jueves, 3 de enero de 2019

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miércoles, 2 de enero de 2019

La palabra N



Cuando el negro come melocotón, tiene los ojos azules. El negro sonríe. Éste es el plusdolor. El timbre profiláctico de su risa saludable.




En Cuba es blanco todo el que no parezca negro, desde el blanco marfil hasta el negro del melocotón. Hoy que ya nos separan la ley y la razón, ¿en dónde encontrar sentido?




Cuando el negro come melocotón, toca el violín a medianoche. El sentido fraternal e inteligente de esa sonrisa perenne o de esa risa ocasional. Éste es el plusdolor. Aunque suele confundirse esta risa con la del ser insensible o la del hombre sumiso.




Una raza que sabe amar y que no puede ser feliz. No te puedo olvidar. Siento que te perdí y eso me hace pensar: ¿en dónde encontrar sentido?




No digo prejuicio de razas, sino de colores. Si las almas hablaran, la cara se llena de arrugas. En su conversación, la cubanidad vegetará mediatizada.


martes, 1 de enero de 2019

Primero de qué

Enero de nuevo
Orlando Luis Pardo Lazo


Los primeros de enero tienen una característica común: el silencio.

En Cuba se hacía un silencio de muerte cada primero de enero, poco antes del amanecer. Y entonces el día feriado discurría solemne, aburrido, solitario, vacío de fecha, vaciado de vida. Amargamente inaugural.

En el exilio, el silencio comienza justo sobre la medianoche. Después de los tiros y los fuegos artificiales. Después de las borracheras con bebidas foráneas y la nostalgia nacional. Después de la bulla, otra vez el aburrimiento solemne, solitario, el vacío de fecha, el vaciado de vida. La amarga inauguración de un nuevo año, cada vez más y más dentro de un futuro ajeno que a ninguno de los cubanos nos avisó.

2019. No hay remedio. Ya estamos aquí. No sabemos por qué o para qué, pero aquí estamos todos. Exhaustos, maravillados de no haber muerto el año pasado, temerosos de morirnos en el año que apenas comienza, otro año inercial y cada vez más y más cargado de memorias malas y misericordiosas, de recuerdos de ira y piedad, de visiones perdidas y pesadillas imperdibles.

Cubanos del corazón. Cuba del corazón. Expatriados todos, incluida la patria. No estoy triste. No estamos tristes. Estar es ya el mayor privilegio. Y estar lejos de la Cuba carcelaria debería ser todavía un privilegio mayor.

Pero. Pero. Pero. Siempre hay un “pero” que te ve, un perro que te muerde en las pantorrillas sin necesidad de ladrar, una bestia íntima e intimidante que se llama haber coincidido ahora y aquí, haber sido contemporáneos al menos por un ratico llamado nuestra biografía.

Se nos hizo largo el exilio, sin darnos cuenta. Después, nos daríamos cuenta de que no era tan largo el exilio nada, sino brevísimo, como la vida misma. Un fogonazo, una centella, un aletear de ave migratoria cuyo nombre coincide letra a letra y lágrima a lágrima con nuestro nombre original. Porque todos tuvimos un nombre original, aunque ya ninguno de nosotros se atreva a pronunciar ese mantra del materialismo histórico y dialéctico: Cuba, cubanos, Cuba, cubanas, Cuba, cubanidad, Cuba, cubanía.

Los primeros de enero tienen esta característica común: la palabra enmudecida por el horror de no saber lo que hemos vivido en comunión. Esas sílabas recicladas son peor que el silencio. De tan devaluada que está la palabra en tiempos de Revolución, de tan pervertidos a presión que están todos nuestros sentidos ya sin significado, de tan mentirosa que se ha hecho nuestra verdad (de tan mentirosa que nos la han hecho, de tan mentirosa que nos la hemos dejado hacer), ahora los cubanos vivimos en un silencio mucho más siniestro que el propio silencio: deshabitamos en el reino retórico de la palabra depauperada, sin peso, sin prestigio, sin consistencia, sin ese brillo natural del decir entre seres humanos, sin siquiera el honor de ser pronunciada de corazón entre seres mortales, y, para colmo, sin fecha de caducidad. Ser cubanos es ser parte de una inmortalidad infame.

Porque, sea nuevo año o sea la ausencia de la fecha que sea, lo que los cubanos hemos perdido de verdad no es la patria ni su carencia. Porque es demasiado tarde ya, y lo que los cubanos hemos extraviado de verdad es cualquier remota esperanza de restaurar la esperanza de vivir entre palabras que sean palabras de verdad.

Sé que me repito. Perdónenme. Debe ser la fecha que le falta puntualmente a esta fecha. Primero de enero, uno del uno, primero de qué primero. Esterilidad de los eneros. O será la resaca del alcohol foráneo anoche, en una ciudad intraducible llamada casi como yo: Saint Louis. Miserias de Missouri. Sé que debo dejar de repetirme. Y perdónenme si la única forma de hacerlo que conozco es callándome la boca para el carajo.

Cubanos, os he amado, al pie de la horca y al pie de la hora sin hora de todos estos primeros de enero, compartidos entre compatriotas que nos quedamos sin día de la semana y sin mes. Abiográficos de remate. Acubanos del corazón con que sobrevivimos a Cuba año tras año. El mismo órgano vital con que, año tras año, los cubanos sobremorimos a nuestra propia corazonada de que ya no estamos ni ahora ni aquí.

Cubansummatum est.