sábado, 29 de diciembre de 2018

IN VISIBLE (LITTLE) CITY


3. Continuous Havana


Each year in the course of my travels I stop at Little Havana and take lodgings in the same room in the same Airbnb. Ever since the 2013 Cuban migratory reform, I have lingered to contemplate the downtown to be seen by raising the curtain at the window: the Metromover, a couple of drawbridges, the far-off silhouette of Freedom Tower, the palmetto trees, the baseball stadium, artificial flowers blooming in every lighting pole, a whole Kentucky Chicken county, the yellow cabs waiting for no one in particular in their parking piqueras, the white clouds and stretches of blue sky shaped like a continuation of Miami international airport. The first time I was convinced that every single detail was worthwhile to be seen. It was only during the following years that, by the force and facts of repetition, I could discern the boring, farce face of the future of Havana here in Little Havana. Year after year, there were more and more Havanan artists announced on the neon signs, standing in a row, with their hands on their heads and some sinister smile of success. Each year, as soon as I entered my room, I raised the curtain and counted new official artists invited from the Island: nineteen, of whom at least half were documented censors and repressors in Cuba; fifty-nine, including those scheduled in Hialeah and the Florida Keys; nineteen fifty-nine, besides those performing underground, probably without any U.S. visa at all. Contrary to Havana, Little Havana is all about open source and open borders. Both cities now tend to look alike, they seem equally political, they share similar shows, they forget and then they forget that they forget, commanded by the imperatives of the policy of commercial correctness (PCC). Last year I saw the whole Little Havana downtown filled with Havanan characters, competing as cruelly as in Cuba for a press headline to take back home and then boast there about their relevance abroad.


And so, as year followed year, I saw Little Havana become occupied by Havana, overcrowded with nobody has idea how many Havanans, hardly contained in a concentration camp of posters and profits, where entertainment and ethics emerge from the same extreme etymology. And the expected tendency for the next years is worse: following the cultural logic of demographic despotism, it will soon be impossible to call Little Havana “little” any longer. Havana will be by then a single duplicated city, without distinction at all between singularity and duplicity.


This year, in fact, as I raise the curtain, the window frames only an expanse of false faces: from one corner to the other, at all levels and all distances, those fearful, frightening, entirely emptied faces are seen, with the same hideous smiles and with hands grasping their own head. Even the sky has disappeared. Much more than dictatorships, democracy is about disappearance. I might as well be already invisible from outside this window for all those Havanans performing in peace their simulated spectacle of roles and rhetorics.


Not that it is easy for me to move. They may also be here with me in my own Airbnb. Nineteen, fifty-nine, nineteen fifty-nine of us lodged in the same old room, perhaps since the very beginning of the 2013 Cuban migratory reform. Our future belongs to those who force their farce into the farce of our future.


miércoles, 26 de diciembre de 2018

¿ESPERAR LA QUÉ?


EL ORTO DE LA ESPERA

Orlando Luis Pardo Lazo

José Lezama Lima esperó la muerte de su madre antes de sentirse libre de culpa para publicar el escándalo de Paradiso. Virgilio Piñera esperó acumular 18 cajones de inéditos antes de dejarse morir de soledad o de Seguridad del Estado. Dulce María Loynaz se sentó, como un personaje del film Los sobrevivientes, a esperar un Premio Cervantes pre-póstumo entre las telarañas de su jardín. Heberto Padilla confió en que el Ministro de Cultura cubano le perdonaría salirse del juego y le daría visa para morir en la patria (que desde el siglo XIX se supone sea vivir). Eliseo Alberto esperó la muerte de su padre para informar en libertad sobre sí mismo, sobre nosotros mismos.

La lista es infinita. Una isla infinita en cola.

La literatura cubana es esa espera edípica, ese sucio secretico de closet o perreta de histeria ante nuestro progenitor en jefe (el que todo lo lee, todo lo puede, todo lo espera, como el amor). La escritura en Cuba desde hace décadas continúa agazapada debajo de un buró con botas de la Biblioteca Nacional José Martí (con una pistola puesta encima).

Los escritores cubanos siguen a la espera de una muerte doméstica antes de tener las manos libres para escribir (por eso alegorizan todo el tiempo, en lugar de simplemente decir). Tal complicidad los silencia y subsidia en tanto nación intelectual, en tanto clase muerta sin boleto al futuro, en tanto estériles espectadores de una ficción que nunca se atreve a protagonizar lo real, esa cosa tan prosaica (por eso poetizan todo el tiempo, en lugar de simplemente narrar). Tal es el trauma típico de los totalitarismos de familia, que en la Isla se han hecho ya indistinguibles por la costumbre cómoda y criminal de la espera.

En el fondo, hay que entenderlos, se trata de un tic burgués. Nada de cobardía: es lucidez de élite, instinto estético. Saben que lo más importante del universo es redactar sus respectivas obritas completas. Nada de hipocresía ni de oportunismo: es sentido de lo trascendental. Son unos elegidos de mierda. Se saben una casta selecta para crear la belleza cubana que los trascenderá. Ars longa, Revolutium brevis. Así que ellos esperan, como buenos hijos de puta letrados que son todos, de ser posible haciendo una carrera insular salpicada de carreritas al capitalismo.

En cada nuevo libro la literatura cubana sueña, en su inconsciente colectivizado a la cañona, con cumplir al pie de la letra este slogan no tan fiero como fiel: dentro de la literatura, todo; contra la literatura, nada. 


El autor cubano es demasiado inteligente para ser además un autor. Pospone, más que propone. Discursea, en vez de delirar. Construye antes que deconstruir, mucho menos destruir. Es, en suma, un pendejo de la palabra. No está desesperado (hay más tiempo que máximos líderes). Por eso la literatura cubana llega a ser tan desesperante, tan pedante. Patética, pésima.

Este fin de año es una fecha perfecta para recordar que los cubanos no contamos en Cuba con ningún escritor vivo que valga la pena. Nuestra literatura es pues, literalmente, letra muerta. Por suerte.

Así sea, amén.




lunes, 24 de diciembre de 2018

Manolos del alma


El gran Manolo
Orlando Luis Pardo Lazo


Se llamaba como mi padre, Manuel. Y, como a mi padre, nunca nadie le dijo Manuel, sino Manolo.

Era pequeño, mínimo, apenas perceptible. Sin embargo, yo lo recuerdo siempre como el gran Manolo. Un enorme, descomunal, incomparable Manolo caído como de otra época en Cuba. Llegado, en efecto, de otra época. Un testigo natural de cuando en Cuba no existían los Castros y era sólo una sombra de infancia la bien llamada Revolución.

Manolo, nuestro hombre en la República. Nuestro Manolo del modernísimo siglo XX cubano que el jueves 1ro de enero de 1959 no amaneció. Un siglo trunco. O sí amaneció, pero cadáver. Un siglo fósil, funerario. Ajeno, amable, atroz, alegre, alienado. Manolo, que no sabía decirlo: la Revolución (y una risita le cruzaba la dentadura postiza de plástico recién lustrado).

Lo conocí en sus setenta, supongo. En realidad, nunca nos mencionó su edad. Era demasiado presumido para aceptar el hecho humillante de envejecer. Era demasiado noble para asustar así a los más jóvenes: a nosotros, los que por entonces nunca íbamos a morir. Sólo por este detalle Manolo era un virtuoso, un santo. Contrario al resto de los cubanos de hoy, a Manolo sí le preocupaba la vida de los otros cubanos a su alrededor. Sólo por este detalle era, como se dice, más bueno que un pedazo de pan (en una época en que hasta el pan era usado como un cruel chantaje de Estado para reprimir a la población).

Al respecto, Manolo hubiera preferido haber muerto más joven, más bello, más vital. Bueno, no pudo ser. La vida nunca nos sale como planeamos, Manolo, qué le vamos a hacer. Aunque en nuestros ojos sin muerte, Manolo, no tengas ninguna pena al respecto, tú moriste casi joven, casi bello, casi vital. De algún modo te protegimos con nuestra mirada ignorante. De algún modo nunca dejaste de ser para nosotros eso: un caballero republicano.

Te veíamos tan joven como pudimos, si bien no tan joven como debíamos de haberte visto. De hecho, eras por entonces mucho más joven que nuestra vejez prematura de adolescentes atrapados en una dictadura sin fin ni fin. Perdónanos, Manolo, qué le íbamos a hacer. A todos los cubanos, más temprano que tarde, nos tocaría perder. El castrismo es así: una lotería trucada de la que no escapa ni siquiera el lenguaje, una ratonera cuya retórica se arrastra tras los cubanos a donde quiera que los cubanos cómplicemente se van. Nos vamos. O nos quedamos, que es la peor manera de irse a ninguna parte.

Era Manolo lo que en Cuba se llamaba, con ese sarcasmo soquete que desfigura cada esquina de nuestra realidad, un “solterón”. Es decir, un hombre independiente, un adulto libre de los despotismos de la sociedad (antes, durante y después del socialismo insular), un ser decente de los que ya no hay, que supo esconder con estoico recato cualquiera fuera su sexualidad o acaso su ausencia de sexualidad. Un humano de espacio interior, de delicadezas domésticas. Un ser sin intemperie, que fue a lo que nos forzó primero y después nos acostumbró la Revolución.

Su apartamentico se fue llenando de arte barato y kitsch. Piezas de falsa porcelana fueron remplazando a la verdadera porcelana, joyas originales de familia que, a lo largo y estrecho del Período Especial, iban a ser trocadas por unas libras de papa o por medio pernil. Su casita olía a pasado glorioso, a divas del espectáculo, a pósteres antes de la perversa propaganda política en Cuba, a cortinas y cortinillas, a incienso antes de la invención del incienso, a discos de vinilo que dejaron de ser arañados por una aguja de diamante art-decó, enmudeciendo, tal como sus santos y sus amarres negros callaron, cuando por fin aquel blanquito de traje y corbata y de raya al lado con brillantina se dio cuenta de que ya era hora de abandonar un mundo que nunca más volvería a ser el mundo de su vida.

En efecto, Manolo murió a la hora exacta de darse cuenta de que en La Habana nunca jamás habría un mundo vivible para Manolo. Ni para él ni para ninguno de sus amigos Manolos que lo visitaban, como una parentela mimética o una secta anciana y ancestral de hombres sin mujer que se habían quedado, hacía mucho rato, fuera de la sociedad y la historia y demás idioteces ideológicas.

Manolo, Manolo, deberíamos repetir ahora como un mantra los cubanos que quedamos. Una raza irrecuperable, como imposible de recordar ahora es aquel país infantilizado antes de los Castros y de la bien llamada Revolución. Bien llamada, porque justo eso fue y no otra cosa: una Revolución a la que nadie traicionó. Porque la Revolución en sí constituye el acto supremo de traicionar a una Nación.

Como también nosotros traicionamos al gran Manolo. Como mismo no lo abrazamos en su desolación terminal, para que no muriera tan aterrado entre aquella estela estéril de contemporáneos cubanos. Y en esto, otra vez, Manolo de los Manolos, tendríamos que pedirte un desproporcionado perdón.

Si te sirve de consuelo, nos consuela que no tuvieras que deshabitar en el futuro sin alma que nuestras almas han sobrevivido. Y lo que nos falta todavía, Manolo. Dichoso tú, asomado apenas al primer ramalazo de la debacle cubana. Porque los próximos cincuenta años, hasta el miércoles 1ro de enero de 2059, gran Manolo, puedes confiar en nosotros, los sobremurientes, que serán cada uno un poquito peor que el anterior. Sin prisa, pero sin pausa, como se dice. Hasta vaciar de savia a ese misterio de Manolos que alguna vez fuera la cubanía.

domingo, 23 de diciembre de 2018

CON DOS AÑOS DE ANTELACIÓN Y DOS DE RETRASO


ÚLTIMAS NAVIDADES CON FIDEL CASTRO
Orlando Luis Pardo Lazo

Diciembre es un mes triste, precioso, de luz azul y silencio soñador. En este mes nací yo. Y en este mes, de un año no tan lejano como ahora parece, regresaré a Cuba con un Premio Nobel de Literatura, el primero de los Nóbeles cubanos, el que restregaré en la cara de la dictadura que todavía tendremos en Cuba para esa fecha, y cuyo monto en metálico usaré hasta arruinarme en arrimar un poco la llegada de nuestra libertad.

Diciembre termina apenas comienza. Es un mes atemporal, acronológico, casi ucrónico, fuera del almanaque, al borde de ese misterio que es el cambio de año.

Somos otros y morimos a pedazos en cada diciembre. De hecho, casi nunca llegamos todos los que empezamos cada año. Los que nos reunimos ahora en este mes no sabemos si llegaremos al próximo mes dentro de un año. La muerte va cosechando a los mejores entre nosotros. Cada diciembre vamos quedando menos y menos cubanos. Los sobrevivientes somos los peores, somos los desechados hasta por los dioses.

Estas Navidades de 2014 son también nuestras primeras Morbilidades sin el dictador, que se nos murió sin enfrentar jamás la justicia. Fallecido Fidel (1926-2014), ya todo parece fácil, expedito, innecesario. La Revolución fue una pesadilla de unos pocos millones. La memoria se renueva a velocidad vertiginosa. En un ratico, los nuevos cubanos no sabrán ni deletrear el innombrable nombre de Fidel Castro, que en unos meses resonará apenas en la asignatura Prehistoria de la Nación, absorbido por la virtud de apatía y amnesia de las nuevas generaciones.

La muerte del hegémono nos ha sorprendido a todos. No se despidió el muy pendejo, como mismo no anunció su entrada sino que la impuso a golpes de muerte, mentira y maldad. Fidel Castro se ha ido para siempre de nuestro pueblo y nos ha dejado incrédulos, desconfiados, al punto de que preferimos no prestar atención a este hito histórico. Todavía no nos creemos que estamos solos, sin el déspota delirante. No lo creeremos tampoco cuando su hermano Raúl Castro nos lo anuncie, rodeado de su octogeniosa élite militar, acaso el 28 de enero de 2015, para hacer coincidir la muerte de Fidel con el nacimiento de José Martí.

Pero hoy vuelve a ser Navidad. Una parte del país perdido reconcentra lo mejor de su espíritu en esta fecha. La esperanza deja de ser una enfermedad congénita y la luz azul del niño dios entibia nuestros hogares-pesebres, haciéndolos menos pésimos, haciéndonos menos perversos en tanto ceros humanos que aspiramos a seres humanos, tras más de medio siglo o medio milenio de matarnos multitudinariamente por nada.

Vuelve a ser Navidad, hermanos y hermanas del alma, y en el 2015 brillarán las palabras que hace siglos debieron ser pronunciadas entre cubanos, pero que han permanecido sepultadas por la ristra de tiranos que ha traído nuestra innecesaria independencia. Acaso sea la época de aproximarnos más a la civilización de los cosmopolitas libres y alejarnos de la barbarie esclavoamericana.

Es Navidad y yo os amo.