domingo, 17 de noviembre de 2019

CUERPOS DIVINOS



CADÁVERES DIVINOS
Orlando Luis Pardo Lazo

Un experto del canon literario cubano llegó a afirmar que a Tres Tristes Tigres, la novela clásica de Guillermo Cabrera Infante, le SOBRAN por lo menos cien páginas. A Cuerpos Divinos (Círculo de Lectores, Galaxia Gutenberg, 2010), el más reciente libro póstumo de este autor (la esquela promocional promete incontables inéditos), le FALTAN por lo menos otras cien páginas: las cien páginas de la novela, de esa novela novedosa que, en tanto lectores experimentados de GCI, logre sorprendernos a la vuelta de un nuevo siglo y milenio.

No digo que la literatura de Guillermo Cabrera Infante esté agotada. Al contrario: en su contexto heroico-hedonista, él es un inmortal. Digo que la literatura cubana lo está: agónica... Y ya iba siendo hora, pues ha sido una literatura que, por más piruetas de desmarque que hizo, siempre encajó sin traumas el sambenito académico de “Literatura de la Revolución”.

A favor o en contra, así en Letras Cubanas como en Ediciones Universal, acatando la forma o tanteando la experimentación, desde la lírica o lo escatológico, lo cierto es que nuestra realidad primó siempre sobre la imaginación. Literalmente, Cuba nos colimó. Y el campo literario no supo sacudirse a tiempo la caspa patria de la demagogia. Nuestro champú es de plátano (espuma estética que se esfuma al primer enjuague) y no protege contra los ripios piojosos de la política. Fuimos autores únicamente como reacción a la autoridad, donde nuestro Premio Cervantes 1997 sería una suerte de Caín Contramayoral.

Aquí o allá, un libro local se identifica por estar saturado de alegorías, donde todo es quejumbre contestataria y narcisismos más o menos biográficos: el deleite del delirio nos sabe a delito. No hay tópicos ni retóricas que pronostiquen una nueva mentalidad redentora (Cuba como catacumba). La libertad se limita, pues, al ajuste de cuentas con otros cuerpos divinos o cadáveres exquisitos. Y en este arte de artillería GCI era sin duda un gurú.

Allá o aquí, tampoco se vislumbran poros de diálisis con lo contemporáneo. No traicionamos esa tara tétrica de una y sólo una tradición. Nuestra corrección es castrante. Carecimos de un imaginario post-nacional, acaso acubano. Y así fuimos predecibles de cara al poder. Mientras más “disidente” nuestro discurso, más participamos de una lógica gubernamental: fuimos frustrados terroristas del texto. Por lo que nunca entrañamos ningún peligro. Al contrario: encarnamos aquel suicidio de la clase intelectual que soñara el Ché en los sesenta.

En definitiva, no digo que la literatura cubana esté agonizando. Digo que Cuba lo está: el país como una página en blanco, donde sólo la barbarie es creativa a la hora de teclear un futuro fósil.

En este contexto condenado, Cuerpos Divinos nos llega entonces como un eco de aquella epoquita épica: el chillido de goma del acelerón de los cincuenta a los sesenta. Pero hoy, en los años cero, ya toda lectura parece y padece de parodia: incluso Guillermo Cabrera Infante imita infantilmente a Guillermo Cabrera Infante. Lo real nos ralentizó y cualquier ficción huele a caucho quemado, incluido este work in progress trunco de GCI, que se repite a sí mismo avant la lettre o avant la literature. Mientras más peripecias, peor (síndrome de la telenovela ilustrada). Mientras más datos develados, más tedio (síndrome de la lectura exhausta). Mientras más estrategias de estilo, más esterilidad (Cuba como cauterización).

Para salir de este callejón sin salida habría que revalorizar la Desmemoria antes que la Historia, la Nada antes que la Nostalgia, la H muda antes que La Habana loca y locuaz de GCI. Habría que priorizar una escritura más frágil y menos sistémica, más volátil y menos convencida de la verdad, más mentira pero menos manipulación. De lo contrario, el texto será técnicamente arqueología: apenas pasto para tres o treinta tristes tesis doctorales Made In USA. Más un inercial rosario de reseñas complacientes en la prensa occidental descontando a la Isla, donde Cuerpos Divinos es un hueco negro: todos leen, pero ningún comentario escapa a la gravedad.

Para los lectores que deshabitamos el 2010 sin complejos de lesa cubanidad, aquel capitalismito provinciano emerge en este libro desde lo light y lo lúdico, para colmo grávido de una Revolución contra todas las de la ley, que nacería campechana y cruel y con una vanguardia editorial piloteada por el propio GCI. Y mientras tanto, por supuesto, mujeres al borde de un machismo cortés, acosadas en primera persona entre lo misógino y lo pacato, donde hasta las palabras más crudas, hoy suenan a pose kitsch. Sospecho que el amor en los tiempos de Cabrera Infante fue más grosero que galante: adultos adúlteros que luego expiarían su mea culpa en el exilio (de paso, concediéndole la razón al apotegma del Ché).

Tras medio siglo de sociedad socialista o situación semejante, las nuevas subjetividades en la Cuba del 2010 rebotan contra el laberinto de referencias de Cuerpos Divinos. Se necesita de una edición crítica que lo traduzca a nuestro dialecto cubano desenfático. El poder de asociación de GCI resulta apabullante por gusto, desgasta. Sus chistes son pujos que pugnan por nuestro perdón. Conocemos el escenario de la trama, pero ya no lo reconocemos en derredor. La catedral coloquial de estos mil y un personajes nos causa claustrofobia. Como zombis en trance de transición, terminamos esta vida-para-leerla de GCI no por deseo, sino por mera cuestión cultural: por miedo a la analfabetosis que igual ya hizo metástasis en nuestra generación.

Hoy, al margen de la violencia ideológica y de la rapiña por puestos laborales, imposibilitados de ejercer la propiedad privada en primera persona, sin presiones morales de la familia o el Estado o Dios, autistas a la espera de alguna esperanza, viendo caer los iconos más fieles como siconos podridos del ficus de la Revolución, sin ganas de mover un dedo y mucho menos sobre el gatillo, embajadores en huelga de La Habanada, los lectores de GCI en el 2010 somos inverosímilmente más libres que el propio autor. Y este desfasaje es un síntoma siniestro de que su texto envejeció. Su novela nos vence por knock-out, pero no convence.

El resto son lágrimas de caimán despierto. Los aduladores de Guillermo Cabrera Infante, incluidos sus enemigos (el genio no tiene epígonos), con Cuerpos Divinos podrán reconstruir una ciudad tan fastuosa como falaz. Le encenderán palíndromos de neón como si fuera un cake de cumpleaños (cirios de un velorio casi ya sin dolientes). Evocarán chismes clandestinos de marines y terroristas, con ese orgullo burgués de quemar las naves en aras de la pureza obrera. Y atesorarán de contrabando este libro vetado en Cuba, tanto por el Ministerio de Cultura como por los rezongos de su autor. Pero es obvio que sigue en falta una escritura que no resucite los fantasmas de nuestra nación, sino que despida indecentemente su duelo.

GCI nos falló, por suerte. No quedan maestros. Seguimos solos. Literatura y libertad podrán ser sinónimos a la vuelta de un nuevo siglo y milenio. Cuba cae tan pronto aparezca nuestro primer no-autor.

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