sábado, 9 de febrero de 2019

KARL ELOISA



foto: Silvia Corbelle Batista

DIGAMOS QUE SE LLAMA ELOÍSA
Orlando Luis Pardo Lazo
En primer año de la carrera (Licenciatura en Bioquímica) tuve una profesora de Marxismo. Una anciana burguesa que dictaba letra a letra sus clases. Un objeto anacrónico a finales de 1989 en Cuba. Se llamaba o pudo llamarse Eloísa.

Sus turnos eran muy temprano en las mañanitas invernales del Período Especial. La luz era azul. El aire puro. La sangre joven y solitaria.

Yo había entrado a la Facultad de Biología (25 % I y J, El Vedado: antes no sabía ni dónde quedaba) por Prueba de Ingreso: 21 plazas para todo el país. Un chico prodigio. Sobre todo porque en el aula la mayoría venía de preuniversitarios de ciencias exactas, como la Lenin. Yo era creo el único forajido de un Pre de la calle: el Cepero Bonilla, mole ex-Marista en una loma magnífica de La Víbora.

Eloísa leía los mamotretos de sus conferencias a una velocidad demencialmente ralentizada. Casi escribía en el aire el tufo atávico de sus palabras. Yo la oía maravillado. Aquella dama antigua tan estirada y elegante (excepto su piel), tan olorosa a perfumes caros de marido tal vez asesor de un viceministro o un diplomático. Tan fuera de la historia mundial. Dictando leyes del materialismo marxista mientras el muro alemán se caía.

Una delicia. Un delirio. No sé por qué yo adoraba semejante escenario matinal. Aquella señora fuera del tiempo me hizo bueno y feliz en medio de los bostezos del aula. Todavía extraño su ignorancia o ingenuidad.

Han pasado veinte años. Cada vez que paso por la Cátedra de Filosofía que está si mal no recuerdo en 19 y Algo (las calles de El Vedado se me trocan por su aséptico exceso de modernidad), miro hacia la casona con la esperanza de volverla a ver.

En la dialéctica irreconocible de mi cabeza, no han pasado ni veinte nadas. No creo en la muerte de Eloísa y me resisto a asumir su retiro laboral. El marxismo muerto cubano está incompleto sin sus dictados de primer turno en una Facultad de ciencias que descreía de las Humanidades. He de declarar que la preferí a ella antes que a un genio del talante de Emilio Ichikawa (de quien bastan sus libros para entender parte de sus agonosofías).

Los manuales mentecatos de Kafkantinov eran fáciles de imitar en las preguntas escritas y las pruebas orales. Prosa diáfana y paladeable, parodiable y plagiable sin mayor maroma mental. Como citar el periódico del día. Se trataba de una asignatura perfecta para aprobar. Para probar dos veces a la semana el néctar sonoro de unos textos póstumos que nadie en el mundo volvería nunca a pronunciar. Y aquel privilegio de ser un testigo terminal en definitiva me emocionaba.

Eloísa nos visitaba en el aula 2-C. Hacía frialdad. Una especie de neblina que desenfocaba o al menos dispersaba ligeramente la luz (el sol no salía hasta muy tarde, pues el jardín de la Facultad era una selva de árboles descomunales). Yo quería enamorarme de una muchacha joven y solitaria en un set así. Como en una película muda. Y la mierda socialipsista de los años noventa no me lo iba e impedir.

Eloísa usaba unos vestidos de arabescos y flores. Un anciana recoleta y quizás coqueta. Una inmortal. Un objeto museable del que sólo esta columna lánguida quedó.