lunes, 7 de enero de 2019

ZAMMYS DE LOS LOCOS TRISTES


La locura triste de ser felices en una Cuba sin Castro pero con Díaz-Canel
Orlando Luis Pardo Lazo


La verdadera patria del exiliado cubano es YouTube. El verdadero corazón de quien ha sido expulsado de la Isla (y todos hemos sido o seremos expulsados de la Isla) es navegar a ciegas los contenidos que se emiten desde nuestro país.

Así sobrevivimos los cubanos sin Cuba, a la caza de un recuerdo similar a los nuestros. A la búsqueda y captura de un olvido que nos haga olvidar que ya en Cuba se han olvidado de ti y de mí. Catch-and-release de memorias anestésicas. Nostalgias: literalmente, dolor del no lugar, pena de no pertenecer, tristeza del no estar en ninguna parte, tan pronto como salimos de la cárcel cubana y podemos pulular por ahí, cosmopolitas de remate.

Locura del lenguaje sin logos que nos deslocalizó. Alegría de volver a casa, aunque sólo sea para constatar que allí no quedan ni las ruinas retóricas de lo que alguna vez fue nuestro hogar. Y la música, por supuesto, nos impacta en plena alma como un misil.

Cancioncitas de amor Made in Cuba. Inevitablemente, un amor Hecho en Cuba para los niños, para los ciudadanos infantilizados en los tiempos terminales de la Revolución. Canticos cómicos, acaso paródicos. Con resonancias conmovedoras por principio, por perversión de animal insular, por ser letras y acordes escritos en aquel sitio en que creíamos íbamos a amar mucho, a ser felices, y, con suerte, a envejecer por fin rodeados de luz y libertad, sin despotismos ideológicos ni idioteces materialistas de manualitos marxistas de alfabetización.

Así me topé una mañanita ñoña de noviembre con Los Locos Tristes. Una banda cubana que dicen ellos mismos que es de rock and roll y un poco de cualquiercosario. Así vi los pelos rojos de una actriz amateur, cantante amateur, santaclareña amateur (es decir, amorosa, amorosa, amorosa) pronunciando todas las mentiras que hoy ya están sobre la mesa, cuando la varita mágica de los mitos amaneció de pronto rota y vieja, incapaz de engañar ni a su propio mago, personaje anciano o cadáver. Así oí hace poco, poquísimo, a una cubana llamada Zammys anunciar el evangelio pop de que por los huecos del sombrero se escaparon los conejos, mientras las palomas se morían tras tantas décadas descascaradas de no poder volar.

Claro que todo parecía mejor ayer que hoy, Zammys, claro que por suerte se nos acabaron los discursos, pero con ellos también la cordura de aquella alegría falsa convertida ahora en pena común por la cual brindar, como zombis de los otoños imaginarios en Cuba, como fantasmas infieles de la Fidelidad a la fuerza en que el siglo XX nos secuestró: camiseta de fuerza color verde olivo, olivos verdes de una esperanza que la vomitó una vaca, semillas verdeolivas vacías hasta de la ternura triste en clave de YouTube.

Son, por supuesto, Los Locos Tristes, una banda de rock and roll a la cubana en Cuba, al menos por un ratico, no más. Después, ya sabemos. El tiempo, el totalitario, el que pasó. Después, mejor no quiero ni saber. La dispersión súbita y soez, la diáspora silenciosa cuya ilusión lo devora todo, la utopía entendida al pie de la letra como el no lugar. Después, ya veremos (dijo un cubano y nunca vio, ni vivió).

Pero no importa. Por el momento, Los Locos Tristes están felices en la Cuba loca y triste de la realidad al otro lado de YouTube. Ellos son jóvenes y ganan premios audiovisuales y dan entrevistas para la televisión del Estado, un poder anquilosado en el poder que les da la bienvenida a toda esa locura triste mientras no sea una triste locura sistemática: es decir, anti-sistema. Y nosotros, los cubanos no menos felices de conocerlos y reconocerlos en la pantalla plana, planísima, de nuestra laptop, no podemos hacer otra cosa que no sea cantar callados con ellos la balada de quien muy pronto se va a ninguna parte, mientras el corazón se nos pone triste contemplando de lejos, tan de cerca, los coletazos habanémicos de nuestra ciudad.

No se vayan, loquitos tristes.

Loquitos tristes, no dejen de venir tan pronto como suban a la nube de nuestra infancia futura (sea la nube de Valencia o de Habanescencia) la próxima y tan precaria canción.


Nostalgia, de LOS LOCOS TRISTES