jueves, 21 de febrero de 2019

Nuestra Cuba WhatsApp

La Cuba WhatsApp del corazón con que vivo
Orlando Luis Pardo Lazo


Érase una vez una compañía de softwares salida de ninguna parte. Es decir, salida de donde salen las compañías de softwares cuando no son chinas ni rusas ni de la UCI habanera. Léase, salida de California: ese país precioso que colinda con el Océano Pacífico, México, y los Estados Unidos de América.

La compañía se llamaba WhatsApp, Inc., y, acaso como homenaje al aniversario 50 de la Revolución Cubana, sus fundadores (dos disidentes de Yahoo) lanzaron en enero de 2009 una aplicación llamada predeciblemente WhatsApp. Algo así como QuévolApp, si fuéramos a ponernos creativos (o, peor, pujones) a la hora de traducir su pegajoso nombre al español.

WhatsApp, como todos los cubanos del mundo saben, se convirtió enseguida en una especie de patria-entera-embravecida-ruge-el-coraje-de-su-pecho-herido. Es decir,WhatsApp devino en una islita virtual a la mano, tan íntima e intimidante como la original. WhatsApp, con sus mensajitos instantáneos de texto, audio y video, sustituyó como pudo a la falta de una casa cubana, siendo una suerte de hogar imaginario de bolsillo, una familia falsa a donde retornar cada madrugada, cuando el exilio nos exprime las ganas de seguir dando tumbos a ciegas por el planeta.

Nosotros, los sobrevivientes: tan libres, pero tan lejos de Cuba. Nosotros, los sobremurientes: tan idénticos, pero tan irreconocibles ante los cubanos que dejamos atrás (que se quedaron atrás). Nosotros, los rompecorazones de corazón hecho trizas por aquel amor de adolescencia que íbamos a amar para toda la vida en la Isla, y que a la postre no fue más que espuma. Y, a ratos, espanto. Pero siempre esperanza, más que esterilidad. Porque no hay nada más conmovedor que dos cubanos que se quisieron en Cuba, escapados de la catalina cotidiana de la ideología y la indolencia, gracias a ese terremoto totalitario llamado el amor.

Y perdónenme el chovinismo al respecto, pero, con cada nuevo cuerpo en una cama cosmopolita, estoy más y más convencido de que para los cubanos el amor no es posible con personas de otra nacionalidad. De hecho, nos resulta insultantemente inconcebible la existencia misma de cualquier otra nacionalidad.

En efecto, ¿amar a alguien que no haya crecido con la cantaleta en blanco y negro de la televisión estatal? ¡Por favor! ¿Amar a alguien que no pueda recordar al menos un centenar de chistes de Pepito con Fidel y los presidentes soviéticos y norteamericanos? ¡¡Por favor!! ¿Amar sin poder pronunciar, paladeándolo sin miedo a los ojos, toda la violenta belleza de nuestro arrebatado argot entre cuerpo y cuerpo? ¡¡¡Por favor!!! Así de cubanocéntrica es nuestra alma. WhatsApp Warning: extranjeros de todos los países, huíos…

A pesar de que en 2014 el monopolio tipo socialista de Facebook devoró a WhatsApppor unos 20 mil millones de dólares (y Facebook, ya lo sabemos, es la madre de todas las censuras, en el sacrosanto nombre de la corrección política y olé), esta aplicación continuó haciéndose popular entre los cubanos sin Cuba. La usábamos para estar más cerquita entre nosotros, en la mutua y mutilante distancia. Mutantes por el mundo ancho y ajeno, con el WhatsApp instalado en nuestros móviles regresábamos un poco a nuestros respectivos barrios, al adorable atraso, al polvo prístino y primordial, a la barbarie analógica de nuestras inimitables infancias.

Pasó el tiempo y pasó un cable de fibra óptica bajo el mar. Y entonces poco a poco la internet fue llegando al Batey Cubay, con casi un milenio de retraso, por obra y gracia de Etecsa o del Estado o de ambas entidades (si es que son “ambas”, en lugar de “ambias”). Y entonces Cuba sí que comenzó a reaparecer de verdad. Aquel paisaje perdido e imperdible volvió a materializarse en la pantallita del iPhone o del Samsung, a ritmo lentissimo como la democracia, pixelado hasta las lágrimas, en uno y otro encuentro cercano de WhatsApp especie.

Gracias a esta aplicación y al wi-fi colectivizado de la Isla, volvimos a ver a nuestras viejas vidas, envejecidas del todo pero no del todo envilecidas. Todavía. Allí estaban aún nuestros vecinos de toda la vida. Nuestras aceras levantadas por las raíces irreductibles de nuestros árboles. Nuestros jardines comidos por la mala hierba (las brujitas se aburrieron de esperarnos, las rosas se quedaron sin crédito). Allí persistían los fósiles de nuestras mascotas muertas, que se quedaron sin la debida despedida de duelo de sus amos emigrantes. Allí, los parques vandalizados a pesar de las cámaras de Seguridad (la vigilancia es lo último que se pierde). Y allí, por supuesto, nuestras queridas calles sin señalización y nuestro bache particular de la esquina, específico, concreto, memorable como un diente de leche roto durante un pitén: un bache mucho más fiel que ningún amante. Bendito sea tu nombre, WhatsApp.

WhatsApp, en definitiva, nos restauró la memoria mordida por la amnesia y el dolor de una diáspora irreversible, aunque ningún cubano se atreva a confesárselo a nadie. Porque nadie va a regresar, sépanlo bien. No vamos a volver, ni volviendo. No vamos a retornar a la patria. Nadie va a retomarla después de tanto buche amargo y tantos patricios intragables.

En las últimas semanas he estado pensando incluso en desinstalar mi WhatsApp. Mi móvil es tan público como mis redes sociales. De manera que ahora me invaden primos y primos segundos, muchos de los cuales no tenía ni la más remota idea de que habían nacido en Cuba. Estamos habitando ya en el pasado perverso del cielo, en el paraíso pluscuamperfecto de la Revolución, en las últimas estafas de la Utopía. Ahora, entre la legión de familiares y colegas y amigos que reforestan mi móvil, como si no fuera suficiente con la soledad terminal del siglo XXI, el exilio se nos va haciendo extremadamente excruciante. Una tortura en 3-D y 4G. Para colmo, en tiempo real.

Maldito sea tu nombre, WhatsApp.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me encanta ����