martes, 31 de diciembre de 2019

UBER CUBA DE 106 A 110

PUEDES LEER TODA MI SECCIÓN "UBER CUBA
EN ESTE ENLACE DE LA REVISTA HYPERMEDIA:


Uber Cuba 0107. Orlando Luis Pardo Lazo

Uber Cuba 0107

Por detrás del Buzz Westfall Justice Center, en el multimillonario distrito de Clayton que tanto me recuerda a mi adorado Washington D.C., exactamente en la esquina de las avenidas Carondelet y Bemiston, paró mi taxi José Daniel Ferrer en persona.

domingo, 29 de diciembre de 2019

SILVIO PARA PREMIO NACIONAL DE LITERATURA

PUEDES SUMAR TU FIRMA EN ESTE ENLACE:




El trovador Silvio Rodríguez para Premio Nacional de Literatura 2020 en Cuba.

Orlando Luis Pardo Lazo lanzó esta petición dirigida para Ministerio de Cultura en La Habana
El trovador cubano Silvio Rodríguez es un poeta en el sentido más amplio de la palabra dicha, cantada, oral, musical, séalo o no lo sea en el sentido reducido con que se trata al término "poeta" dentro de la élite escritural.
Los cubanos que amamos su poesía, a pesar del propio Silvio Rodríguez y de sus pleitesías ante el despotismo político insular, pedimos que sea considerado como candidato al Premio Nacional de Literatura en Cuba en el año 2020. 
Silvio Rodríguez es al Premio Nacional de Literatura en la Isla lo mismo que Bob Dylan es a nivel planetario respecto al Premio Nobel de Literatura.
Suma tu firma para que Silvio Rodríguez sea Premio Nacional de Literatura en Cuba.

Actualizaciones

Mantén entusiasmados a los firmantes de tu petición con actualizaciones sobre tu causa. Cada actualización que publiques será enviada en un correo independiente a los firmantes. Se pueden enviar hasta 3 actualizaciones por semana y no más de 1 cada 24 hrs.

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jueves, 12 de diciembre de 2019

CERO REMESAS, CERO RECARGAS, CERO REVOLUCION

HABANA HEMICRÁNEA

PUEDES LEER ESTE CUENTO EN INGLÉS (TRADUCCIÓN DE LAWRENCE SCHIMMEL) EN ESTE ENLACE DE LA REVISTA LITRO MAGAZINE DE LONDRES, UK:



HABANA HEMICRÁNEA
Orlando Luis Pardo Lazo
  
La luz me estaba matando. La luz y un sueño que todas las noches era el mismo sueño. Una especie de laberinto, donde corríamos como endemoniados por las calles del barrio, ciegos bajo un sol de muerte, gritando pinga y cojones, gritando libertad, gritando vivas y abajos a la Revolución cubana, con las balas de los policías reventándole el cráneo a mis amigos y novias. Con la realidad a ras de piel.
Pero yo siempre me salvaba. Y es tan horrible quedarse vivo uno solo. Sobrevivir es sobremorir.
Me despertaba muy triste. Con lágrimas. Con falta de aire. Sin poder tragar ni saliva. Y con un peso opresivo partiéndome las costillas del lado del corazón.
Eso es todo lo que me queda ahora de La Habana. Luz que mata, enceguecedora. Luz y un sueño sin sentido. Luz y malas palabras, mierdas palabras. Muerte mala, pasada por la batidora onírica de la barbarie. Gritos recurrentes, grosería de barrio. Y una rabia cubana que no se sabe si es consecuencia o causa de la Revolución.
En cualquier caso, una rabia residual. Como el eco de un big-bang que ya a nadie escandaliza.



Despertaba con la cabeza queriéndoseme rajar de dolor, partida en dos de dolor. Los sesos saliéndoseme solos por las orejas. Por ósmosis o gravedad, o por algún efecto cuántico del proletariado.
Y saltaba de la cama para abrir los ventanales decimonónicos de mi apartamento. Abrir una brecha. Y entonces la opresión se convertía en mar, en nubes, en pasarela de aviones. Veía el humo de las chimeneas, y veía otro año que se ensañaba con Cuba. Dos mil algo, dos mil nada. Contar los minutos, contra los minutos. El silencio de los suicidas. Hemicránea, dolor de media cabeza. La desesperación.
Sólo después, al rato, volvía por fin la paz. Volver a ser una puta exiliada en casa. Pijamas privados contra el despotismo social. Una loca de carroza que no pertenece a nadie ni a ningún sitio, pero que no puede de ninguna manera alejarse de su hogar. Ah, La Habana. La Habanada…
La brisa del malecón es un alivio contra los pensamientos y la peste. Allá abajo deben ser ya las diez y tanto de la mañana. Desde aquí arriba la patria parece de pronto un parqueo. Sin parquímetros, por supuesto, y sin paisanos. Todos en el socialismo somos soberanamente soldados. Paraparaíso militar.
Despertar cabeceando y descabezado. Demente, decrépito, delirante. Cerrar los ventanales de un ventanazo. No más mar, no más nubes, no más pasarela de aviones. No más humo de chimeneas, no más dos mil o años ceros. No más minutos. Sólo la hemicránea es criterio de la verdad. Sólo el silencio de los suicidas permanece medio inalterable, insistente y medio. Elocuente, ensordecedor, antes de que rompa a sonar el tam-tam de la tribu totalitaria allá afuera, según el mediodía cubano comienza a recoger las sombras bajo nuestros pies.
Es tan odioso un país sin sombras que.
La luz en Cuba es tan humillante que.
Se cuela entre las persianas y por debajo de las puertas. Invade los restos de tu privacidad. Y te priva de todo espacio interior. Luz sucia, soplona, segurosa, fotones compinches de la Seguridad del Estado. Por eso hay que ponerle trapos, trampas. Taparla. La luz en Cuba es como la Revolución. Inmanente, innecesaria. Hay que tapiarla.



A las doce en punto empezó la fiesta funeraria de vivir en un edificio con mil o mil quinientos vecinos en Centro Habana.
—Te mato, maricón —oí la voz de una mujer.
Corretaje, cristalería rota, chillidos de niño. Desmayos, infartos. Histeria local, locuaz.
—Te mato y no te pago: yo no soy tarrúa de nadie.
Eran los vecinos de los altos. O los vecinos de los bajos. O ambos. Matrimonios bastante bien llevados, pero con el calor del mediodía ya no se resistían más. Entonces se caían a galletas y palabrotas, rara vez machetazos o algo más grave. Casi nunca nadie salía herido. Y mucho menos se le ocurriría a nadie llamar a la policía. Eso, en este barrio constituiría alta traición. Y los aseres, moninas y consortes del barrio, aunque nunca habían leído a José Martí, sí se sabían de memoria aquel anatema adolescentario de “cómo se castigaba en la Antigüedad la apostasía”.
En efecto, como a los cinco o seis minutos todo se calmó. Pax cubensis.
—Te quiero, papi, te loviu con todo mi corazón —oí otra vez la voz de la mujer.
Aplausos, risas, reguetón y baladas a todo meter. Botellas descorchadas. Y esos chillidos de niño que en Cuba son una constante universal. Todo el mundo se preña y pare tan temprano aquí. Con hambre, pero singando y singando hasta que se hunda la Isla o se nos muera el feto póstumo de Fidel.
Terminada la matiné, cae lentamente el telón.
—Te amo, papi, quiero sacártela bien rico y que me eches toda esa lechita tuya en mi carota —después de la representación, la pornografía en los camerinos—. Y esa tipa, mira, mejor que se vaya para en casa del recontracoñísimo de su madre y que no se porte nunca más por aquí.



Sonó el teléfono. Eras tú. Tú y tu voz líquida, de aceroníquel. De liquen de diecisiete años. Preguntabas si yo ya estaba despierto. Preguntabas si podías pasar. Tú siempre preguntabas. Tu curiosidad era lo único excitante a lo largo y estrecho del territorio nacional.
—Pasa, por favor —te dije—. Ayer tuve una noche muy mala. Soñé que te habían matado. Te vi muerta, desangrándote. Te vi héroe en medio del horror. Me estoy volviendo muy loco, creo. Creo que tengo que ir a un buen hospital.



Tocaron a la puerta. Fui a abrir. Eras tú. Tú y tu pelo de lluvia negra, de asfalto. De champú de azabache. Tan sudada. Hacía un sopor insoportable. Preguntaste si ya me sentía un poco mejor. Preguntaste si podías pasar. Preguntaste si yo me preguntaba por qué tú siempre todo lo preguntabas.
—Por favor, pasa —te dije—. Tuve una noche muy mala ayer. Soñé que te habían matado. Te vi desangrándote, muerta. Te vi con horror en medio de los héroes. Tengo que ir a un buen hospital, creo. Creo que me estoy volviendo muy loco.



Pero, por supuesto, no fuimos a ninguna parte. No hay hospitales verosímiles en Cuba, ni buenos ni malos. Salir de mi apartamento era demasiado para mis fuerzas. Y, contigo allí, era imposible.
Estabas preciosa. Fuiste hasta la cocina y me preparaste uno de esos tés que tú siempre me traes. Este era rojo. Importado de China, me aseguraste. Tu silueta recortada contra el vapor de agua era magnífica. Parecías tú misma de gas. Tú, de té. Te lo dije. Ni me hiciste caso.
Olía mucho a gas por toda la casa, porque las hornillas tenían salideros. Ese gas propano era el olor de mi infancia. De la infancia de todos los cubanos. Ese olor a gas nos falta, vayamos a donde vayamos para nunca más regresar. El propano perdido en La Habana es el paraíso que hemos perdido en todo el planeta.
Comenzaste a toser. Me di cuenta que tosías como si sólo tuvieras diecisiete años. Nunca antes yo había reparado en tu edad. Eras una niña, increíble. Pero más increíble era que siendo niña me amaras. Yo te veía tan mujer. Tan libre. Tan de vuelta de todo. Tan resentida de nuestra inhóspita Habana. Tan decidida a escapar de Cuba conmigo a la primera oportunidad. Tan tú. Tan té.



Te sentaste sobre mí. Te tanteé. Te arqueaste. Dijiste ay, muy bajito. Como se quejan las niñas, con educación. Con recato. A rebato.
Tuve que leerte los labios para entender tu lamento. Era un ay sin duda. Un ay amable, sin ansiedad. Una interjección más que intensa, íntima. Un ay de estar en casa. De no querer irte sin mí. De irnos y venirnos y volvernos a ir.
Sentada sobre mi asta. Que palabra tan atroz. En lugar de decir como mis vecinos: sentada sobre mi pinga y olé. Arqueándote, iluminada. Los ojos en blanco con naturalidad. La mirada ida, muy honda dentro de mis ojos. Yo sintiéndome estúpidamente feliz de que tú fueras tú.
Amé el desastre de mi apartamento heredado, con su olor a gases de infancia. Flor de peo. Hongos de humedades. Con la bulla de los vecinos, sus broncas y reconciliaciones baratas. Con Cuba todavía con Castro, o con el cadáver caminante de un Castro todavía con Cuba allá afuera. Con La Habana de la que huíamos también al otro lado de la pared, ciudad enceguecida como la luz humillante que nos imponía entre las persianas y puertas, espiando los restos de nuestro placer.
Amé que estuviéramos ahora y aquí, los dos sin edad. Tú, mi única mujer, después de una vida con mujeres simulacros al por mayor. Yo, tu primer hombre, antes de una vida de hombres. Nosotros, habitantes del futuro. Sin memoria. Deshabitantes de una Habana ya sin trazas de la hemicránea. Gracias, mi amor. Me curaste. Hasta el dolor se diluye en el deleite de mis delirios gracias a ti.



No te tapaste después de venirte, como otras veces. Te tendiste encima de mí, como nunca. Me dijiste:
—Orlando Luis, me voy.
Entendí. Entendiste que yo entendí. Entendimos.
“Orlando Luis, me voy” quiere decir en cubano “Orlando Luis, me voy del país”. Significa que no podías darte el lujo de esperar por mis eternas indecisiones. Significa que te ha caído una oportunidad que no puedes compartir ni desperdiciar. Mucho menos conmigo.
Más claro, ni el agua: “Orlando Luis, me voy del país” quiere decir en cubano “Orlando Luis, no te veo más”. Pero “Orlando Luis, no te veo más” no tiene traducción entendible en cubano, por lo que la frase más común que pronunciamos en Cuba es la que tú elegiste: “Orlando Luis, me voy”.
Y así todos los interlocutores entienden perfectamente de que se trata sin necesidad de ponerlo en voz alta. Tú, yo, nosotros. Pronunciarlo es lo peor.



Me gustaba desnudarme de noche en la ciudad.
Iba hasta el castillo del Morro, al borde de los fosos de fusilamiento. Iba a los doceplantas decrépitos de Alamar, bajo los flamboyanes y el apagón eléctrico. Iba hasta la estatua de un Lennon exhausto en un parquecito del Vedado. Iba a la desembocadura del río Almendares. Y después al puente sobre el río Almendares, donde la calle 23 se convierte sin darse cuenta en la calle 41.
Iba cada noche a una esquina más o menos pública o recóndita de La Habana. Esperaba un instante algo más desolado en medio de la desolación general. Y me quitaba entonces toda la ropa de un tirón. Sin pensarlo de nuevo. Tampoco era necesario. Ya lo había pensado antes, tal vez demasiado.
Respiraba. Los ojos desorbitados. Encuero. La piel erizada por la excitación, el miedo, o ese frío nórdico que, cuando estás vivo, te cala hasta los huesos en las madrugadas de La Habana. Y yo estaba de pronto muy vivo. Mucho, tal vez demasiado.
Y entonces pegaba un alarido de loco. Una cosa que no era humana. Ni animal. Ni tenía vocales. Una especie de qwndtpfgwbklljchhh.
Sólo después, la paz. Volver a vestirme, como una puta apurada que regresa a casa. Penéloca de la barbarie que no pertenece a nadie ni a ningún sitio, pero que no puede de ninguna manera alejarse de su hogar hemicránea, Hemicardio, hemihabana.



La vez que me paró la policía por poco me disparan balas de verdad, hechas no de sueños sino de una pesadilla de plomo. Me pusieron como tres pistolas al mismo tiempo en la cabeza. Las rastrillaron como treinta veces. No sé por qué me querían vaciar los sesos, astillarme hasta el último huesito del cráneo, desangrarme en plena vía pública sin siquiera permitirme taparme.
Me arrastraron hasta un poste del tendido eléctrico. Aún encuero. Querían ver bien quién yo era. Nunca lo pudieron averiguar. Era demasiado obvio que yo era Orlando Luis.
Me viraron. La farola del poste se me metió con furia en la cara. También piñazos, palabrotas, escupitajos. La luz y la policía cubana me estaban matando, pero lo más agónico era que nunca me terminarían de matar. ¿Dónde parar? ¿Dónde poner un punto y aparte?



Olvidar es una cuestión estrictamente política.
Siempre será niño quien tuvo infancia.
El castrismo en Cuba es anterior y posterior al paréntesis de los Castro.
La luz provoca cáncer.
La sed es la esencia del socialismo.
Ser cubanos es no tener contemporáneos.
La vida tampoco está en esta parte.
Te extraño.



Vendí el apartamento. Compré clandestinamente una balsa. Quería irme de Cuba, Orlando Luis. Pero no tenía en Cuba a nadie a quien se lo pudiera decir. De ahí este diálogo de sordos hecho de patadas, más que palabras.
Quise parar a cualquiera en la calle para decírselo. Me voy, me voy, me voy. Hacía un invierno vil, de treinta y tantos grados centígrados por las tardes. Eran los alrededores del cine Yara. Y ni la brisa de La Rampa, ni el halo de aire acondicionado del hotel Habana Libre, aliviaban la sensación térmica de opresión.
El totalitarismo es eso: un complot absoluto donde hasta el clima es cautivo.
La vi. Se me abalanzó, casi sin darse cuenta. Al parecer, era universitaria. Bajaba por la colina de la calle L y le hablé por azar, acaso para esquivarla. Le dije que me iba, me iba, me iba, y que no tenía a nadie en Cuba a quien se lo pudiera decir, mientras cruzábamos bajo el semáforo más concurrido de La Habana y América.
Pelo de lluvia negra, de asfalto. Champú de azabache, sudado. Tosió, y me di cuenta que tosía como una niña. Increíble. Pero más increíble era que siendo una niña fuese también universitaria.
Me respondió, justo antes de diluirse en el rebaño humano que desembarcaba en la acera de la heladería Coppelia. Su voz resonó líquida, de aceroníquel. De liquen para siempre virgen a sus quién sabe si diecisiete años. Toda simetría es un síntoma sin enfermedad.
—Verdad que en la calle hay una pila de locos —me dijo, con esa sabiduría instantánea de cuando el pueblo cubano era el pueblo cubano, y no una masa amorfa estofada por un sol sostenido mayor.



No se trata de despertarte con la cabeza queriéndosete rajar de dolor, partida en dos de dolor. Los sesos saliéndosete solos por las orejas. Por amnesia o capilaridad o algún defecto óptico de los paraísos perdidos y encontrados. Se trata de que lo más agónico es no contar ni con medio silencio donde terminar del todo de despertar.
Me despertaba más bien alegre. Con lágrimas luminosas, las órbitas de los ojos desorbitadas. Con exceso de aire, hiperventilación. Eructando espumas. Y con una ingravidez liberadora igual partiéndome las costillas del lado del corazón. Pero no saltaba de la cama hasta los ventanales decimonónicos de mi apartamento. No hacía falta. La cama es brecha y es balsa más que suficiente.



La política es una cuestión de olvido selectivo.
Sólo quien nace huérfano es adulto.
Cuba es un paréntesis de los cubanos.
Toda metástasis es iluminación.
La esencia del socialismo es ser insaciable.
El castrismo es un exquisito estado de atemporalidad.
La vida estaba por todas partes.
Te extraño.


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https://www.litro.co.uk/2016/07/litro-154-cuba-havana-hemicrania/


Translated from the Spanish by Lawrence Schimel

The light was killing me. The light and a dream that was the same dream every night. A sort of labyrinth, where we ran like mad through the streets of the neighborhood, blind beneath a murderous sun, shouting pinga and cojones, shouting libertad, shouting viva and Down with the Cuban Revolution! while police bullets shattered the skulls of my friends and girlfriends. Reality cutting to the bone.

But I always saved myself. And it is so terrible to remain alive all alone. Outliving is outdying.

I woke full of sadness. With tears, without breath. Unable to even swallow. With a heavy weight breaking my ribs on the side where the heart lies.

That’s all that I have left now of Havana. Light that kills, blindingly. Light and a meaningless dream. Light and lousy words, shitty words. Evil deaths, passed through the dreamlike blender of savagery. Intermittent shouting, neighborhood vulgarity. And a Cuban rage that (one can’t be certain) is either a consequence or a cause of the Revolution.

In any event, a residual rage. Like the echo of a big-bang which now no longer scandalizes anyone.

I woke with my head wanting to crack from the pain, to split in two from the pain. My brains sliding out of my ears on their own. Through osmosis or gravity, or through some quantum effect of the proletariat.

And I leapt from my bed to open the nineteenth-century windows of my apartment. To open a breach. And then the oppression became sea, became clouds, became parades of planes. I saw the smoke from the chimneys, and I saw another year acting brutally toward Cuba. Two thousand something, two thousand nothing. Counting the minutes, can’t-ing the minutes. The silence of suicides. Hemicrania, a migraine of half the skull. Desperation.

Only later, after a while, did peace return at last. A damned exile at home once again. Wearing my own pajamas against social despotism. A floozy who doesn’t belong to anyone or any place, but who can’t ever manage to get far from home. Oh, Havana. My Hava-not…

The breeze from the Malecón is a relief against my thoughts and the plague. There down below it must already be ten something in the morning. From up here the fatherland suddenly looks like a parking lot. One without parking meters, of course, or civilians. In Socialism we are all sovereignly soldiers. Military Paraparadise.

To wake with a jerk of one’s head, headless. Demented, decrepit, delirious. Slam shut the shutters. No more sea, no more clouds, no more parade of planes. No more smoke from the chimneys, no more two thousand something or zero years. No more minutes. Only the migraine is criteria of truth. Only the silence of suicides remains half-inalterable, half past insistence. Eloquent, deafening, until the tam-tam of the totalitarian tribe out there starts to sound again, as the Cuban midday begins to gather up the shadows beneath our feet.

A country without shadows is so loathsome that.

The light in Cuba is so humiliating that.

It slithers in between the window blinds and beneath the doors. It invades the remains of your privacy. It deprives you of any inner space. Dirty light, exposing, vigilant, photons that are accomplices of State Security. That’s why it’s necessary to set out rags, traps. To halt it. The light in Cuba is like the Revolution: immanent, unnecessary. It must be walled in.

At noon on the dot the funereal party of living in a building with a thousand or fifteen hundred neighbors in the Center of Havana began.

“I’ll kill you, marícón,” a woman’s shout.

Running feet, broken glass, children yelling. People fainting, having heart attacks. Loquacious local hysteria.

“I’ll kill you and I won’t pay you: I’m no cuckold of anyone.”

They were the upstairs neighbors. Or the downstairs ones. Or both. Marriages that held together fairly well, but could no longer hold up under the heat of midday. Then they fell to slaps and curses, only rarely a blow with a machete or something more serious. Almost never was anyone wounded. And even less did anyone think to call the police. That, in this neighborhood, would be considered the highest treason. And although they’d never read José Martí, the neighborhood’s cliques, clans, and cabals certainly knew “the ancient penalty for apostasy” was execution.

And sure enough, some five or six minutes later, everything calmed down. Pax cubensis.

“Te quiero, Papi,” I heard the woman’s voice again. “I loviu with all my heart.”

Applause, laughter, reggaeton and ballads at full volume. Bottles uncorked. And that squealing of children that in Cuba is a universal constant. Everyone gets pregnant and gives birth so early here. We’re starving, but screwing and screwing until the island sinks under our collective weight or Fidel’s posthumous fetus dies on us.

Once the matinee is finished, the curtain slowly comes down.

“Te amo, Papi, I want to make you feel so good and for you to squirt that warm milk of yours on my face,” after the show, porno in the dressing rooms. “And as for that girl, well, it would be better if she went back to her motherfuckin’ mama’s house and never showed her face around here again.”

The phone rang. It was you. You and your voice, like liquid, like stainless steel. Like seventeen-year old lichen. You asked if I was awake. You asked if you could stop by. You always asked. Your curiosity was the sole stimulant in the whole length and breadth of the country.

“Please do,” I told you. “I had a bad night yesterday. I dreamed you had been killed. I saw you dead, bleeding to death. I saw you as a hero in the middle of the horror. I think I’m going crazy. I think I need to go to a good hospital.”

There was a knock at the door. I went to open it. It was you. You and your hair like black rain, like asphalt. Like jet-black shampoo. You were so sweaty. There was an unbearable lethargy hanging over everything. You asked if I felt a bit better. You asked if you could come in. You asked if I wondered why you always asked about everything.

“Please do,” I told you. “I had a bad night yesterday. I dreamed that you had been killed. I saw you bleeding to death, dead. I saw you horrified in the middle of the heroes. I need to go to a good hospital, I think. I think I’m going very crazy.”

But, of course, we didn’t go anywhere. There are no real hospitals in Cuba, neither good ones nor bad. Leaving my apartment was beyond my strength. And with you there, it was impossible.

You were lovely. You went to the kitchen and prepared for me one of those herbal infusions you always bring me. This was a red tea, imported from China you assured me. Your silhouette outlined against the rising steam was magnificent. You seemed ethereal yourself. You, your tea. I told you so. You didn’t pay me any attention.

The whole house smelled of gas, because the stove leaked. That propane gas was the smell of my childhood. Of the childhood of all Cubans. We miss that smell of gas, wherever in the world we go to never again return. That propane lost in Havana is the Paradise we’ve lost across the planet.

You started to cough. I realized that you coughed as if you were only seventeen years old. I had never before been aware of your age. You were a child, incredible. But even more incredible was that, being a child, you might love me. I saw you as such a woman. So free. So returning after everything. Suffering so from our inhospitable Havana. So determined to escape from Cuba with me at the first chance. So yourself. So tea.

You straddled me. I groped you. You arched. You said ay, very softly. Like how little girls complain, politely. Demurely. Unsurely.

I had to read your lips to understand your cry. It was an ay without question. A friendly ay, relaxed. An interjection, intimate rather than intense. An ay of feeling at home. Of not wanting to leave without me. Of leaving together and coming and leaving again.

Seated upon my flagpole. What a horrible word. Instead of saying like my neighbors do: seated on my cock and that’s that. Arching back, luminous. Your eyes rolled back until only the whites showed. Your gaze gone, so deep within my eyes. And I feeling stupidly happy that you were you.

I loved the disaster of my inherited apartment, with its scent of childhood gases. Hellflower. Molds from the damp. With the racket of the neighbors, their fights and cheap reconciliations. Cuba still with Castro, or with the walking cadaver of a Castro still with Cuba out there. With the Havana from which we also fled on the other side of the wall, a city blinded like the humiliating light that forced its way around the blinds and the doors, spying on the remains of our pleasure.

I loved that we were now and here, both of us ageless. You, my only woman, after a life with wholesale simulacra of women. I, your first man, before a lifeful of men. We, inhabitants of the future. Memoryless. Disinhabitants of a Havana now without any traces of migraine. Gracias, mi amor. You cured me. Even pain was diluted in the delight of my deliriums thanks to you.

You didn’t cover yourself after you came, like on other times. You stretched against me, as you’d never done. You told me, “Orlando Luis, I’m leaving.”

I understood. You understood that I understood. We understood.

“Orlando Luis, I’m leaving” meant in Cuban “Orlando Luis, I’m leaving the country.” It meant that you didn’t have the luxury of waiting for me and my eternal indecisions. It meant that a chance had fallen before you that you couldn’t share nor waste. And especially not with me.

Even clearer than water: “Orlando Luis, I’m leaving the country” meant in Cuban: “Orlando Luis, I won’t see you again.” But “Orlando Luis, I won’t see you again” has no intelligible translation in Cuban, so the sentence we utter in Cuba is the one you had chosen: “Orlando Luis, I’m leaving.”

And thus everyone understands perfectly what is meant without needing to say it aloud. You, I, us. Speaking it is worse.

I liked to undress myself at night in the city.

I went out to Morro Castle, to the edge of the pits where the firing squads shoot so many. I went to the Alamar’s decrepit buildings, beneath the flame trees and the electric blackout. I went to the statue of a tired Lennon in a little park of El Vedado. I went out to the mouth of the Almendares River. And then to the bridge over the Almendares River, where 23rd street became 41st street without realizing it.

I went every night to a corner of Havana that was more or less public or hidden. I waited for a moment that was a little more desolate in the middle of the general desolation. And then I took off all my clothes. Without thinking twice about it. That wasn’t necessary. I had already thought about it before, perhaps too much.

I breathed. My eyes wild. Buck naked. My skin goosepimpled with excitement, fear, or that Nordic cold that, when you’re alive, pierces you to the bone in the late hours of the night in Havana. And I was suddenly very alive. Very, perhaps too much.
And then I started to shout like a madman. Something that wasn’t human. Nor animal. It had no vowels. A sort of qwndtpfgwbklljchhh.

Only afterwards, peace. Getting dressed again, like a whore hurrying home. Penéloca, crazy cock Penelope of the barbarism belonging to no one and no place, but who can’t manage to get far from their hemicranial, hemicardiac, hemiHavana home.

The time the police stopped me I almost got shot with real bullets, made not from dreams but from a leaden nightmare. They pressed three pistols against my head at the same time. They cocked them some thirty times. I don’t know why they wanted to spill my brains, to shatter the very last bone in my skull, leave me bleeding dry in the middle of the street without even letting me cover myself.

They dragged me to an electricity pole. Still naked. They wanted to see properly who I was. They couldn’t ever verify anything. It was too obvious that I was Orlando Luis.

They spun me around. The lightpost struck my face with fury. As did fists, curses, spittle. The Cuban light and the Cuban police were killing me, but the most agonizing thing was that they never finished killing me. Where to stop? Where to place a period and start a new paragraph?

To forget is a strictly political question.
Whoever had a childhood will always be a child.
Castroism in Cuba is before and after the parenthesis of the Castros.
Light causes cancer.
Thirst is the essence of socialism.
Being Cuban means having no contemporaries.
True Life is not elsewhere either.
I miss you.

I sold the apartment. Clandestinely, I bought a raft. I wanted to leave Cuba, Orlando Luis. But I had no one in Cuba who I could say it to. Hence this dialogue among the deaf held in kicks more than words.

I wanted to stop anyone in the street in order to tell them. I’m leaving, I’m leaving, I’m leaving. It was a vile winter, in the thirties Celsius each afternoon. I was in the area around the Yara Cinema. And not even the breeze from La Rampa, nor the halo of air conditioning from the Habana Libre hotel could alleviate the thermal sensation of oppression.

That’s what totalitarianism is: a consummate conspiracy where even the climate is captive.

I saw her. I threw myself at her, almost without realizing. It seemed she was a university student. She was coming down the hill of L street and I told her by chance, perhaps to avoid her. I told her that I was leaving, that I was leaving, that I was leaving, and that I had no one in Cuba who I could say it to, as we crossed beneath the busiest stoplight of Havana and the Americas.

She had black hair, like asphalt. Jet-black shampoo, sweaty. She coughed, and I realized she coughed like a little girl. Incredible. But more incredible was that being a little girl she was also a university student.

She answered me, right before dissolving into the human herd that disembarked onto the sidewalk in front of the Coppelia ice cream shop. Her voice sounded liquid, like stainless steel. Like lichen forever virgin at her seventeen or who knew how few years. All symmetry is a symptom without sickness.

“The street is truly filled with a bunch of madmen,” she told me, with that instantaneous wisdom of when the Cuban people were the Cuban people, and not an amorphous mass stewed by a greater sustained sun.

It is not a matter of waking up with your head wanting to crack from the pain, to split in two from the pain. Your brains oozing out your ears on their own. From amnesia or capillarity or some optical defect of Paradises lost and found. Instead it’s that the most agonizing is not having even a half-silence in which to finish up waking up completely.

I woke up more or less happy. With luminous tears, my eyeballs popeyed. With too much air, hyperventillation. Burping up foam. And with a liberating weightlessness likewise pushing apart my ribs on the side where my heart lay. But I didn’t leap up from my bed to the nineteenth century shutters of my apartment. It wasn’t necessary. The bed is a breach and it is more than raft enough.

Politics is a question of selective forgetting.
Only he who is born an orphan is an adult.
Cuba is a parenthesis of the Cubans.
All metastasis is illumination.
The essence of socialism is to be insatiable.
Castroism is an exquisite state of timelessness.
True life was everywhere too.
I miss you.


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