martes, 23 de julio de 2019


The Cuban Academic, A Desaparecido
Orlando Luis Pardo Lazo

I've seen them everywhere, from one end to the other end of the U.S., to begin with. I can count them by dozens, certainly by hundreds. They are the best essayists and writers ever in Cuban literature, a myriad of brilliant and provocative minds that earn their succulent salaries in either private or state universities. I’ve seen them, here, there, and anywhere but where they really belong in body and soul, which is in our Cuba so badly decubanized by the so-called Revolution.

I can only feel sorry about them, even though they all look like big winners. I cannot, of course, feel even a bit proud about their personal triumph against totalitarianism on the Island and abroad. And I cannot because those men and women, those professional professors of every age and ideology conceivable (not only in the U.S., by the way), are the same intellectuals that could by now be already teaching their provocative ideas and insightful innovations in a free Cuba. Without communism, without Revolution, without intolerant Left, without the caste of uncountable Castros. And, therefore, they should all be already sowing in our homeland the needed notions of the freest Cuba imaginable for the near future: a country where there should exist no tyranny any more, with all its ridiculous repression that belongs but to our nation’s primitive past, while, unfortunately, in practice our national sovereignty has being sequestered by the military regime until today.

Many of these tremendous thinkers have invited me to give lectures in their respective universities. They have been so generous as to open the doors of their select classrooms and let me talk at will to their students. I have tried not to disappoint anyone of them, trying to shine without being too scandalous, just illuminating the students with the dictum that every single dictatorship is deplorable: including Fidel’s, for it eroded a culture as copious as the Cuban one, replacing it with the perishable pamphlet of the provincial hatred among proletarians, as required by malefic Marxism and malicious Marxists worldwide.

I love all these colleagues who have become ghosts out of their own success. The Cuba we lost forever in Cuba deserves such a kind of nonreciprocal love. But my love cannot overcome the somber sadness of knowing that they all have no choice but to teach Spanish I, or History of Literature II, or Post-Colonial Latin Americanism III (namely, B.S.+), when each and every one of them is an exclusive living treasure of the Cuban literary planet.

I wonder if their non-Cuban students will ever understand the magnitude of the Cubancentric debacle who teaches them by the blackboard or next to the digital projector in front of their innocent ignorance. I wonder if they will value in human terms the secret pain of these Cuban geniuses who enact their best citizen smile day after day, complicit class after class. Men and women who are held hostages by the Cuban despotic passport, and whose most precious and passionate knowledge cannot be taught to anyone in the world, without risking be expatriated from Cuba for life. In fact, they are expatriated from Cuba for life, since we Cubans outside Cuba have been left with a house to stay instead of home to return: we are all in no man’s land, without interesting interlocutors and technically without credible contemporaries.

I confess that I have to make a heroic effort to say goodbye to their corresponding classes without starting to cry. I feel that I am also abandoning them to their fatal fate of diasporic subjects with no important identity any longer. It’s traumatically terrible that we cannot do better for one another, so we just share a more or less amateur handshake, wishing us the best luck remaining out there in our long and wandering roads to nowhere, each knowing perfectly well that there is little to no hope left for us either inserted or expelled by the Left.

If we place a white dot in each university where a Cuban academic survives, the whole Earth would look like a glamorous glacier: a disgrace. It’s the ice of infamy, it’s the S.O.B. snow of a socialist system that cauterized our Cuban condition with its logic of flight or flight: a reactionary rationale that, soon to be reached the first quarter of the 21st century, has saved not a single one of our supposed survivors.

We fucking left. We let the decadent Castrocracy force us to fucking leave. We chose to quit Cuba and now nobody will ever heal the anthropological damage we insidiously inflicted to our own nation. We are the best protagonists of a cultural genocide called Castroism. We don’t deserve the right to apologize to the free Cubans who will come after us, because thanks to our behavior there is not guarantee now that such free Cubans will ever come.


El académico cubano desaparecido  LinkedIn logo

Los he visto por todas partes, de una punta a otra de EEUU, por ejemplo. Los puedo contar por decenas, seguramente varios cientos. Son los grandes ensayistas y escritores de la literatura cubana, esa miríada de mentes brillantes y provocadoras que se ganan su decente salario en una u otra universidad privada o estatal. En cualquier parte menos allí donde pertenecen en cuerpo y alma, en nuestra Cuba descubanizada.
No puedo sino sentir pena, a pesar de que son todos unos triunfadores. No puedo, por supuesto, sentir ni una pizca de orgullo. Porque esos hombres y mujeres, esos profesores y creadores de todas las edades e ideologías imaginables (no solo en EEUU, por cierto), son los mismos que ya pudieran estar enseñando sus ideas e innovaciones en una Cuba libre, sin comunismo ni Revolución ni izquierda intolerante ni Castros, sedimentando así las ideas para una Cuba todavía más libre en un mañana imaginario: un país donde nunca más debería de retoñar el totalitarismo, que hace mucho debiera ser una cosa criminal del pasado de nuestra nación, cuya autonomía por desgracia aún continúa secuestrada por el régimen militar.
Muchos de esos magníficos pensadores me han invitado a dar charlas en sus universidades. También han sido tan generosos conmigo como para abrirme las puertas de sus aulas y dejarme conferenciar a mis anchas ante sus estudiantes. Yo he tratado de no defraudarlos. He intentado brillar sin demasiadas provocaciones, iluminando al alumnado con la noción de que toda tiranía es oprobio, sobre todo la que borró una cultura tan copiosa como la cubana, sustituyéndola por el palimpsesto perecedero del panfleto provinciano y el odio entre los seres humanos.
A todos estos colegas desaparecidos en su propio éxito los quiero de corazón. La Cuba que perdimos irreparablemente se merece nuestro mutuo amor. Pero no puedo evitar la demasiada tristeza de saber que no tienen más remedio que dedicarse a dar clases de Español, o de Historia de la literatura, o de Latinoamericanismo poscolonial (ese bodrio), cuando todos y cada uno de ellos son un tesoro vivo de erudición literaria cubana y eminentemente cubana.
Me pregunto si sus alumnos extranjeros alguna vez entenderán la magnitud de la debacle que tienen delante. Me pregunto si valorarán el dolor de este o aquel genio cubano que despliega a diario para ellos su mejor sonrisa cívica, clase vacía tras clase vaciada. Hombres y mujeres rehenes del pasaporte despótico cubano, cuyos conocimientos más preciados y apasionados no pueden enseñárselo a nadie. Porque los cubanos nos hemos quedamos sin cátedra y sin casa: en tierra de nadie, sin interlocutores y de hecho casi sin contemporáneos.
Confieso que tengo que hacer un esfuerzo para despedirme de sus respectivas clases y no llorar. Siento que yo también los abandono a su suerte de sujetos diaspóricos a punto de perder su identidad. Siento que no podemos hacer nada los unos por los otros, excepto darnos un abrazo más o menos amateur, tras desearnos la mejor suerte del mundo en nuestro perverso peregrinar por el mundo, y despedirnos hasta la próxima sabiendo que para los cubanos no hay ninguna otra oportunidad.
Si pusiéramos un punto blanco en cada academia donde sobremuere en vida un académico cubano de primer nivel, el planeta luciría completamente congelado. Nieve de ausencia, hielo de ese horror histórico que nos inhumó al exiliarnos en un sálvese quien pueda donde, a punto ya del primer cuarto del siglo XXI, ni uno solo de esos supuestos salvados encontró ninguna salvación.
Nos fuimos. Nos fueron. No estamos y nadie podrá nunca ocupar el hueco humano que le hicimos a la nación cubana. Somos, también, los protagonistas de un daño antropológico que es parte del genocidio cultural del castrismo. No nos asiste ni el derecho de pedirle perdón a los cubanos libres que vendrán, porque precisamente por nuestra culpa no hay ni la más mínima garantía de que vendrán.

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