lunes, 28 de enero de 2019

CONTRA LA REVOLUCIÓN, NADA. 1



1.


Para nosotros, la Revolución Cubana era un juego. Nunca nos creímos del todo a Fidel Castro.

Así de simple.

Vivíamos con la cabeza vacía. Felices y flotando en el aire. Una generación sin odios, sin miedo al futuro. En un presente repleto de canciones a guitarra limpia y estaciones de radio del Estado. La censura no existía, mi amor.

Niños grandes, hombrecitos de miniatura. Cubanos rodeados por la risa de luz de aquellas muchachas incomparables que irradiaban amor bajo el sol manso de los ochenta. Un sol, también, moribundo. Aunque de esto, por supuesto, nadie nos había dicho nada. Todo lo ignorábamos por entonces. No sabíamos nada de nada. Ayer era siempre todavía.

Los presos políticos debieron de haber hecho algo mal hecho. Los exiliados de por vida ellos mismos se lo buscaron en vida. Nosotros no estábamos presos. Nosotros no habíamos sido políticos. Nosotros nunca seríamos exiliados, esa maldición que gravita sobre Cuba y tal vez sobre todas las islas.

Los muertos nunca murieron, nunca los mataron. Es decir, ninguno de nosotros estaba muerto. Ni nunca nos habían matado. Tampoco a un pariente lejano, ni siquiera al principio de la Revolución.

En realidad, tampoco creíamos en que hubiera habido un tiempo anterior al principio de la Revolución. No podíamos concebir ese tiempo. Era un tiempo fuera del tiempo.

La Revolución siempre había estado ahí. Como ahora.

Antes del tiempo, después del tiempo.


Como ahora.