sus 69 años. Iluminaba como un sol a los pobres mortales opacos a su alrededor. Por eso no dejó nunca de sonreír, tan pronto como se encendía un reflector y los micrófonos se rendían humillados ante su voz.

Hoy, 13 de diciembre, es su cumpleaños. Lillian Roth era Sagitario, como yo. Pero no de viernes, sino de martes. Tenía que ser una guerrera, por supuesto. La belleza y la verdad son así, cosas de combate. Dígase “hembra” y ya se habrá dicho todo sobre esa condición de garra, con la beligerancia imprescindible en este mundo cuando se aspira a construir un hogar, un respiradero para uso de dos, un refugio de luz, un nido donde a la muerte le sea un poco más difícil habitar.

Filmando Madam Satan me enamoré de Lillian Roth hasta el fin de los tiempos. En esa otra vida yo era camarógrafo de la Metro-Goldwyn-Mayer. Trabajábamos a ritmo de esclavos bajo la batuta genial y kitsch de Cecil B. DeMille, el Tomás Piard de Hollywood. DeMille tenía muy malas pulgas. Era un hombre bueno, pero cuando se trata de un millón de dólares en juego, ningún hombre consigue del todo ser bueno en realidad.

DeMille no quería usar dobles para los actores. Y Lillian Roth estaba aterrada. Tenía que tirarse en paracaídas a través de una claraboya de cristal, para caer sonriendo y como avergonzada en un baño turco de hombres cubiertos apenas por toallas.

Justo antes de rodar la escena, ya con las cámaras emplazadas para el gran salto desde una grúa de estudio, Lillian Roth se le acercó a DeMille, unos metros detrás de mí. La estrella le dijo al gurú que ella le tenía miedo al cristal, que le tenía miedo a las alturas, que le tenía miedo a sus 19 años y a tener toda la vida por delante. Todavía.

DeMille la cogió por un brazo y la arrinconó contra una pared. Pensamos que la iba a abofetear. Había allí varios paneles de vidrio de caramelo, recostados para ser usados en las sucesivas tomas de la claraboya. DeMille cogió uno de aquellos paneles de vidrio falso y se lo reventó a sí mismo sobre su calva, con violencia de director salvaje. No sufrió ni un rasguño, el muy cabrón. Lillian lo miraba con pánico. DeMille le dijo (sin necesidad de subtitulaje censor a título de la TV cubana): “If it didn´t hurt my bald head, it won´t hurt your young back end”.

(Bueno, sí, por esta vez con subtitulaje: “Si no me rajó la cabezota calva, a ti no te va ni arañar ese culito joven”.)

Su culito empinado de 19 años. Sus caderas de atleta que adoraba respirar al aire libre y no ser sumisa ante nada, ni nadie. Su cintura de meter en cintura a los hombres del mundo que cayeran muertos de amor al instante de sólo tenerla cerca, como la tenía por entonces en aquella otra vida yo.

Lillian Roth comenzó a llorar. Lloraba como una estudiante cogida en falta. Lloraba como si nunca hubiera tenido infancia, porque los estudios de filmación se la devoraron desde un escenario escolar. Lloraba como si supiera que yo acababa de enamorarme de ella para todas las vidas, no sólo para nuestra volátil vida en la industria cinematográfica. Lloraba como si se diera cuenta de que, después de morir unos años antes que ella, yo tendría que nacer de nuevo en La Habana en diciembre de 1971, sólo para mandarme a correr como un desquiciado hacia el exilio cubano, a ver si me daba tiempo a encontrármela en su vejez de la eterna Manhattan.

No me dio tiempo, mi amor. Lo mismo que en nuestra primera vida juntos, no me dio tiempo a besarte, a hacer silencio contigo, a ponernos tristes de tan felices de ser simplemente contemporáneos.

Lillian Roth fue de vuelta al set suicida de filmación. Pasó a milímetros de mi mano. Le dije en inglés “farewell forever, love of my life”. Adiós para siempre, amor de todas mis vidas, antes y después de tu interpretación tan tierna como terrible de un milagro en mi cámara llamado Lillian Roth.

Lillian Roth se puso sus argollas de seguridad y saltó, desde la grúa amenazante como un pájaro de mal agüero, sobre todo en una película llamada Madam Satan. Calló gritando a través de la claraboya. Los vidrios de caramelo se hicieron añicos de manera espectacular. De pronto todo en ella era de vidrio y de caramelo, siempre lo había sido. Brillabas, Lillian Roth. Yo filmaba y filmaba la continuación de la escena cómica. Porque de eso se trataba tanto aspaviento, de una comedia. Como la vida misma. Y enseguida, entonces, tú sonriendo: tímida, provocadora, mujer metida hasta los tuétanos en su personaje de 20 años por cumplir ese 13 de diciembre de 1930.

La película fue un fracaso comercial. Yo sigo también fracasado aquí, entristecido por la alegría atroz de tus imágenes, tras haber visitado por gusto varias veces Hollywood y Nueva York. Total, para no encontrarte más allá de una tarja con tu nombre falso de Lillian Roth: As bad as it was it was good. Tan mal como nos salió todo, de alguna manera nos salió bien. Porque no habrá odios ni olvido, sólo el amor de tu salto mortal a través de las astillas transparentes del caramelo, una de las cuales me vino encima y casi me deja ciego de un ojo. También, cómicamente, amor. Porque de eso se trata tanta desesperación de no haber sido nunca contemporáneos: de otra comedia, como la muerte misma, en tu cumpleaños 108 de este 13 de diciembre de 2018.

No te vayas sin decirme a dónde vas, Lillian Roth, no te quedes tan sola en tu paraíso de cristales y caramelo. Llévame contigo, amor de mi sobrevida, amor de todas mis sobrevidas. Enséñame cómo saltar sonriendo, por favor.



martes, 11 de diciembre de 2018

Lilly



In the next scene, Lillian had to fall through a skylight made of candy glass. She was nervous and complained to the director of the film. Without saying a word, the guy walked over to a pane of candy glass leaning against a wall of the MGM studio. He lifted it over his head and slammed it down. The glass shattered, his skull didn't. 


"If it didn't hurt my bald head," he said, "it won't hurt your young back end." 


It was 1930 or so. Lillian started to cry. 


Minutes later, when she came back in front of my camera for the shot of her fall through the skylight, I was already in love with her. 

It felt as if all in Lilly was now made of candy glass.

lunes, 10 de diciembre de 2018

MUJERES QUE LLORAN DE MADRUGADA



El ABC de las mujeres que lloran de madrugada
Orlando Luis Pardo Lazo
  

En Cuba, A me llamaba de madrugada, llorando. Era editora de una revista cultural, además de mi jefa. Su hermano el militarote le mentaba la madre, borracho, antes de caerle a patadas como si A no fuera su hermana, sino el mismísimo enemigo imperial. El muy maricón no se quería mudar del apartamentico que A y él habían heredado. Creo que de niño el futuro soldado de la patria se la llegó a templar, o al menos la manoseaba todo lo que a él le salía literalmente de los cojones. Hijo de puta. La tiranía totalitaria cubana empieza por casa, la del Estado es bobería comparada con esa realidad domestica despingante. El hermano de A era un singao con uniforme de verde oliva, un tipo que en otros tiempos no me hubiera temblado la mano para ajusticiarlo de un balazo en el cráneo, a traición, o para rajarle de un tajazo la tráquea. Para que respete, para que aprenda.

En Cuba, B me llamaba de madrugada, llorando. Soñaba con acelerar partículas en cualquier parte que no fuera la patria. B tan linda, tan loquita. Como lindos y loquitos éramos todos entonces, desquiciados por una década doble en que la democracia cubana nunca llegó. B lloraba por llorar, porque la luz de su casa era mortecina y sus abuelos también: se morían. Habían sido dos dignos obreros del capitalismo luminoso cubano. Habían sido empleaditos y funcionarios capaces de ahorrar hasta comprarse una casa y un carro. Ahora no tenían ni donde caerse muertos bajo un bombillo ahorrador y unas sábanas compradas por el cupón estatal. Sobrevivieron como ángeles enamorados a los asesinatos de Fulgencio Batista, pero la Cuba humanista de Castro con el tiempo y un ganchito a los dos los descojonó. B no sabía ni por qué lloraba en mi teléfono de madrugada, pero yo sí lo sabía por ella. Por amor, por amor a un país perdido de manera imposible de pronunciar. Por impotencia, por piedad, porque B es muy vida del alma en medio de una historia cubana sin vida y sin alma.

En Cuba, C me llamaba de madrugada, llorando. Era escritora famosa. Desde hacía bastante tiempo se había enfermado. Su odio y su voracidad sexual habían hecho de ella un adefesio humano, no tanto físico como moral. C lloraba de envidia, de risa, de soledad. No soportaba que yo mencionara a ninguna otra escritora mujer. C de comemierda. Todos los colegas de su generación habían huido de Cuba a tiempo. Ella también había huido, pero demasiado tarde y hacia dentro de su casa, de su cuarto, de su cama. Sus conversaciones conmigo eran demasiado largas, desconsideradas, desesperadas. Ya yo no podía ni acostarme de noche con nadie, porque siempre me interrumpía la anorgasmia de sus llamadas. Su llanto era el más cobarde de todas las mujeres que en Cuba me llamaban por teléfono de madrugada para llorar. Porque C lloraba por ego, por teatro del ego, por egoísta autoconmiseración.

Todo un abecedario de mujeres me llamaba en Cuba de madrugada, llorando. Con ninguna nunca me acosté, habiéndolo deseado puntualmente con todas. A todas, sin embargo, todavía las amo. Recuerdo cada uno de sus pucheros, de sus fragilidades, de sus maneras de dejar que fuera el llanto quien las trajera hasta mí. Quien las abriera, entregadas. Analógicas, estériles, excepcionales.

Por eso cada vez creo más y más que fuera de Cuba no existen las mujeres. Lo que nos depara el exilio es una casta desconfiada de cuerpos sin penes. Toda vagina es en realidad una invaginación fálica. Y la mujer como género no es más que un producto autóctono de la Revolución. Por eso en el capitalismo un fenómeno así ya no se da, por lo menos desde la Revolución Industrial. En el siglo XXI estamos en plena fase de desmujerización.

En cualquier caso, extraño con cojones a mis mujeres telefónicas insomnes. Como a Cuba, coño de su madre. Extraños sus voces rajadas y sus líquidos lagrimales, anuncio ávido de otros ríos mucho más recónditos y carnales. Sólo por volver a estar con una mujer, regresaría a Cuba para el carajo sin volverlo a pensar. Pase lo que pase con la policía política que me tiene prometido arrancármela. Pase lo que pase con mi pasaporte de rehén o con mi más que probable prisión. No me importa ni pinga. Soy libre, siempre fui libre: y eso me hace intolerable para media mierdera humanidad. Mi lenguaje no es reducible al marxismeo mediocre de la Isla y mucho menos a los mojones norteamericanos entre los que floto desde el martes 5 de marzo de 2013, cuando perdí para siempre a La Habana, esa vagina vital.

Soy un fundamentalista de la mujer cubana. Y, como tal, bien sé que, después de la Revolución, la especie mujer degenerará tal como ya está degenerada en el resto del mundo civilizado. Los restos del mundo civilizado. No hay amor fuera del castrismo. No hay sexualidad fuera del castrismo. Sólo en tiranía se habita en ilimitada e iluminada libertad.