sábado, 16 de noviembre de 2019

BIOGRAFÍA DE UNA TRAICIÓN

BIOGRAFÍA DE UNA TRAICIÓN

Orlando Luis Pardo Lazo


Fueron tres hermanos,
hijos de Ramona y Manuel y los años diez.
El siglo XX les prometía un país.

Cuco cayó temprano
al saltar de una azotea de Malecón,
apuesta de mocosos enamorados
que terminó enredada con los primeros cables
de la electricidad nacional.

Salvó la vida de milagro
pero soltó buena parte de su cordura.
Los golpes en la cabeza no son un juego de niños.
Así y todo,
murió medio siglo de rótulos y papalotes después,
en los setenta del totalitarismo cubano.

Mongo se fue al Norte justo a tiempo,
al rayar la década más promisoria de la Revolución.
Su carácter de élite hubiera vomitado
la vulgaridad inevitable de todo poder popular.
En California hizo fortuna y familia,
durante unas décadas mandaba postales con sonidos y lucecitas.
Sin embargo, en los noventa
el diagnóstico precoz del insurance
no le sirvió de mucho.
No hay peor cáncer que el de la misma próstata.

Manolo fue el tercero y fue también mi papá.
Dulce, ojos de Stanford miope, pelo lacio de bebé.
El más español de los ultramarinos hijos insulares de Ramona y Manuel,
de Monita y Manolo.

Nunca me regañó.
Sabía un inglés de best-sellers
y un día sin notarlo yo ya los leía también
(la mayoría robados de la sala circulante de la Biblioteca José Martí).

Mi papá nunca fue al médico, por suerte,
ni tampoco usó prótesis dental,
pero sí un marcapasos para apuntalarle su corazón
octogenario de asturiano.

Fue ambidiestro
Porque le amarraban la mano izquierda
en una de esas escuelitas públicas del machadato.
Y fue el último en todo,
hasta en morir,
un domingo cumpleaños setenta y tantos de Fidel.

Conservo aquella foto eterna de los tres hermanos.
Jesús, Ramón y Manuel
(mi padres casi me nombran Leuman
que es casi Manuel al revés).

Es una instantánea de mil novecientos veinte,
hace increíblemente un siglo,
y ellos son todavía aquellos tres hermanos
impresos en el blanco y negro
de una patria de plata a perpetuidad.

Eran no,
son los tres varoncitos de un matrimonio de primos Fernández
que vinieron a la Isla huyendo de la Península,
cuando el siglo XX cubano los engatusó
prometiéndoles para siempre un país.

Mi parentela asturiana nunca conoció del todo
al último de sus nietos, sobrinos, hijos,
que en el siglo XXI tendría que traicionar
también para siempre
a aquella pobre promesa de país.

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